La bolsa de basura desapareció en la penumbra en completo silencio. El eco del impacto llegó débil a los oídos de Juan, que aún tenía la cabeza dentro del tubo. Inspiró hondo. Sacó la cabeza del tubo. En el pasillo, su mujer lo miraba con expectación.
—Huele mal, pero a lo mismo de siempre —le dijo Juan con la nariz arrugada—. El señor Elías va a tener razón al final. Es la vieja.
—¿Pero cómo va a ser ella? Sé que es un bicho malo, pero no creo que pueda vivir con semejante peste. ¡Imagínate cómo olerá allá dentro!
Juan se encogió de hombros y se encaminó hacia la puerta del apartamento, sabiendo que no llegaría a abrirla.
—Anda, sube —dijo la mujer.
—Claudia, cariño. Hoy no tengo paciencia. Mejor llamamos a la policía.
—La policía está harta de nosotros. Acuérdate de la última vez. Sube. O subo yo. ¡A ver quién tiene menos paciencia!
—Vale, vale —se rindió Juan con un suspiro—. Pero dame una máscara de esas del COVID.
Las campanadas del timbre se ahogaron en un pastoso silencio. Juan esperó con los brazos en jarras, listo para el duelo de insultos y amenazas. Pero tan solo escuchó las inquietas chanclas de Claudia en el piso de abajo. Su respiración dentro del tapabocas. Furioso, envió una ráfaga de campanadas y, cuando eso no funcionó, aporreó la puerta con el puño. De repente, la puerta cedió con un chasquido metálico y la cerradura cayó al suelo. La puerta se abrió y una ola casi sólida de pestilencia empujó a Juan hacia atrás.
—¡Madre de Dios!
—¿Todo bien? —preguntó Claudia desde la escalera.
—Sí, sí. Creo que no está. Voy a entrar.
Dentro, las luces estaban encendidas. Juan avanzó con cautela. No sabía si era peor respirar por la boca o por la nariz. Se limpió las lágrimas. Frente a él, en la pared, había un tosco agujero; daba al canal de ventilación que también estaba perforado. En el suelo, esperaba una caja de herramientas aún abierta. Juan recogió un martillo y siguió lentamente hacia la cocina. Un penetrante olor químico se abrió paso entre la peste, y entonces, Juan la vio: Su piel era un mosaico de manchas moradas y negras. Estaba tendida sobre un burbujeante charco amarillo que había disuelto tela, piel y carne. La mano que le quedaba intacta aferraba una botella de algún químico y sobre su deforme rostro sin ojos había una máscara de gas mal puesta. …
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