Los códices de la serpiente: el rey y la serpiente emplumada.

Capítulo XI. El jardín de Tláloc (Parte 2)

Este sujeto establa completamente cubierto por una armadura hecha de jade, pero esta parecía recubrir cada parte de su cuerpo, por lo que no se podía ver nada humano en él. Desde allí pareció provenir la voz. Aquel sonido no fue entendible por Kalí.

—Están frente al Rey de Oro Verde. Nuestro rey, el rey Alom. Descendiente directo del gran jaguar. —gritó uno de los guerreros que estaba a un costado del trono.

—Mi señor —Se inclinó el sujeto que escoltaba a Kalí, y lo mismo hicieron todos los demás. El único que no lo hizo fue el mismo Kalí. —El Tlatoani Kalí del reino de Toniná ha venido hasta aquí para hablar con usted.

Sin embargo, del rey no pareció salir palabra alguna. Un silencio incomodo invadió el lugar.

—Alom. —titubeó Kalí con extrañeza pues presintió que algo no andaba bien o por lo menos no parecía normal todo aquello, pero continuó —Nuestro rey, el rey Alarii… —decía, pero fue interrumpido bruscamente por Alom.

—¿A cuál de los dos te refieres? —preguntó con aquella voz estruendosa pero que a la vez se escuchaba cansada.

Aquello dibujo una sonrisa en Kalí.

—Veo que estas al tanto de lo que acontece en el imperio. Hablo, por su puesto del que está en el trono ahora mismo. El rey está preocupado porque no ha tenido noticias de este reino. Además, te has proclamado rey de oro verde… ahora ya veo por qué —dijo mirando todo alrededor. —Sin embargo, sabes que solo hay un rey. Al menos, solo uno puede llevar ese título —finalizó el Tlatoani.

—Padre podemos acabar con él ahora mismo. No permitiremos que venga a desafiarte. No en nuestro reino —habló en ese momento con rabia el sujeto que escoltaba a Alom.

—¿Padre? —exclamó asombrado Alom. —Así que este gran sujeto es tu hijo. ¿Tu heredero acaso?

—Todos los que ves aquí son mis hijos —respondió el rey Alom.

Aquellas palabras que salieron de la máscara dejaron sin palabras a Kalí, que de inmediato se dio la vuelta y contó mas de treinta guerreros.

—Ya fue suficiente. ¿A qué has venido realmente? —amenazó el sujeto posándose frente al Tlatoani de modo desafiante. —Ya veo — dijo con desprecio —Has venido a ver con tus propios ojos quien podría ser el próximo Tlatoani de Copán. El rey esta tan desesperado que piensa que nuestro reino representa una amenaza y quiere manipularnos con sus hilos como lo hizo contigo —sentenció el sujeto.

—Tal vez. Pero todos sabemos que cualquiera de los dos reyes que venza; tarde o temprano vendrá aquí para ajustar las cuentas —señaló Kalí y sonrió levemente — pero no vine a eso. Vine porque nuestros reinos han sido los únicos que no han perdido el intercambio de mercancía y trueques con las grandes familias y señoríos. Pensaba que con la guerra que esta por estallar, podríamos unir fuerzas y enfrentar esta nueva amenaza. El tributo que exige la capital, muchas veces es demasiado. Debemos tener igualdad de condiciones. Podemos renegociar con ayuda, ¿No crees Alom?

—Nosotros no pagamos tributo a la capital tiene casi cien años. Y no lo vamos hacer, simplemente por que quien esta en la corona no es nuestro rey —dijo el sujeto acercándose nuevamente amenazante al Tlatoani.

—Lo siento, pero el rey es quien esta sentado allá. Él es quien me debe responder — señaló Kalí apuntando con su dedo hacia el trono, desafiando con ello al guerrero. Sabía perfectamente que aquello lo enfadaría. La actitud de Kalí parecía otra, no era la misma que había mostrado frente al rey impostor.

—insolente —Amenazó el hombre nuevamente con sus armas, pero fue detenido de inmediato.

—¡Basta! —indicó Alom con una voz aún más cansada y una tos se escuchó salir de la máscara.

De inmediato el sujeto que cuidaba al rey caminó en dirección hacia Kalí. Todos ellos eran tan altos. Eran los guerreros mas altos del imperio y su reputación era temible.

—Pronto tendrán noticias de nosotros. Nos pondremos en contacto cuando lo decidamos. Ahora márchate —dijo el sujeto. Aquellas últimas palabras sonaron más a una amenaza que a otra cosa.

El Tlatoani solo sonrió levemente. Sin decir palabra alguna dio la vuelta y marchó a la salida. Lo siguieron de inmediato sus escoltas.

—Crees que haya sospechado algo —dijo el primer sujeto tras la máscara.

—Espero que no. Aun no es el momento —respondió el otro guerrero mirando en dirección hacia donde había salido Kalí.

El rey Alom, permaneció sentado en el trono, daba la impresión de ser solo una estatua puesta allí. Sus hijos, los guardias de élite lo custodiaban día y noche. Nadie le había visto el rostro desde hacía tanto tiempo, pero al ser amigo del antiguo rey de Aztlán, el rey Mixtli, se sospechaba que ya debía haber muerto, pues luchó en la última guerra del Dios del fuego, y de estar vivo tendría que ser un viejo acabado. Tal vez por ello tanto misterio había alrededor de él. Esa armadura que llevaba puesta desde hace muchos años atrás, no se la quitaba en ningún momento. Algo ocultaban en el reino y es por ello que Kalí solo utilizó un pretexto para poder investigar y al parecer por su sonrisa, lo había logrado.

Asu vez, Elías se hallaba maravillado observando todo el lugar aún.

—¿Qué lugar es este? —preguntó visiblemente abrumado.

—Es el Jardín Sagrado, uno de los jardines del Tlalocan.

—¿Del Tlalocan?

—Sí, son paraísos secretos creados por el Dios de la lluvia —respondió Béelia. —Se dice que Tláloc los utilizaba para meditar, en los primeros años de la era del primer sol.

—¡Es sencillamente hermoso! —exclamó el joven.

Uno de los árboles llamó su atención: en él cantaba un ave verde con una cola larguísima que colgaba varios metros hacia el suelo. Era parecida a un pequeño loro, pero majestuoso.

—¡Se llama Quetzal! —dijo Béelia. —Es un ave divina, solo habita en las montañas del sur y en lugares sagrados como este.

Elías observó otros árboles. Vio tucanes, aves multicolores y una parvada de colibríes tan pequeños y veloces que parecían abejas. Lo rodearon a él y a Béelia como en una danza mágica.

—Son colibríes. Se cuenta que fueron hechos de piedra de jade. Son las encargadas de llevar los pensamientos y deseos de los hombres. En fin, todo este bello lugar es solo una pequeña prueba del paraíso de los Dioses —dijo Béelia. —Pero aún no has visto lo mejor.

Caminó hacia el sur del jardín, hasta un muro de piedra. Elías la siguió. Al llegar, se asomó por el borde y pudo ver, desde esa altura, la gran Ciudad del Trueno en todo su esplendor. Majestuosa. Desde allí, incluso se divisaban las montañas que habían cruzado para llegar. El cielo despejado permitía ver hasta el horizonte.

Elías volvió la mirada hacia el jardín. Entonces, una fuente llamó su atención: el agua que brotaba parecía brillar, como si tuviera luz propia.

—¡Esa es una fuente muy especial! —comentó Béelia al notar su interés. —¡Es la fuente de los anhelos!

Sin decir palabra, el muchacho caminó hacia allá, como si fuera llamado por ella hasta llegar a su lado. El agua era la más cristalina que había visto jamás, con un leve resplandor verdoso.

—¿Qué hace esta fuente?

—Agita el agua.

Elías obedeció. Al mirar dentro, un reflejo borroso comenzó a tomar forma. Pronto vio su antigua casa, a sus padres alimentando animales en el corral, a David y a él corriendo por el pueblo. Vio también su cumpleaños, cuando eran niños. Y, por último, el rostro sonriente de David.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¡El falso rey! —exclamó Béelia, horrorizada.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó, secándose las lágrimas.

—Ese fue el joven que llegó hace tanto tiempo. Ya no hay duda… el falso rey es tu amigo.

—¡No puede ser verdad! —objetó, aún renuente.

—Mira, aquella cabaña… es igual a la que apareció en tus recuerdos —señaló la Tlatoani. —Cuando llegó a este mundo, lo hizo por el xíinbal de la ciudad. Yo fui la primera en ganarme su confianza. Al principio, todos estábamos seguros de que era el hijo de Mixtli. Durante los primeros meses, construyó esa cabaña para sentirse en casa y se mudó ahí. Luego de un par de años fue a Teotihuacán… y cambió para siempre. Nos engañó a todos. Llevaba el brazalete de la serpiente emplumada.

—No puedo creer que David se haya convertido en un monstruo —comentó Elías, con el alma rota.

—No sabes de lo que el poder y la ambición son capaces. La maldad existe… y si no somos fuertes, podemos sucumbir ante ella. Incluso los Dioses lo han hecho. En la primera gran guerra del imperio, esta tierra quedó marcada por la oscuridad y la luz.

De pronto, todo quedó en silencio. Las aves levantaron el vuelo como si huyeran. Una voz interrumpió la calma, dejando pasmados a los dos.

—Después de tanto tiempo, volvemos a vernos —se escuchó. —Dos viejos amigos, juntos en el jardín de los Dioses. Fue casi una premonición venir primero aquí. Lo recuerdo como el último día en que me fui…

La voz provenía del impostor. Estaba ahí, de pie, frente a una roca, más allá de la fuente.

—¿Tú? ¿Pero cómo es posible? —preguntó sorprendida Béelia al verlo.

—Comprendí que la profecía se cumpliría. Estaba seguro de que los Dioses buscarían la manera de traer de vuelta a Elías, aunque destruyera todos los xíinbal. Así que leí los antiguos códices de la serpiente… y me encontré con algo muy interesante: en la capital existe un xíinbal muy peculiar, que está a la vista de todos. Resulta que la piedra solar ubicada en la cima de la pirámide del Sol es uno de ellos. Sabía perfectamente que algún día, cuando lo necesitara, me serviría de puente para entrar a tu ciudad sin que nadie se diera cuenta. Por eso jamás destruí ese. —Respondió serenamente, mirando a los dos con un gesto airoso.

Béelia estaba equivocada. El impostor no había desistido de destruir todos los xíinbal porque desconocía cuántos existían o dónde estaban, como ella pensaba, sino porque durante todo ese tiempo había esperado este preciso momento. Con el xíinbal de la capital y la ayuda del brazalete, encontró la conexión que necesitaba para llegar allí. Ahora, por fin, estaba listo… y dispuesto a acabar con todo.

—¿David? ¿En verdad eres tú? —preguntó el joven, con lágrimas aún en los ojos. No lograba reconocer en aquel hombre a su antiguo amigo.

El rey Alarii —nombre con el que David se había hecho llamar durante todos esos años— se echó a reír por un momento.

—Amigo… sigues siendo el mismo. Siempre llorando por todo. Por lo que veo, el tiempo no ha pasado en ti. Pensé que a estas alturas ya estarías muerto —respondió con ironía. —Béelia, ¿acaso creen que podrán vencerme con su “rey verdadero”? Míralo… sigue siendo un niño —agregó con

sarcasmo.

—Esta vez sí —respondió ella, decidida, mientras sacaba sus navajas con firmeza. —Porque tenemos al verdadero rey de nuestro lado.

—¡David, por favor, detente! ¡Detén todo esto! No es…

—¡Cállate! —rugió el impostor, interrumpiéndolo abruptamente. —¡No me vuelvas a llamar así! ¡Mi nombre es Alarii! ¡Para ti, y para todo el mundo, soy el rey Alarii! ¡El único rey Dios de estas tierras!

—¡Es imposible razonar con él! —comentó Béelia con desesperación.

—Entonces… llegó el día de arreglar viejas cuentas —declaró el enemigo.

Y sin previo aviso, lanzó una esfera de fuego que brotó de la palma de su mano derecha en dirección a la mujer. Béelia reaccionó con agilidad, defendiéndose con un rápido movimiento de sus navajas. Sin embargo, el poder del ataque fue tal que la lanzó por los aires, varios metros atrás, dejándola desorientada.

—¡Nooooo! —gritó Elías al verla caer violentamente al suelo.

—De todas las posibilidades que tenía en mente, nunca imaginé que aquí terminaría todo —dijo David, sonriendo de forma cínica. —Fue demasiado sencillo encontrarte solo… e indefenso…

…"

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