Capítulo XI. El jardín de Tláloc (Parte 1)

En el sur muy temprano por la mañana, el Tlatoani Kalí se dirigía a la ciudad de Copán pues su misión contemplaba hablar por primera vez con este callado y misterioso reino, pues desde hace casi cien años, había entrado en un cierre de cualquier intercambio diplomático, mismo que se intensificó en los últimos años, pues ni siquiera alguien mencionaba haber visto al Tlatoani Alom con vida. Su reino era el más distante del imperio y se encontraba casi a las orillas de las tierras conocidas como el Mayab.  La milicia, su descendencia y la vida en el reino era un completo misterio. Ni los mismos señoríos y pueblos de sus tierras podían decir algo verdadero. Solo se sabía que se había proclamado con el sobrenombre de “El Rey de Oro Verde”, o al menos así lo empezaron a llamar entre su gente.

Kalí llevaba con él, diez escoltas, quienes lo acompañaban en todo momento. Eran los guerreros mas valerosos de su pueblo. Sin embargo, no estaban preparados para la emboscada que los esperaba.

De repente, unos hombres muy altos salieron de entre las copas de los árboles, al mismo tiempo que unas filosas espinas los atacaban. Estos objetos en realidad no eran espinas, si no que eran las temibles armas de los soldados de élite de Copan, la cual estaban echas de jade, una piedra preciosa color verde que asemejaban filosas espinas y las cuales estaban atadas con delgados hilos transparentes, que manipulaban a su antojo los soldados. Parecían látigos, y cada guerrero poseía dos de ellas. Aunque los guerreros de Kalí intentaron proteger a su señor, les fue imposible, pues de inmediato fueron rodeados por una docena de ellos. Otra peculiar característica era que estos soldados llevaban máscaras hechas de jade que les cubrían completamente toda la cabeza.

—Los intrusos no son bienvenidos a nuestro reino —dijo uno de ellos y quien al parecer era el líder.

—No somos intrusos. Soy el Huey Tlatoani Kalí, y exijo hablar con su señor Alom.

—Tu no puedes exigir nada —sentenció el mismo sujeto —El rey de oro verde no desea visitas de nadie.

—Tu señor sabe que nuestros reinos han sido aliados desde hace mucho. Deben honrar el pacto de los jaguares. Es deber de los habitantes del Mayab. Están escritos en los códices sagrados.

Estas palabras parecieron calmar al sujeto, que soltó un leve sonido que salió de su boca, pero que sonó irónico. Como dando razón a lo que decía el Tlatoani. El pacto de los jaguares era su más preciada ley entre los habitantes del Mayab, por lo que al mencionarla debía haber honor.

—Esta bien. Te llevaremos con mi señor. Veremos que tienes para decirle.

Por otro lado, después de una noche terrible sin poder dormir, Elías despertó muy temprano. Había pasado la noche en el Teōcalli real, que estaba a un costado de la pirámide de los nichos. Durante la noche no pudo observar bien la habitación donde había dormido, pero aquella mañana, con los primeros rayos del sol, pudo apreciar su belleza. Largas cortinas blancas bordadas caían de los ventanales y columnas que rodeaban la construcción. En la pared, detrás de su cama, se hallaba tallada la forma de un ave de larga cola, en color verde. Se acercó, curioso, para verla con más detalle, pero en ese momento fue interrumpido por la voz de Béelia.

—¡Rey Alarii!, ¿se puede?

—¡Claro que sí!, ¡pasa! —respondió de inmediato, acercándose velozmente a la puerta para abrirla.

De inmediato entró la Tlatoani en compañía de Zazil.

—¿Cómo has dormido, joven rey? —preguntó la mujer, que llevaba en las manos lo que parecían unas telas.

—También te hemos traído el desayuno —agregó Zazil, que llevaba en sus manos una tabla de madera con deliciosa fruta de la región. —No te acostumbres, solo por hoy seré la servidumbre —bromeó.

—¡Gracias!… No tenían por qué molestarse —dijo apenado, mientras recibía el desayuno que se veía delicioso.

—¿Y bien?, ¿has visto la hermosa vista que tienes desde aquí? —preguntó de nuevo la bella mujer.

—No. Realmente apenas me estoy levantando y no he visto mucho.

La Tlatoani se acercó a los ventanales y amarró las cortinas para dejar ver la vista. Detrás de las ventanas rectangulares se podía ver la majestuosa montaña sagrada que reinaba en todo aquel valle y que estaba justo detrás de la gran ciudad. La montaña era boscosa y verde, llena de vida, e iluminada por los primeros rayos de sol, la hacía aún más espectacular.

—¡Vaya que tu habitación es la mejor! La mía tiene vista hacia la pirámide que está a un costado —exclamó Zazil al ver el panorama.

—Es porque esta habitación ha sido de los Tlatoanis de la ciudad y, como verás, es digna de ellos —comentó Béelia.

—¿Tú qué dices, rey Alarii? ¿Es la habitación digna de un rey? —preguntó Zazil, por lo que la mujer rio levemente.

—No me acostumbro a ese nombre. Me es tan extraño… Elías se escucha mejor. Realmente, la habitación es muy bella. Toda la ciudad es hermosa; parece que estoy en un sueño.

—Eso mismo dijo tu padre cuando visitó por primera vez esta ciudad —interrumpió en ese momento la anciana Nicteel, que apareció sin que nadie lo esperara.

—¿Mi padre? ¿Cómo era él? —preguntó curioso.

—Era un rey muy noble. Aunque mi visita ha sido para entregarte este anillo —dijo la anciana, entregándole en ese momento la valiosa joya.

—¿Por qué me da esto?

—Era de tu padre —respondió la anciana. —Él se lo entregó a tu madre como promesa de que regresaría el día de tu nacimiento. Te pertenece, así como perteneció a tus antepasados.

—¡Gracias, Nicteel! —exclamó con una leve sonrisa mientras contemplaba el anillo meticulosamente.

La joya era de oro y tenía la forma de un diminuto circulo, con grabados muy precisos. Se trataba del calendario solar de Teotihuacán, aunque el chico desconocía su significado. Alrededor lo bordeaban pequeñas piedras verdes de jade.

—Mi rey, hacia allá está el baño para que te asees —señaló Béelia hacia el lado izquierdo de la habitación, donde se hallaba una entrada rectangular. —Espero que la ropa que te he traído te agrade. Desayuna con calma. Cuando estés listo, te espero en la entrada del Teōcalli. Hay algo que quiero mostrarte.

Los tres salieron de la habitación del muchacho, mientras este aún contemplaba el anillo en su dedo. Le quedaba perfecto. Inmediatamente se dispuso a desayunar y luego a ducharse. Por cierto, aquella ducha era interesante, pues en el baño corría un pequeño canal de agua cristalina que caía sobre un pocito redondo, de medio metro de profundidad; allí, sentada, cabía una persona. Luego, en uno de sus bordes, el canal continuaba y se perdía entre las paredes.

Todo esto es muy ingenioso, pensó.

Aquel Teōcalli, como les llamaban a los palacios en el imperio, era espectacular, digno de los dioses. Todo estaba finamente hecho a mano y tenía las piedras más hermosas que pudieran verse en el reino. Además, su interior estaba revestido por un piso verdusco y rojizo brillante, que le daba un aspecto verdaderamente bello.

Después de la fría ducha, comenzó a vestirse con la ropa que le había traído la Tlatoani. La vestimenta consistía en una capa blanca de algodón con bordados dorados muy finos, que se amarraba de lado, entre el cuello y el pecho. También había un taparrabo largo multicolor, un pequeño penacho verde hecho de plumas diminutas, y unos huaraches color café. La vestimenta no incluía camisa, como se acostumbraba en su lugar de origen; en su lugar, había un semicírculo de piel que cubría parte de su pecho, lo cual le resultó extraño. Sin embargo, comprendía que la vestimenta de Aztlán era realmente muy singular. A pesar de su rareza, tenía su propio estilo y, en algunas ocasiones, era muy elegante.

Así que, sin más remedio, se dirigió a la entrada como le habían indicado.

—¡Ya estoy aquí! —dijo, al ver que la mujer miraba la montaña sin percatarse de su presencia.

—¡Vaya! ¡Te ves muy bien, rey de reyes! —exclamó, inclinándose en señal de reverencia.

—Por favor, no hagas eso. Además, no me llames así —dijo tímidamente.

—Es que eres el Rey-Dios de Aztlán. Debes empezar a acostumbrarte.

—Oye, Béelia, aquella pirámide es muy hermosa. Me llamó mucho la atención desde que llegamos. Es diferente a todas las que se encuentran por aquí.

—Es la pirámide de los Siete Truenos, aunque es más conocida por sus nichos. Por eso muchos la llamamos así.

—¿Siete truenos? —preguntó de inmediato, intrigado. —¿Por qué le llaman así?

—Es una antigua leyenda. Esta pirámide es la más antigua de la ciudad.

—¿Puedes contármela? Es que realmente todo este mundo se me hace muy interesante.

—Está bien. Te la contaré —respondió Béelia, comenzando el relato.

“Hace muchas lunas, durante la era del Primer Sol, cuando los primeros habitantes de Teotihuacán construían su reino, existían dos príncipes hermanos. Al morir su padre, uno fue nombrado rey de la Ciudad de los Dioses y el otro fue enviado al noreste, a una pequeña ciudad que apenas se alzaba y que servía de paso para los viajeros que comerciaban con el mar.

El hermano enviado al pequeño poblado no aceptó la decisión de los dioses. Con recelo y envidia, comenzó a construir una bella ciudad, empeñado en superar a Teotihuacán en esplendor, pues no soportaba que su hermano bribón la gobernara.

Por años, los dos hermanos compitieron por demostrar quién era el mejor Tlatoani y quién gobernaba la ciudad más hermosa del norte. Con el tiempo, el Tlatoani de Teotihuacán se volvió amargado, pues no podía tener hijos. Mientras tanto, su hermano tuvo siete hijos varones. Estos transformaron su carácter: abandonó la competencia absurda y se dedicó a criar a sus hijos con sabiduría.

Como recompensa por cuidar las tierras del nuevo imperio, Quetzalcóatl bendijo a los muchachos y les otorgó vestimentas especiales con las que podían surcar los cielos. Así, creaban los relámpagos, los truenos y la lluvia que regaba los campos. El mayor de ellos, llamado Dajin, se convirtió en el líder de los hermanos.

El Tlatoani de Teotihuacán, celoso, logró al fin embarazar a su esposa, quien le dio el tan ansiado heredero. Pero al ver cómo las historias sobre sus sobrinos eclipsaban la figura de su hijo, su rencor se agravó. Su heredero, criado con arrogancia, era grosero y despreciaba al pueblo. Entonces, padre e hijo idearon un plan: robar una de las vestimentas de los Siete Truenos, como eran conocidos los jóvenes.

El hijo, llamado Itzcóatl, no dudó ni un instante. Se hizo pasar por un niño vagabundo y viajó a la ciudad del trueno. Allí se ganó la confianza de sus primos, quienes no lo conocían. Por aquellos días, su padre estaba enfermo, y los hermanos debían subir al cielo a provocar la lluvia. Sin su madre ya presente y sin confianza en los guardianes del palacio, no tenían a quién dejarle el cuidado del padre. Itzcóatl se ofreció, y aunque dudaron, aceptaron.

Los siete hermanos se pusieron sus capas, botas y espadas. Volaron al cielo. Las capas provocaban el viento, las espadas filosas, al chocar entre sí, creaban los truenos y rayos. La lluvia caía, abundante y bendita.

Un par de días después el rey murió. Los siete hermanos dejaron solo el palacio para asistir al funeral. El joven aprovechando que quedó solo en el Teōcalli, se colocó una de las vestimentas. Comenzó a volar, pero no supo controlar el poder: causó vendavales, huracanes, lluvias destructoras y cosechas perdidas.

Los hermanos, alertados, salieron a buscarlo. Dajin luchó por días contra su primo hasta derrotarlo. Pero la capa, botas y espada se habían fusionado al cuerpo del muchacho, volviéndolo una amenaza. Tláloc y los siete truenos lo llevaron al centro de la ciudad, donde lo encadenaron con argollas de oro en las profundidades de la tierra.

Itzcóatl juró venganza.

Como recordatorio de su poder destructivo, los habitantes construyeron, sobre su prisión, una pirámide de siete niveles que simbolizan a los siete truenos, rodeada de nichos que cuentan los días para recordar la fecha en que la ciudad casi fue destruida. Se cree que algún día regresará a cumplir su amenaza.

Después de aquello, todos comenzaron a llamar a esta ciudad Dajin, en honor al príncipe que los había salvado”

—Claro, aunque es solo una historia antigua, algo fantasiosa. Se la cuentan a los niños para hacerlos dormir —finalizó Béelia.

—Pero, ¡qué bien te ves, muchacho! —interrumpió en ese instante Ikal, quien llegó en compañía de Yarátu.

—Ese es el nuevo tú. Un traje de un verdadero rey —comentó Yarátu, sonriendo un poco. —¿Y a dónde se dirigen?

—Iremos por ahí —respondió la mujer.

En ese preciso momento, Elías sintió una respiración fuerte y muy caliente justo detrás de él. Lentamente se dio la vuelta: se trataba de la enorme lagartija multicolor que montaba la Tlatoani. Estaba tan cerca que pudo observar con detalle su piel escamosa, los grandes colmillos y la lengua que sacaba velozmente, como una serpiente. El muchacho retrocedió, algo asustado.

De inmediato, la hermosa mujer subió al reptil. En su lomo llevaba una montura grande, con espacio suficiente para dos personas. Tenía incrustaciones de piedras multicolores en todo el borde y estaba hecha de una madera finamente tallada.

—¿Qué esperas? ¡Sube! —indicó la mujer, extendiéndole la mano.

Algo temeroso, tomó fuertemente la mano de la dama y, de un salto, cayó también sobre el lomo del reptil.

—¡No temas, joven rey! —dijo Ikal al notar su rostro pálido. —Estos animales no comen carne humana. Solo se alimentan de grandes ramas y vegetación —agregó, intentando tranquilizarlo.

—Béelia, los guerreros ya están listos. Solo esperamos la llegada del enemigo. Aún no sabemos nada sobre su ubicación y eso me preocupa. Se supone que están a un día de camino, pero es mejor no confiarnos. Las aves de guerra podrían llegar antes y sorprendernos —dijo en ese momento Yarátu.

—No te preocupes. El camino de Teotihuacán a la ciudad del trueno es uno de los más difíciles del imperio. Seguramente aún están a un día de distancia. Los centinelas vigilan tanto los cielos como los caminos. Ya lo sabríamos si estuvieran acercándose. Estoy segura de que dejo la ciudad en buenas manos. No tardaremos —aseguró la bella mujer.

En ese momento, hizo que el animal reparara, emitiendo un sonido que lo hizo alzarse casi de manera vertical. El rugido fue fuerte, parecido al canto de algunas ranas, lo que casi provocó que el joven cayera al suelo. No esperaba tal reacción, así que se sujetó con todas sus fuerzas de la cintura de Béelia.

Velozmente se alejaron con rumbo al oeste de la ciudad.

—¿A dónde irán? —preguntó curioso Ikal.

—Seguramente a un lugar muy especial —respondió Yarátu, que parecía saber exactamente hacia dónde se dirigían, mientras miraban a lo lejos cómo se perdían entre los templos piramidales.

Aquel reptil, de nombre Jalar, se deslizaba velozmente por las calles de la ciudad. Elías se aferraba a la cintura de la dama para no caerse. A su paso, los habitantes los miraban con curiosidad. Muchos saludaban y gritaban con alegría al verlos. Esto apenaba al joven, así que evitaba mirar a la multitud.

—¿A dónde vamos?

—Vamos a la estatua del Dios del Trueno.

Después de unos minutos, comenzaron a divisar una estatua que sobresalía entre los edificios. Debía medir unos treinta metros de altura y estaba al interior de una construcción que la rodeaba completamente. Al llegar, se adentraron por una de las puertas principales, custodiada fuertemente por varios guardias.

Ya dentro, el joven se percató de que se encontraba en el centro del edificio, rodeado de un bonito jardín de flores y escalones que subían hasta la base. La imponente escultura estaba colocada sobre una base cuadrangular de unos tres metros de alto por cuatro de ancho. Justo en el centro de la base se ubicaba una pequeña puerta. Al llegar ahí, bajaron rápidamente del reptil. A un lado de la entrada, dos guardias la custodiaban.

La estatua se encontraba dentro de una de las escuelas de la ciudad, donde se enseñaban toda clase de artes. Algunos estudiantes y maestros que caminaban por los jardines y pasillos se inclinaban ante la presencia de la Tlatoani y del joven.

Elías contempló por unos segundos la estatua del Dios del Trueno, como llamaban a Quetzalcóatl en ese pueblo. Era imponente: un guerrero de aspecto fuerte, con un hermoso penacho de plumas sobre la cabeza. En su mano derecha empuñaba una espada, y en la izquierda, un rayo.

—¡Hay que entrar! —interrumpió Béelia, abriendo la pequeña puerta de aproximadamente un metro y medio de alto y no muy ancha, tal vez solo medio metro.

Tuvieron que agacharse para poder pasar al interior de la base. Una vez adentro, apenas se distinguía lo que había, pues el lugar estaba poco iluminado. Solo unas cuantas antorchas alumbraban el interior. En medio de la base había una formación circular de rocas, iguales a las que había visto en la isla cocodrilo de su pueblo.

—Esta formación ya la había visto antes. Estaba en el mundo de donde provengo —dijo sorprendido.

—Se llaman xíinbal, que significa “viajar”. Fueron creados por los Dioses para que, a través de ellos, pudieran venir a este mundo y también visitar otros, como el tuyo. Solo algunos habitantes del reino, muy especiales, podemos usarlos para trasladarnos a ciertos lugares sagrados del imperio… con solo pensarlo. Claro, siempre y cuando haya uno en el lugar de destino, que sirva como puente.

—Ahora entiendo. Por eso había uno en la isla.

—Se dice que los Dioses crearon varios, y hace mucho tiempo, cuando el falso rey se enteró de que por este medio los Dioses, incluyéndote, podían regresar, ordenó destruirlos. Para viajar entre mundos, debe existir al menos un xíinbal en el lugar de destino. Con el tiempo, pareció desistir de la idea, pues jamás destruyó el de esta ciudad. Investigué durante años, y este parece ser el único que quedó en pie. Creo que gracias a él lograste llegar a Aztlán. De haber sido destruido, hubiera sido imposible sin la ayuda de ese brazalete.

—Entonces, ¿por qué no llegué directamente aquí?

—Si dices que Tezcatlipoca te ayudó a regresar, tal vez con sus poderes te envió a donde necesitabas estar. Los Dioses moldean el destino de todos.

El muchacho se quedó pensativo unos instantes.

—Béelia… si el rey impostor quería destruirlos, ¿por qué no los pudo encontrar? ¿No sabía dónde estaban los Xíinbal?

—No exactamente. Los códices antiguos que hablaban de ellos, estaban incompletos y no decían cuántos existían ni su ubicación exacta.  Uno de los propósitos de la guerra que inició el impostor fue justamente ese: localizarlos y destruirlos. Pero, esa es una historia muy larga y dolorosa de hace muchos años. —respondió con melancolía.

—Algo de ello me contó Ikal.

—Tal vez más adelante te cuente yo también. Por ahora, prepárate… iremos a un lugar mágico.

Béelia indicó al joven que se colocara en el centro de la formación rocosa e hizo lo mismo. Luego extendió ambas manos sobre el obelisco que sobresalía en el centro de las piedras y cerró los ojos, concentrándose. Un extraño viento comenzó a soplar dentro del recinto, y las piedras empezaron a brillar, primero levemente y luego intensamente, hasta que la luz fue tan fuerte que quedaron cegados.

Cuando abrieron los ojos, se encontraron rodeados de un paisaje maravilloso: un jardín espléndido. Era una gran extensión de tierra, tal vez de más de cien metros de ancho. Había árboles con flores blancas, amarillas, rosas y naranjas. En medio cruzaba un arroyo de aguas cristalinas, y al fondo, una cascada descendía entre las rocas. Elías imaginó que estaban cerca de la cima de la montaña que veía desde su habitación, ya que podía observar su cúspide un poco más arriba de donde caía el agua.

En el arroyo nadaban peces de diversos colores brillantes. Un camino de lozas blancas llevaba a una fuente de piedra, y más allá, un puente de mármol blanco cruzaba el arroyo. Al fondo se alzaba una cabaña de piedra, cubierta de enredaderas de rosas rojas y blancas.

Mientras tanto, lejos de allí, Kalí llegaba al gran salón del Teōcalli. Iba fuertemente custodiado. No era tratado como visitante, parecía un prisionero.

El gran salón estaba flanqueado por más guerreros de similares características, todos ellos con máscaras. Mas que centinelas o guardias de élite, parecían estatuas. Su vestimenta de guerra sobresaltaba por el color verde. Parte de su armadura era de jade, hasta el escudo que llevaban a espaldas era completamente de aquella roca brillante.

Todos los visitantes, quedaron perplejos ante la belleza del Teōcalli. Aquel salón estaba revestido completamente de jade, en diferentes tonalidades verduscas. Al fondo, se alzaba el trono y detrás de este una pared alta que dibujaba dos jaguares, uno frente a otro, separados en el medio, por una corona en el centro. Daban la impresión de estar en posición de pelea. Todo aquel mural estaba echo del mismo material. Aquella piedra que inclusive funcionaba como moneda, era unas de las cosas más importante de Copán.

En ese momento fueron interrumpidos por una estruendosa voz que provino del mismo trono. Estaban tan distraídos viendo todo, que no se habían percatado que sentado en el trono se hallaba alguien…

…"

–Continúa leyendo y disfruta de más textos en su idioma original en https://fictograma.com/ . Únete a nuestra comunidad literaria de código abierto–