CAPÍTULO III / 1

Ensobrecimiento pudibundo

Como estaba muy cansado, Hans Castorp había temido faltar a la hora del desayuno; pero se levantó mucho antes de lo necesario y tuvo tiempo de realizar minuciosamente sus cuidados matinales —cuidados de hombre civilizado cuya práctica exigía una cazoleta de caucho, un tazón de madera provisto de jabón verde de lavanda y la brocha indispensable— y de combinar estos hábitos de limpieza e higiene con el deshacer su equipaje. Mientras pasaba la navaja plateada a lo largo de sus mejillas cubiertas de espuma, recordaba sus confusos sueños y se encogía de hombros sonriendo con indulgencia ante tantas estupideces, con la superioridad sosegada de un hombre que se afeita a la plena luz de la razón. No había descansado lo suficiente, pero se sentía fresco y dispuesto para el nuevo día.

Con las mejillas empolvadas, el calzoncillo de hilo escocés y calzando mocasines de piel roja fue, mientras se secaba las manos, a asomarse al balcón, que corría a lo largo de la fachada y no se interrumpía más que por mamparas de cristal esmerilado formando compartimientos distintos, correspondientes a cada uno de los cuartos. La mañana era fresca y nublada. Hilachas de bruma inmóviles se hallaban tendidas sobre las cimas, mientras nubes blancas y grises descansaban pesadamente sobre las montañas más lejanas. El cielo azul parecía visible en algún momento, formando manchas o rayas, y cuando un rayo de sol atravesaba las nubes, la aldea brillaba en el fondo del valle en contraste con los bosques de abetos sombríos que cubrían las vertientes. En algún lugar se celebraba un concierto matinal, sin duda en el mismo hotel de donde había llegado la noche pasada el son de una música. Se oían sus acordes en sordina, y después de una pausa siguió una marcha. Hans Castorp, que amaba la música con todo su corazón, porque le producía el mismo efecto que la cerveza inglesa bebida en ayunas (algo parecido a un sedante que lo inducía a la somnolencia), escuchaba con satisfacción, con la cabeza inclinada hacia un lado, la boca entreabierta y los ojos un poco enrojecidos.

En el fondo, aparecía sinuoso el camino que conducía al sanatorio por el que había llegado la víspera. Gencianas estrelladas de cortos tallos se elevaban sobre la húmeda hierba de la vertiente. Una parte de la plataforma, rodeada de un seto, formaba un jardín. Había caminos de grava, arriates con flores y una gruta artificial junto a un soberbio abeto. Una terraza cubierta con una techumbre de cinc, y en la que había unas chaise-longues, miraba hacia el sur, y cerca de ella se elevaba un mástil pintado de rojo oscuro, en lo alto del cual a veces se izaba la bandera. Era una bandera de fantasía, verde y blanca, con el emblema de la medicina, un caduceo, en el centro.

Una mujer paseaba por el jardín; era una dama de cierta edad y aspecto sombrío, casi trágico. Iba vestida completamente de negro, y un velo del mismo color envolvía sus cabellos grises revueltos; caminaba sin descanso con un paso monótono y rápido, con las rodillas que le flaqueaban, los brazos rígidos, colgando hacia adelante; miraba fijamente con sus ojos negros, bajo los cuales pendían dos blandas bolsas. Tenía la frente llena de arrugas. Aquella figura envejecida, de una palidez meridional, con la boca retorcida por la angustia, recordaba a Hans Castorp el retrato de una actriz famosa que contempló un día. Era extraño ver cómo aquella mujer vestida de negro y pálida, sin darse cuenta regulaba sus largos pasos cansinos al compás de la música que llegaba de lejos interpretando una marcha.

Con una simpatía compasiva, Hans Castorp la contempló desde la galería y le pareció que aquella triste aparición oscurecía el sol de la mañana. Casi al mismo tiempo, percibió otra cosa, algo sensible al oído: ruidos procedentes del cuarto de sus vecinos de la izquierda —un matrimonio ruso, según los informes de Joachim— y que no armonizaban en modo alguno con aquella mañana clara y fresca, ya que parecían más bien ensuciarla de un modo viscoso. Hans Castorp recordó que ya por la noche había oído algo análogo, pero su fatiga le había impedido prestar atención. Era una lucha acompañada de risas ahogadas y de resuellos cuyo carácter escabroso no podía escapar al joven, aunque por espíritu de caridad se esforzara en darle una explicación inocente. Se hubiera podido dar otros nombres a esa bondad de corazón; por ejemplo, el nombre un poco insulso de pureza del alma, o el bello y grave nombre de pudor, o los nombres humillantes de temor a la verdad y de socarronería, e incluso el de temor místico y el de piedad. Había un poco de todo eso en la actitud que Hans Castorp había adoptado respecto a los rumores que venían de la habitación cercana, y su fisonomía lo expresó por medio de un ensombrecimiento púdico, como si no hubiese debido ni querido saber nada de lo que oía: expresión de púdica corrección que no presentaba nada de original, pero que, en ciertas circunstancias, tenía la costumbre de adoptar.

En esta actitud se retiró del balcón, metiéndose en su habitación para no prestar atención por más tiempo a hechos y gestos que le parecían graves e incluso impresionantes, a pesar de que se manifestaran por medio de risas ahogadas. Pero ya dentro de su habitación, lo que ocurría detrás de la pared se hacía aún más distinto. Parecía una persecución entre los muebles; una silla fue derribada, luego cayó otra, se daban azotes y besos y a esto se unían los acordes de un vals, las frases usadas y melodiosas de un estribillo, que acompañaban de lejos la escena invisible. Hans Castorp se hallaba de pie, con una toalla en la mano, y escuchaba contra su voluntad. De pronto, sus mejillas empolvadas se ruborizaron, pues lo que había comprendido que se avecinaba acababa de ocurrir, y el juego se internó sin duda en el terreno de los instintos animales.

«¡En nombre de Dios! —pensó, volviéndose de espaldas para terminar de asearse con movimientos intencionadamente ruidosos—. ¡Después de todo son marido y mujer; Dios mío, si no hay nada que decir! —Pero por la mañana, en pleno día, le parecería muy violento— . Tengo la impresión de que ayer por la noche no llegaron a un armisticio. Bueno, deben de estar enfermos, al menos uno de ellos, puesto que están aquí, aunque sería prudente un poco más de moderación. Pero lo más escandaloso —pensaba con irritación— es que las paredes sean tan delgadas que permitan oírlo todo; es intolerable, absolutamente insostenible. ¡Una construcción barata, naturalmente, una construcción sórdida! ¡Quizá más tarde vea a esas gentes e incluso les sea presentado! Sería muy lamentable y violento.»

Y en este momento Hans Castorp se sorprendió al darse cuenta de que el rubor que se había extendido por sus mejillas recién afeitadas se resistía a desaparecer, o al menos, la sensación de calor que lo había acompañado. Persistía, y no era otra cosa que ese ardor seco en el rostro que había sentido la noche anterior, ardor que el sueño había desvanecido, pero que en aquella circunstancia había recuperado. Este hecho no le predispuso favorablemente respecto al matrimonio de la habitación contigua; apretando los labios pronunció una palabra de censura, y cometió la equivocación de refrescarse una vez más el rostro con agua, lo que agravó sensiblemente el mal. Por esta causa su voz se alteró con un mal humor acentuado cuando contestó a su primo, que había golpeado la pared llamándole. Y al entrar Joachim, no dio precisamente la impresión de un hombre alegre y feliz al despertarse.

Desayuno

—Buenos días —dijo Joachim—. ¿Cómo has pasado tu primera noche aquí? ¿Estás contento?

Ya estaba dispuesto para salir, llevaba traje de deporte, botas gruesas, y colgado del brazo el abrigo, en cuyo bolsillo lateral se distinguía el bulto del frasco plano. Como el día anterior, no llevaba sombrero.

—Gracias —contestó Hans Castorp—. Todo va bien. No quiero precipitarme en mis juicios. He tenido sueños confusos, y además esta casa presenta el inconveniente de que las paredes tienen oídos; es bastante desagradable. ¿Quién es esa mujer enlutada que está en el jardín?

Joachim comprendió inmediatamente de quién se trataba.

—¡Ah! Es Tous-les-Deux —dijo— . Todos la llamamos así, pues es lo único que se le oye decir. Es mexicana, no habla una sola palabra de alemán y el francés lo chapurrea de mala manera. Llegó hace cinco semanas con su hijo menor, un caso completamente desesperado que pronto se acelerará. Está perdido, envenenado hasta la medula; puede decirse, según Behrens, que se parece poco más o menos al tifus. Es atroz para los afectados. Hace unos quince días que el hijo mayor vino para ver por última vez a su hermano, un hermoso muchacho, igual que el otro; ambos son unos tipos magníficos, de ojos ardientes; las mujeres se entusiasmaban con ellos. Pues bien, el mayor había tosido un poco antes de subir aquí, pero aparte de esto, parecía completamente sano. Pero en cuanto llegó le subió la temperatura a 39,5, el grado de fiebre más elevado, ¿comprendes? Se metió en cama, si se levanta tendrá más suerte que cabeza, según dice Behrens. De todos modos, era necesario y urgente que subiese aquí… Desde entonces la madre no deja de pasear, cuando no se halla a la cabecera de sus camas, y si se le dirige la palabra no contesta más que «Tous les deux!», pues no sabe decir otra cosa y aquí no hay nadie que hable el español.

—¡Ah! —exclamó Hans Castorp—. ¿Crees que dirá eso cuando le sea presentado? Sería extraño, quiero decir, sería cómico y lúgubre al mismo tiempo —añadió, y sus ojos recobraron la pesadez de la víspera, como si hubiese llorado, provistos de aquel brillo que habían adquirido al oír la tos del caballero austríaco.

De un modo general, le parecía que acababa apenas de establecer una relación entre el presente y el día anterior, adaptándose de nuevo, lo que no había ocurrido inmediatamente después de despertar. Humedeció su pañuelo con un poco de agua de lavanda y se restregó la frente, luego manifestó que ya estaba listo.

—Si te parece bien podemos tous les deux ir a desayunarnos —dijo bromeando, con una expresión alegre y desmedida, por lo que Joachim le miró con dulzura y sonrió de una forma extraña, con una melancolía un tanto burlona, según le pareció a Hans. ¿Por qué? Sólo él lo sabría.

Cuando Hans Castorp se aseguró de que llevaba su provisión de tabaco, tomó el bastón, el abrigo y el sombrero —este último con una especie de reto, pues estaba seguro de su forma de vida y sus costumbres civilizadas para someterse sólo por tres cortas semanas a costumbres tan nuevas y extrañas— y de este modo salieron del cuarto y bajaron la escalera.

Encontraron varias personas que regresaban del desayuno, y cuando Joachim daba los buenos días a alguien, Hans Castorp se quitaba el sombrero cortésmente. Se sentía impaciente y nervioso como un joven que está a punto de ser presentado a muchas personas desconocidas y que se siente, al mismo tiempo, importunado por la impresión de tener los ojos turbios y el rostro colorado, lo que por otra parte no era del todo cierto, pues más bien estaba pálido.

—Antes de que se me olvide —manifestó de pronto con cierta vivacidad—. Puedes presentarme a la dama del jardín si se presenta la ocasión; no tengo ningún inconveniente. Si me dice tous les deux, no me importa; estoy preparado, sé lo que eso significa y qué cara he de poner. Pero no quiero, en modo alguno, entrar en relación con el matrimonio ruso, ¿oyes? Te lo pido por favor. No tienen educación, y si he de vivir durante tres semanas al lado de ellos y no es posible evitarlo, no quiero en modo alguno conocerlos; tengo derecho a prohibir del modo más formal que…

—Bien —dijo Joachim—. ¿Te han molestado? Es verdad que, en cierto modo, son unos bárbaros incultos, ya te lo había dicho. Él siempre se sienta a la mesa con un abrigo de cuero muy usado; me extraña que Behrens no haya intervenido todavía. Y ella es una mujer muy descuidada, a pesar de su sombrero de plumas. Por otra parte, puedes estar tranquilo, se sientan muy lejos de nosotros, en la mesa de los rusos vulgares… Por cierto, hay una mesa para rusos distinguidos. No existen muchas probabilidades de que te los presenten, a menos que lo desees. En general, aquí arriba no es fácil trabar amistades por el hecho de haber tantos extranjeros entre los pensionistas. Yo mismo, aunque llevo aquí algún tiempo, conozco personalmente a muy poca gente.

—¿Quién de los dos está enfermo? —preguntó Hans.

—Él, según creo; sí, él sólo —dijo Joachim visiblemente distraído mientras dejaban los abrigos en el guardarropa, a la entrada del comedor. Luego entraron en la clara sala, de techo ligeramente abovedado, donde bordoneaban las voces, sonaba la vajilla y las criadas iban y venían llevando tazones humeantes.

Había siete mesas dispuestas en el comedor, la mayoría colocadas a lo largo y dos únicamente de través. Eran bastante grandes, para diez personas cada una, aunque algunas de ellas estaban dispuestas con menos cubiertos. Tras dar unos pasos en diagonal a través de la sala, Hans Castorp ocupó su sitio. Le habían colocado en el lado derecho de la mesa del medio, entre las dos transversales. De pie, detrás de su silla, Hans Castorp se inclinó con cortesía hacia sus vecinos de mesa, a los que le presentó Joachim y a los que apenas miró, ni tampoco retuvo sus nombres. Sólo el nombre y la persona de la señora Stoehr llamaron su atención, y también el hecho de que tuviese la cara colorada y los cabellos grasientos de un rubio ceniza. La expresión de su rostro revelaba una ignorancia tan completa que explicaba sin dificultad sus solemnes disparates. Luego se sentó y observó con satisfacción que el desayuno se consideraba una comida importante.

Había tarros de mermelada y miel, bandejas de arroz con leche y flor de avena, platos de huevos duros y carne fiambre. La mantequilla figuraba en abundancia. Alguien alzó una campana de vidrio bajo la que rezumaba un queso de Gruyere para cortar un pedazo. Un frutero con frutas frescas y secas se alzaba en el centro de la mesa. Una criada vestida de blanco y negro preguntó a Hans Castorp qué deseaba tomar: cacao, café o té. Era menuda como un niño, con una cara alargada y vieja; una enana, reconoció él horrorizado. Miró a su primo, pero como éste encogía los hombros y fruncía el entrecejo con indiferencia, como si quisiese decir «Bueno, ¿y qué?», se sometió y pidió té, con una amabilidad particular puesto que era una enana quien le interrogaba. Comenzó a comer arroz con leche, con canela y azúcar, mientras consideraba los otros platos que deseaba probar y su mirada vagaba a lo largo de los comensales: los colegas y compañeros de destino de Joachim, que estaban interiormente enfermos y se desayunaban charlando.

La sala estaba decorada con ese estilo modernista que dota a la sencillez más austera de cierto matiz fantástico. La habitación no era muy ancha en proporción a su longitud y estaba rodeada de una especie de pasillo, donde había bufetes, que se abría en amplios arcos hacia el interior lleno de mesas. Columnas revestidas hasta media altura de madera barnizada y luego blanqueadas de la misma manera que la parte superior de los muros y el techo, estaban ornadas con plintos, motivos sencillos y raros que se repetían en el techo. Decoraban la sala unas lámparas eléctricas de metal blanco, compuestas de tres círculos superpuestos unidos por un encadenamiento, en cuya parte inferior colgaban campánulas de vidrio deslustrado que gravitaban como pequeñas lunas. Había cuatro puertas vidrieras: dos delante de Hans Castorp, por donde se accedía al vestíbulo de la entrada, y luego otra por la que había entrado Hans Castorp, pues Joachim le había conducido esta mañana por otra escalera y otro pasillo distintos de los de la noche pasada.

Tenía a su derecha un ser insignificante, vestido de negro, de cutis velloso y mejillas débilmente coloreadas, que tomó por una acomodadora o una costurera, sin duda porque desayunaba exclusivamente café y pan con mantequilla, pues a la idea que tenía de una costurera había siempre asociado el café con leche y el pan con mantequilla.

A su izquierda había una señorita inglesa de bastante edad, muy fea, con los dedos rígidos y congelados, que estaba leyendo cartas de su familia escritas a grandes trazos, mientras bebía un té de color rojizo. A su lado estaba sentado Joachim, y a continuación la señora Stoehr con su blusa de lana escocesa. Mientras comía se esforzaba visiblemente en hablar con aire distinguido, mostrando sus largos y estrechos dientes bajo su labio superior. Un joven de delgado bigote, cuya fisonomía parecía indicar que tenía dentro de la boca algo repugnante, se sentó junto a ella y desayunó observando el silencio más completo. Llegó cuando Hans Castorp ya estaba sentado, saludó con un gesto de su barbilla, andando y sin mirar a nadie, y se sentó, declinando con su actitud toda presentación al nuevo pensionista. Tal vez estaba demasiado enfermo para preocuparse de esas reglas sociales sin importancia e interesarse por lo que le rodeaba. Por unos instantes tuvo ante él a una joven rubia, extraordinariamente delgada, que vació una botella de yogur en su plato, lo tomó con la cuchara y se marchó inmediatamente.

La conversación en la mesa no era muy animada. Joachim hablaba ceremoniosamente con la señora Stoehr, informándose acerca de su salud y se enteró, con un correcto sentimiento, de que dejaba mucho que desear. Ella se lamentaba de «debilidad». «¡Estoy tan débil!», decía arrastrando las sílabas con una exageración de mal gusto. Al levantarse tenía 37,3, ¿cómo estaría por la tarde? La costurera confesó tener la misma temperatura, pero declaró, por el contrario, que se sentía agitada, poseída por una inquietud secreta, como si se hallara en vísperas de un acontecimiento particularmente decisivo, lo que en realidad era falso y que, por tanto, se trataba de una agitación puramente física que no tenía nada que ver con el alma. Sin duda no se trataba, como supuso, de una costurera, pues se expresaba en un lenguaje rebuscado e incluso culto. Por otra parte, Hans Castorp encontraba la emoción, o al menos la confesión de esos sentimientos, como una cosa en cierta manera inconveniente, casi sorprendente, viniendo de una criatura tan insignificante. Preguntó primero a la costurera y luego a la señora Stoehr desde cuándo se encontraba allí arriba (la primera vivía en el establecimiento desde hacía siete meses, la segunda desde hacía cinco); reunió luego sus escasos conocimientos de inglés, para enterarse, por boca de su vecina de la izquierda, de qué clase de té bebía (era té de escaramujo) y si era bueno, lo que ella confirmó casi bruscamente; luego miró la sala, donde la gente iba y venía, pues el desayuno no era una comida que se hiciese rigurosamente en común.

Había sentido un ligero temor de recibir impresiones terribles, pero se sentía defraudado: todo el mundo parecía lleno de actividad en aquel comedor, no tenía la sensación de hallarse en un lugar de sufrimiento. Unos jóvenes bronceados, de ambos sexos, entraron canturreando, charlaron con las criadas y con un extraordinario apetito hicieron honor a la comida. También había personas de más edad, matrimonios, una familia entera con sus hijos, que hablaban ruso, y jóvenes adolescentes. Casi todas las mujeres llevaban amplias blusas de lana o seda, suéters, como se les llama, blancos o de color, con cuellos vueltos y bolsillos a los lados, y era divertido ver cómo se detenían o hablaban con las manos metidas en ellos. En algunas mesas se mostraban fotografías, sin duda vistas recientes tomadas por aficionados; en otras se cambiaban sellos. Se hablaba del tiempo, de cómo se había dormido, de la temperatura que había marcado el termómetro por la mañana. La mayoría parecían felices, sin una razón concreta, sólo porque se veían reunidos en gran número. No obstante, algunos se hallaban sentados a la mesa con la cabeza apoyada en las manos, mirando fijamente al vacío. A éstos se les dejaba que miraran y nadie se ocupaba de ellos.

De pronto, Hans Castorp se estremeció, irritado y ofendido. Acababan de dar un portazo, era la puerta de la izquierda que se abría directamente al vestíbulo; alguien había dejado que se cerrase sola o la habían cerrado de golpe; Hans Castorp odiaba aquel ruido desde hacía mucho tiempo. Tal vez ese odio provenía de su educación, tal vez constituía una idiosincrasia congénita; en suma, odiaba los portazos y hubiera arañado a quien se permitiera darlos en su presencia. Además, aquella puerta se hallaba provista de pequeños cristales, lo que hacía el impacto aún más ruidoso.

«¡Pero bueno! —pensó Hans Castorp— , ¿a qué viene ese maldito estrépito?»

Por otra parte, como la costurera le dirigía en aquel momento la palabra, no tuvo tiempo de comprobar quién era el culpable. Pero unas arrugas aparecieron entre sus cejas rubias y su rostro se alteró desagradablemente mientras contestaba a la costurera.

Joachim preguntó si ya habían pasado los médicos.

—Sí, han hecho su primera ronda —respondió alguien. Acababan de salir de la sala cuando habían llegado los dos primos.

—Entonces marchémonos, no vale la pena esperar —dijo Joachim—. Ya encontraremos otra ocasión para presentarnos durante el día.

Pero en la puerta se toparon con el doctor Behrens, que llegaba presurosamente seguido del doctor Krokovski.

—¡Cuidado, señores! —exclamó Behrens—. Este encuentro hubiera podido terminar mal para los respectivos callos de nuestros pies.

Hablaba con un marcado acento sajón, abriendo la boca y mascando las palabras.

—¡Ah!, ¿es usted? —dijo a Hans Castorp, a quien Joachim presentó juntando los tacones—. ¡Encantado, encantado!

Y tendió al joven una mano tan grande como una sartén. Era un hombre huesudo que medía unos tres palmos más que el doctor Krokovski; tenía el cabello blanco, la nuca saliente, grandes ojos azules, prominentes y estirados por los vasos sanguíneos, en los que flotaban unas lágrimas, una nariz arremangada y un bigote recortado que estaba torcido a consecuencia de un encogimiento irregular del labio superior. Lo que Joaquim había dicho de sus mejillas se confirmaba plenamente: eran azules; también su cabeza parecía coloreada sobre la amplia blusa blanca de cirujano apretada con un cinturón, que descendía hasta las rodillas y dejaba ver el pantalón rayado y un par de pies colosales calzados con zapatos amarillos, de cordones bastante usados. El doctor Krokovski también llevaba el uniforme profesional, pero su blusa era negra, de un tejido lustroso, cortada en forma de camisa y con elástico en los puños, lo que realzaba su palidez. Se atenía a su papel de ayudante y no tomó parte alguna en los saludos, pero una ligera mueca de su boca revelaba que su posición de subalterno le parecía impropia.

—¿Primos? —preguntó el doctor Behrens señalando con su mano a los dos jóvenes mientras los contemplaba con sus ojos llenos de equimosis— . ¿Entonces éste también arrastrará el sable? —dijo Joachim designando a Hans Castorp con la cabeza—. Jamás, jamás, ¿no es verdad?; me he dado cuenta de inmediato. —Y se dirigió directamente a Hans Castorp—: Usted tiene algo más de paisano, de tranquilo, de menos guerrero que ese soldadote. Creo que sería un enfermo mejor que él, puedo apostarlo. Al instante, distingo en el aspecto de cada uno si hay madera de buen enfermo, pues es preciso talento para ello. Se necesita talento para todo y éste no tiene el menor atisbo. En el campo de maniobras no lo sé, pero para ser enfermo no sirve. ¿Me creerá si le digo que quiere marcharse? Siempre quiere marcharse, insiste y arde de impaciencia para hacer de novato allá abajo. ¡Qué pesadez…! Ni siquiera está dispuesto a concedernos seis miserables meses. Sin embargo, se está muy bien en nuestra casa, dígalo usted mismo, Ziemssen, reconózcalo. Vamos, señor, su primo nos apreciará mucho mejor que usted y sabrá divertirse. No escasean las mujeres, aquí tenemos damas deliciosas. Al menos, vistas exteriormente, muchas de ellas son muy seductoras. ¡Pero debe procurar tener mejor color, de lo contrario, las damas no le harán ningún caso! Verde es sin duda el árbol dorado de la vida, pero como color de piel no sienta muy bien. Completamente anémico, sí señor —añadió acercándose sin cumplidos a Hans Castorp y bajando uno de sus párpados con el dedo índice y el corazón—. Completamente anémico, como le decía. ¿Quiere saber una cosa? No ha sido ninguna tontería abandonar por algún tiempo a ese querido Hamburgo a su propia suerte. Es, por otra parte, un lugar al que debemos mucho. Gracias a su meteorología, tan alegremente húmeda, nos proporciona cada año un hermoso contingente. Pero si me permite que le dé un consejo absolutamente desinteresado (sine pecunia, ¿sabe usted?) haga, mientras esté aquí, todo lo que haga su primo. En su caso no se puede hacer nada más ingenioso que vivir por algún tiempo como si tuviese una ligera tuberculosis pulmonum y producir un poco de albúmina. Bueno, nos parece bastante extraño el metabolismo de la albúmina… Aunque la combustión general sea más importante, el cuerpo produce albúmina de todos modos… En fin, ¿ha dormido bien, Ziemssen? Sí, supongo que sí, ¿verdad? ¡Y ahora a pasear! ¡Pero no más de media hora! ¡Y luego métase el cigarro de mercurio en la boca! Y tenga la amabilidad de anotar la temperatura, Ziemssen, ¡con exactitud! ¡Hágalo a conciencia! El sábado quiero ver su curva. Que su señor primo se tome también la temperatura. Eso nunca hace daño… Buenos días, señores, diviértanse. ¡Buenos días, señoras!

Y el doctor Krokovski se unió a su jefe, que caminaba balanceando los brazos con la palma de las manos vueltas hacia dentro, preguntando a derecha e izquierda si habían conseguido dormir, cosa que todos aseguraban haber hecho.

Burla, viático, alegría interrumpida

—¡Qué hombre tan agradable! —dijo Hans Castorp mientras saludaba amistosamente al conserje cojo, que estaba clasificando cartas en su garita.

Salieron afuera. La puerta estaba situada en el ala suroeste del inmueble, en cuyo centro había un piso más de altura, que se hallaba coronado con un reloj de torre cubierto de cinc color pizarra. Al salir de la casa no se accedía al jardín cerrado, sino a un espacio abierto ante el panorama alpino, cuya vertiente oblicua se veía sembrada de abetos medianos y pinos retorcidos hacia el suelo. El camino que tomaron era, en realidad, el único que había, además de la carretera que descendía hasta el valle. Les condujo en ligera cuesta por detrás del sanatorio, cerca de las cocinas y las dependencias de servicio, donde vieron grandes depósitos de metal llenos de basura colocados junto a las rejas del sótano. El camino se prolongaba unos metros en esa dirección, para elevarse luego en una pendiente más pronunciada hacia la derecha, siguiendo la vertiente poco cubierta de bosque. Era un sendero duro, ligeramente teñido de rosa, un poco húmedo, a lo largo del cual se encontraban de vez en cuando algunas rocas.

Los dos primos no eran los únicos paseantes. Algunos huéspedes, que habían terminado de desayunar casi al mismo tiempo que ellos, les seguían a corta distancia, y grupos enteros que ya regresaban les salían al encuentro con paso acelerado a causa de la pendiente.

—¡Un hombre muy agradable! —repitió Hans Castorp—. Tiene una manera muy espontánea de expresarse; da gusto oírle. Lo del «cigarro de mercurio» para designar el termómetro me parece excelente, lo comprendí enseguida. Pero si me lo permites, encenderé uno de verdad —añadió deteniéndose— . No puedo aguantar más. Desde ayer a mediodía no he fumado nada… ¿Me permites?

Sacó de su petaca de cuero, ornada con un monograma de plata, un María Mancini, un buen ejemplar de la capa superior de la caja, un poco aplastado como a él le gustaba; cortó la punta con una pequeña guillotina que colgaba de la cadena de su reloj, cogió el mechero y encendió el cigarro, luego lanzó unas bocanadas de humo con satisfacción.

—Bueno —dijo—, ahora podemos continuar nuestro paseo. Supongo que tú no fumas, ¿eh?

—Nunca fumo —respondió Joachim—. ¿Para qué he de fumar?

—No lo entiendo —dijo Hans Castorp—. No comprendo que se pueda vivir sin fumar. Sin duda es privarse de una buena parte de la existencia y, en todo caso, de un placer sublime. Cuando despierto, me alegro de pensar que podré fumar durante el día, y cuando como, tengo el mismo pensamiento. Sí, en cierto modo, podría decirse que como para poder luego fumar y creo que no exagero mucho. Un día sin tabaco sería para mí el colmo del aburrimiento, sería un día absolutamente vacío e insípido, y si por la mañana tuviese que decirme «Hoy no podré fumar», creo que no tendría valor para levantarme. Te juro que me quedaría en la cama. Mira, cuando se tiene un cigarro que arde bien (quiero decir que no ha de haber ningún agujero), uno se halla al abrigo de todo, no puede ocurrirle nada desagradable, así de simple, nada desagradable. Es como tumbarse a la orilla del mar: se está tendido, ¿no es verdad?, no hay necesidad de nada, ni de trabajo ni distracciones… ¡Gracias a Dios, se fuma en todo el mundo! Este placer no es desconocido en ninguna parte, en ninguno de los sitios a los que uno puede ser lanzado por los azares de la vida. Incluso los exploradores que parten hacia el Polo Norte se aprovisionan de tabaco para afrontar sus peripecias, y ese gesto siempre me ha parecido muy simpático. Puede ocurrir que las cosas vayan mal (supongamos, por ejemplo, que me hallo es un estado lamentable); pues bien, mientras tenga mi cigarro sé que podré soportarlo todo, que me ayudará a vencer las adversidades.

—Sin embargo —dijo Joachim—, es un síntoma de debilidad. Behrens tiene toda la razón; no eres más que un paisano. Lo decía como un elogio, pero es un hecho. Además, estás bien de salud y puedes hacer lo que te dé la gana— añadió, y sus ojos parecían cansados.

—Sí, si no fuese por mi anemia —dijo Hans Castorp—. Según él, tengo la cara verde. Pero es cierto, y en comparación con todos vosotros tengo un color casi verdoso; en casa no me había dado cuenta. Ha sido muy amable al darme consejos desinteresados, sine pecunia, como ha dicho. Intentaré seguirlos y ajustar mi manera de vivir a la tuya. Por otra parte, ¿qué podría hacer aquí arriba entre vosotros? No puede perjudicarme el producir un poco de albúmina, a pesar de que la expresión me parece bastante repugnante. ¿Qué te parece?

Joachim tosió un par de veces mientras caminaban. Parecía que la subida le fatigaba. Cuando por tercera vez se sintió agitado por la tos, se detuvo con el ceño fruncido:

—Sigue tú —dijo.

Hans Castorp se apresuró a seguir su camino sin volver la cabeza. Luego fue acortando el paso y terminó por detenerse, pues le pareció que se había adelantado demasiado. Pero no volvió la cabeza.

Un grupo de huéspedes de ambos sexos se aproximó. Los había visto venir desde arriba, por el camino llano. Ahora descendían a grandes pasos, directamente hacia él, y oía sus distintas voces. Eran seis o siete personas de diferente edad, unas muy jóvenes, otras no tanto. Los contempló con la cabeza un poco inclinada, pensando en Joachim. Llevaban la cabeza descubierta, quemados por el sol; las mujeres iban vestidas con blusas de color, los hombres en su mayoría sin abrigo ni bastón, como gente que con toda sencillez sale a pasear delante de su casa. Como descendían, lo que no exige mucho esfuerzo (tan sólo el frenar un poco con las piernas rígidas a fin de no verse obligado a correr o tropezar, lo que en realidad produce una especie de abandono), su modo de andar tenía algo de alado y ligero que se comunicaba a sus rostros, a toda su apariencia; se sentían deseosos de pertenecer a su grupo.

Ya estaban cerca de él. Hans Castorp miró atentamente sus rostros. Todos no estaban bronceados, dos mujeres destacaban por su palidez: una era delgada como un bastón y tenía un color de marfil; la otra, más pequeña y gorda, tenía la cara afeada con manchas rojas. Todos le miraron esbozando la misma sonrisa impertinente. Una jovencita alta, vestida con un suéter verde, el cabello mal rizado y los ojos entreabiertos, pasó tan cerca de Hans Castorp que casi le rozó con el brazo. Y al mismo tiempo silbó… ¡Era extraordinario! No había silbado con los labios, que ni siquiera se movieron; había silbado en el interior de ella misma mientras le miraba tontamente con los ojos entornados. Fue un silbido extrañamente desagradable, ronco, agudo, y al mismo tiempo hueco y prolongado que, al terminar, bajaba de tono —de tal manera que recordaba al sonido de esas vejigas de goma que se ven en las ferias y que, al vaciarse, se arrugan gimiendo— , escapando de un modo incomprensible de su pecho mientras se alejaba con los demás.

Hans Castorp se hallaba de pie, inmóvil, mirando a lo lejos. Luego se volvió con precipitación y comprendió que debía de tratarse de una broma, una broma pesada, pues se dio cuenta, por el movimiento de sus hombros, que aquellos jóvenes se alejaban riendo, y hasta un joven rollizo, de gruesos labios, que con las manos en los bolsillos de su pantalón se levantaba la chaqueta de una manera bastante impropia, se volvió descaradamente hacia él y también rió.

Joaquim se aproximó. Saludó al grupo con su habitual caballerosidad, juntando los tacones; luego, mirándole con dulzura, se acercó a su primo.

—¡Qué cara pones! —observó.

—Ha silbado —respondió Hans Castorp—. Ella ha silbado con el vientre al pasar por mi lado. ¿Cómo es posible?

—¡Ah! —exclamó Joachim, y rió despreocupadamente—. No ha sido con el vientre; ¡qué barbaridad! Es la Kleefeld, Herminia Kleefeld; silba con su neumotórax.

—¿Con qué? —preguntó Hans Castorp.

Se sentía extraordinariamente agitado y no sabía por qué. Vacilaba entre la risa y el llanto cuando añadió:

—¡No esperarás que comprenda vuestro argot!

—Vamos, hombre —dijo Joachim—, te lo contaré mientras paseamos. Es como echar raíces. Se trata de una habilidad de la cirugía, como habrás imaginado; es una operación que se realiza con bastante frecuencia aquí arriba. Behrens tiene una práctica notable… Cuando un pulmón está acabado, ¿comprendes?, y el otro está sano, o relativamente sano, se dispensa el enfermo por algún tiempo de su actividad, para darle descanso… Es decir, te hacen un corte aquí, en el costado, no sé exactamente dónde. Behrens es un maestro en este género de operaciones. Luego inyectan gas, nitrógeno, ¿sabes?, y así inmovilizan el pulmón relleno de gas. El gas, naturalmente, no se mantiene mucho tiempo. Es preciso renovarlo cada quince días, poco más o menos; es una especie de relleno, ya puedes imaginarlo. Y cuando este proceso se repite durante un año, el pulmón puede sanar gracias al reposo. No siempre, por supuesto, y hasta es un asunto peligroso. Pero al parecer, se han obtenido muy buenos resultados por medio del neumotórax. Todos esos que acabas de ver están así, incluida la señorita Iltis (es la que tiene las manchas rojas), y la señorita Levy, la delgada, que según recordarás es aquella que guardó cama tanto tiempo. Se han agrupado, pues el neumotórax une a los hombres, y se llaman a sí mismos la «Sociedad Medio Pulmón», bajo cuyo nombre se les conoce. Pero el orgullo de la sociedad es esa Herminia Kleefeld, porque sabe silbar con su neumotórax; es un don particular que no posee nadie más. No puedo decirte cómo lo hace, ella misma no puede explicarlo exactamente. Cuando anda deprisa puede silbar interiormente, y lo hace para asustar a la gente, sobre todo a los enfermos recién llegados. Creo que así malgasta nitrógeno, pues han de hincharla cada ocho días.

Hans Castorp se echó a reír. Al oír las explicaciones de Joaquim su turbación se había convertido en alegría. Mientras andaban, se cubría los ojos con la mano, se inclinaba y una risa ahogada y precipitada sacudía sus hombros.

—Supongo que estarán registrados —logró decir, pues a fuerza de contener la risa su voz parecía un gemido—. ¿Tienen estatutos? Es una lástima que no formes parte de esa asociación. Hubierais podido admitirme como miembro honorario o como huésped. Deberías rogar a Behrens que te inmovilizara un pulmón. Tal vez tú también podrías silbar si te preocuparas de ello, pues seguro que es posible aprenderlo… ¡Es lo más ridículo que he oído en mi vida! —añadió lanzando un profundo suspiro—. Sí, perdona que hable así, pero tus amigos neumáticos parecen estar también de muy buen humor. ¡Qué manera de presentarse! ¡Cuándo pienso que forman la asociación de los medio pulmones! ¡Pfiuu, cómo silba esa jovencita! ¡Te mueres de risa! Eso es exuberancia, pero ¿por qué están tan extraordinariamente alegres? ¿Quieres decírmelo?

Joaquim buscaba una respuesta.

—¡Dios mío —dijo—, se sienten tan libres…! Quiero decir que son tan jóvenes que para ellos el tiempo no tiene importancia. ¿Por qué tienen que estar tristes? A veces pienso que estar enfermo y morir no es verdaderamente tan grave, sino más bien algo relativo; creo que las cosas serias no se encuentran más que en la vida lejos de aquí. Creo que lo comprenderás cuando hayas pasado con nosotros bastante tiempo.

—Sin duda —dijo Hans Castorp—. Estoy completamente seguro. Me he interesado por muchas cosas de aquí arriba y cuando se siente interés hacia las cosas, no se tarda mucho en comprenderlas. Pero ¿qué me pasa? Esto no funciona —dijo mirando su cigarro— . Desde hace un rato me pregunto qué es lo que no funciona y ahora me doy cuenta de que es este María lo que no acaba de gustarme. Te aseguro que sabe a papel mascado, como si tuviese el estómago sucio. ¡Es inexplicable! Es verdad que he desayunado de una manera excepcionalmente copiosa, pero esto no puede ser la causa, pues, cuando se ha comido mucho, el cigarro se saborea mucho mejor. ¿Crees que se deberá a mis agitados sueños? Tal vez sea eso lo que me ha destemplado. No, voy a tirarlo —añadió, después de una nueva tentativa—. Cada chupada es una decepción, no me resulta placentero.

Después de dudar un momento arrojó el cigarro por la pendiente al bosque de pinos húmedos.

—¿Sabes lo que ocurre? —preguntó—. Estoy seguro de que todo está en relación con ese maldito escozor que siento en la cara desde que me he levantado. El diablo sabe por qué, pero tengo la impresión de que enrojezco de vergüenza, ¿sentiste lo mismo al llegar?

—Sí —dijo Joachim—, al principio me sentía bastante extraño. ¡Pero no le des importancia! ¿No te he dicho ya que no es tan fácil aclimatarse entre nosotros? Pero todo eso no tardará en desaparecer. Mira este banco, qué oportuno. Vamos a sentarnos y luego regresaremos; debo ir a la cura de reposo.

El camino, muy llano, se prolongaba en dirección a Davos-Platz, poco más o menos a una tercera parte de la altura de su paseo, atravesando pinos altos y gráciles, inclinados por el viento. Desde allí se observaba la aglomeración de casas brillantes, envueltas en una luz clara. El rústico banco en que se sentaron se hallaba adosado a una roca abrupta. Cerca de ellos, un arroyuelo descendía murmurante hacia la llanura por una especie de acequia hecha con maderos.

Con la contera metálica de su bastón, Joachim comenzó a señalar a su primo los nombres de las cimas de las montañas que, en la parte sur, parecían cerrar el valle.

Pero Hans Castorp tan sólo lanzó una mirada fugaz a aquellas cumbres; estaba inclinado, y con su bastón de paseo, de puño plateado, dibujaba signos en la arena. De pronto preguntó:

—¿Qué quería preguntarte? ¡Ah, sí! El enfermo que ocupaba mi habitación acababa de morir cuando yo llegué. ¿Se han registrado muchas bajas desde tu llegada?

—Sí, algunas —respondió Joachim—. Pero eso se trata con mucha discreción; no se sabe nada, hasta que más tarde uno se entera casualmente. Todo sucede con el mayor misterio, y esto se hace por consideración a los demás pacientes, sobre todo a las señoras, que podrían sufrir ataques de nervios. Traen el ataúd de madrugada, cuando todos están durmiendo, no vienen a buscarlo más que a determinadas horas, por ejemplo, durante las comidas.

—¡Hum! —exclamó Hans Castorp, y continuó dibujando en el suelo— . ¿Todo se desarrolla entre bastidores?

—Pero recientemente, hace poco más o menos ocho semanas…

—Entonces no digas recientemente —interrumpió Hans Castorp, que escuchaba con frialdad.

—¿Cómo…? Está bien… ¡Qué meticuloso eres! Lo he dicho al azar. Hace, pues, algún tiempo me encontré entre los bastidores por casualidad. Lo recuerdo como si fuese hoy. Fue cuando llevaron el viático, el Santo Sacramento, es decir, la extremaunción, a la pequeña Hujus, una católica, Bárbara Hujus. Cuando llegué, todavía no guardaba cama y estaba loca de alegría como una mozuela de quince años. Pero luego fue languideciendo rápidamente, y acabó por no levantarse. Su habitación se hallaba a tres puertas de la mía. Llegaron sus padres y poco después el cura. Vino cuando todo el mundo se hallaba tomando el té de la tarde, y no había un alma en los corredores. Pero yo me retrasé, pues me había dormido durante la cura de reposo y no oí el gong. Por lo tanto, en aquel instante decisivo no me hallaba con los demás. Me perdí entre bastidores, como tú dices, y cuando salí al pasillo aparecieron de puntillas, con roquete, una cruz de oro y una linterna que uno de ellos llevaba delante, como un estandarte al frente de un ejército de jenízaros.

—No me parece una comparación apropiada —dijo Hans Castorp con severidad.

—Tuve esa impresión. Se me ocurrió contra mi voluntad. Pero escucha. Vinieron hacia mí, uno, dos, uno, dos, a paso atlético; eran tres, si no me equivoco: delante el hombre de la cruz, luego un cura con gafas y finalmente un muchacho que portaba un incensario. El cura llevaba el viático oprimido contra su pecho, e inclinaba la cabeza con un aire muy humilde; como comprenderás, era el Santo Sacramento.

—Precisamente por eso —dijo Hans Castorp— me extraña que puedas hablar de estandartes.

—Sí, sí, pero espera un momento; si hubieras estado allí no sé lo que pensarías. Yo estaba perplejo…

—¿Por qué?

—Mira. Me preguntaba cómo había que comportarse en tales circunstancias. Si hubiese llevado sombrero me lo hubiera podido quitar.

—¿Lo ves? —interrumpió rápidamente Hans Castorp—; es necesario llevar sombrero. Me sorprende que no llevéis sombrero. Es preciso llevarlo para que uno pueda descubrirse en las circunstancias indicadas. ¿Y qué pasó?

—Me apoyé contra la pared —dijo Joachim— en una actitud respetuosa y me incliné ligeramente cuando estuvieron cerca de mí. Era precisamente frente a la habitación de la pequeña Hujus, la número 28. Creo que el sacerdote se sintió satisfecho al verme saludar; dio las gracias amablemente y se quitó el bonete. En aquel instante se detuvieron, el monaguillo llamó a la puerta con el incensario, luego abrió y cedió el paso a su superior. Y ahora, procura imaginar la escena y mi horror, mis sensaciones. En el momento en que el sacerdote franqueó el umbral comenzaron a oírse gemidos y gritos como nunca has oído, y luego un alarido ininterrumpido, continuo, gritos lanzados por una boca completamente abierta: ¡aaah! Allí dentro se respiraba la desolación, un terror y una protesta indescriptibles, y por encima de todo se oían atroces súplicas, y de pronto todo pareció apagarse en un sonido vacío y sordo, como si ella hubiese desaparecido bajo la tierra y los gritos viniesen de las profundidades de un sótano…

Hans Castorp se volvió bruscamente hacia su primo.

—¿Era la Hujus? —preguntó irritado— . ¿Y por qué los gritos parecían proceder de un sótano?

—Se había escondido bajo las mantas —dijo Joachim—. ¡Imagina lo que sentí! El sacerdote permanecía de pie cerca de la entrada, pronunciando palabras tranquilizadoras. Parece que le estoy viendo: al hablar movía ligeramente la cabeza. El que llevaba la cruz y el monaguillo seguían en el umbral sin poder entrar. Era una habitación como la tuya y la mía; la cama estaba situada a la izquierda de la puerta, contra la pared, y a la cabecera había dos personas, los padres, por supuesto, que también se inclinaban hacia la cama pronunciando palabras de consuelo, pero no se veía más que una masa informe que suplicaba, pataleaba y protestaba de una manera espantosa.

—¿Pataleaba?

—¡Con todas sus fuerzas! Pero no le sirvió de nada; había llegado el momento de administrarle el sacramento. El cura se dirigió hacia ella, los otros dos también entraron y la puerta se cerró. Pero antes pude ver lo siguiente: la cabeza de la pequeña Hujus surgió por un segundo, con sus claros cabellos rubios revueltos, y miró fijamente al cura con ojos desorbitados, unos ojos pálidos, absolutamente desprovistos de color; luego, lanzando horribles gritos de dolor, desapareció de nuevo bajo la colcha.

—¿Y hasta hoy no me has hablado de eso? —preguntó Hans Castorp después de un breve silencio—. No comprendo por qué no me lo dijiste ayer mismo. ¡Dios mío, qué fuerza debía de tener todavía para defenderse de este modo! Se necesitan muchas fuerzas para eso. No se debería avisar al cura hasta que uno estuviese muy débil.

—Lo estaba —contestó Joachim—. Sí, habría mucho que contar; es difícil hacerlo en este momento… Estaba muy débil; era el miedo lo que le infundía tanta fuerza. Sentía un pavor terrible porque se daba cuenta de que iba a morir. Era una muchacha muy joven, por lo que debemos excusarla. Pero también hay hombres que se comportan de ese modo, lo que es, naturalmente, más inexcusable. En estos casos Behrens sabe hablarles, sabe encontrar el tono adecuado en tales circunstancias.

—¿Qué tono? —preguntó Hans Castorp arqueando las cejas.

—No seas tan escrupuloso —contestó Joachim—. Habló así recientemente a uno de ellos; lo sabemos por la enfermera principal, que estaba allí y ayudó a sostener al agonizante. Era uno de esos que para terminar provocan una escena espantosa y no quieren morir de ninguna manera. Entonces Behrens le llamó al orden: «¡Haga el favor de comportarse!», dijo, y el enfermo se calmó al instante y murió completamente en paz.

Hans Castorp se golpeó la pierna con la palma de la mano y apoyándose en el respaldo del banco elevó la mirada al cielo.

—¡Esto es demasiado! —exclamó—. ¡Decir a un enfermo que se comporte…! ¡A un moribundo! Es muy duro. Un moribundo es, en cierto modo, digno de respeto. Me parece que una cosa así… ¡Creo que un moribundo es, en cierto modo, sagrado! ¡No se le puede tratar así!

—Estoy de acuerdo —concedió Joachim—. Pero cuando uno se comporta con tal cobardía…

—¡No! —persistió Hans Castorp con una violencia totalmente desproporcionada a la resistencia que ofrecía su primo—. No, jamás dejaré de creer que un moribundo es más respetable que cualquier tipejo que pasea, ríe, y gana dinero sin privarse de nada. Es intolerable —y su voz vaciló de un modo extraño—, intolerable… —De pronto sus palabras se ahogaron en la risa que se había apoderado de él y le dominaba; la misma risa de la víspera, una risa nacida de las profundidades, ilimitada, que sacudía su cuerpo, que le hacía cerrar los ojos y brotar lágrimas entre sus párpados apretados.

¡Psst! —advirtió Joachim de pronto, tocando con el codo a su compañero, que continuaba riendo.

Hans Castorp, a través de las lágrimas, elevó los ojos.

Por la parte izquierda del camino venía u

n a cuadros claros. Cuando estuvo cerca, cambió con Joachim un saludo matinal —el del caballero era preciso y de una sonoridad agradable— y se detuvo ante él con los pies cruzados, apoyado en el bastón, en actitud graciosa…

…"

--Continúa leyendo y disfruta de más textos en https://fictograma.com/ . Únete a nuestra comunidad literaria de código abierto–