Arborem
I
No había tiempo para clichés. Cosmo esperaba sentado en el borde de su cama, interfiriendo con la cabeza en la proyección de un hermoso amanecer africano sobre su ventana. Como en cualquier otro momento crucial de la vida, contemplaba todos los desenlaces posibles: aquellos en los que las cosas salían mal, que eran la mayoría, le producían dolor de estómago. De los altavoces escapaba un canto de mil voces tribales a la vez que el sol, moteado por una bandada de secretarios, se posicionaba en el centro del horizonte. Cosmo no sabía qué eran los secretarios ni qué era África, pero en su momento consideró que este despertador inmersivo, invento de la Primal Mastodon Corporation, sería suficiente para ayudarle a empezar las mañanas con buen pie. Aquel día no le hizo falta.
Un simple aleteo con su mano derecha concluyó el espectáculo, que fue sustituido por la luz de una bombilla de plasma y un silencio que empeoró su malestar. Se incorporó y se desperezó, guardando, en la intimidad y para el bien de los demás, la imagen grotesca de su retorcido cuerpo desnudo. Al salir del dormitorio fue recibido por la previsión del tiempo y la dulce voz de su asistente virtual, Olivi, siempre fiel y servicial a su dueño, o, al menos, eso es lo que decía el anuncio.
—Buenos días, Cosmo.
—Buenos días, Olivi.
—¿Preparado para hacer historia?
Cosmo, agobiado por no encontrar una respuesta adecuada, decidió sentarse a desayunar fingiendo darle poca importancia al tema, sobre todo para no confundir a la pobre máquina. En la mesa tenía preparado un cuenco de helado sintético de stracciatella, su favorito. “Prefiero que me quiten la vida antes que mi helado de stracciatella”, solía comentar a sus compañeros de trabajo cuando no tenían tema de conversación. Aun así, completar su mayor placer rutinario se complicó más de lo que esperaba, dado que su garganta se había conchabado con los temores de su inconsciente, y lo dejó para otro momento. “Tal vez para merendar”, se dijo a sí mismo.
Se vistió como todos los días, con su mono azul desteñido, y embetunó en el recibidor, costumbre heredada de su padre, sus botas de cuero importadas de Próxima Centauri b, donde todavía no se había extinguido la fauna.
—Adiós, Olivi —dijo Cosmo mientras salía por la puerta de su apartamento.
—Adiós, Cosmo. Que tengas un día maravilloso —respondió la máquina.
II
Hacía mucho tiempo que la ingenuidad dejó de existir en el mundo. Sin embargo, cualquiera en la posición de Cosmo podría haber pensado que ser la persona encargada de eliminar el último árbol del planeta podría movilizar al mundo, a la ciudadanía o, mínimamente, a la prensa. Quería su momento de fama, sentirse importante, verse recompensado por su sufrimiento.
De camino al trabajo se cruzaba con todo tipo de personas. Prestaba atención a aquellos rostros desconocidos esperando que el interés fuera recíproco, pero cada uno tenía sus preocupaciones. “No saben lo que estoy a punto de hacer”, se repetía una y otra vez en su cabeza. Anduvo con su paraguas de protección solar hasta el intercambiador de autobuses y cogió el 492. Bajó en la ciudad financiera, donde el cielo era inalcanzable para la vista, y recorrió la jungla de rascacielos hasta llegar a una de las sucursales de Nocxo Inc., donde se encontraba el único museo de ciencias naturales de Nueva Iberia. Allí fue recibido por Dimarco, el jefe de proyecto. “¡El hombre más afortunado del momento!”, bramó Dimarco, dándole unas palmadas en el hombro.
Recorrieron muchos pasillos; demasiados. Tantos que Cosmo llegó a pensar que se trataba de una broma de mal gusto. En especial porque Dimarco no paraba de hablar de su hija, del novio de su hija y de sus vacaciones en la Luna, lo que, por alguna razón, le producía náuseas. Finalmente llegaron a la última puerta del último pasillo. Dimarco pasó su tarjeta de identificación por el lector.
—¿Preparado para hacer historia? —preguntó Dimarco.
—No es la primera vez que me lo preguntan —respondió Cosmo.
—¿Y bien?
—No lo sé.
—No tienes elección, así que…
Dimarco dejó escapar una risita insoportable y, con otra palmada en el hombro, mucho más fuerte que las anteriores, empujó a Cosmo al interior del museo.
III
La sala era inmensa y circular, aproximadamente de 1 kilómetro de diámetro. Estaba dividida en periodos, biomas y especies. En el centro, al que sólo se
podía acceder bajando unas escaleras, había un domo de cristal verde opaco. Desde arriba, el lugar parecía un ojo.
No tardó en darse cuenta de que aquel museo llevaba mucho tiempo sin ser visitado. Las vidrieras estaban sucias y los animales disecados, cubiertos de polvo. Cosmo deambuló un rato, observando criaturas que nunca habría podido imaginar. Por un momento, sus preocupaciones se esfumaron y tomó conciencia de la importancia de su misión. Aquella forma de vida peligrosa e incomprensible debía ser olvidada y destruida en pos de una humanidad más excelente. Si le hubiesen preguntado de nuevo si estaba preparado para hacer historia, habría respondido que sí, que había nacido para eso o cualquier chorrada del estilo. Bajó las escaleras hacia el centro del museo, pasó su tarjeta de identificación y entró en el domo. La puerta se cerró automáticamente detrás de él, aniquilando el eco de la muerte. Ahora reinaba el silencio de la vida, que se imponía vertical y ramificada frente a un pulverizador láser. Cosmo había estudiado a su víctima: olea europaea, de la familia oleaceae, conocido en la antigüedad como olivo, olivera, oliva o aceituno, y más recientemente, en el periodo de la Sexta Revolución Industrial, como olivión o, en los casos de hibridación sintética, como verduroide.
El interior del domo era tan tranquilo que sólo un loco podría vaticinar que allí iba a producirse un asesinato. De repente, el miedo volvió y, por un momento, Cosmo agradeció ser la única persona en el domo. Él y su enemigo, cara a cara, como debía ser. Se acercó y tocó la madera, tal vez en busca de una respuesta, un contraataque o unas últimas palabras. Tenía que destruir aquel testigo de la vida y la muerte que lo miraba sin juicios. Veintitantos años aniquilando árboles, y nunca había sido tan difícil. Una pequeña brisa, suave como una noche de verano, acariciaba las hojas del olivo, que parecía despedirse de su verdugo. Cosmo no entendía de dónde venía aquella brisa, pero inevitablemente cayó en los brazos de la nostalgia. El toque frágil del aire y el olor agridulce del olivo le recordaron a su abuelo, de quien se cuenta que pasó el día anterior a su muerte abrazado al castaño que tenía en el jardín de su casa, en Azinhaga. También pensó en Richie Rich, un joven negro de Jacksonville con quien compartió camaradería en la Gran Guerra Espacial. La última vez que lo vio, reposaba sin vida sobre una cama de juncos en el lago Thatcher, en Kepler-186f. Tampoco podía olvidarse de la cama que tenía de pequeño, que acabó devorada por las termitas, o de la guitarra barata que le regaló su padre en la adolescencia.
Volvió a vivir su vida, que resultó ser un recuerdo circular, como el museo. Fue testigo de la eternidad, que viviría su particular punto y aparte ese mismo día. Cosmo dejó caer su mano por la corteza del olivo hasta que se desprendió por completo de su recuerdo. Solo quería quitarse aquel peso de encima, volver a casa y olvidarse del tema. Caminó cabizbajo hasta el pulverizador, sacó la llave de activación de su bolsillo derecho y activó la máquina. Un botón azul surgió en
el monitor del pulverizador y, sin mirar al objetivo, lo pulsó. La luz blanca ayudó al culpable con la gracia de la ceguera, y el primer ángel tocó la trompeta…
IV
La ducha caliente entumeció su cuerpo. Estaba desesperado por un helado de stracciatella, por lo que se puso unos calzoncillos limpios y fue a la cocina.
—Olivi, tengo hambre —anunció Cosmo.
—Claro Cosmo, ya mismo te sirvo un helado —respondió Olivi con dulzura.
El bote de helado, gris y oblongo, surgió de uno de los compartimentos de la mesa. Cosmo lo cogió, pero un dolor inesperado en la punta del dedo le hizo soltarlo, y el helado cayó al suelo.
—¿Estás bien? —preguntó Olivi, preocupada—. ¿Qué ha pasado?
—No lo sé… —dijo Cosmo al mismo tiempo que examinaba su dedo con los ojos entrecerrados.
Hizo un esfuerzo y vio que tenía clavado en la carne el primer fuego del hombre, la letra y el ingenio, la tortura y el cobijo, el trabajo y el arte. De alguna forma, una astilla del olivo había penetrado en Cosmo. Intentó quitársela, pero con los dedos era imposible.
—Tráeme unas pinzas —ordenó Cosmo.
De la mesa surgieron unas pinzas. Cosmo agarró la astilla con fuerza, pero no cedía. Lo intentó una y otra vez, arrancándose la piel con rabia. La asepsia decorativa quedó mancillada: la mesa y el suelo se tiñeron de rojo. Con lágrimas en los ojos, Cosmo hundió las pinzas hasta el hueso. Gritó como nunca lo había hecho y se derrumbó, exhausto. Quedó inmóvil, contemplando su fracaso.
El zumbido de la electrónica de la cocina se desvaneció lentamente, y se abrió paso el crujido de las ramas del olivo. El dolor retrocedió y la sangre se diluyó, tornándose amarillenta y espesa. De la astilla brotaron los primeros tallos. Cosmo sabía que lo que le estaba ocurriendo no era normal, aunque creyó comprenderlo. También sintió que algo más grande y antiguo comenzaba a apoderarse de su cuerpo. Se rindió y cerró los ojos.
Lo último que escuchó fue crecer al olivo…
…"
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