Capitulo Veintiseis: Las victorias y derrotas de la guerra

Hay guerras que pueden contarse batalla por batalla.

La Primera Guerra de las Divinidades no era una de ellas.

Sus frentes se extendían por docenas de sistemas estelares simultáneamente, con enfrentamientos que comenzaban y terminaban antes de que los historiadores pudieran siquiera registrar sus nombres. Los libros que intentaron recapitularla llenan bibliotecas enteras en los mundos que sobrevivieron para construirlas, y ninguno de esos libros puede afirmar con honestidad que lo contó todo. Lo que sigue no es un recuento completo. Es un recorte de lo que la memoria decidió conservar.

Y la memoria conserva lo que duele más.

En los primeros meses de guerra, el Imperio arrasaba.

No era solo la ferocidad de sus ejércitos, aunque esa ferocidad era real y documentada en testimonios de ambos bandos con una consistencia que no dejaba espacio para la exageración. Era algo más específico y más difícil de contrarrestar: la experiencia. El Imperio había nacido de una guerra, había crecido en guerras, había llegado al espacio a través de guerras. Sus comandantes conocían el peso de una derrota y habían aprendido a administrarlo. Sus soldados sabían lo que era sostener una línea cuando todo en el cuerpo pedía retroceder.

La República, en cambio, llevaba décadas sin enfrentar una resistencia real. Su tecnología era superior en casi todos los aspectos técnicos medibles. Sus naves eran más refinadas, sus sistemas de propulsión más eficientes, su producción industrial más sofisticada. Pero la superioridad tecnológica no compensa la inexperiencia táctica cuando el enemigo que tienes enfrente ha pasado su vida entera aprendiendo exactamente cómo doblegarte. Y Dante conocía las estrategias republicanas.

Las había estudiado de niño, obligado por Zhaxlor en aquellas sesiones de entrenamiento que nunca fueron realmente para formarlo sino para convertirlo en arma. Sabía cómo pensaban los altos mandos de la Underfaben. Sabía qué movimientos esperarían y cuáles los descolocarían. Usó ese conocimiento con la precisión fría de quien lleva décadas esperando la oportunidad de aplicarlo en condiciones reales.

Las victorias imperiales iniciales fueron aplastantes.

La Batalla de la Rosa Dorada con la muerte de Kiela era apenas la primera. La Caída del Falcón Azulado, una de las naves más modernas de la F.E.E.R., destruida en la luna del planeta Ranla sin que sus defensas pudieran organizar una respuesta coherente, confirmó lo que la muerte de Kiela había insinuado: el Imperio no hacía excepciones por el valor sentimental que la República pusiera en sus activos.

Pero ninguna victoria inicial fue tan perturbadora como el Asedio a Solaris.

Una nave imperial, el Cirrus, se abrió paso de alguna manera hasta el interior del sistema republicano y llegó a la órbita del planeta natal de los Pilares. Lo que siguió fue un ataque indiscriminado que duró horas antes de que los cruceros republicanos Eclipse de Fuego y Luz de Luna lograran derribarlo. El Cirrus cayó sobre Solaris envuelto en llamas, pero su daño ya estaba hecho: poblaciones enteras borradas desde órbita, dos ascensores espaciales destruidos, una sección del palacio de Sulcalir reducida a escombros.

El planeta donde Dante había nacido. El palacio donde había sido torturado durante veintiún años.

Ardiendo por una orden que salió de él.

Si hubo algo en ese momento que se pareciera al sentimiento personal, ningún registro imperial lo conserva. Lo que sí quedó registrado fue el efecto en la República: un estremecimiento colectivo que recorrió todos sus mundos cuando la noticia llegó. Si el Imperio podía tocar Solaris, podía tocar cualquier cosa.

Fotógrafia del ascensor espacial “Rhitos” luego del asedio a Solaris

Los hermanos Lorian, Kayn y Uriel, que habían mantenido su guerra privada paralela al conflicto principal, se incorporaron formalmente a las filas de la F.E.E.R. tras el asedio. No por lealtad republicana sino por la razón que los había movido desde el Día 15 de Iridubno: su hermano había quemado el hogar que los había formado, y eso no podía quedar sin respuesta.

Zadkiel estaba en Solaris cuando el ataque ocurrió.

Las lesiones que sufrió fueron graves. Lo trasladaron a Hixtalis para su recuperación, lejos de los libros de la biblioteca de Sulcalir que habían sido su refugio durante años, lejos del único lugar que aún podía reconocer como suyo. Rafael no estaba en el planeta cuando sucedió, y esa ausencia, salvadora en términos físicos, se convirtió en otra forma de culpa que cargar. Así continuó la guerra.

Cada semana traía sus propios nombres al registro del horror. La Guerra Vilinkana, donde una civilización entera resistió el avance imperial durante meses con recursos que no deberían haber bastado y que sin embargo bastaron, ganando un honor que sus descendientes llevarían durante generaciones. La Nevada de Hastikal, cuyo planeta sigue siendo inhabitable hasta nuestros días, sus continentes cubiertos de una capa de hielo radiactivo que ninguna tecnología ha podido disolver completamente, testimonio permanente de lo que ocurre cuando dos fuerzas de poder divino deciden que la victoria importa más que la tierra que pisán. La Larga Noche de Dunketh, donde durante semanas enteras el planeta no recibió luz estelar porque los restos de naves destruidas en órbita formaron una nube de metal y fuego que bloqueaba el sol, y los habitantes que sobrevivieron lo hicieron en oscuridad total sin saber cuándo o si volvería a amanecer. El Mar del Dios Ahogado, llamado así por el Dios Aliado Republicano que murió en sus aguas durante una batalla naval de una escala que el sistema donde ocurrió no había visto nunca.

Cada nombre era una historia.

Cada historia era incontable vidas.

Lo que la Primera Guerra estableció en sus primeros años no fue quién ganaría sino qué clase de guerra sería. No una guerra de posiciones ni de diplomacia armada ni de demostraciones de fuerza calculadas para evitar el conflicto real. Era una guerra de exterminio cuando era necesario y de conquista cuando era posible, librada por un Imperio que no conocía otro modo y una República que estaba aprendiendo a la fuerza que tampoco podía permitirse conocer otro.

El universo que había existido antes de Elisium ya no existía.

Lo que quedaba era esto: dos potencias destruyéndose mutuamente sobre los cuerpos de los mortales que ambas afirmaban proteger, en mundos que ninguna de las dos había construido pero que ambas estaban dispuestas a destruir antes de dejar que la otra los tuviera. Y en algún punto de ese infierno, todavía había personas con nombres propios tomando decisiones que cambiarían el curso de todo.

Sus historias merecen contarse por separado…

… "