—¡La bolsa! ¡O te corto los huevos aquí mismo! —Gritó uno de los rufianes.

—¡Si! ¡Nos vamos a comer tus huevos!—amenazó otro.

— Mejor cállate la boca, Otto—masculló el tercero.

Edward se llevó la mano al pomo de la espada mientras los medía a los tres. El más grande llevaba un hacha y los otros blandían espadas cortas. Estaban a unos metros de distancia. Su mano pasó del pomo a la daga del cinturón.

—Caballeros, no puedo desprenderme de mi bolsa… Ni de mis huevos. Hagan lo que deban, pero no caeré solo.

Los hombres se miraron entre sí. No hubo vacilación. Cargaron. La daga del viajero centelló entre sus dedos para luego salir disparada con un silbido hacia la cara de Otto. Su cabeza dio un seco latigazo hacia atrás mientras su cuerpo se desparramaba como un títere sin cuerdas.

Edward desenvainó la espada y lanzó la vaina vacía a las piernas del segundo espadachín, que se tropezó y rodó entre nubes de polvo. El del hacha ya estaba sobre él. Descargó un golpe vertical que Edward esquivó hacia la derecha, contraatacando con un tajo rápido que su adversario detuvo con el mango. La hoja mordió la madera y se quedó atascada. Los hombres se miraron. El rufián dio un tirón. Error. Edward se dejó llevar y levantó el codo. El golpe conectó justo en la boca. Sintió dientes clavándose en su piel, otros quebrándose. El hombre trastabilló y las armas se separaron. Los dientes rodaron sobre la tierra entre burbujas de sangre empolvada.

—¡Joded! —se quejó el rufián mientras escupía. Tras él, el otro se ponía de pie y empuñaba su arma. No había tiempo que perder.

El viajero se lanzó al ataque. Apuntó al hombro de Boca Rota. Este levantó el hacha con un grito y golpeó la hoja de su adversario, desviándola hacia un lado. Al mismo tiempo, su compañero surgió desde atrás y lanzó un torpe tajo hacia la pierna de Edward. El metal mordió, pero no fue profundo.

Edward retrocedió con un gemido. El rufián lanzaba espadazos con furioso abandono mientras el viajero cojeaba en círculos para mantener a Boca Rota detrás del espadachín. Los hombres gruñían y jadeaban. Cada bocanada de aire sabía a sudor y cada golpe resonaba con agudas campanadas. Por suerte, el rufián no tenía técnica; atacaba seguido desde arriba con todo el peso. Edward aprovechó y paró con la hoja en diagonal. La espada enemiga se deslizó hasta tocar el suelo, dejando a su oponente abierto. Edward giró la hoja y la hundió en la clavícula del desdichado rufián. El hombre cayó gorgoteando ante la iracunda mirada de Boca Rota.

—Todavía… estás… a tiempo —jadeó Edward.

—Maz modedaz pada bi —balbuceó el otro con un intento de sonrisa. Acto seguido, cargó.

El hacha hendía el aire de forma rápida y continua. Edward se cansaba. Sus piernas ardían con cada esquiva. Alzó la espada para desviar un golpe demasiado rápido y fue como recibir un tronco de árbol. Sus brazos se sacudieron y sus rodillas flaquearon. Cayó. No había tocado el suelo cuando sintió la rodilla en la boca. La explosión de dolor y hueso lo levantó de nuevo, dejándolo de rodillas, inclinado hacia atrás con la cabeza colgando como si tuviera el cuello roto. Los árboles giraban sobre él. No escuchaba más que un penetrante pitido. Esperó el golpe de gracia, pero no llegó. Tosió y vomitó blanco y rojo sobre el camino. Cuando el pitido cedió, pudo escuchar un curioso sonido. Carcajadas. Guturales y profundas como una tos. Edward se levantó, furioso.

—¿Qué diabdoz te paza?—dijo, y se puso la mano en la boca cuando se escuchó a sí mismo. Lo que provocó más carcajadas de Boca Rota, que ahora se apoyaba sobre el mango de su hacha mientras reía.

—Eztamoz a mado —dijo por fin.

Edward escupió otro diente, recogió su espada y se alejó cojeando por el camino.