No toqué el archivo.

Durante varios segundos me limité a mirarlo, con el cursor suspendido justo antes de ese tramo oscuro al final de la línea de tiempo.

Sabía que estaba ahí.

Y también sabía que no debería escucharlo.

Aun así…

volví a ponerme los auriculares.

El silencio volvió primero.

Ese silencio limpio, imposible, que ya empezaba a resultarme más inquietante que cualquier ruido.

Respiré hondo.

Moví el cursor hasta el punto exacto donde había terminado antes.

Y le di a reproducir.

Durante unos segundos no pasó nada.

Luego, un leve chasquido.

No dentro del audio.

En la habitación.

Me quedé completamente quieta.

El sonido en los auriculares aún no había empezado…

pero algo, fuera de ellos,

sí.

Tragué saliva.

No pausé.

El audio arrancó.

Un golpe seco.

Luego arrastre.

Y al mismo tiempo—

Otro golpe.

Detrás de mí.

Me giré.

Demasiado rápido.

Nada.

El salón seguía igual.

La mesa.

La ventana.

La puerta del pasillo.

Pero el sonido…

no se había detenido.

Volví a mirar la pantalla.

La línea de tiempo avanzaba.

Pero no de forma uniforme.

Daba pequeños saltos.

Como si no estuviera reproduciendo algo grabado.

Como si estuviera…

sincronizando.

El roce volvió.

Más cerca.

En los auriculares.

Y fuera de ellos.

Sentí cómo se me tensaban los hombros.

No quería mirar hacia el pasillo.

Pero tampoco podía evitar hacerlo.

La puerta del estudio seguía cerrada.

Otro sonido.

Más claro.

Como si alguien apoyara la mano en la madera…

Desde dentro.

Se me cortó la respiración.

El audio continuaba.

Pero ya no estaba escuchándolo.

Lo estaba viviendo.

—No.

Lo dije en voz baja.

Como si eso pudiera parar algo.

El sonido se repitió.

Esta vez más fuerte.

Un golpe seco.

La puerta del estudio vibró levemente.

Retrocedí un paso.

El audio en los auriculares se distorsionó.

Y entonces—

Una voz.

No la de mi madre.

Más cercana.

Más grave.

Más…

presente.

No decía nada.

Pero estaba ahí.

Respirando.

A través del audio.

Y desde el otro lado de la puerta.

Me quité los auriculares de golpe.

El sonido no se detuvo.

Eso fue lo peor.

Porque ya no había excusa.

Ya no dependía del archivo.

El golpe volvió.

Más fuerte.

La madera crujió.

—Clara.

Me quedé helada.

No venía del móvil.

No venía del ordenador.

Venía de dentro.

De la habitación.

Di un paso atrás.

Luego otro.

Sin apartar la vista de la puerta.

—Clara.

Esta vez más claro.

No era exactamente una voz.

Era…

una imitación.

Como si algo estuviera aprendiendo a decirlo.

Como el sonido.

El picaporte se movió.

Muy despacio.

Un milímetro.

Otro.

Sentí el pulso en la garganta.

No podía moverme.

No podía acercarme.

No podía hacer nada.

El móvil vibró en mi mano.

Dani.

La pantalla se iluminó.

Mensaje nuevo.

Clara.

¿Estás escuchando eso ahora mismo?

Levanté la vista.

La puerta.

El picaporte.

Moviéndose.

El audio seguía reproduciéndose.

Pero ya no desde el portátil.

Desde la casa.

—Clara.

Esta vez…

justo al otro lado.

Y entonces lo entendí.

No estaba reproduciendo el final del archivo.

El archivo…

estaba reproduciendo algo que ya estaba pasando.

Apagué el portátil de golpe.

El sonido no se detuvo.

El picaporte giró un poco más.

Y yo seguía ahí.

Mirando.

Sin saber si lo peor sería que se abriera.

O que no lo hiciera…

… "