ACTO 4: La fuerza Imperial
Capitulo Diecinueve: Exquema, el reino de los fuertes
Faizus tardó menos de una semana en desaparecer. No del mapa, sino de la memoria colectiva de su propia gente, que es la única forma en que los nombres mueren de verdad. El reino que había existido bajo ese nombre durante generaciones fue enterrado sin ceremonia y sin luto, porque nadie llora lo que no amaba, y Faizus nunca había sido algo que sus habitantes amaran sino algo que habían soportado. Exquema nació en su lugar con la naturalidad de las cosas que estaban esperando el momento correcto para existir.
Los primeros meses del gobierno de Dante fueron, para los habitantes del nuevo reino, algo parecido a aprender a respirar después de haber tenido el pecho comprimido durante toda la vida. Las iglesias se desmantelaron sin resistencia porque ya nadie las sostenía desde adentro. Los sacerdotes que quedaban abandonaron el reino o fueron juzgados por sus propios vecinos, y con ellos se fue la última institución que había usado el nombre de los dioses para cobrar deudas y pronunciar condenas. Lo que quedó en las calles fue música.
Los Fainianos siempre habían tenido música, pero era una música que sobrevivía en los márgenes, en las tabernas y en los hogares cerrados, lejos de la vista de quienes podían interpretarla como sedición. Ahora salió a la calle con toda la fuerza de lo que ha estado contenido demasiado tiempo. Era rítmica y bailable, construida para mover el cuerpo, para reunir a la gente alrededor de algo compartido. En las plazas de Exquema, la gente tocaba y bailaba con una confianza que era en sí misma una declaración política aunque nadie la llamara así. Dante caminaba entre ellos.
No era una decisión calculada de imagen sino un reflejo de lo que era. No le interesaba ser el rey que gobernaba desde las alturas del castillo, distante y solemne como los monarcas que había visto en todos los mundos que había recorrido. Quería seguir siendo reconocible para la misma gente que le había dado una razón para quedarse, y esa gente vivía en las calles, no en los salones de audiencia.
Desde los reinos vecinos, esa imagen se leía de otra manera. Un rey que camina entre su pueblo, una gente que canta y baila en lugar de marchar, un reino que había nacido de una rebelión de ciudadanos, todo eso se traducía, en los ojos de los monarcas de los otros continentes, como debilidad. Como un poder blando que no duraría, como una anomalía que se corregiría sola o que podría ser corregida desde afuera con el empuje suficiente. Dante lo sabía.
Lo sabía porque la gente de los reinos vecinos empezaba a cruzar las fronteras en dirección a Exquema, atraída por lo que escuchaba, y entre las noticias que traían estaban también los rumores de lo que se murmuraba en los otros palacios. Un reino cómodo es un reino débil. Eso decían. Y mientras lo decían, algunos ya empezaban a mover fichas. Exquema se preparó.
Fotografía del Kantikar marchando en la plaza de Exquema
No con el miedo de quien se sabe amenazado sino con la determinación de quien ha decidido que lo que construyó vale la pena defender. Dante comenzó a compartir con sus altos mandos todo lo que había aprendido, métodos militares absorbidos durante años de formación forzada bajo Zhaxlor y refinados durante dos años de viaje por el cosmos observando cómo los ejércitos de mundos sin tecnología divina lograban o perdían sus guerras. Conocimientos tecnológicos que en Kil no existían pero que podían adaptarse, traducirse, construirse con los materiales y la inteligencia que el planeta ya tenía. El ejército fue refundado con un nombre nuevo. El Kantikar.
Su entrenamiento era duro porque Dante no conocía otra forma de preparar soldados, pero había una diferencia fundamental entre lo que él recibió y lo que él transmitía. Los métodos eran exigentes pero no crueles. Buscaban fortalecer, no doblegar. Buscaban construir en cada hombre y cada mujer del Kantikar la misma convicción que había visto en las calles de Faizus durante la rebelión, esa fuerza que no necesitaba miedo para sostenerse porque tenía algo más sólido debajo. Propósito.
El continente de Eztranus albergaba dos reinos gobernados por dos hermanos. Zauz y Firil, sus nombres, y sus gobernantes compartían apellido y sangre y también la misma lectura equivocada de lo que estaba ocurriendo al otro lado del agua. Vieron en Exquema un reino debilitado por su propia transición, un territorio que había quemado sus estructuras anteriores y que aún no había construido otras lo suficientemente sólidas para resistir un golpe externo. Comenzaron a mover su ejército.
El Kantikar marchó por primera vez en formación de guerra el Día 30 de Akor, sexto mes del calendario de Kil, media año después de la coronación de Dante Lorian como rey de Exquema. Medio año que para el solo habían sido más que días al estar atando en sangre a su edad Divina.
Las calles de la capital, las mismas donde semanas antes la gente bailaba al sonido de la música que ya no tenía que esconderse, se llenaron de filas ordenadas y pasos acompasados. La gente los vio marchar desde las aceras con una mezcla de orgullo y de algo más difícil de nombrar, la comprensión de que la libertad que habían ganado tendría que ser defendida, que ninguna cosa que vale la pena existe sin el costo de sostenerla. La Guerra Invernal entre Exquema y Eztranus había comenzado. Y con ella, la primera prueba de que el reino de los fuertes era exactamente lo que su nombre prometía…
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