LOS RECOLECTORES

Uno tiene el cabello anaranjado y va al frente del grupo. Mantiene el semblante serio y mira el entorno con detenimiento. De su espalda cuelga un arma forjada en metal negro. “Ese parece ser peligroso”, piensa él. La otra camina despreocupadamente, carga una mochila a cuestas y juguetea con un fino puñal, pasándoselo de una mano a otra, lanzándolo al aire, atrapándolo. Al final, los custodia esa cosa.

“Eso” es al menos dos veces más grande que cualquier persona y se yergue sobre dos pilares metálicos que hacen de piernas. A los costados, dos brazos, también metálicos, custodian costillas, un esqueleto brillante y ancho, engranajes cobrizos que funcionan como articulaciones, tubos, resortes y más metal. Una cabeza humana corona al golem, y el rostro de la cabeza se mira relajado, como acostumbrado a ese cuerpo.

—El ruido provino de algún lugar cerca de aquí —dice ella. Su voz es ligera, llena de energía, severa—. Hay que encontrarlo rápido, mejor antes de caer la noche.

—¿Crees que el esnórak nos esté acechando? —pregunta el hombre de metal, y su voz tiembla, insegura—. Primero el gusano y ahora el estallido, ¿y si es una trampa?

—Los esnórak no tienden trampas, Arlon. No seas idiota —responde el de cabello naranja.

—¿Pero no podemos solo asustarlo y olvidarnos del asunto? ¿O destruir su madriguera mientras esté afuera cazando? —habla con vergüenza, muy bajito—. No quiero verle de frente, yo los he visto matar, y no quiero morir así, lo lamento, pero estoy aterrado.

—Son muy territoriales, los otros no lo dejarán pasar cerca de sus madrigueras. Si solo le ahuyentamos buscará otro lugar en donde hacer su escondite. Los túneles…

—¡Qué Aheb no lo permita! —Lo interrumpe ella. Su mirada se clava en él—. ¿Cómo puedes decir eso enfrente de Arlon? Si permitimos que uno solo entre…

—Sería el final para todos. Y es por eso por lo que hay que cazarlo. Además, esa lata te protegerá. ¿No? —Él habla tranquilo, como si su situación fuese algo rutinario. Golpea al armatoste con los nudillos, un chasquido metálico provoca un eco en la inmensidad del desierto.

El mago no sabe si son hostiles, si intentarán matarle al descubrir su presencia. En La Ciudadela se cree que además de los horrores de la corrupción, el desierto no ofrece hogar a nada más. ¿Quiénes son ellos y qué hacen aquí? ¿Qué es esa cosa? ¿Tecnología prohibida?

—¿Eh?

Han escuchado algo, de alguna forma lo han oído. El mago se agazapa tras el montón de rocas que le sirve de escondite, y en silencio, se cubre con un sortilegio que disimula su presencia. Entonces, prepara un conjuro; sencillo y corto, no quiere matar a nadie, así que solo les aturdirá. Una variación de Focus, que desarrolló junto a Aldous.

El desconocido camina hacia donde él se encuentra, lento, con cautela. Mira con detenimiento cada detalle del entorno y ya ha desenfundado su arma. Camina como si olfateara los alrededores. Se ha detenido justo frente al manantial, el cual ya ha formado un gran charco sobre el suelo.

Para el mago, el andar del desconocido recuerda a los perros de La Ciudadela, muertos de hambre y llenos pulgas, los cuales, motivados por sus instintos, cazan a las ratas, gordas por el desperdicio y que salen de las coladeras para echarse algo al hocico. En muchas ocasiones, un transeúnte desprevenido se acerca demasiado y termina con los dientes del can aferrándose a una pantorrilla. Decide que lo mejor será permanecer quieto y ocultarse, por si acaso.

—Agua —dice en voz queda, escéptico. Se hinca y toma un poco con su mano, duda en beberla, pero el impulso gana. No pasa nada—. ¡Nowa! ¡Arlon! ¡Agua!

Ahora lo mira de cerca. Viste con la misma tela que encontró entre los restos de la torre, e incluso de cerca, los reflejos metálicos asombran a uno. Él es diferente de cualquier otra persona que haya visto alguna vez; el cabello acomodado en una maraña sobre la cabeza y, de la parte de atrás, se proyecta una larga tira trenzada. Su piel también es distinta, clara, aunque tostada por la inclemencia de la luz, es tal vez la piel más clara que ha visto alguna vez. El mago se pregunta si será necesario atacarles.

—¿Cómo es posible? —Ella también luce incrédula. Tiene un rostro amable, ojos grandes adornados con puntitos de pintura, enmarcados por su abundante cabello. Dos bolitas de metal le sobresalen del labio inferior—. ¿Tú qué opinas, Zev? ¿Algún truco?

—No lo sé —responde él—. Podría ser alguna ilusión causada por la contaminación.

—Para mí, luce bastante normal —Nowa forma un cuenco con sus manos y lo llena con agua. Sin pensarlo mucho, bebe—. ¡Qué fresca! Es como si fuera un favor divino.

—No deberías hacer eso —señala Arlon, de inmediato. Pero ninguno de los otros dos le presta atención.

—Las voluntades apartaron su mirada del desierto desde que dejaron de brillar las estrellas, ¿sabes? Eso dice Ma Uzi. A nosotros no nos suceden esas cosas.

—¿Crees que tenga que ver con ellos? —Ella lo dice rápido y débil. A modo de una inmoralidad—. Ya sabes… Vimos al de la luz.

—Podría ser, aunque ese quizá ya esté muerto. El esnórak parecía tener una fijación particular con él. Tal vez al final lo encontró.

—¿Es cierto que solo se comen lo de adentro y te dejan como una muda de araña, o de serpiente? —pregunta ella. Se dirige a Arlon.

—Comen hasta que ya no queda algo más que zamparse. Esas cosas no conocen la saciedad e incluso llegan a reventar, se les sale todo y aun así siguen comiendo. Solo comen, comen y comen —Su voz es tranquila, vacía, y en su rostro se forma la introspección, como tratando de no escuchar sus propias palabras.

—Es verdad, estabas ahí, ¿no es cierto? —Zev muestra una mezcla de curiosidad, de horror. En seguida ello se transforma en compasión, en arrepentimiento, como si hubiese preguntado algo muy privado—. En Badr, me refiero.

—Estaba dormido, y como las residencias se encontraban en los niveles inferiores fuimos los primeros en ser atacados —La vida volvía a su mirada a momentos, hablaba quedo, apretando la voz—. Llegaron desde abajo. Logré matar a uno, casi a costa de mi propia vida. Cuando me encontraron, los centinelas me sacaron a cuestas del ahí

El oasis que al que el mago ha dado vida se encuentra en uno de los extremos de un amplio terreno irregular, hay menos arena y el suelo es más firme, grandes rocas descansan por aquí y por allá, y atisbos de una vegetación verde, casi gris y raquítica, adornan trozos de suelo dispersos entre sí; son arbustos escuetos, revestidos por hojas pequeñas, delgadas, flabeladas. Él, a la sombra de las rocas, se encuentra a poca distancia de la fuente, desde ahí resulta invisible para aquellas personas tan extrañas, desde ahí les puede ver y oír.

—Seguía consciente, y esas cosas seguían entrando. Lo vi todo. Salí apenas vivo.

—Por eso tenemos que encontrar a esa cosa. No podemos permitir que algo así vuelva a ocurrir —dice ella, con solemnidad—. Que Arlon sobreviviese fue un milagro. Papá no deja de agradecer a las voluntades. Estuvo a punto de perder otro hijo.

—Nos enfocaremos en esto, y ya —suelta Arlon. Ha vuelto en sí, por decirlo de alguna forma, y solo alcanza a susurrar—: Por favor.

—Bien pues —Zev se hinca en el suelo y mete las manos al agua, vuelve a ceder al impulso y bebe un poco—. No muy lejos de aquí construyeron una bóveda. Si llegamos, pasaremos la noche ahí, a primera hora volveremos con la tribu a informar sobre esto.

—Bien pues —responde Nowa.

—Bien pues —dice Arlon.

Bien pues”, piensa él. Los seguirá hasta encontrar ese lugar seguro en donde pasarán la noche. Parecen pacíficos, y si no, podría usar algún conjuro. Tiene hambre, pero al menos ya ha saciado su sed y se ha reabastecido de agua. Ahora sabe que aquella bestia tiene nombre, y que ellos la están buscando. Incluso podría ofrecerles ayuda en su empresa a cambio de que lo guiasen hasta Guhr.

Ellos ya han dado la vuelta y se alejan de su escondite. Por eso decide que es seguro salir. Se endereza un poco, decide correr hacia un pequeño matorral que le servirá como un nuevo escondite, desde donde podrá verlos.

Solo un paso. Al salir al descubierto, echó una mirada rápida a sus guías y entonces lo notó, la mirada de Zev se cruzó con la suya, ojos verdes llenos de sorpresa, de temor. Había llamado la atención del perro. Solo fue un instante. Y es que, gracias al sortilegio de ocultación, la hoja solo arañó su brazo, casi en el hombro. Un corte en sus ropas y la tela mugrosa de su camisa absorbiendo la sangre con celeridad. El sortilegio confundió a su atacante, desplazó su espada apenas lo suficiente para evitarle un golpe fatal. Porque él atacó para matar; lo supo al mirarlo a los ojos, agudos y lejanos, una avalancha mortífera que cayó sobre su cuerpo en segundos y que apenas logró esquivar. Ha caído de espaldas y se ha puesto de pie tan deprisa como puede, Zev se levanta al frente suyo, si no logra desviar su próxima estocada va a morir.

Sabe que, por detrás suyo, los otros dos observan, y no sabe si esa cosa de metal lo atacará o si ella también es una asesina o una guerrera. Pero no puede despegar la vista de la amenaza que representaba aquel hombre. Prepara el conjuro, y decide que subirá un poco su intensidad, por si acaso. No desea matar a nadie. Rápido, por instinto, levanta el brazo y recita las palabras, el otro ya ha cargado contra él, la punta de la espada apunta a su pecho.

Un ruido seco; el de un cuerpo cayendo sobre el suelo, seguido por el eco del metal al chocar con algo duro. Le ha golpeado antes de verse atravesado por la hoja. Ahora su agresor yace tirado con el rostro embarrado contra el piso, inconsciente. Nowa ya ha corrido hacia él, alarmada. Arlon le apunta desde lejos con la imponencia de un brazo mecánico.

—¡No le he matado! —Su voz tiembla y está a punto de romper a llorar—. ¡Ha sido él quien me ha atacado primero!

Forma otro sello y prepara el hechizo otra vez, está listo para volver a atacar si es necesario, pero entonces siente una vibración; el aire siendo succionado desde algún lado. Después, escucha el ruido de los engranajes al girar y de la energía al concentrarse, desde donde se halla el golem, un grito artificial recorre el espacio. Una gran cantidad de calor se libera y en seguida, el rayo. Apenas logra esquivarlo lanzándose hacia un costado. La tierra sobre la que estaba un momento antes explota en pedacitos y sus oídos sufren a causa del ruido, tierra quemada. La roca se ha fundido y ahora permanece roja, caliente e inerte. El mago apunta hacia el monstruo de metal y dispara un solo proyectil incandescente, brillante, pero este se disipa al chocar con su objetivo.

—¡Eres el brujo! —le grita ella—. ¡Tú lanzaste las llamas y asustaste al esnórak! ¡Sobreviviste!

El aire vuelve a vibrar. Grito, y esta vez el arma dispara más rápido, de nuevo erra en el tiro, pero la explosión fue bastante cercana y lo ha lanzado por el aire varios metros. Al caer, se queda sin aire. Aturdido, intenta levantarse, pero Nowa ya lo ha tomado por un brazo y lo inmoviliza, apretándole contra ella y acerca el brillante filo a su yugular.

—¿Cómo lo hiciste? ¿Cómo sobreviviste? —pregunta.

—Me escondí —Traga saliva. Está perdido—. Logré arrastrarme hasta una torre, me escondí, y al amanecer seguía vivo.

—¿Eres de adentro? —Ella está a punto de la histeria, los ojos inyectados en sangre y la voz desgarrándose—. ¿Por qué has salido?

—Me dirijo hacia Guhr —Decide que tiene que mentir, si saben de La Ciudadela quizá ellos crean que el Dogma le envió, la imagen de Pólux podría intimidarles—. Me esperan allí. Me perdí, y tenía mucha sed. Por eso hice brotar el agua, no quería causar ningún mal.

—Entonces, tú lo creaste —Ya ha vuelto en sí, frunce el ceño, gruñe y se aprieta el costado con fuerza, ahí le ha golpeado, un intenso dolor pinta su expresión.

—¡Zev! —La pesada armadura de Arlon se dirige hacia él—. Por un instante yo creí…

—No sería tan fácil —Un hilo de saliva escurre por su comisura, arrastra las palabras al mismo tiempo que cojea, paralizado en parte, quizá. Y al mago le resulta interesante lo que su hechizo ha provocado sobre aquel muchacho—. Lo llevaremos con Ma Uzi, ella sabrá qué hacer con él.

—¿Lo llevaremos a la tribu? —Arlon ya se ha acercado, aún controla al golem—. ¡Es muy peligroso! Podría ser un espía.

—A los locos del interior no les importamos tanto como para enviar espías —sentencia Zev. Mira al mago a los ojos, como se mira a un animal desconocido, pero en su mirada la rabia crece—. Si le corto un brazo no será capaz de atacarnos otra vez.

—¡Solo me he defendido! —espeta el mago. Palidece frente a la idea de perder una extremidad, puede que el conjuro haya sido demasiado débil.

—No me arriesgaré —ha sonreído, y el mago se pregunta si acaso le causa placer la idea de cortar un cuerpo con su aquel sable de negro metal —¡Sostenlo!

La presión de las manos de Nowa sobre su cuerpo desatan un fuerte impulso de huida, con un movimiento hosco se libera de su captora, y apunta sus manos hacia ella, quién suelta un chillido agudo y se tira al suelo, nadie se mueve. Ha descubierto que le temen, ellos ignoran que apenas y conoce hechizos de combate, ellos ignoran que está aterrado por lo que suceda en las horas venideras.

—No tengo intención de que haya una próxima vez. Pero si me atacan de nuevo, no dudaré en hacer algo más que aturdirles —El temblor en su voz delata el miedo que siente, y Zev vuelve a sonreír.

—¿Eso es una amenaza, loquito? —El perro se acerca a él. Huele a sudor, a tierra y a metal. Una fea cicatriz le recorre el rostro de lado a lado, por sobre la nariz y un trozo de metal perfora su ceja izquierda, un adorno quizá. Con un fuerte empujón lo arroja al suelo y un dolor vítreo recorre su cuerpo al recibir el duro golpe—. Levántate, Nowa. Él no hará nada estúpido, ¿verdad?

El mago solo asiente.

—El brujo podría serle útil a la tribu. Por eso vendrá con nosotros.

—¿Útil cómo? —pregunta Arlon, quién no ha dejado de apuntarle con el brazo.

—Eso lo decidirán los viejos, no nosotros. Yo lo vigilaré, y a la próxima lo mataré antes de que realice algún truco. Ahora, de pie.

—¿Y si decido que no quiero ser útil?

—Entonces yo mismo te meteré en las tripas de ese esnórak en cuanto nos lo crucemos.

Termina por bajar la mirada, pues, aunque sabe que tendrán cuidado de él, también siente temor de ellos. Y es que, al recordar a la presencia acechante en la oscuridad, y la desesperación que lo llevo a conjurar la luz, las llamas, termina por aceptar que las palabras de Zev no son una amenaza, pues desea permanecer junto a ellos. No son una amenaza, porque uno no teme a su única oportunidad de sobrevivir. No son una amenaza, porque a pesar de haberles enfrentado, el mago no percibe maldad en ellos…

…"

–Continúa leyendo y disfruta de más textos en su idioma original en https://fictograma.com/ . Únete a nuestra comunidad literaria de código abierto–