Viga 12

Marcos no podía dormir. El calor de la noche era sofocante, pero había algo más, una sensación opresiva que le impedía cerrar los ojos. Su habitación, en el piso 12, siempre había sido su refugio, pero esta noche se sentía extraña. Las sombras parecían alargarse y los sonidos de la ciudad afuera se habían extinguido, dejando un silencio ensordecedor.

Se giró en la cama, buscando una posición más cómoda, y su mirada se posó en el techo. No vio nada, solo la oscuridad habitual. Pero entonces, un sonido. Un sonido sutil, como el roce de papel de lija sobre cemento. Marcos se tensó. El sonido venía de la esquina de la habitación, cerca de la viga expuesta.

Encendió la linterna de su teléfono, el haz de luz cortando la oscuridad. Al principio, no vio nada inusual. Solo la pared blanca, la mesita de noche con la lámpara apagada, la cómoda de madera al fondo. Apagó la luz, riéndose nerviosamente de su propia paranoia.

Roc, roc, roc.

El sonido era más fuerte ahora, rítmico. Y venía de arriba. Marcos, con el corazón latiendo con fuerza, volvió a encender la linterna, esta vez dirigiendo el haz directamente hacia la esquina del techo.

El grito murió en su garganta.

Allí estaba. Una figura alargada y pálida, con extremidades que parecían más numerosas y articuladas de lo que la anatomía humana permitiría, estaba aferrada a la viga y la pared. Su piel tenía un tono azulado y enfermo, y parecía estirada sobre huesos delgados y afilados. Lo más

aterrador no era su cuerpo, sino su rostro.

Una sonrisa ancha y llena de dientes afilados y amarillentos se extendía de oreja a oreja, como una máscara grotesca. Pero sus ojos… Marcos no podía ver sus ojos. En su lugar, un denso garabato de líneas negras, como si alguien hubiera borrado su mirada con tinta negra, cubría la parte superior de su rostro. Esa ausencia de ojos era más aterradora que cualquier mirada fija.

La criatura lo miraba —o parecía mirarlo— fijamente. Una de sus manos, con dedos largos y terminados en garras, se movió, y Marcos se dio cuenta de que no solo estaba aferrada a la pared, sino que parecía integrarse en ella, como si la arquitectura de la habitación se hubiera deformado para darle cabida.

Marcos intentó gritar, pero su voz no salía. Estaba paralizado por el terror, con la linterna temblando en su mano. La criatura no se movía, solo sonreía. Y en ese silencio, Marcos empezó a oír algo más que su propio corazón. Un susurro. Un susurro que no venía de la boca de la criatura, sino que parecía emanar de la habitación misma, de las sombras, del denso garabato de tinta sobre sus “ojos”.

“Te veo… Te veo…”

El susurro no era una voz, era una vibración, una sensación helada que le recorría la columna vertebral. Marcos cerró los ojos, desesperado, intentando despertar de lo que tenía que ser una pesadilla. Pero el susurro continuaba, más fuerte ahora, llenando su mente.

“Te veo… Te veo…”

Cuando Marcos, finalmente, volvió a abrir los ojos, la criatura había desaparecido de la esquina. Pero el susurro continuaba. Y venía de detrás de él. Marcos sintió un aliento helado en su nuca, y supo que, aunque no podía verlo, eso lo estaba mirando. Y sonreía…

…"

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