Siéntelo
Coloca la lupa sobre la pequeña mancha en el suelo y juega a acercarla y apartarla hasta que la hormiga deja de estar borrosa. Bajo la lupa, la hormiga parece enorme.
Las mandíbulas intentan separar un pedazo de la miga de pan que usa como cebo. Parecen las tijeras que usa su padre en el jardín de casa. Clac clac. Puede ver dos pequeñas bolitas negras sobre la cabeza rojiza del insecto, y la piel llena de diminutos pelos. Pedro la toma entre sus dedos y la acerca a la lente.
Siente un pequeño pellizco en el dedo cuando esta le muerde. Pedro la aplasta con sus dedos. Al verlo, nota un cosquilleo que empieza en el estómago y baja un poco más abajo. El mismo que cuando ve a las chicas mayores en bañador en la piscina del vecino.
—¡Puaj! Vaya ascazo que das.
Se fija en la sombra de la lupa y la tira de luz que la atraviesa, blanca en el centro, con un pequeño arcoíris en el borde. Se queda quieto recordando cómo era el truco de la lupa que había visto en su tablet. Comienza a girar la lupa, lentamente, viendo cómo la tira de luz se mueve con su mano. Como se hace grande o pequeña, o pasa a ser un círculo cuando la gira. No tarda mucho en aprender cómo funciona.
Sus ojos vuelven a otra pequeña mancha sobre el pan. Mueve la tira de luz hasta que la coloca sobre el insecto y gira otra vez la muñeca. La tira se convierte en un círculo. Primero uno grande que — poco a poco— se hace más pequeño —y brillante— en el suelo. La hormiga suelta el pan cuando el círculo empieza a hacerse mucho más pequeño.
El punto se cierra completamente sobre el bichito. El brillo aumenta. Se vuelve blanco. Muy blanco. Pedro mantiene la respiración para que la luz no se mueva de encima.
La hormiga empieza a bailar, o eso le parece. Sus patitas se agitan con rapidez, su cuerpo se da la vuelta y se arquea. Un hilo de humo más fino que un pelo sale de la hormiga y esta deja de moverse. El cosiquilleo vuelve.
— Esto está muy bien… ¡Hay que probar más cosas!
Suelta la lupa sin pensarlo y sale corriendo hacia su casa. Sin detenerse, se gira para ver si la lupa se ha roto. Intacta. Si su padre se entera de que la ha sacado del despacho, le caerá una buena tunda.
Entra sin cerrar, pasa de largo el salón donde mamá mira la tele, se mete en su cuarto y se lanza bajo la cama. Saca la caja de latón donde guarda sus tesoros. Los que no quiere que papá o mamá encuentren. Sus dedos buscan entre los trastos hasta que encuentran el tubo de cartón, rojo y amarillo, que venía a buscar. El petardo que guardó de fin de año y que ahora tiene una misión.
Vuelve al salón en silencio. Mamá sigue pegada a la tele, viendo el programa en el que todos gritan y que dice que es para mayores. Sin hacer ruido, le quita el encendedor de encima del tabaco y escapa al baño. Guarda la botella de alcohol que saca del botiquín en su bolsillo. Sale a la calle, sin hacer ruido y sin cerrar del todo la puerta, para poder entrar y salir sin que se entere mamá.
El cebo junto a la entrada ahora tiene un pequeño ejército de insectos cubriéndolo. Coloca el petardo junto al pan y espera un par de minutos hasta que esté igual de cubierto de hormigas. Enciende el mechero y se quema el pulgar al intentar encenderlo. Aguanta el pinchazo bajo la uña y la mecha empieza a escupir chispas. Pedro da un salto hacia atrás, agitando la mano para sacarse el dolor. Da un par de saltos más, sin perder de vista el petardo, separándose un poco como le había enseñado papá. No quiere perderse el momento en el que salte por los aires.
¡BAM!
Tierra, pan y hormigas vuelan por los aires. Pedro se acerca corriendo buscando las pequeñas manchas oscuras sobre la tierra. Usa la lupa sobre un grupo de manchitas oscuras. Pedro sonríe al ver el resultado. Hormigas partidas por la mitad o sin cabeza o sin patas. Unas pocas todavía siguen moviéndose un poco. Las patitas — las que quedan pegadas a una hormiga — se agitan a lo loco. El cosquilleo en la tripa vuelve.
Hace un pequeño surco junto a una hilera de hormigas que se mueve como una serpiente hacia el césped. Vacía medio bote de alcohol. Algunas hormigas caen en el líquido y empiezan a bailar nerviosas, flotando. Enciende el mechero y acerca el fuego al líquido en el borde.
La hilera entera se retuerce bajo las llamas azules. Pedro no puede apartar la mirada. Tiembla cuando nota un cosquilleo que baja de la tripa hacia abajo y que se queda ahí. Su mano se cierra fuerte al sentirlo bajar.
Algo tapa el sol. Mira hacia arriba, hacia donde viene la sombra. Un hombre muy alto y delgado está plantado frente a él, mirándolo fijamente. Lleva un traje gris demasiado gordo para el verano. La piel de la cara parece la de uno de sus muñecos de acción. Brillante, gomosa y que a la vez parece la de una rana de la charca. Parece mojada.
— Pequeñas arquean. Llenas tú, arquean hormigas. ¿Abres? Arquean y arquean y llenas y llenas. ¿Metes tú arquean?
La voz del extraño es grave. Más que la de papá. Mira alrededor buscando un mayor o a alguien a quien pedir ayuda por si acaso. Aprieta los puños algo asustado y se da cuenta de que tiemblan un poco. No ve a nadie en el parque. Ni mayores ni niños, ni coches ni bicis. Tampoco oye ruido — Ningún ruido — Pájaros, gente, coches. Todo se ha quedado callado. El extraño da un paso hacia él y Pedro da un salto al acercarse demasiado. Cae sobre su trasero.
— ¿Metes…? ¿Comes… ? ¡Comes! ¿Comes tú? ¿Llenas arquean? Yo lleno, arquean todos.
La cara del hombre al hablar le hace sentir incómodo. Se mueve rara cuando habla, como una máscara de Halloween. También está muy quieto, como si fuera de madera. Sus ojos, clavados en Pedro, no se mueven —Ni le pierden ni parpadea— La pierna del hombre se adelanta otra vez, dando un nuevo paso hacia él. Pedro retrocede, se levanta y corre. Corre como el diablo hacia casa. Cruza la calle sin mirar, sin esperar a ver si vienen coches. Mira por encima del hombro. El extraño sigue parado frente al hormiguero, mirándolo.
— ¡AYUDA AYUDA! — grita. Grita con todas sus fuerzas mientras corre — ¡Mamá! — Entra en casa y cierra de un portazo sin detenerse. Se mete en el salón, frente a su madre, tapando la tele — ¡MAMÁ!, ¡MAMÁ!
Mamá sigue sentada en el sofá. Pedro está casi delante, pero ella no le mira. No reacciona. Sus ojos siguen pegados a la pantalla.
— ¡Hay un hombre raro en el parque! ¡Llama a la policía!
— Hormigas arquean, tú comes y llenas.
La voz del hombre se escucha tras de él. Pedro gira la cabeza dando un salto y lo ve en la puerta del salón, de pie. Quieto. Mirándolo.
— ¡ES ÉL! ¡EL HOMBRE MAMÁ!
Pedro se lanza hacia el sofá — sobre su madre — con el estómago contraído en un puño y el corazón queriendo salirle del pecho. Mamá no se mueve. No le abraza. Pedro la mira, se agarra a ella con fuerza. La piel está pálida y fría cuando la toca en el brazo.
— Todos arquean, yo como y lleno — La voz del hombre suena cerca, a su lado. Mira al otro lado del sofá y lo ve, completamente de pie sobre el sofá. — ¿Arquean todos, tú comes llenas ?
— AAAAAAHHH
Pedro aprieta su cabeza contra el pecho de su madre con fuerza, pero cuando su cara la toca, no se para. Su cara atraviesa la blusa. Nota algo que cosquillea en su frente, en su pelo. Polvo. Donde antes estaba el pecho de su madre, hay un agujero. Pedazos de polvo caen alrededor, como un castillo de arena que se deshace si lo tocas demasiado fuerte.
El cuerpo entero se derrumba en un montón de polvo gris y, en un par de segundos, lo único que queda de mamá es el montón sobre el sofá.
Parece uno de los hormigueros grandes del parque. Su garganta se cierra, se le hace un nudo fuerte en el pecho y siente que le falta aire. Está congelado sin saber qué hacer, sin entender qué sucede.
La voz le trae de vuelta.
—Todos arquean, tú come llena. Ven.
Algo tira de Pedro. Hacia arriba. Sus brazos intentan agarrar el sofá pero lo que le tira es más fuerte. Sus manos se sueltan. Se eleva en la habitación y sale disparado hacia arriba. Hacia el techo. Ve su tejado, el parque, el barrio. Sube cada vez más rápido. El suelo está ahora demasiado lejos. El aire se enfría. Mueve sus brazos y piernas, intentando golpear lo que tira de él pero no puede ver.
— Come.
SIÉNTELO
Oscuridad. A tu alrededor. El cielo, la tierra, las nubes, todo desaparece. No puedes ver nada. No hay ruido. Ya no te oyes gritar, pero gritas. Nada tira ya de ti.
Tu cuerpo… tu cuerpo lo sientes, pero… no responde. Estás intentando mover las piernas. Los brazos. Los sientes en tu cuerpo, pero no responden. ¿Mamá? Quieres pegar al aire. A la oscuridad. Nada. Los sientes, pero no obedecen. ¿Mamá? ¡Mamá! La llamas. Gritas su nombre. Pero no sale de tu cabeza.
— Todos arquean. Sienten arquean. Yo como, sienten, arquean. Yo lleno.
La voz. Suena más grave. La oyes. La escuchas por todas partes. Por toda la oscuridad. No hay nada, solo oscuridad. PEGA. PEGA. ¡PEGA! ¡MUEVETE!
— Todos arquean, tú comes. Llenas.
Tu cuerpo. Sientes el cuerpo, pero no está contigo. No obedece. La voz. La voz enferma. Grave. Mamá. Polvo no. Despiértame, mamá, ven a por mí. Quieres llorar. Llora. Llora. Papá, quiero llorar. Ven. Ven. Ven. ¿Papá? No. ¿Mamá? No.
— Todos sienten arquean. Tú come. — La voz. Está más cerca — Tú come. Siéntelo.
Instantáneamente la luz vuelve. Hay movimiento. El aire entrando en tu pecho, las piernas pedaleando, el sol en la frente. Vas en bicicleta. Escuchas ruido. Sonido. El calor del sol en los brazos. Escapar. Tienes que escapar. Pides a las piernas que corran más rápido. Aprovecha. No. Tu cuerpo no obedece. Se mueve, pero no te obedece. No a ti. Corre. Corre.
La bici salta. Un bache. El sillín te golpea el culo. El suelo se acerca. Un brazo se mueve hacia el suelo que se acerca. La piel se rasga. Te quema. Algo cruje en el brazo. El dolor. El dolor te sube como un calambre hacia el cuello. Un pinchazo profundo cuando caes encima del brazo. Te arrastras sobre el asfalto.
— Nueevoo.
Escuchas la voz un segundo antes de volver a la oscuridad. El dolor no está. No está. Sientes tu cuerpo otra vez. El dolor de antes ya no está, el cuerpo no responde. Pensar. Pensar te cuesta. MAMAAAAAAAAAAAAAAA. Piensa. Piensa.
— Nuevo arqueo. Llena llena. Tú comes todos arquean. Tú arqueas. Arqueo nuevo. Llena llena. Per… permanece. Come. Siente. Arquea nuevo. Yo como.
Una cocina. Armarios azules. Huele a comida. Lo ves todo más pequeño, más bajito. Pensar ya no cuesta. El pie. Te duele un poco el zapato. Aprieta. El pie se mueve solo y lo ajusta.
Verduras. Tienes verduras delante y las estás cortando con un cuchillo. Tus brazos… son más grandes, pero… pero son diferentes. Las manos son como las de mamá, de señora, pero son tus manos, las de este cuerpo.
El cuchillo baja. Corta… Tropieza.
Se clava en tu mano, bajo el pulgar. Duele. Fuerte, hondo. El brazo se retira. La carne, la carne se rompe y te invade un dolor que palpita.
— Peermnaneecee.
Oscuridad. La voz, la escuchas con eco y debilitada… como bajo el agua.
— Rico. Llena llena y arquea y arquea. Más. Más. Tú come más. Tú arquea más. Yo como. Como más. — Y cerca, más cerca. Pensar. Pensar cuesta. Tu cuerpo. Lejos. Lo sientes.
Algo te toca. Te toca el cuerpo. Dedos. Muchos dedos. Por la cabeza. El pelo. Aprietan. Con fuerza. Sin cuidado.
— Como más. — Aprietan. Aprietan más. — Más cerca. — Duele. Bajo la piel. Bajo el pelo. — Más… — Duele duele duele MAMA MAMA MAMA. CRACK. Rompe duro. No duele. No duele. Ya no duele. — Máaaaas
La voz. GRAVE, MUY GRAVE, MUY GRAVE. FUERTE. Cerca, MUY CERCA. ¿Cerca? NO. DENTRO. LA VOZ DENTRO. NONONONONO MAMAMAMAMAMA
Calor. Luz. Calor en la cara. La oscuridad ya no está. No… sí está. Sientes una presencia. CONTIGO. No la ves, pero… está. Pensar deja de costar otra vez. Sientes el cuerpo. Sientes… Sientes miedo. COME. El cuerpo se retuerce, intenta moverse, pero algo lo aprieta. No le deja. Los brazos, las piernas, el cuerpo. Nada se mueve. Respiras. Respiras rápido. Ves gente. Hombres con barba y ropa sucia. Metralletas. Sonríen.
Lloras. Las lágrimas caen por la mejilla.
Uno de los hombres habla, pero no le entiendes.
— Ba hokm-e Allah, im mahkama to ra ba zina mahkoom mikonad. Allahu akbar.
Se acerca. Este cuerpo se mueve —lo intenta —, se agita y lucha, pero tampoco puede. Igual que tú con el tuyo en la oscuridad. El suelo está cerca de tu cara. El cuerpo está enterrado hasta el pecho. Te cubre la cabeza con algo. Una tela negra. Se filtra algo de luz entre la tela. Risas afuera. Te cuesta respirar.
Dolor en la espalda. SIÉNTELO. Algo duro y pesado te ha dado. Fuerte. Gritas. LLENA MÁS. Gritas. Algo te golpea el pecho. El dolor explota. Igual de fuerte. Igual de duro. Duele. LLENA. El cuerpo se retuerce. ARQUEA. Y el brazo, el pecho… duele… todo duele. TODO ARQUEA.
Algo fuerte te da en la cabeza. EXQUISITO, ARQUEA, ARQUEA MÁS. Cruje. El dolor explota en tu cabeza, en el cuerpo.
Los golpes no paran.
Duelen. Duelen. Llena. Mamá.
MÁS.
MÁS.
MÁS.
LLENA MÁS. LLENA. LLENA. LLENA. MÁS. ARQUEA. ARQUEA. ARQUEA….
Un cosquilleo que baja. La oscuridad se estremece al sentirlo.
Una hormiga carga con el torso carbonizado de una de sus congéneres, apartándolo de la ruta que la colonia sigue para llegar a un trozo de pan cercano. A su alrededor hay muchos otros cuerpos de sus iguales. Parte del suelo junto a la colonia está ennegrecido y otras hormigas están evitando acercarse. A poca distancia yacen abandonados en el suelo una lupa y un mechero. La hormiga aparta el cuerpo y avanza hacia el siguiente. La colonia continua…
…"
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