EL MAGO. PRIMERA PARTE. CAPÍTULO IX

Primero fue solo un chorrito débil y cristalino, tan fino que era imposible aprovecharle sin pegar el rostro contra la roca. Después una grieta, cada vez más profunda, tan profunda que parece contener todo un mar dentro, mar que se proyectó con fuerza hacia el exterior y hacia el suelo caliente.

El agua es fresca, buena. Primero se atiborra, hasta saciar su sed, y aun así sigue bebiendo por un rato, a tragos grandes y pequeños según se antoja. Bebe hasta que no puede más, llena la cantimplora y se moja el rostro, las sienes, el cuello, pues el líquido le alivia el ardor de la piel, como si lavase el pesar sobre su cuerpo. Tal vez se deba a que es producto del uso de una clave, pero el agua también repuso sus energías, sanó su espíritu.

Así, con ánimos renovados y maravillado por el milagro que ha realizado, se tumba sobre el suelo. Respira profundo, una y otra vez hasta sentir que su cuerpo se adormece. El estupor se interrumpe con una incertidumbre ruidosa, violenta, como si perdiera ambos ojos y ambos oídos de súbito, como si su cuerpo se estirase hacia los confines del mundo hasta desgarrarse. Jirones de carne y sangre, trozos de mente y alma esparcidos por todos lados y en todos los tiempos.

Ahora lo nota, ya no la recuerda, o al menos no de la misma forma, ahora se siente más corta, más liviana, carente de significado. Junto con la clave, su ser también se ha desgastado, pues se siente menos como él, y más como la nada. En un instante, el frío, el dolor y la oscuridad se ciernen sobre él.

Al volver en sí, el cielo es rojo, su sangre hierve, sus huesos queman y la carne sufre. Se levanta mientras su cuerpo aún se retuerce en extraños ángulos, y cae al suelo varias veces antes de lograr ponerse de pie, lo cual no consigue hasta que su mente, rota ya, se aclara un poco. El suelo se dobla y se hunde, el firmamento se resquebraja y cae como un fino polvo sobre la tierra, y el aire se espesa, tanto que se hace posible nadar en él. El agua corre y le moja los pies.


Lo has conjurado. Has roto los principios naturales para cumplir tus deseos, has pecado contra el mundo, contra la vida y la existencia misma. Te ha tocado uno fuerte, bien forjado, con las manos y también con la mente, ha resistido la creación sin romperse, y solo se deterioró un poco. No es su culpa, ustedes no saben, y la ignorancia no es recriminable. Cuando manipulas el zoon, funcionas como un conducto para este, y su fluir erosiona a su vez, la vida del orador, tu vida. La corrosión es muy ligera, pero una existencia dedicada al estudio de las artes amplifica el efecto. ¿No has pensado en el daño que conjuraste sobre ti mismo? ¿Cuánto tiempo te ha costado?

…"

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