Capítulo 6. Viernes, 15 de Julio 2011
Era viernes por la mañana. José conducía hacia la panadería. Estaba a una calle del estacionamiento cuando detuvo el coche bruscamente. Sintió un vacío que le heló el estómago y el cuerpo comenzó a temblarle. Leyó tres veces el letrero clavado en el terreno baldío. Luego manejó de manera automática, como si su alma viajara en el asiento del copiloto.
Al abrir la puerta de la tienda de don Vinicio, la campanita sonó alegremente, pero en esa ocasión ni el tintineo ni el cordial saludo de don Vinicio lograron sacarlo del trance.
Caminó frente al mostrador. Le urgía llegar al baño para desahogar, en la intimidad, la tensión que le reventaba por dentro, pero de una manera extraña sentía que el pasillo se había alargado o que el tiempo se había detenido.
Al girar a la izquierda, Ángela, la muchacha que le ayudaba a organizar las cosas, se le atravesó.
—Don José, ¿está bien?
José quiso gritarle que no, que no estaba bien. Que acababa de ver cómo sus sueños se harían pedazos en poco tiempo. Toda la planeación y el esfuerzo de un año se irían a la basura. Pero solo atinó a preguntar:
—¿Cómo?
El cuerpo le temblaba mientras ella explicaba:
—Que si está bien el anuncio que puse en el mostrador. El que ayer me encargó que hiciera, ¿se acuerda?
—Sí. Sí está bien —dijo con una sonrisa forzada, sin siquiera haber visto el anuncio. Sabía que ya no haría ninguna diferencia. Se sintió ridículo por haber creído, aunque fuera por un instante, que la chica se preocupaba por su estado de ánimo. Luego avanzó como si un remanente de alma lo empujara por la espalda—. Te veo más al rato.
Para José, haber vendido su casa y la parte de la compañía que heredó de su padre para mudarse a Oaxaca en busca de una mejor oportunidad había sido como un gambito con el que esperaba beneficiarse en el futuro. Por fin sería su propio jefe, sin la tiránica memoria de su padre ni las humillaciones de su hermano menor.
Dentro del baño se inclinó sobre el lavabo para mojarse el rostro. Quería respirar, pero los pulmones no lograban inflarse del todo. Arrancó servilletas de papel para secarse la cara, donde las lágrimas se diluían con el agua.
En su mente se repetía la imagen del letrero que anunciaba la próxima construcción de una panadería de cadena en la mejor ubicación, a una calle de donde instalaría la suya. No tendría la menor oportunidad de competir.
Se recargó en el lavabo y se miró tímidamente al espejo.
Con el paso del tiempo, su rostro había adquirido un parecido cada vez mayor al de su padre, con la única diferencia de que su padre tenía los ojos azules y él los tenía cafés, como su madre. Ahora, con la luz insuficiente del baño, el parecido se acrecentaba.
Bajó la vista hacia el lavabo. Apretó la mandíbula, encogió los hombros, como si esperara el regaño y la burla de su padre.
Su gambito se había convertido en un blunder, un sacrificio irrecuperable. Un enroque mal calculado. Había confiado en su seguridad y ahora la trampa se le había venido encima. La partida estaba perdida. Pero no se trataba de un juego de ajedrez: era el futuro de su familia, su bienestar. Después de tanto esfuerzo, ver destruidas sus esperanzas le dolía hasta los huesos. Pero lo que en el fondo lo carcomía era la certeza de que estaba demostrando que su padre tenía razón. Aún allí, en Oaxaca, seguía sintiendo su presencia cada vez que se miraba al espejo, o cuando veía a Edna, su hija de piel morena, cabello negro y los ojos azules que había heredado de su abuelo…
…"
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