Las cuentas del rosario
En su cuarto, un espejo la aleja del mundo exterior y una sombra de mediana estatura duerme a su lado. Su cuerpo casi no cabe en la fría cama.
Se levanta. Prepara el acostumbrado espacio para sus polvorientos peluches, se pone aquella ropa sucia y raída que lleva desde hace meses y sale a soñar.
Al cerrar la puerta siente unos ojos sobre ella.
Mete la mano en el pecho, saca el rosario, besa con prisa cada una de sus cuentas y lo esconde otra vez.
Es lo único que la une al pasado.
Lo único que no ha podido romper.
Se sienta en el parque de los bancos vacíos y le dedica a la luna unas notas con su filarmónica.
Entonces la ve.
Una niña de rizos rubios y ojos azules.
Se queda inmóvil. El día anterior, a la misma hora y en el mismo lugar, había visto esa misma figura.
El canto se le quiebra. La sigue con la mirada hasta que se disuelve en el vaho de la noche.
Vuelve a buscar el rosario. Esta vez lo besa con más fuerza.
Duerme en el banco. En su cama, la sombra siempre le quita el espacio que le corresponde.
La mañana la descubre temblando.
La ropa, más rota y áspera.
La filarmónica, abandonada en el banco de al lado, hundida en un charco.
El viento trae un olor húmedo, a tierra mojada y madera vieja.
Pero el rosario sigue allí.
Lo aprieta contra el pecho y regresa a casa.
Al abrir la puerta, la niña ya está dentro.
Ríe.
El sonido se multiplica en las paredes.
—Vete —grita—. Déjame en paz.
La casa responde con una risa hueca.
Corre hasta el sillón. Siente una mano sobre el hombro. Una voz, muy cerca:
—Arrepiéntete.
—Déjenme… Dios está conmigo… mi espejo… mis peluches… —murmura—. Mi madre ha muerto… pero no estoy sola.
El silencio vuelve de golpe.
Se cubre el rostro. Ya no puede llorar.
Solo aprieta el rosario.
—No me descubrirán… nadie sabrá…
La mañana amanece roja, como si el cielo hubiera sangrado.
El parque la ha extrañado.
Pero el espejo y los peluches celebran su regreso.
Los ojos vuelven.
Ahora más cerca.
La sombra empuja la puerta.
—Arrepiéntete.
—Mamá… di que estás conmigo… tengo frío… —susurra—. ¿Por qué esa niña no se va?
Nadie responde.
Al caer la noche, una brisa leve mueve algo frente al espejo.
Un papel.
Se acerca.
El reflejo le devuelve una imagen deformada: sus manos aferradas al rosario… demasiado tensas.
Hay manchas oscuras en las cuentas. No recuerda cuándo aparecieron.
Lee. Las palabras no están completas. Algunas han sido borradas, otras parecen escritas con prisa:
“…con este rosario…”
“…ellos… papá y mi hermana…”
“…mamá ya puede descansar…”
Las letras se deshacen bajo sus dedos.
Detrás, en el espejo, la niña la observa.
Ya no sonríe.
Ella aprieta la cruz contra el pecho. Muy fuerte.
Como si aún hiciera falta…
…"
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