Caldos de Ofenón. Capítulo 16: Donde se descargan unas semillas y unas emociones

—No lo entiendo, Sky —Leynad estaba sentado con un tazón delante, esta vez de leche, en uno de los comedores de la base. Sentada enfrente, Skyvy le miraba con ojos tristes. Sólo hacía veinte minutos que se había despertado, pero desde que había abierto los ojos, sabía que algo no estaba bien.

—Es demasiado para mí, Ley. Hasta hace quince días lo más emocionante que me había pasado en la vida era cuando una vez me dejaron subir al escenario de un concierto de mi grupo de música favorito —expuso—. Son demasiadas emociones. Tengo ganas de descansar. De estar en casa. Lo siento, de verdad. Pero ya que los de Rotterdam van justo para allá, lo mejor es que me vaya con ellos.

—No lo entiendo —repitió Ley—. Siento lo del secuestro, Sky, pero salimos bien de aquello. Y lo de anoche fue totalmente inesperado. Y me has dicho que te lo pasaste igual de bien que yo.

—Me lo pasé genial, Ley —reconoció ella—. Estar contigo es maravilloso. Increíble. Me encantas. Pero eres Leynad Otinev.

—Vamos, Sky —presionó—. No te estoy pidiendo que te cases conmigo. Solo que vengas conmigo a la Tierra como habíamos quedado. A pasar un buen rato de vacaciones. Nada más. Luego, pues ya se verá…

—Me dijiste que me podría volver cuando quisiera, Ley. No seas así… —su voz sonaba entrecortada— no es justo. Yo tampoco te estoy diciendo que no quiero volver a verte en mi vida. Es solo que tanta agitación me ha agotado, y necesito descansar.

—Mi vida no es así siempre, Sky. No lo es casi nunca, de hecho —Ley siguió intentando convencerla—. Para mí, estos días también han sido agotadores. Desde que me llamó Tote. En qué mala hora le hice caso. Lo normal es que mi vida sea como los primeros días que pasamos en la nave. Solo soy un descubridor de planetas, y normalmente, es lo único que hago.

—Ley, da igual. Si no hubiera sido Tote, pues lo mismo no habría sido en Ofenón o aquí en Nankella, pero habría sido en la Tierra, o donde sea. Eres Leynad Otinev. Te gusta jugar a ser solo un descubridor de planetas, pero eres algo más. Lo siento, Ley, perdona que te lo diga así. Ser tú lleva implicadas ciertas cosas, la mayoría de ellas muy buenas, pero también hay otras cosas que tienes que asimilar, y yo también.

—¿Y no las podemos asimilar dentro de veinte días? —protestó.

—Ley… por favor… —una lágrima recorrió su morena mejilla. Escondió la cara en sus manos.

—Perdona, Skyvy. Tienes razón. Lo siento. No tengo ningún derecho a presionarte —reconoció—. Solo es que… me gustas mucho.

“Y que me siento terriblemente solo”, quiso decir, pero no le salió por la boca. Aunque quizá, lo dijo con los ojos. Ella no dijo nada, pero levantó la cabeza y lo miró con mirada vidriosa. Después, le besó en la boca.

Cuando tres cuartos de hora más tarde la nave de carga Rotterdam-26 partía de la base N1 de Nankella rumbo a Xu An, Leynad y Skyvy habían podido llegar a comprenderse mejor el uno al otro, y a entender las razones por las que cada uno había actuado de la manera en que lo había hecho, pero ambos tenían el corazón roto.

En la tercera fila de asientos de la zona de viajeros de la nave de carga holandesa, Skyvy miraba por la ventanilla como el planeta se iba haciendo pequeño y se camuflaba cada vez más entre las estrellas. Sabía que había hecho bien, que había actuado de forma responsable consigo misma y con su salud mental. Había sentido tantas cosas en tan poco tiempo que necesitaba un descanso sensorial. Necesitaba volver a su planeta, a su ciudad, a su casa, a su habitación. A sus cosas conocidas. Necesitaba ver aquello que había visto siempre durante sus primeros veinticinco años de vida, necesitaba afecto familiar.

Sin embargo, le asustaba la idea de entender qué era realmente lo que sentía y haber perdido la oportunidad de experimentarlo por más tiempo. Él era buena persona. Divertido, atento, comprensivo. Pero no era consciente de quién era. Trataba de negarse a sí mismo. O quizá pensaba que no merecía su privilegio. Daba igual, le gustaba demasiado. Si se hubiera ido con él a la Tierra, estaba segura de que habría terminado no queriendo separarse de él, y no podía permitírselo.

Habría tenido que aceptar todas las cosas que iban asociadas a ser la pareja de la persona con más dinero del universo. Y en caso de que él la dejara de querer, todo habría sido una pérdida de tiempo para acabar con el corazón roto igualmente, pero peor.

Leynad, por su parte, había visto partir a la enorme nave roja de Rotterdam entre lágrimas mal escondidas. Jamás le había ocurrido algo así.

No era la primera vez, desde luego, que una mujer le dejaba o no quería saber más de él. Normalmente, siempre que usaba su verdadero nombre cuando conocía a alguien, acababa pasando una o dos noches con esa persona y luego cada uno seguía su camino. Nunca había conocido a una mujer que quisiera pasar más tiempo con él, pero él tampoco había conocido a ninguna mujer con la que quisiera pasar más tiempo. Era la primera vez que sentía lo que había sentido por Skyvy.

Estaba siendo realmente duro. Por suerte, se encontraba solo en la pequeña cúpula de cristal que había en la parte superior del pabellón de vestuarios, desde la que se podía ver el cielo. La nave ya no era más que un puntito de luz parpadeante entre las estrellas, y se preguntó cómo era posible que en tan poco tiempo se hubiera quedado tan prendado de una persona. ¿Era ella tan especial?

Cada vez que se lo preguntaba, terminaba llegando a la conclusión de que sí, lo era.

Y quizá, lo que acababa de hacer era una demostración de ello.

Realmente, ella no le había dicho que no quería saber más de él, sino todo lo contrario. Sólo necesitaba descansar. Habían sido demasiadas emociones. Ella era quién había tenido una actitud responsable.

¿No sería que era él mismo quien se estaba dejando llevar demasiado por esas emociones? ¿No sería que, aunque le había dicho que no le estaba pidiendo que se casase con él, en realidad, era lo que más le habría gustado? ¿No sería que, en realidad, se sentía muy solo? ¿Que ansiaba tanto la compañía que cualquier muestra de afecto que sobrepasara el ámbito del sexo lo arrastraba a una espiral de esperanza y ensoñación romántica?

O quizá sólo es que era imbécil. Un tremendo y absoluto gilipollas. Quizá lo que pasaba es que era un irresponsable incapaz de aceptar quién era y qué privilegios y obligaciones venían acompañados por ello. A lo mejor, lo que tenía que hacer era ir a OSSI, hablar con Tote de hombre a hombre y no de ahijado a padrino, aceptar su responsabilidad en la dirección de la empresa y evitar que aquél le metiera en más líos como éste.

Pero también le parecía injusto echarle la culpa a Tote. Estaba seguro de que él pensaba que realmente la operación iba a ser bien sencilla y que no iba a afectar en nada a su vida normal, salvo en el hecho de perder un par de días en planetas por los que no había planeado pasar.

La culpa era exclusivamente suya por seguir tratando de esconderse detrás de un trabajo cómodo y una vida desahogada. La vida era complicada para la mayoría de las personas… ¿por qué debía ser diferente para él? ¿por su dinero? Le dio asco pensar que, aunque fuera de manera inconsciente, había llegado a pensarlo así.

Decidió que el autocompadecimiento había sido suficiente y abandonó la cúpula de observación. Afuera en el parking, ahora ya había un par de naves de carga que habían venido de otros sitios a recoger diamantes para llevarlos a otros planetas y que sus habitantes pudieran lucirlos o usarlos en fabricar tecnología o joyas.

Tras ponerse el traje y salir a la intemperie, vio que una de las que descargaban estas naves era Rinna, que llevaba puesto un traje distinto al de la noche anterior. Tenía acopladas unas garras a la altura de la cintura que la ayudaban a descargar cajas de la nave y ponerlas en un enorme transportador de palés que tenía justo al lado. La baja gravedad y los cuatro brazos ayudaban a que la velocidad fuera grande y el esfuerzo, mínimo. Ley se acercó a saltitos y cuando estuvo a unos diez metros le gritó desde dentro del casco.

—¡Hey! ¡Rinna!

Cuando se dio cuenta de la estupidez que estaba haciendo, pues seguramente ella no tenía activada la recepción de sonido del traje, giró alrededor y se puso delante de forma que pudiera verle. Cuando ella le vio, paró de descargar las cajas. Mediante gestos se emplazaron para descargar a Dalara cinco minutos después.

Ley anduvo hasta su nave y presionó el botón para abrir la esclusa. Una vez dentro y tas la descompresión y en una gravedad normal, se quitó el traje y lo dejó en el armario. Sin querer, de nuevo Skyvy le vino a la mente al ver que su traje no estaba. Cerró el armario de un portazo y se fue a la cabina. Se sentó en la silla del piloto. “Y aquí estamos otra vez”, pensó.

No habló con Dalara. Ni ella tenía nada que decir. Al poco, un enorme aparato con veinte palés encima en cuatro torres de cinco pisos, empujado por una chica de cuatro brazos, pasó por delante de la nave. Ella le hizo un gesto.

—Dalara, por favor, abre la esclusa a la operaria.

—Abriendo esclusa exterior —informó la nave.

—¡Vaya, vaya! —dijo Rinna nada más pasar la segunda puerta de la esclusa— Si que están chulas estas naves, sí. ¡Es cómo una casa!

—Hola, Rinna —dijo Leynad, haciendo caso omiso de los piropos a Dalara— ¿Puedes descargarme las semillas? Tengo ganas de marcharme.

—Oh. Lo siento, Ley. Ella ha venido a despedirse de mí esta mañana y me lo ha contado. Es una putada. Ven, mira esto —y le hizo un gesto para que se acercara.

Él se acercó y ella lo abrazó con los cuatro brazos, los dos suyos y los dos mecánicos. Leynad se rió y agradeció mucho el gesto. No es que ahora fuera el hombre más feliz del mundo, pero le había alegrado el ánimo por un lado, y le había hecho sentir que todo lo que había experimentado la noche anterior no era únicamente provocado por el caldo, y que realmente las personas, cuando pueden hacerlo de forma libre, suelen ser empáticas y afectivas con los demás.

Se le puso una sonrisa en la cara y le dio ánimos para conversar.

—Gracias, Rinna. Te lo agradezco.

—A cuatro brazos, ¿eh? En tu puta vida te habían abrazado así —bromeó—. Venga, vamos a por esas semillas. ¿Al final no has hablado con Fabián?

¡Fabián! ¡El dueño del planeta! Con el fervor de la noche anterior y el shock de por la mañana, había olvidado por completo a Fabián.

Habría querido informarse mejor de todo aquel lio del caldo auténtico y del nuevo caldo que querían hacer, y todo eso… pero ya no le importaba nada. En absoluto. Cero.

—No. Da igual. Me dijeron que sabíais a donde teníais que llevarlas. Con que las lleves allí y te asegures de que él sepa que las hemos traído, me vale. Infórmale de que están esterilizadas, aunque supongo que lo verán en seguida. Menos esos dos sacos de ahí.

—¿Por qué están esterilizadas? —se interesó Rinna.

—Por movidas de la gente de Ofenón. Lo dicho, si quiere informarse, que hable con su amigo Yassire o mejor, con su hijo Tarek. Yo ya he tenido suficiente.

Rinna se encongió de hombros y cogió el palé de semillas ayudándose con los brazos supletorios. Aunque era grande y pesado allí adentro, pudo sacarlo con bastante facilidad a través de la esclusa de carga y allí fuera, la gravedad inferior le ayudó a colocarlo en su trasportador junto con el resto. Luego, volvió a entrar en la nave a por los sacos y antes de salir, fue a despedirse de Leynad.

—¿Lo pasaste bien anoche, al menos? —le dijo.

—Sí, la verdad es que estuvo muy bien. El calcio este… es una pasada. No entiendo como los jugadores sobreviven…

—Son tipos y tipas duros. Pero hay mucha deportividad. Son ostias como panes, pero entre coleguillas —dijo ella, divertida, mientras lanzaba puñetazos en el aire con sus cuatro puños.

—Jajaja —rió Leynad—. Y luego, la fiesta con el caldo estuvo muy bien. Fue una sensación muy placentera. La recuerdo con cariño, y me habían dicho que la resaca era peor.

—El caldo puro, el original, es bastante peor. El de ayer era el caldo nuevo que están haciendo en la base del polo sur. Ahí es donde hay que enviar las semillas. Si te parece que anoche flipaste, no sabes lo que es con el otro. Cuando viajas a ese mundo, es difícil volver a éste.

—Me alegro entonces de que fuera ese tipo de caldo. Ya fue una experiencia lo suficientemente intensa. Entiendo todo lo que me habían contado sobre él.

Rinna sonrió y se aceró para extenderle una de sus cuatro manos. Una de las de carne y hueso.

—Encantada de conocerte, Leynad. Que vaya bien por ahí descubriendo planetas. Si vuelves por Nankella, aquí estaremos —se despidió. Él le estrechó la mano.

—Lo mismo vengo a ver el próximo partido.

—Seis meses —dijo ella, chascando los dedos mientras le guiñaba un ojo y dirigiéndose hacia la esclusa para salir de la nave.

Cuando se hubo marchado y la esclusa se cerró, Ley dejó su mente en blanco.

Fue a la cabina, se sentó en su asiento de piloto otra vez. Puso los pies sobre el salpicadero, como a él le gustaba. Delante, Rinna pasaba con el transpalé sobrecargado hacia la zona de carga de la pista de al lado. El resto de operarios, muchos con brazos supletorios como Rinna e incluso alguno con piernas alargables, hacían su trabajo de forma ordenada. Las dos enormes naves de carga eran cargadas y descargadas por multitud de ellos en funcional armonía.

La vida seguía adelante, sin importarle nada su dolor. ¿Por qué debería haber sido diferente? Para el universo, nadie era más importante que nadie.

Recordó que estaba de vacaciones. Pero ya no tenía ganas.

—Vámonos, Dalara, cuando puedas.

—Solicitando permiso para despegue… —informó, y en seguida— Permiso concedido. Despegando. ¿Continuamos a destino original?

—Nah. Vámonos a casa…

…"

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