Sangre, violencia y sueños fatídicos.
Capítulo: III
Todo estaba en una calma sepulcral.
Me encontraba en la cima de una colina de un verde tan vibrante que hería los ojos, cubierta de flores silvestres que se mecían con una cadencia hipnótica, como si respiraran al unísono con el viento. El cielo no era el gris plomizo de Shadow Creek; era un abismo negro y profundo, cuajado de estrellas que parecían tan cercanas que podría haberlas arrancado con la mano. No hacía frío. Al contrario, el aire tenía una calidez de útero, una sensación de pertenencia absoluta.
Como si, después de una eternidad de vagar, finalmente hubiera vuelto a casa.
—Qué lugar tan… tranquilo —murmuré. Mi voz no rebotó, sino que se perdió en la inmensidad del cosmos.
Entonces, el cielo se desgarró.
El negro perfecto fue devorado por un tajo de color carmesí. Un rojo profundo, viscoso y enfermizo, similar a una herida abierta en el tejido del universo. La bruma apareció sin aviso: no era niebla común, era una masa espesa, densa y antinatural que reptaba por la colina con una intención depredadora.
El viento se detuvo en seco. El silencio se volvió sólido. Y entonces… los gritos.
Eran lejanos al principio, como el eco de una radio mal sintonizada. Pero crecieron. Gritos ahogados, rotos, llenos de un pánico primario. Era el sonido de alguien intentando pedir ayuda mientras se hundía en un brea caliente. Me quedé paralizado, con los pulmones ardiendo.
—¿Hola…? —Mi voz sonó pequeña, aguda, completamente equivocada en aquel escenario de pesadilla.
Di un paso. Luego otro. Sentí algo cálido y pegajoso filtrándose entre los dedos de mis pies. Las flores ya no estaban húmedas de rocío. Miré hacia abajo y el grito se me atascó en la garganta.
Sangre. Un charco oscuro y denso se extendía bajo mis pies, tiñendo los pétalos de las flores de un matiz negro. El olor me golpeó un segundo después: hierro puro, óxido y muerte. Algo real. Algo físico.
Dos puntos amarillos se encendieron en mitad de la niebla roja. Eran ojos, pero no tenían pupilas. Eran antiguos, cargados de una paciencia infinita, observándome desde una altura imposible.
Y entonces, la voz. No venía de un lugar concreto; vibraba en mis huesos, en mis dientes, en el aire mismo.
—Tyler…
Mi cuerpo dejó de pertenecerme. Mis músculos se convirtieron en piedra.
—Tyler… —Más cerca. Un susurro que sabía a tierra mojada.
—Tyler. —El nombre dejó de ser un sonido para convertirse en una garra que me apretaba el pecho, aplastándome el esternón, robándome el oxígeno.
—¡TYLER!
Abrí los ojos de golpe, incorporándome en la cama con el corazón martilleando contra mis costillas.
El techo. Mi habitación. La oscuridad “normal” de las cinco de la mañana. Me llevé la mano al pecho, sintiendo el sudor frío empapando mi camiseta. Mi respiración errática era lo único que rompía el silencio de la casa Miller.
—Solo… solo ha sido un sueño —me dije en voz alta, intentando convencer a mis pulmones de que volvieran a su ritmo habitual.
Pero no se sentía así. En mi boca todavía quedaba el regusto metálico de la sangre de la colina.
—¡Buenos días, hijo! —La puerta se abrió de par en par y mis padres aparecieron en el umbral con una sincronía aterradora.
Parpadeé, todavía atrapado a medio camino entre el rojo de la niebla y el gris de la realidad. La luz del pasillo me cegó un instante.
—Es hora de levantarse —dijo mi madre, rebosante de una energía que debería estar prohibida a esas horas—. Primer día de escuela, primera oportunidad para dejar huella.
—Mat, revisa las tostadas, que el olor a quemado no es el mejor perfume de bienvenida —añadió, girándose hacia mi padre con esa autoridad doméstica tan suya.
—Enseguida, cariño. El deber llama —respondió él, dándome un saludo militar antes de bajar las escaleras a paso ligero.
Miré el reloj de mi mesita de noche. Los números digitales brillaban con crueldad.
—Mamá… son las cinco de la mañana —logré articular con la voz ronca—. Todavía no han puesto ni las calles.
—Sí, lo sé —interrumpió ella, cruzándose de brazos con una sonrisa radiante—. Somos unos monstruos de la productividad. Acostúmbrate.
No pude evitar soltar una pequeña risa seca. El contraste entre los gritos de mi sueño y la obsesión de mi madre por la puntualidad era tan absurda que me devolvió un poco de cordura.
—Tenemos una agenda apretada —continuó ella, entrando en el cuarto para abrir las cortinas—. Hay que hablar con el director, recoger tu uniforme, que te enseñen las instalaciones antes de que se llenen de adolescentes hormonados… y luego tu padre y yo tenemos que estar en el hospital a primera hora.
—¿Y era necesario madrugar antes que los panaderos?
—A las seis ya hay personal administrativo. Así que menos quejas, chico de ciudad. Hoy puedes ir con ropa normal, pero disfruta, porque mañana estarás guapísimo con el uniforme oficial. Conquistarás a alguien, te casarás en la iglesia del pueblo, tendré nietos y luego—
—Vale, vale, detén el tren del futuro —la corté, levantándome de la cama antes de que empezara a elegir el nombre de mis hijos—. ¿Puedes salir? Necesito prepararme mentalmente para mi condena.
—Drama innecesario de lunes por la mañana —dijo ella, lanzándome un beso al aire—. Pero fue aprobado por el jurado. Baja en diez minutos o me comeré tu parte de bacon.
Salió de la habitación, cerrando la puerta con un clic alegre.
Me quedé solo en el centro del cuarto. Caminé hacia la ventana y apoyé la frente contra el cristal frío. El bosque seguía allí, una masa impenetrable de sombras que no se movía ni un milímetro. Parecía estar esperando.
Me miré las manos. Estaban limpias. No había sangre, ni flores rojas, ni ojos amarillos. Aprieto los puños, intentando enterrar la sensación de la pesadilla en lo más profundo de mi mente.
—Solo fue un sueño —repetí, mirando fijamente la línea de los árboles.
Pero esta vez, mi reflejo en el cristal me devolvió una mirada que no parecía convencida en absoluto. Shadow Creek ya me estaba llamando, y el instituto era solo el siguiente círculo del mapa.
Me puse unos vaqueros gastados, una camisa verde oliva que no veía la plancha desde California y la primera chaqueta que encontré tirada sobre una caja. No tengo energía para pensar en estilo a las cinco de la mañana, y menos cuando el frío de Shadow Creek parece filtrarse por las paredes como un gas invisible.
Bajé las escaleras arrastrando los pies. El desayuno ya estaba servido —huevos, tostadas y un café negro que olía a supervivencia—. Antes de que pudiera articular la primera protesta sobre los derechos humanos y el sueño adolescente, ya estábamos encajonados en el coche, avanzando por el pueblo hacia mi nuevo círculo del infierno.
Shadow Creek todavía dormía, o al menos eso aparentaba. Las calles estaban desiertas, sumergidas en una luz grisácea y sucia que no terminaba de decidirse a ser amanecer. Las casas victorianas, con sus porches sombríos, parecían observarnos pasar como hileras de ancianos silenciosos.
Cuando finalmente llegamos, la Academia de Shadow Creek emergió de entre la niebla como un acorazado de piedra negra. La verja principal era una monstruosidad de hierro forjado, terminada en puntas de lanza que desafiaban al cielo. Estaba cerrada a cal y canto.
—Te lo dije —murmuré desde el asiento trasero, pegando la frente al cristal frío—. A esta hora, la gente normal sigue en fase REM. No hay nadie.
—No cantes victoria todavía, campeón —dijo mi padre, señalando hacia la cabina de vigilancia.
Un hombre de movimientos pesados y hombros caídos se acercó con un manojo de llaves que tintineaban de forma rítmica.
—Madre siempre es sabia, Tyler. Deberías tatuártelo en la frente para ahorrar tiempo —dijo mi madre, sonriendo mientras bajaba la ventanilla para recibir el aire gélido.
—Buenos días, Julian —saludó ella con una familiaridad que me sorprendió.
El conserje, Julian, no respondió con palabras. Se limitó a asentir con una rigidez militar y abrió la verja. El chirrido metálico fue tan agudo y prolongado que sentí una vibración desagradable recorriéndome la columna vertebral, como si el propio edificio estuviera quejándose de nuestra llegada.
El coche avanzó lentamente por el camino de grava, flanqueado por árboles centenarios cuyas ramas se entrelazaban sobre nosotros, formando un túnel natural. El silencio en el recinto era absoluto; ni un pájaro, ni el viento. Sólo el crujido de los neumáticos.
—Ya llegamos —anunció mi madre, estacionando frente al edificio principal.
Bajé del coche y lo primero que noté fue la presión del aire. Era denso, cargado de una humedad que olía a papel viejo y piedra mojada. El edificio era imponente: una mezcla de gótico tardío y austeridad puritana.
—Este lugar da un mal rollo impresionante —comentó mi padre, ajustándose la chaqueta y mirando hacia las gárgolas que adornaban las cornisas.
—Me acostumbraré… o desarrollaré un trauma interesante —respondí, aunque la boca se me sentía seca.
—Vamos —dijo mi madre, recuperando su tono de mando—. No hagamos esperar al director. El tiempo es oro, especialmente el suyo.
Empujé la pesada puerta principal de roble y entramos en un vestíbulo inmenso, donde nuestros pasos resonaban contra el mármol pulido. Y ahí es donde la primera pieza del rompecabezas dejó de encajar.
Había un chico esperándonos. Solo uno.
Estaba de pie junto a una estatua de mármol, con las manos entrelazadas a la espalda y una postura tan recta que parecía que le hubieran soldado una barra de acero a la columna. Al vernos, dio un paso al frente.
—Hola —dijo mi madre, ofreciendo su sonrisa de relaciones públicas.
El chico le devolvió el gesto al instante. Fue una reacción mecánica, demasiado rápida para ser espontánea.
—Ustedes deben ser los Miller —dijo, extendiendo una mano pálida y firme—. Bienvenidos. Soy Ryan Davis, presidente del consejo estudiantil. Seré su guía durante esta transición.
Su apretón fue seguro, ensayado mil veces frente a un espejo. Sus ojos eran de un Café cristalino, pero carecían de ese brillo de cansancio que cualquier chico de nuestra edad tendría a estas horas.
—Pensé que las clases empezaban a las ocho —dijo mi padre mientras empezábamos a caminar por pasillos infinitos—. ¿Qué haces aquí tan temprano, Ryan? ¿Castigo preventivo?
Ryan soltó una risa ligera, perfectamente modulada.
—Entreno por las mañanas, señor Miller. Soy capitán de atletismo y líder de debate. El director pensó que, dado mi conocimiento de las instalaciones, sería el más apto para mostrarles el orgullo de Shadow Creek.
Sonrió otra vez. Era una sonrisa de comercial de televisión: dientes perfectos, comisuras exactas. Lo observé mejor mientras caminábamos: uniforme sin una sola arruga, zapatos que reflejaban las luces del techo, ni un solo cabello fuera de lugar. Todo en él era perfecto, y esa perfección era lo más aterrador que había visto desde que llegué al pueblo.
—La Academia de Shadow Creek fue fundada originalmente en 1894 —continuó, recitando el texto como si leyera una placa de bronce—. Fue un convento de clausura antes de convertirse en institución educativa. Por eso verán que la arquitectura conserva ciertos… recordatorios de su pasado espiritual.
Señaló las paredes. Arcos ojivales, ventanales estrechos y figuras de santos talladas en piedra que parecían seguirnos con la mirada a medida que avanzábamos hacia las profundidades del ala norte.
—Actualmente tenemos una población de setecientos doce estudiantes —siguió, sin necesidad de consultar ningún papel—. El ala este alberga los niveles básicos; el norte, donde estamos ahora, es para secundaria; el oeste para preparatoria… y el sur contiene los laboratorios y áreas comunes. Todo está monitorizado para garantizar la excelencia académica.
Hablaba con una fluidez que me ponía nervioso. No había titubeos, ni “estee…”, ni pausas para pensar. Era un programa ejecutándose a la perfección.
—Y aquí estamos —anunció finalmente, deteniéndose frente a una gran puerta de roble doble con el escudo del colegio grabado en relieve: un sol naciendo sobre un valle—. La oficina del Director Thorne.
Se giró hacia nosotros y, para mi absoluta sorpresa, hizo una pequeña inclinación de cabeza, casi una reverencia antigua.
—Ha sido un auténtico placer, señores Miller. Espero que su estancia en nuestra comunidad sea fructífera.
Mis padres intercambiaron una mirada de desconcierto, pero, arrastrados por la extraña inercia del chico, le siguieron el juego e inclinaron la cabeza también.
—El placer ha sido nuestro, Ryan —dijeron al unísono.
Ryan volvió a sonreír, pero esta vez el gesto no llegó a sus ojos. Sus pupilas parecieron contraerse un milímetro.
—Hasta luego, chico nuevo. Espero que te adaptes… rápido.
Y sin decir más, se dio la vuelta y echó a correr por el pasillo. No era una carrera normal; era una zancada atlética, silenciosa y veloz. Demasiado veloz. Desapareció tras una esquina antes de que pudiera parpadear.
Me quedé mirando el pasillo vacío, sintiendo un frío repentino en las manos. Luego volví la vista hacia la puerta del director. Por alguna razón, sentí que cruzar ese umbral era una invitación formal a dejar de ser quien era. Crucé la mirada con mi padre; él también parecía haber notado que Ryan Davis no era exactamente un “estudiante modelo” normal.
—Bueno —susurró mi padre—. Al menos sabemos que los uniformes aquí incluyen un curso de etiqueta del siglo XIX.
—Entremos —dijo mi madre, aunque por primera vez su voz no sonaba tan segura.
Puse la mano en el pomo de bronce. Estaba helado. Y mientras la puerta se abría con un suspiro de aire encerrado, tuve la certeza de que Ryan no corría para ir a entrenar, sino que huía de algo que estaba a punto de recibirnos dentro de esa oficina.
Al abrir la puerta de la dirección, lo primero que me golpeó no fue la vista, sino el olor. Era un aroma denso, aceitoso y antiguo: tabaco de pipa mezclado con el rancio perfume del papel en descomposición.
La oficina del Director Thorne no parecía el despacho de un educador, sino el santuario de un coleccionista de naufragios. Las estanterías trepaban hasta el techo artesonado, cargadas de tomos cuyos lomos de cuero estaban tan agrietados que parecían piel humana. Entre los libros, objetos que desafiaban la lógica escolar: astrolabios oxidados, relojes de péndulo detenidos en horas distintas y figuras religiosas de madera carcomida que parecían gritar en silencio.
Frente al gran ventanal, recortado contra la luz grisácea que se filtraba desde el patio, estaba él. El Director Thorne permanecía de espaldas, observando el bosque como si estuviera pasando revista a un ejército de árboles. Tenía un puro encendido entre los dedos; el humo formaba nudos perezosos sobre su cabeza.
—Bienvenidos —su voz no fue un grito, sino un retumbar profundo que pareció vibrar en las suelas de mis zapatos.
Nos obligó a enderezarnos por puro instinto biológico. Incluso mi padre, que ha lidiado con jefes de policía y jueces, se tensó de forma visible.
—Ustedes deben ser los Miller —dijo, girándose lentamente. Su rostro era una máscara de arrugas talladas con precisión, y sus ojos tenían la fijeza de un ave de presa—. Tomen asiento.
Señaló dos butacas de cuero oscuro con el puro. Nos sentamos. El cuero crujió como una advertencia y el silencio que siguió fue tan pesado que sentí que el oxígeno se agotaba. Thorne abrió una carpeta de cartón amarillento. Mi expediente.
—Interesante… —murmuró, dejando que el humo escapara de sus labios en una línea perfecta—. Realmente interesante. Ganador de la feria de ciencias regional cuatro años consecutivos. Eso no es común en un muchacho de su edad.
Mantuve la mirada, aunque mis palmas empezaban a sudar.
—Notas sobresalientes en física y química —continuó con un tono que rozaba el desprecio—. Pero mediocres en humanidades. Filosofía, historia… parece que le interesan más los átomos que las almas.
Mis padres soltaron una risa corta y nerviosa, ese sonido que hacen los adultos cuando quieren suavizar una situación que se les escapa de las manos. Thorne no les siguió el juego. No parpadeó.
—Con dos padres doctores, la inclinación biológica no es una sorpresa —añadió, apagando el puro contra un cenicero de mármol con una parsimonia inquietante. Se inclinó hacia adelante, invadiendo mi espacio personal—. Dime, Tyler. ¿Qué buscas aquí?
No fue la típica pregunta de “¿cuáles son tus metas?” o “¿qué esperas de esta academia?”. Fue un “¿qué buscas?”, como si supiera que yo estaba allí para desenterrar algo.
—Aprender —respondí, forzando una calma que no sentía—. Y ganar la feria de este año. No me gusta perder.
Una sonrisa lenta y carente de calidez se dibujó en sus labios.
—Ambición. Eso me gusta. Es un motor potente, pero peligroso si no se calibra bien —hizo una pausa eterna, mirándome como si pudiera ver la pesadilla de la noche anterior grabada en mis retinas—. Espero que esté a la altura de sus propias expectativas… señor Miller. En Shadow Creek, el fracaso tiene un eco muy largo.
Una campana rompió el momento. No era un timbre electrónico, sino un sonido de bronce, grave y fúnebre, que resonó en las paredes de piedra.
—Siete y media —dijo Thorne, consultando un reloj de bolsillo—. Será suficiente por hoy. No apruebo su vestimenta improvisada, pero haré una concesión por ser su primer día. El uniforme se adquiere en el vestíbulo. Clase 8-A. Tercer piso, ala norte. No llegue tarde. La puntualidad es la primera forma de respeto hacia el orden.
Mis padres se levantaron casi de un salto. Parecían ansiosos por escapar de aquel microclima de tabaco y sombras.
—Gracias, director —dijeron.
Antes de salir, me giré una última vez. Thorne ya no nos miraba; había vuelto a encender su puro y contemplaba de nuevo el bosque. Su silueta parecía fundirse con la oscuridad de la habitación.
Salimos al pasillo y, por fin, pude llenar mis pulmones. El aire se sentía ligero, casi eléctrico.
—Vaya sujeto… —murmuró mi padre, aflojándose la corbata—. Parecía un general al mando de un fuerte sitiado.
—A mí me puso los pelos de punta —confesó mi madre—. Tyler, por favor, intenta no meterte en problemas con ese hombre.
—A mí me pareció interesante —mentí, tratando de ocultar el temblor de mis manos—. Si logró intimidarlos a ustedes, al menos sé que no me voy a aburrir.
Llegamos al vestíbulo. El lugar ya no era un desierto de mármol; ahora estaba infectado de estudiantes. Cientos de chicos con uniformes azul marino y gris se movían en oleadas silenciosas. Las conversaciones bajaban de volumen cuando pasaba yo. Me observaban con una curiosidad clínica, como si fuera un animal exótico recién llegado al zoo.
—Bueno, hijo —mi madre me dio un beso rápido en la frente—. Suerte. Nosotros nos encargamos de comprar el uniforme y llevarlo a casa.
—Demuestra lo que vales, campeón —añadió mi padre con una palmada—. Nos vemos en la cena.
Los vi alejarse entre la multitud. De repente, el mundo se hizo enorme y yo me hice pequeño. Empecé a subir las escaleras hacia el tercer piso, sintiendo el peso de mil ojos en mi nuca. Entonces, algo frío y áspero se cerró sobre mi hombro.
Me giré de golpe, con los nervios a flor de piel. Era Julian, el conserje. Estaba demasiado cerca, invadiendo mi espacio con su olor a desinfectante y serrín.
—Hola, chico nuevo —dijo. Su sonrisa era una cicatriz cansada en su rostro, pero sus ojos estaban demasiado abiertos, demasiado despiertos—. ¿Buscando tu destino o solo tu aula?
—Un poco de ambos, supongo —respondí, tratando de soltarme con disimulo.
Julian empezó a caminar a mi lado, con un paso renqueante pero rápido.
—He tenido pesadillas últimamente —soltó de repente, como si estuviéramos en mitad de una confesión íntima—. Siempre la misma. Un castillo. Hermoso, con torres que tocan las nubes. Pero luego… se vuelve rojo.
Me detuve en mitad del rellano. Mi corazón dio un vuelco.
—¿Rojo? —pregunté, sintiendo un escalofrío de déjà vu.
—Como una herida —asintió Julian, y sus manos, nudosas y sucias, empezaron a temblar—. Todo se cubre de una niebla que sabe a sangre. Y algo viene por mí. No tiene rostro, ni forma, pero sé que es algo malo.
Tragué saliva. Era mi sueño. Con palabras diferentes, pero era el mismo horror.
—Y cuando me alcanza… no despierto —susurró, inclinándose hacia mí—. Me quedo ahí, sintiendo cómo me devora pedazo a pedazo, incluso mientras limpio estos pasillos. Sigo sintiendo sus dientes, Tyler.
Me quedé mudo, buscando alguna señal de locura en sus ojos, pero solo encontré una verdad aterradora.
—Pero no me hagas caso —dijo de pronto, recuperando un tono extrañamente jovial y dándome otra palmada en el hombro—. Solo es un sueño. ¿Verdad?
No respondí. Julian se detuvo frente a una puerta de madera maciza con una placa de latón: 8-A.
—Aquí es donde empieza tu espectáculo, chico nuevo. Suerte. La vas a necesitar más que el libro de texto.
Se alejó cojeando, perdiéndose entre la marea de uniformes azules. Me quedé solo frente a la puerta, con la mano temblando sobre el pomo de bronce. Respiré hondo, tratando de enterrar la voz de Julian y la mirada de Thorne en lo más profundo de mi mente.
—Primer nivel del infierno —murmuré para mí mismo.
Giré el pomo. La puerta se abrió con un crujido seco. Entré.
Al asomarme, el aula 8-A se extendió ante mí como un anfiteatro romano. Estaba lleno. Demasiado lleno para un lunes a primera hora. Todos vestían el uniforme azul marino, tan impecable y rígido que parecía una armadura diseñada para anular la individualidad. En cuanto puse un pie dentro, las conversaciones murieron de forma síncrona, como si alguien hubiera cortado un cable de sonido.
Cuarenta pares de ojos se clavaron en mí. No había la curiosidad inocente de un colegio normal; había juicio, análisis y algo más oscuro… una especie de cálculo depredador.
—Bienvenido a nuestra celda de lujo, Tyler —dijo Alexis. Estaba recostada en su silla con una pierna cruzada, luciendo su seguridad habitual como si fuera un escudo.
—Hola, Tyler —añadió Ethan. Levantó la mano con timidez, pero sus ojos escaneaban el pasillo detrás de mí—. ¿Qué tal tu audiencia con el Rey Thorne? ¿Todavía conservas todos tus dedos?
Dejé escapar una pequeña risa nerviosa, sentándome en un pupitre vacío cerca de ellos.
—Interesante es una palabra corta. No me sorprendería que guardara una guillotina detrás de las cortinas. Tiene ese aire de general retirado que aún espera una guerra.
Alexis sonrió, una expresión afilada que no llegó a ocultar su tensión.
—Todos aquí pensamos lo mismo. Thorne no dirige una escuela; dirige un destacamento.
—Veo que ya conoces a nuestro “comisionado” —dijo Ethan, señalando con la barbilla hacia la fila del medio.
Me giré. Ryan Davis estaba allí, sentado con la espalda perfectamente recta, revisando unos papeles. Al sentir mi mirada, levantó la mano en un saludo sobrio, tranquilo, como si tuviera el control de cada átomo de oxígeno en la habitación.
Fruncí el ceño, sintiendo que el rompecabezas de este pueblo era demasiado perfecto para ser real.
—Déjame ver si lo entiendo… —murmuré, inclinándome hacia ellos—. El presidente perfecto Ryan, la chica más popular Ashley, el hijo matón del alcalde Jacob… y ustedes, los herederos del cementerio. ¿Me estás diciendo que todos los hilos del pueblo convergen en este salón de clases?
—Shadow Creek es un lugar de concentraciones, Tyler —respondió Alexis con un brillo divertido—. Somos un ecosistema pequeño. Si quieres controlar el bosque, tienes que tener a todos los lobos en la misma jaula.
—Y hablando de la realeza adolescente… —añadió Ethan, bajando la voz al mínimo.
La puerta se abrió de golpe. Jacob entró con la zancada de quien sabe que no tiene que pedir permiso para existir. Sonreía con una suficiencia que me revolvió el estómago. Ashley iba a su lado, caminando con una elegancia etérea que contrastaba con la brutalidad que emanaba de Jacob. Por un segundo, el ruido residual del salón desapareció por completo. Era una presencia física.
—Si ellos ya están aquí, la profesora Olivia no tardará —susurró Ethan, acercándose a mi oído—. Tyler, un consejo: espera fuera un minuto. Olivia es una excelente maestra, pero tiene un carácter que hace que Thorne parezca un abuelo amable. No querrás que tu primera impresión sea estar de pie en mitad del salón cuando ella entre.
Asentí. No necesitaba más enemigos el primer día. Me levanté y caminé hacia la salida, tratando de pasar desapercibido.
Y entonces sucedió.
Un pie se cruzó en mi camino con la precisión de una trampa para osos. No tuve tiempo de reaccionar. El suelo de madera me golpeó el pecho y mis libros salieron disparados. Las risas estallaron como una descarga eléctrica, crueles y metálicas.
—Vaya, el chico nuevo todavía no ha aprendido a usar sus piernas —dijo Jacob. Estaba apoyado en su pupitre, con una sonrisa que era una invitación abierta al desastre.
Apriete los dientes, sintiendo el ardor de la humillación quemándome el cuello. Me levanté rápido, con los puños cerrados, dispuesto a soltar toda la rabia que llevaba acumulando desde que vi el cartel de “Bienvenidos a Shadow Creek”.
Pero alguien me detuvo. Una mano se posó en mi hombro. Estaba fría. Tan fría que la sentí a través de la chaqueta. Una firmeza de mármol.
Me giré. Era él. Logan.
No lo había visto entrar. Parecía haber emergido de las sombras mismas del aula. Su ojo azul brillaba con una luz gélido; el marrón era un pozo insondable.
—Ve afuera, Tyler —dijo. Su voz era un susurro calmado, pero tenía el peso de una sentencia—. Yo me encargaré de dialogar con mi amigo Jacob.
No fue una sugerencia. Fue una orden que mi instinto aceptó de inmediato. Tragué saliva, asentí y salí al pasillo. Pero no me fui. Me quedé pegado a la pared, junto al marco de la puerta, con el corazón martilleando contra mis costillas.
—Veo que sigues recogiendo animales callejeros, Logan —escuché la voz de Jacob, cargada de desprecio—. ¿Qué pasa? ¿Te sientes identificado con la basura nueva?
—No seas cruel, Jacob. Solo es el primer día —intervino la voz de Ashley, suave pero con un rastro de cansancio.
—Tranquila, Ash —respondió Logan. Su calma era aterradora—. Solo estamos estableciendo las reglas de convivencia.
Hubo un segundo de silencio absoluto. Y luego, un golpe seco y violento contra el suelo, seguido del crujido de madera bajo una presión excesiva.
—¿Qué demonios…? —el grito de Jacob se cortó de golpe.
Me asomé apenas unos milímetros. Lo que vi me heló la sangre. Logan no estaba golpeando a Jacob. Lo tenía agarrado del cabello, levantándolo de su asiento con una sola mano, como si el tipo no pesara más que una muñeca de trapo. Los pies de Jacob colgaban a centímetros del suelo. El salón estaba en un silencio sepulcral; nadie respiraba.
Jacob estaba pálido, sus ojos desorbitados por el miedo y la falta de aire.
—Hay que hacer algo —susurró Ashley, mirando a Alexis con desesperación.
—Se lo buscó, Ash —respondió Alexis, sin apartar la vista de la escena, con una mezcla de fascinación y horror—. Logan odia las injusticias innecesarias.
Ethan no lo dudó. Fue el único que se movió. Se acercó a Logan con las manos abiertas, en señal de paz.
—Logan… por favor. Suéltalo. No vale la pena manchar el primer día de Tyler por esto. El equilibrio, ¿recuerdas?
La tensión en el aula era una cuerda a punto de romperse. Logan miró a Ethan. Durante un segundo eterno, pareció que iba a lanzarlos a ambos por la ventana. Luego, sus dedos se relajaron. Jacob cayó sobre su silla como un fardo, descompuesto, jadeando por aire.
—Gracias, Ethan —dijo Logan, recuperando su tono de voz normal, casi educado—. Tienes razón. A veces olvido mis modales cuando me encuentro con… impurezas.
Se sentó en su pupitre del fondo, en las sombras, como si nada hubiera pasado.
—Lo siento, Jacob. Espero que tus piernas no vuelvan a estirarse de forma accidental.
El silencio se rompió cuando Ryan Davis se subió al pupitre de Alexis, recuperando el mando de la situación.
—¡Muy bien, se acabó el espectáculo! —gritó con una firmeza que no admitía réplicas—. Todos a sus lugares. La profesora Olivia cruzará esa puerta en diez segundos. ¡Ahora!
Nadie discutió. El orden regresó de forma mecánica. Jacob respiraba con dificultad, frotándose el cuello, con la mirada clavada en el suelo.
—¿Y tú no vas a hacer nada? —le siseó Jacob a Ryan con rabia contenida—. Ese fenómeno casi me rompe el cuello.
Ryan lo miró desde arriba. Sus ojos café eran dos trozos de cristal. No respondió. Fue Ashley quien cerró la discusión.
—Te lo advertí, Jacob —dijo ella, con una calma que cortaba como un bisturí—. Logan no es alguien con quien quieras jugar. Sabes perfectamente lo que hiciste y por qué él reaccionó así.
Jacob apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Esto no se queda así.
—No aprendes —suspiró Ashley.
Fuera del aula, apoyé la espalda contra la pared de piedra, tratando de que mis pulmones volvieran a funcionar. Mi corazón seguía acelerado, un tambor frenético en mis oídos.
—Genial… —murmuré para mí mismo.
Primer día. Primera clase. Y ya había visto monstruos disfrazados de estudiantes, jerarquías de sangre y reglas que nadie se había molestado en explicarme. Miré la puerta de la 8-A. Ya no era solo un aula. Era una jaula de lobos donde yo era el único que no sabía cómo morder.
Respiré hondo, ajustándome la chaqueta.
—Definitivamente —susurré—, esto no es un colegio. Es un ecosistema de supervivencia.
Y justo entonces, el sonido de unos tacones rápidos y rítmicos empezó a resonar en el pasillo. La profesora Olivia llegaba.
Al llegar a la puerta, la vi. La Profesora Olivia no era simplemente una docente; era una extensión arquitectónica de la propia academia. Tendría unos cuarenta y tantos años, vestida con un traje de dos piezas azul marino, tan impecable y rígido que parecía haber sido almidonado con disciplina pura. Su cabello, de un rubio cenizo, estaba recogido en un moño tan tirante que acentuaba sus pómulos afilados y una mirada que no pedía respeto, lo exigía por decreto divino.
—Usted debe ser el señor Miller —dijo, alzando una ceja con la precisión de un escalpelo.
—Buen día, Maestra Olivia. Es un placer —respondí, levantando mi mano en un saludo que intentó ser seguro, pero que se sintió torpe bajo su escrutinio.
Ella ignoró mi mano extendida. En su lugar, sus ojos recorrieron cada centímetro de mi figura, desde mis zapatillas algo gastadas hasta el cuello de mi camisa verde. Fue como ser escaneado por un radar de alta frecuencia.
—Uno pensaría que, siendo hijo de dos doctores de renombre, tendría algo más de reparo en su indumentaria —sentenció, y su voz tenía el filo de un libro recién abierto—. Pero supongo que, viniendo de la laxitud de California, su aspecto es… comprensible. Sin embargo, señor Miller, mañana no aceptaré excusas. Quiero verlo portando nuestro uniforme con la dignidad que esta institución requiere. ¿Ha quedado claro?
—Sí, maestra —respondí con un tono de formalidad automática.
A diferencia del Director Thorne, que emanaba una oscuridad antigua y viciada, la Profesora Olivia irradiaba una inteligencia vibrante y peligrosa. Sobre su brazo descansaba un ejemplar desgastado de El gen egoísta de Richard Dawkins. Solo por eso, por su afinidad con la biología evolutiva y la ciencia dura, supe que era la primera persona en este pueblo que merecía mi respeto intelectual.
—Muy bien. Al entrar, se presentará ante la clase con propiedad. Luego, tomará asiento en el pupitre vacío del fondo. No me haga repetir las instrucciones.
La Profesora Olivia abrió la puerta y entró con una presencia que pareció succionar el aire de la habitación. El efecto fue instantáneo: como si un resorte invisible los hubiera impulsado, todos los estudiantes se pusieron de pie al unísono, con un estrépito de sillas que sonó como un disparo coordinado.
—Buen día, Profesora Olivia —dijeron todos en una sola voz, una armonía robótica que me erizó la piel.
—Buen día a todos. Tomen asiento —ordenó ella, dejando sus pertenencias sobre el escritorio con un golpe seco. El aula recuperó el silencio en menos de un segundo—. Hoy tenemos una nueva incorporación a nuestra clase. Pase adelante, señor Miller.
Caminé hacia el frente del salón, sintiendo el peso de las miradas. Jacob me observaba desde su sitio con los ojos entornados, una promesa de violencia grabada en su rostro pálido. Alexis y Ethan me dedicaron una inclinación de cabeza casi imperceptible, como aliados en una trinchera. Y Logan… Logan simplemente estaba allí, en la sombra, con sus ojos bicolor fijos en mí, indescifrables.
—Hola a todos —comencé, tratando de proyectar la voz hacia el fondo del aula—. Me llamo Tyler Joshua Miller. Tengo catorce años y vengo de Santa Bárbara, California. Me apasiona la ciencia y espero que podamos llevar la convivencia de la mejor manera posible.
En cuanto terminé, el salón estalló en un aplauso unísono. No era un aplauso entusiasta; era rítmico, controlado, casi ceremonial, como si estuviera asistiendo a una sesión del Parlamento en lugar de a una clase de octavo grado. Fue desconcertante.
—Muy buena presentación, señor Miller —dijo la Maestra Olivia, sin asomo de sonrisa—. Conciso y directo. Ahora, tome asiento. No perdamos más tiempo; el conocimiento no espera a los rezagados. Comenzamos con la clase.
Caminé hacia el fondo, sintiendo cómo el eco de los aplausos aún vibraba en las paredes. El único pupitre libre estaba en la última fila, justo al lado de la ventana que daba al bosque… y a pocos centímetros de Logan.
—Buena suerte, Tyler —susurró Alexis cuando pasé por su lado.
Me senté y saqué mi cuaderno. La Profesora Olivia ya estaba escribiendo en la pizarra con una caligrafía perfecta, casi arquitectónica.
—Hoy hablaremos de la selección natural y de cómo el entorno moldea a los depredadores —dijo ella, y su voz pareció cobrar una profundidad nueva—.
Miré de reojo a Logan. Él no tenía cuaderno, ni lápiz, ni libros. Solo miraba hacia la pizarra con una intensidad absoluta. De repente, sentí un frío intenso emanando de su lado, como si hubiera un bloque de hielo invisible entre nosotros.
La tensión en el aula 8-A no se disipó con la lección; se transformó en algo denso, casi sólido. La profesora Olivia se separó de la pizarra y caminó hacia el centro del salón con la elegancia depredadora de quien sabe que tiene a su presa acorralada en un dilema intelectual.
—Díganme algo —dijo, apoyando las yemas de sus dedos sobre la madera pulida de su escritorio, el libro de Dawkins descansando a su lado como un talismán—. En el gran esquema de la naturaleza, en este teatro de sangre y competencia que llamamos vida… ¿Quién gana realmente?
El silencio que siguió fue absoluto. No era el silencio del respeto, sino el del miedo a equivocarse frente a una mujer que no toleraba la mediocridad. Algunos bajaron la mirada hacia sus cuadernos; otros, como Ethan, parecieron encogerse en sus asientos.
Jacob Smith, sin embargo, no dudó. Levantó la mano con una arrogancia que parecía heredada de su apellido y del cargo de su padre.
—El más fuerte —soltó, sin esperar a que le dieran la palabra.
—Justifique su reduccionismo, señor Smith —respondió Olivia, sin que un solo músculo de su rostro se moviera.
Jacob se recostó en la silla, entrelazando las manos tras la nuca, irradiando una seguridad tóxica que inundaba el aula.
—Es simple. El más fuerte toma lo que quiere porque puede. Sobrevive porque nadie tiene el poder suficiente para detenerlo. En la cadena alimenticia, el león no pide permiso. Domina o dévora.
Varios alumnos asintieron con una sumisión mecánica. Tenía sentido en la superficie, en ese nivel primario de fuerza bruta que Jacob representaba tan bien.
—Una visión interesante… —dijo Olivia, dejando que el silencio creciera—, pero peligrosamente incompleta. Es la respuesta de alguien que solo ve la superficie del río, pero no la corriente que lo mueve.
Hizo una pausa, barriendo el aula con sus ojos de halcón.
—¿Alguien más desea ofrecer una perspectiva que no sea… prehistórica?
Sentí el impulso antes de razonarlo. Levanté la mano. No por orgullo, sino por una necesidad casi biológica de corregir un error lógico.
—Señor Miller. Adelante, tiene la palabra.
—En la naturaleza —comencé, sintiendo cómo el frío que emanaba de Logan a mi lado se intensificaba—, no gana el más fuerte. Gana el que se adapta.
El silencio cambió de frecuencia. Ya no era pesado; era expectante. Jacob giró la cabeza hacia mí, frunciendo el ceño como si acabara de escuchar una blasfemia.
—Explique su tesis —ordenó Olivia, cruzándose de brazos.
Mantuve la mirada, fijándola en los ojos de la profesora para no perderme en el mar de uniformes azules que me rodeaba.
—La fuerza bruta es un gasto de energía masivo y, a menudo, inútil —dije, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba—. No siempre gana el que tiene más músculo. Gana el que encaja mejor con las grietas del entorno. A veces el ganador es el más pequeño, el que consume menos, el que sabe esconderse en los puntos ciegos de los depredadores… o el que puede procesar venenos que otros no pueden. No es una competencia de poder, es una competencia de ajuste. El dinosaurio era fuerte; la cucaracha se adaptó. ¿Quién sigue aquí?
Hice una pausa larga, dejando que la pregunta flotara en el aire viciado del aula.
—La adaptación siempre vence a la fuerza bruta, porque la fuerza es rígida, y lo que es rígido se rompe cuando el entorno cambia.
Olivia no sonrió de forma amable, pero sus ojos brillaron con una aprobación gélida que me hizo sentir un escalofrío.
—Exacto. La especialización extrema es el camino más rápido hacia la extinción si el mundo deja de ser como esperas.
Caminó lentamente entre los pupitres, el sonido de sus tacones marcando un ritmo fúnebre. Se detuvo justo al lado de Jacob, quien ahora se retorcía incómodo en su silla.
—Tome nota de la lección del señor Miller, señor Smith —dijo ella. Su tono no era agresivo, pero tenía el peso de una losa de granito—. La fuerza es un recurso finito. La adaptación es infinita.
Jacob volvió la cabeza hacia mí. Ya no era solo la molestia de un matón desafiado; era algo personal, una chispa de odio puro que prometía que esta pequeña victoria académica tendría un precio fuera de estas paredes. Lo ignoré, fijando mi atención en el cuaderno, aunque mis dedos temblaban ligeramente.
—Porque en la naturaleza —continuó Olivia, volviendo al frente del salón—, los organismos que se niegan a evolucionar, los que se aferran a viejas formas de dominio mientras el mundo se vuelve rojo a su alrededor… esos organismos simplemente desaparecen.
Se hizo un silencio tan profundo que juraría que escuché el latido del corazón de Logan a mi lado. O quizá era el mío.
—Y lo más fascinante —añadió ella, con una nota de misterio que me recordó a las advertencias de Julian en el pasillo— es que muchas veces… no se dan cuenta de que están perdiendo la carrera por la vida hasta que el último miembro de su especie exhala su último aliento. Abran el libro en la página 12.
El crujido de las hojas llenando el aula rompió la tensión, pero la atmósfera seguía cargada de una electricidad estática que me ponía los pelos de punta. El resto de la jornada pasó en una normalidad forzada, una coreografía de clases y cambios de pasillo que se sentía demasiado ensayada. Nadie volvió a hablarme, pero sentía las miradas rebotando en mi espalda como proyectiles.
Cuando el timbre final sonó, recogí mis cosas con una prisa contenida.
—Sobreviviste —dijo Ethan, alcanzándome en la salida. Se veía agotado, como si la clase de Olivia le hubiera robado años de vida—. No muchos se atreven a llevarle la contraria a Jacob en público.
—Pagarás por ello, lo sabes, ¿verdad? —añadió Alexis, apareciendo a mi otro lado con una sonrisa ladeada que no terminaba de ser burlona—. Pero fue glorioso. Nadie le había llamado “dinosaurio” de forma tan elegante.
—Solo fue ciencia —respondí, aunque sabía que en Shadow Creek la ciencia era sólo otra forma de profecía.
El camino a casa fue extrañamente tranquilo. El pueblo parecía haberse sumergido en una paz artificial bajo la luz anaranjada del atardecer. Cenamos en silencio; mis padres estaban demasiado cansados por su primer día en el hospital y yo les di la versión editada: todo bien, gente amable, mucha disciplina. Mentiras necesarias para mantener el frágil equilibrio de nuestra nueva vida.
Subí a mi habitación y me dejé caer en la cama sin siquiera encender la luz. Miré el techo, donde las sombras de los árboles exteriores volvían a trazar sus mapas inquietantes.
—Pudo ser peor —murmuré, cerrando los ojos.
El silencio de la casa Miller era absoluto, pero en mi mente seguía resonando la voz de la profesora Olivia y el susurro gélido de Logan. Adaptarse o desaparecer. Esa era la regla de oro de este lugar.
Justo antes de que el sueño me reclamara, una idea incómoda se instaló en mi pecho: ¿Y si adaptarse a Shadow Creek significaba convertirse en algo que yo ya no reconocería? ¿Y si para sobrevivir aquí, tenía que dejar que la niebla roja de mis pesadillas entrará finalmente en mis pulmones?
—Mañana será mejor —mentí, hundiéndome en la almohada.
Pero en la oscuridad de mi cuarto, sentí que la adaptación ya había comenzado. Y por primera vez, tuve miedo de lo que vendría después.
—Por fin… —el susurro de mi propia voz murió asfixiado por el eco de los pasillos infinitos.
La Academia de Shadow Creek de noche no era un edificio; era un mausoleo de piedra y secretos. Las luces del vestíbulo parpadeaban con un zumbido eléctrico irregular, proyectando ráfagas de claridad sobre el suelo de mármol que yo mismo había pulido hasta el cansancio. Miré por el ventanal de la entrada: el Toyota Camry negro del Director Thorne ya no estaba. El Rey había abandonado su castillo.
—Hora de cerrar el fuerte —mascullé, tratando de ignorar el escalofrío que me recorría la nuca.
Ser conserje en un lugar así requería un tipo especial de temple, o quizás simplemente estar lo suficientemente roto como para no temerle al silencio. El edificio era demasiado grande, demasiado consciente de su propia antigüedad. Me coloqué los audífonos, buscando un refugio sonoro. La voz de Madonna inundó mis oídos, una explosión de pop de los ochenta que se sentía como un escudo contra la penumbra.
“When you call my name… it’s like a little prayer…”
Empecé con la rutina automática. Salón 1B, sillas sobre los pupitres. Salón 2A, borrar la pizarra. Movimientos mecánicos que mantenían a raya a los fantasmas de mi imaginación. Todo era normal. Todo estaba en su sitio. Hasta que dejó de estarlo.
“…it’s like a little prayer…”
CLANG.
El sonido fue un hachazo metálico que cortó la música y mi respiración al mismo tiempo. Fue seco, pesado, como si alguien hubiera volcado una de las pesadas mesas de laboratorio en la planta superior. Me quedé petrificado en mitad del pasillo, con la fregona en la mano como si fuera una lanza inútil. Pausé la música. El silencio que siguió fue tan denso que dolió.
—¿Hola…? —mi voz sonó quebrada, despojada de toda autoridad.
Nada. Ni un suspiro. Sólo el crujido térmico de las tuberías.
—La escuela está cerrada —grité, alzando la voz para ocultar el temblor de mis manos—. Si hay algún gracioso escondido, identifíquese ahora mismo. no estoy para juegos.
El eco me devolvió mis propias palabras, distorsionadas por la acústica gótica del techo. Tragué saliva, sintiendo el sabor amargo del miedo en la raíz de la lengua.
—Genial, Julian… ya estás escuchando cosas. Mañana pedirás la jubilación anticipada.
Dejé los audífonos en un pupitre y caminé hacia el vestíbulo principal. Cada uno de mis pasos resonaba con una contundencia antinatural, como si el suelo estuviera hueco. Llegué al centro del gran salón. El lugar estaba igual que siempre: ordenado, vacío, bañado por la luz mortecina de las lámparas de emergencia.
—¿Ves? Nada… solo el viento jugando con las ventanas viejas.
Exhalé un suspiro de alivio y me di la vuelta para recoger mi equipo. Pero entonces, mis pies se clavaron en el suelo. El aire en mis pulmones se congeló.
Al fondo del pasillo norte, justo en el límite donde la luz se rendía ante la oscuridad, había algo. Dos figuras. Eran enormes, de un gris ceniciento que parecía absorber la poca claridad que quedaba. Y lo peor eran los ojos: dos pares de esferas de un amarillo incandescente, como brasas de azufre ardiendo en el vacío.
Eran lobos. Pero ningún lobo de este mundo medía casi un metro y medio a la cruz. Permanecían inmóviles, observándome con una inteligencia fría y antigua.
—¿Qué…? —mi voz fue un hilo de aire—. ¿Cómo… cómo demonios han entrado aquí?
Dieron un paso al frente. Luego otro. No hubo sonido de garras contra el mármol, ni jadeos, ni gruñidos. Se movían como si no pesaran, como si fueran proyecciones de la misma sombra. Agarré la escoba con una fuerza que me hizo doler los nudillos.
—¡Eh! ¡Fuera de aquí! ¡Largo! —levanté el palo de madera en un gesto ridículo, patético.
Los lobos se detuvieron a diez metros. Inclinaron la cabeza al unísono, evaluándome no como a una amenaza, sino como un estorbo. Intercambiaron una mirada que juraría que fue una comunicación consciente. Y entonces, sin emitir un solo ruido, retrocedieron hacia las sombras y se desvanecieron.
El silencio que regresó fue absoluto. Me quedé temblando, con el sudor chorreando por mis sienes.
—Sí… eso es… corran… —solté una risa histérica, al borde del colapso—. Sepan quién manda en este edificio… malditos perros…
Empecé a caminar hacia la salida, desesperado por sentir el aire de la calle. Pero entonces, lo noté. En el suelo de mármol, bajo la luz parpadeante, mi sombra no coincidía con mis movimientos.
Se estaba alargando. Se deformaba, ensanchándose hasta cubrir casi todo el ancho del pasillo. No se movía conmigo; se movía hacia mí. Sentí una presión en el aire, un aumento súbito de la temperatura que olía a ozono y a carne quemada. Había algo detrás de mí. Algo demasiado grande para ser humano, demasiado oscuro para ser físico.
Me giré lentamente, con el cuello rígido por el terror.
Y ahí estaba.
No era un lobo. No era un hombre. Era una masa de oscuridad sólida que parecía estar hecha de humo y odio. Era tan alto qu
e su cabeza rozaba las vigas del techo. Su rostro no me era visible y tenía unos cuernos alargados pero los ojos… los reconocí al instante. Eran los mismos ojos amarillos de mi pesadilla.
—No… por favor… —retrocedí un paso, tropezando con mis propios pies. Mi espalda chocó contra la puerta cerrada de la dirección. No había salida. El pomo estaba bloqueado.
Intenté correr hacia el ala este, pero antes de que pudiera dar tres pasos, la criatura apareció frente a mí. No caminó; simplemente estuvo allí, ocupando el espacio, cancelando toda posibilidad de huida. Estaba tan cerca que sentí su odio vibrando contra mi piel.
—Por favor… —supliqué. No sabía a quién le hablaba. No había Dios en ese pasillo.
La criatura abrió lo que debería ser su boca. Se rasgó más allá de cualquier lógica anatómica, revelando hileras de colmillos que parecían dagas de obsidiana. Y entonces, en el centro de mi cerebro, escuché una voz que no era una voz, sino un pensamiento intrusivo, gélido y triunfal:
—Te encontré.
El primer mordisco me arrancó el grito y el hombro al mismo tiempo. El dolor fue una explosión blanca que borró el mundo. Sentí cómo me levantaba en el aire con una facilidad insultante. No hubo piedad, solo una eficiencia depredadora. Dientes, carne desgarrada, el sonido seco de mis propios huesos cediendo bajo una presión imposible.
Intenté gritar de nuevo, pero mi garganta se llenó de mi propia sangre. Mientras la oscuridad se cerraba sobre mi visión, lo último que vi fueron esos ojos amarillos, brillando con la satisfacción de quien finalmente ha cobrado una deuda pendiente.
Luego, el silencio volvió a la Academia de Shadow Creek. Un silencio perfecto, roto solo por el sonido de algo pesado siendo arrastrado hacia las sombras del bosque…
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