Capítulo 7. Sábado, 16 de Julio 2011.

Ese sábado en la madrugada, José se levantó inquieto; no pudo dormir bien. Estaba preocupado por el futuro de la panadería que estaba por inaugurar. Salió al patio para admirar el cielo lleno de estrellas mientras esperaba el amanecer. Había discutido con Esperanza por su incapacidad de ver el problema. Ella no entendía: todo le era fácil de digerir y aplicar. Su capacidad de adaptación era admirable, pero un dolor de cabeza para él, quien requería de mucho análisis antes de tomar una decisión. Así había sido educado, bajo los principios del ajedrez. Fue lo único bueno que recibió de su padre.

—Lo más importante en el ajedrez es la seguridad del rey —le había dicho. El rey era su familia. Y ahora su futuro estaba siendo acechado.

Caminó por entre el pequeño jardín acariciando las hojas de un árbol; luego se sentó en el borde de la jardinera de piedra, sintiendo la humedad del sereno flotar en el ambiente.

Desde su casa a mitad del cerro se podía ver parte del pueblo asentado en el valle, y la cordillera al oriente retardaba el amanecer.

Como un relámpago, le llegó un recuerdo: el día en que visitó a su padre al hospital. Él dormía abrigado con una sábana blanca; su hermano salió del cuarto quedando ellos solos. De repente su padre despertó; se veía ansioso, tenso, lúcido. José le acomodó las almohadas para que pudiera levantarse un poco.

—Cuando salga de aquí conseguiremos persuadir a los Vázquez de que nos vendan su terreno para construir unos apartamentos. Ese lugar está muy bien ubicado y vamos a ganar mucho dinero.

La visualización de su proyecto infló una sonrisa de satisfacción en su rostro y volteó a verlo buscando complicidad, pero José esquivó la mirada.

Parecía como si milagrosamente hubiera recuperado su ánimo y energía, a pesar de que los médicos les habían dicho que ya no podían hacer nada por él.

—Siempre has sido un tibio.

José sintió el peso de esas palabras en el pecho, como si su padre hubiera encontrado, una vez más, la llave exacta para abrir la cerradura de su inseguridad. Bajó la mirada hacia las manos de su padre, esas manos que algún día empuñaron las piezas de ajedrez con autoridad y que ahora yacían pálidas sobre la sábana.

—No puedes reconocer una oportunidad cuando se te presenta, mucho menos crear una cuando las puertas están cerradas. Si tan solo te parecieras un poco a tu hermano. ¿Quieres saber algo? —preguntó con los ojos desorbitados por la desesperación—. Nada importa. ¿Entiendes? Nada importa en esta vida. Solo el placer de vivirla.

Esas fueron sus últimas palabras. De repente ahí estaba su cuerpo, pero su alma se había marchado.

José recordó que había permanecido unos minutos más en la habitación, solo con el cuerpo que ya no era su padre. No supo por qué no llamó de inmediato a la enfermera. Tal vez porque en el silencio, por primera vez, la habitación dejó de ser un campo de batalla. Quizá debía sentirse triste, sin embargo solo cerró los ojos y respiró profundo intentando relajarse, mientras crecía en él el arrepentimiento de no haber tenido el valor de gritarle que había cosas que sí importaban. Los maltratos que recibió desde la infancia por haber sido el culpable del accidente que lo dejó inválido, del accidente que le arrebató una vida llena de actividad para postrarlo en la silla de ruedas. Pero él había sido un niño de cinco años cuando eso sucedió, y ese infame hombre aprovechó cada oportunidad para echárselo en cara, para hacerlo sentir culpable, como una venganza para lastimarlo, para lisiarlo emocionalmente. Funcionó.

El canto de un pájaro lo trajo de vuelta al presente. No se dio cuenta de cuándo había cerrado los puños. Los fue soltando poco a poco, dedo por dedo, mientras la humedad del sereno le refrescaba la piel. El cielo seguía oscuro, pero así como la esperanza se va manifestando sublime, en la cordillera comenzaron a filtrarse lentamente los primeros rayos de luz, dándole al cielo tonalidades gradientes desde el negro hasta el azul claro.

José sonrió al ver en ese juego de luz los colores que le recordaban a Edna: la oscuridad de su cabello, la penumbra del color de su piel morena y el azul claro de sus ojos.

—¿No has dormido nada?

La voz de Esperanza llegó desde la puerta de la cocina. Llevaba una taza entre las manos y el cabello aún revuelto por el sueño. No parecía molesta, solo cansada, como si la discusión de la noche anterior hubiera quedado atrás con la oscuridad.

José la miró y pensó que ella era así: la luz que filtraba sin avisar, que se instalaba mientras él seguía midiendo el peso de las sombras.

—No pude —respondió.

Ella se acercó y, sin decir nada, le extendió la taza. José la tomó. El calor de la cerámica le quemó apenas las yemas de los dedos, pero no soltó.

—Hablamos después —dijo Esperanza, y se sentó a su lado.

José asintió. Por primera vez en toda la madrugada, sintió que podía esperar…

…"

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