Investigaciones De ese modo ocurrió lo que debía ocurrir, lo que Hans Castorp no se hubiese atrevido a imaginar ni en sueños; llegó el invierno, que Joachim ya conocía porque había llegado a la mitad del reinado del invierno anterior, pero al que Hans Castorp tenía cierto miedo, a pesar de que estaba perfectamente equipado. Su primo se esforzó en tranquilizarle.

—No debes imaginarlo desde un aspecto demasiado terrible, no se trata precisamente de un invierno ártico. El frío se siente poco gracias a la sequedad del aire y las calmas. Cuando uno va bien abrigado se puede permanecer hasta muy entrada la noche en el balcón sin sentir frío. Se trata de esa cuestión del cambio de temperatura por encima del límite de la niebla; hace mucho calor en las capas superiores, cosa que no se había descubierto. Se siente mucho más el frío cuando llueve. Pero ahora ya tienes tu saco de piel y también encienden la calefacción cuando el frío se acentúa.

Por otra parte, no podía hablarse de un asalto por sorpresa ni de cambios bruscos. El invierno llegó lentamente. Al principio, no pareció diferenciarse de algunos días fríos del pleno verano. Durante varios días sopló el viento del sur; el sol era pesado, el valle parecía encogido y empequeñecido y a su entrada la escenografía de los Alpes aparecía próxima y dura. Luego se elevaron las nubes, avanzaron desde el Pic Michel y desde el Tinzenhorn hacia el noroeste y el valle se oscureció.

Después llovió abundantemente. Más tarde la lluvia se hizo impura, de un gris blancuzco, y se mezclaba con la nieve; el valle fue invadido por los torbellinos y como eso duró bastante tiempo y en los intervalos la temperatura había descendido notablemente, la nieve no pudo fundirse del todo; estaba empapada de agua, pero permanecía. El valle se extendía bajo un vestido blanco, delgado, húmedo, remendado, sobre el cual se destacaba la rugosa capa de agujas de las vertientes negras. En el comedor, los radiadores comenzaban a ponerse tibios.

Era a principios de noviembre, en la proximidad de Todos los Santos. Y no ocurría nada nuevo. En agosto ya había pasado lo mismo y, desde hacía tiempo, uno ya estaba desacostumbrado a considerar la nieve como un privilegio del invierno. Sin cesar y en todas las estaciones, aunque a veces desde lejos, se tenía la nieve ante los ojos, pues siempre restos de ella brillaban en las hendiduras y los barrancos de la cadena rocosa del Raetikon, que parecía cerrar la entrada del valle, y siempre las majestades montañosas más lejanas del sur resplandecían nevadas.

Pero esta vez la caída de la nieve y el descenso de la temperatura se hicieron duraderos. El cielo pesaba, gris pálido y bajo, sobre el valle, se deshacía en copos que caían silenciosamente y sin descanso, con una abundancia exagerada y un poco inquietante, y de hora en hora aumentaba el frío.

Llegó una mañana en que Hans Castorp pudo registrar siete grados dentro de su habitación; al día siguiente no registró más que cinco. Era la escarcha que se obstinaba en mantenerse. Había helado durante la noche y continuaba helando durante el día, desde la mañana hasta la noche, y al mismo tiempo seguía nevando con breves interrupciones, y así siete días seguidos. La nieve se iba amontonando, entorpeciéndolo todo. Sobre el camino que conducía hasta el banco del arroyo, lo mismo que sobre el que llevaba hasta el valle, se había tenido que abrir pistas, pero eran ya muy estrechas y no había medio de salir de ellas. Cuando uno se encontraba con alguien, era preciso apretarse contra la pared de nieve y hundirse hasta las rodillas. Un rodillo apisonador de piedra, arrastrado por un caballo que un hombre conducía de la brida, rodaba todo el día sobre los caminos de allá abajo, y un trineo amarillo, que tenía el aspecto de una vieja diligencia de Francoma, precedido de un rompehielos semejante a un arado que hendía y rechazaba masas blancas, unía el barrio del Casino y la parte norte llamada Davos-Dorf.

El mundo, el mundo alto y perdido de los de aquí arriba, parecía almohadillado; todos los palcos y salientes llevaban su gorro blanco, los escalones del Berghof desaparecían y se transformaban en un plano inclinado, y gruesos almohadones de formas extravagantes pesaban en todas partes sobre las ramas de los pinos. Aquellas masas blancas resbalaban a veces, deshaciéndose en polvo, y una nube o niebla blanca se extendía entre los troncos. Las montañas de los alrededores estaban cubiertas de nieve, llenas de asperezas en las regiones inferiores, blandamente recubiertas las cimas de formas variadas que rebosaban el límite de los árboles. Reinaba la penumbra y el sol no aparecía más que como una luz pálida detrás de un velo. Pero la nieve difundía una luz indirecta, una claridad lechosa que embellecía al mundo y a los hombres, a pesar de que éstos tuviesen las narices rojas bajo los bonetes de lana blanca o de color.

En el comedor de las siete mesas, en aquella entrada del invierno, de la gran estación de aquellos parajes, dominaban las conversaciones animadas. Se decía que muchos turistas y deportistas habían llegado a Dorf, a Platz y poblaban los hoteles. Se calculaba el espesor de la nieve caída en sesenta centímetros y se decía que era ideal para los esquiadores. Se trabajaba activamente en la pista de bobsleigh que, en la otra vertiente, conducía de la Schatzalp al valle y que dentro de pocos días podría ser ya inaugurada a condición de que el Foehn no contrariase estas esperanzas. Se mostraba alegría por asistir a los movimientos de los que estaban sanos, los huéspedes de allá abajo, que iban de nuevo a comenzar las fiestas deportivas y los concursos, a los cuales se tenía la intención de asistir a pesar de la prohibición, abandonando la cura de reposo. Hans Castorp se enteró de que había una cosa nueva, un invento del norte, el skikjoering, una carrera, cuyos participantes se hacían arrastrar por caballos. Sería necesario escaparse para ver eso. También se hablaba de las fiestas de Navidad.

¡Navidad! No, Hans Castorp no había pensado todavía en eso. Pudo decir y escribir fácilmente que el médico opinaba que debía pasar el invierno con Joachim; pero eso, por lo que ahora veía, significaba que pasaría realmente el invierno aquí, lo cual tenía sin duda algo de espantoso para su corazón, porque —y no únicamente por esa razón— no había pasado jamás ese tiempo fuera de su país natal, alejado de su familia. ¡Oh, Dios mío, había que someterse, pues, a ello!

A pesar de todo, le parecía un poco prematuro hablar de Navidad antes del primer Adviento, y faltaban aún seis largas semanas hasta entonces. Pero ya se iba por ellas, ya se las «devoraba» en el comedor, fenómeno interior del que Hans Castorp ya habría adquirido una experiencia personal si hubiese estado habituado a entregarse a ello a la manera de sus compañeros más antiguos. Tales etapas en el curso del año, como la fiesta de Navidad, se les aparecían como puntos de descanso, como una especie de «columpios» gracias a los cuales se podía uno balancear y dar vueltas sobre los intervalos vacíos. Todos tenían fiebre, su nutrición se aceleraba, su vida física se sentía acentuada y estimulada, y tal vez eso se debía a que mataban el tiempo en su conjunto y con una gran rapidez. No se hubiera sorprendido de que hubiesen considerado la Navidad como una fecha ya pasada y hablasen inmediatamente del Año Nuevo y el Carnaval, pero no se era tan superficial y desordenado en el comedor del Berghof. Se detenían en Navidad y aquella fiesta causaba trastornos. Se deliberaba sobre el regalo común que, según la costumbre establecida en la casa, debía ser entregado la noche de Navidad al director, al doctor Behrens, y para el cual se había abierto una suscripción. Según los que estaban allí desde hacía más de un año, el pasado le habían ofrecido una maleta. Se hablaba esta vez de una mesa de operaciones, de un caballete, de una pelliza, de un sillón de muelles, de un estetoscopio con incrustaciones de marfil, o de cualquier otra cosa. Settembrini, al ser interrogado, recomendó la suscripción a una obra lexicográfica titulada Sociología de los sufrimientos que, según decía, se hallaba en preparación, pero únicamente un librero, que se sentaba desde hacía poco tiempo a la mesa de la Kleefeld, opinó en el mismo sentido. No había manera de ponerse de acuerdo. Con los pensionistas rusos, este acuerdo presentaba particulares dificultades. La suma tuvo que dividirse. Los moscovitas declararon que querían obrar con toda independencia y hacer ellos un regalo aparte a Behrens. La señora Stoehr manifestó, durante días enteros, una gran inquietud por la cantidad de diez francos que había imprudentemente adelantado a la señora Iltis y que ésta «se olvidaba» de devolverle. Los tonos con que la señora Stoehr pronunciaba la palabra «olvidado» tenían los más variados matices, pero estaban todos calculados para expresar la duda más profunda sobre dicho «olvido», que parecía querer persistir a pesar de las alusiones y los recordatorios más delicados. En ciertas ocasiones la señora Stoehr declaraba que renunciaba y que regalaba a la señora Iltis dicha suma: «Pago, pues, por mí y por ella —decía—. No soy yo quien se ha de avergonzar.» Pero finalmente, había hallado una solución que comunicó a sus compañeros de mesa en medio de la risa general: se había hecho pagar los diez francos por la «administración», que los había puesto en la factura de la señora Iltis, de manera que la deudora había quedado contrariada y el asunto al fin resuelto.

Había cesado de nevar. El cielo aparecía, en parte, descubierto. Nubes de un gris azul, desgarradas, dejaban filtrar los rayos del sol, que coloreaban el paisaje. Luego el tiempo se hizo completamente despejado. Reinó un frío sereno, un esplendor invernal puro y tenaz en pleno noviembre, y el panorama a través de los arcos de la galería: las selvas empolvadas, los barracones llenos de nieve blanda, el valle blanco soleado bajo el cielo azul y resplandeciente, era magnífico. El brillo cristalino, el resplandor diamantino reinaban por todas partes. Muy blancas y muy negras, las selvas estaban inmóviles. En la noche, los parajes del cielo alejados de la luna se hallaban bordados de estrellas. Sombras agudas, precisas e intensas, que parecían más reales e importantes que los objetos mismos, caían de las casas, los árboles y los postes telegráficos sobre la llanura resplandeciente. Unas horas después de la puesta del sol, la temperatura descendía a siete u ocho grados bajo cero. El mundo parecía envuelto en una pureza helada, su suciedad natural aparecía oculta y hundida en el ensueño de una fantasía casi macabra.

Hans Castorp permanecía hasta muy avanzada la noche en su departamento de la galería, por encima del valle invernal y encantado, mucho más tiempo que Joachim, que se retiraba a las diez o un poco más tarde. Había acercado a la balaustrada de madera, por la que se extendía una almohada de nieve, su excelente chaise longue de colchón plegable y redondo cojín que sostenía la nuca. Sobre la mesita blanca a su lado, brillaba la lamparilla eléctrica, y junto a un montón de libros había un vaso de mantecosa leche que era servida a las nueve en el cuarto de todos los habitantes del Berghof, y en la cual Hans Castorp vertía un poco de coñac para hacerla agradable. Había ya recurrido a todos los medios de protección disponibles contra el frío, valiéndose de todos los elementos. Desaparecía hasta el pecho dentro del saco de pieles, que se podía abrochar y que había adquirido a tiempo en una tienda especializada de la región, y envolvía en torno de ese saco, según el rito, las dos mantas de pelo de camello. Llevaba, además, sobre sus vestidos de invierno, su corta pelliza, en la cabeza un bonete de lana, en los pies zapatos de fieltro y en las manos gruesos guantes forrados que no impedían, a pesar de ellos, que las manos se helasen.

Lo que le hacía permanecer tanto tiempo afuera, muchas veces hasta medianoche (hasta mucho tiempo después que el matrimonio de los rusos ordinarios hubiese abandonado su compartimiento vecino), era sin duda la magia de la noche invernal y también la música que, hasta las once, desde cerca o desde lejos, subía del valle; pero era principalmente la pereza y la sobreexcitación, una y otra a la vez y muchas veces de acuerdo, a saber: la pereza y fatiga de su cuerpo, enemigo de todo movimiento, y la agitación de su espíritu absorbido, al cual ciertos estudios nuevos que había emprendido el joven no concedían reposo alguno. La temperatura le fatigaba y el frío ejercía sobre su organismo un efecto agotador. Comía mucho, se aprovechaba de las formidables comidas del Berghof, en las cuales las ocas asadas sucedían a un rostbeaf sazonado, y se alimentaba con ese apetito anormal que era, sin embargo, lo corriente y que en invierno parecía hacerse más intenso.

Al mismo tiempo, se hallaba presa de una somnolencia constante, hasta el punto de que, en las noches de luna, se dormía con frecuencia sobre los libros que había llevado con él —y que más adelante enumeraremos— para continuar, después de unos minutos, sus investigaciones inconscientes.

Hablar con animación —en la llanura tenía una tendencia a hablar deprisa, sin freno y de una manera casi atrevida—, hablar deprisa con Joachim, durante sus paseos a través de la nieve, era algo que le agotaba, produciéndole vértigos, temblores y una impresión de aturdimiento y embriaguez. Sentía que la cabeza le ardía. Su curva de temperatura había subido desde principios del invierno y el consejero Behrens le había hablado de inyecciones a las que se tendría que recurrir en el caso de que la temperatura se obstinase, y a las que las dos terceras partes de los pacientes, comprendiendo a Joachim, tenían que someterse regularmente. Pero Hans Castorp pensaba que esa combustión intensificada de su cuerpo se hallaba precisamente relacionada con aquella agitación y movilidad espiritual que, por una parte, hacía que se quedase hasta tan tarde en la resplandeciente noche helada, tendido sobre la chaise-longue. La lectura que le cautivaba le sugería tales explicaciones.

Se leía mucho en las salas de curación y en los balcones privados del Sanatorio Internacional Berghof, sobre todo los principiantes y los pensionistas que pasaban cortas temporadas, pues los pensionistas que se hallaban aquí desde hacía largos meses o desde hacía años, habían aprendido, desde hacía tiempo, a destruir el tiempo sin distracciones ni ocupaciones intelectuales, y a hacer que éste resbalase gracias a un virtuosismo interior. Declaraban incluso que era una falta de habilidad propia de novicios eso de agarrarse como recurso a los libros. Como mucho, se debía poner uno sobre las rodillas o sobre la mesita, lo que era ya suficiente para que se sintiera provisto de lo necesario. La biblioteca de la casa, políglota y rica en obras ilustradas, repertorio ampliado de sala de espera de dentista, se hallaba a disposición de todos. Se cambiaban las novelas procedentes de un gabinete de lectura de Platz. De vez en cuando aparecía un libro, un escrito, que era disputado y hacia el cual tendían las manos incluso aquellos que habían dejado de leer con una flema hipócrita. En la época a que hemos llegado, circulaba de mano en mano un cuaderno mal impreso, introducido por el señor Albin, que se titulaba El arte de seducir. El texto estaba traducido literalmente del francés y había sido incluso conservado, en la traducción, la sintaxis de esa lengua, lo que daba a la prosa cierta ligereza y una elegancia atractiva. El autor exponía la filosofía del amor físico y la voluptuosidad con una especie de paganismo mundano y epicúreo. La señora Magnus, la que tenía albúmina, lo aprobó sin reservas. Su marido, el cervecero, pretendió haberse aprovechado desde varios aspectos de aquella lectura, pero deploró que la señora Magnus lo hubiese leído pues esas cosas «estropeaba» a las mujeres haciendo nacer en ellas ideas poco modestas. Estas palabras aumentaron naturalmente el interés que para los demás tenía dicha obra. Entre dos mujeres de la sala común, la señora Redisch, esposa de un industrial polaco, y una cierta viuda Hessefeld, de Berlín, se produjo, después de la comida, una escena poco edificante, pues las dos afirmaban haberse inscrito la primera para la lectura. A decir verdad, la discusión fue incluso brutal, y Hans Castorp se vio obligado a asistir a ella desde el balcón. El espectáculo terminó con un ataque de nervios de una de las señoras —tal vez era la Redisch, aunque podía ser también la Hessefeld— y con el traslado a su habitación de la mujer, enferma de furor. La juventud se había apoderado del tratado antes que las personas de edad madura. Se estudiaba en común, después de la cena, en una de las habitaciones. Hans Castorp vio al joven de la uña cómo lo entregaba en el comedor a una enferma leve, recientemente llegada, Fraenzchen Oberdank, una jovencita que había sido traída por su madre y que llevaba los cabellos rubios partidos por una raya.

Tal vez había excepciones, acaso había algunos huéspedes que ocupaban las horas de su cura de reposo en cosas seriamente intelectuales, en algún estudio útil, aunque no fuese más que para conservar el contacto con la vida de allá abajo, o dar al tiempo un poco de peso y profundidad a fin de que no fuese única y exclusivamente «tiempo». Tal vez, además de Settembrini, que se esforzaba en abolir los sufrimientos, y del bravo Joachim con sus gramáticas rusas, habría alguien que tendría una preocupación análoga, si no entre los habituales del comedor —lo que era poco probable—, al menos entre los que se hallaban en la cama y tal vez entre los moribundos. Hans Castorp se inclinaba a admitirlo.

En lo que se refiere a él, como el Ocean steamships ya no le decía nada, había pedido, al mismo tiempo que sus ropas de invierno, algunos libros relacionados con su profesión, obras técnicas sobre la construcción de buques. Pero esos volúmenes habían sido abandonados en provecho de otros que pertenecían a un sector y a una facultad diferentes y por cuyos temas al joven Hans Castorp se había interesado. Eran obras de anatomía, fisiología, biología, escritas en diferentes lenguas: en alemán, francés e inglés, obras que le habían sido enviadas por un librero, seguramente porque se las había encargado en uno de los paseos que había dado hasta Platz sin la compañía de Joachim, que había sido llamado para la inyección o para pasar por la báscula.

Joachim vio con sorpresa esos libros en manos de su primo. Le habrían costado mucho dinero, pues se trataba de obras científicas. Los precios se hallaban todavía anotados en el interior de la encuademación o sobre el lomo. Preguntó por qué Hans Castorp, si deseaba leer tales obras, no se las había pedido prestadas al doctor Behrens, que poseía un rico y bien escogido surtido. Pero Hans Castorp contestó que deseaba tenerlas en su poder, que leía de un modo muy diferente cuando el libro le pertenecía; además, le gustaba señalar con lápiz algunos párrafos. Durante horas, Joachim oía en el departamento de su primo el ruido de la plegadera que iba cortando las hojas.

Los volúmenes eran pesados y poco manejables. Hans Castorp, tendido, apoyaba en el borde inferior en su pecho, sobre su estómago. Aquello le resultaba muy pesado, pero lo soportaba. Con la boca entreabierta, dejaba que sus ojos recorriesen las sabias parrafadas, que se hallaban casi inútilmente alumbradas por la claridad rojiza de la pantalla de la lámpara, pues las hubiese podido leer, si esto hubiese sido necesario, a la luz de la luna, y las iba acompañando con la cabeza hasta que su barbilla reposaba sobre el pecho, posición en la que el lector permanecía algún tiempo, reflexionando, soñoliento o medio dormido, antes de elevar su rostro hacia la página siguiente. Realizaba profundas investigaciones; leía mientras la luna seguía su órbita por encima del valle de la alta montaña resplandeciente de cristales, leía libros sobre la materia orgánica…

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