La casona en la playa se veía diferente a la foto que encontré en Google. En la pantalla del notebook se veía aséptica, inocua sobre el acantilado. Pero al tenerla enfrente, a pesar de lo fea y descuidada, desprendía una sensación tétrica que quitaba el aliento y volvía reales todas las historias siniestras que se contaban del lugar.
Unas compañeras exclamaron asombradas cuando se bajaron del auto y vieron la imponente estructura de dos pisos rodeada de árboles y de arbustos típicos de la zona costera de la quinta región. El segundo piso de la casona era de madera, de desvaídos colores alegres que parecía abrazar al primer piso de cemento gris tratando, sin lograrlo, de dar calidez. Como una construcción con personalidad en el lado izquierdo del primer piso tenía una grieta zigzagueante como un rayo. Un recuerdo de algunos de los terremotos de la zona.
Javiera se paró a mi lado. Su característico perfume floral se mezcló con el olor a sal y tierra húmeda.
—¿Valía la pena el viaje? Te veo alegre.
Antes de que pudiera responder, Héctor llegó a su lado y deslizó su brazo sobre el hombro de ella. Para nada sigiloso, marcaba posiciones.
—Qué bueno que dejaste de reclamar —me dijo.
Lo miré de arriba a abajo y me quedé unos instantes mirando como nuestros zapatos, los míos, los de él, los de Javiera estaban cubiertos de barro. Todos los ocupantes de su auto estábamos igual. Los cinco. Héctor se confundió de camino dos veces y después se aventuró por un lodazal que dejó la tormenta la noche anterior. Para nuestro pesar tuvimos que ayudar a empujar el auto para que saliera de un bache. Quizá alguien con más práctica al volante, y menos obtuso, no hubiese tenido problemas.
Héctor movió los labios sin decir nada, se giró y se llevó a Javiera que me miró e hizo la mímica de un silencioso “¡Auch!”. Se fueron a saludar a los otros compañeros que estaban junto a un carro amarrado a una cuatrimoto.
No pude contarle a Javiera en el largo trayecto desde Valparaíso a la casona lo que había visto en internet googleando sobre la propiedad de la familia de nuestro anfitrión. Encontré historias y rumores de vínculos con la dictadura, la casa usada, supuestamente, como lugar de torturas o historias posteriores sobre rituales satánicos. Era el tipo de temas extraños que conversaba con ella. Antes. Antes de que empezara con mi trabajo part time y nos viéramos menos tiempo. Y, claro, antes de Héctor.
El carro de la cuatrimoto apestaba a mariscos dejados al sol. Miré por dónde podía venir y las huellas daban a un camino que descendía a la playa y llegaba a un muelle. Junto a una lancha amarrada a un pilar un pescador de overol naranjo descargaba unos sacos. Estaba a un punto de bajar al muelle cuando escuché un alegre:
—¡Bienvenidos! Gracias por venir. Espero que lo pasemos muy bien.
Dijo nuestro anfitrión saliendo a recibirnos. Traía cuatro copas y un jarro con vino. Le pidió a alguien de adentro que trajera más vasos y vino. A pesar de las risitas y sonrisas la petición sonó a orden.
El anfitrión era Antonio “mi papá tiene viñedos” Montalba. El sujeto tenía el don de la antipatía instantánea. De esos que no terminan de presentarse y ya te caen mal.
La teoría que teníamos entre nosotros era que él no servía para los números, así que su padre lo empujó a Pedagogía para pavimentarle después una carrera política con la chequera familiar. Hasta Héctor apoyaba la teoría, pero ahora le sonreía a cada disparate. Desconocía esa faceta de servil.
Era sabido que nadie lo soportaba, y aún así todos aceptamos su invitación. Un whatsapp en el “grupo de estudio” que nos llegó a primera hora de la mañana invitándonos a comer carnes y mariscos y a beber de todo en su “casona de la playa”. Era el tipo de invitaciones que abundaban en ese grupo, pero con menos presupuesto. No quería ir; había tenido una semana pesada. Pero Javiera me escribió que sabía que la casona tenía sus historias que buscara en internet. Y aquí estaba yo esperando que me llenaran una copa con ese vino que se decía era “de exportación”.
Antonio nos dijo que había elegido para la ocasión un barril de su mejor vino. Que la degustación en el viñedo era carísima. Todo risas él. Todos nosotros brindamos. No era bueno. Hay vinos en caja mejores.
Nos hizo pasar a la casona, como si presentara un escenario, lo hacía con gestos llenos de camaradería. El interior olía a madera húmeda, salitre, olores metálicos y de jaibas siendo cocidas. Y, sin embargo, persistía un olor rancio, a abandono.
La sala principal era amplia. Muebles de diferentes estilos y épocas se distribuían en semicírculo frente a una chimenea de piedra negra por el hollín. (¿En esa silla de los setentas se habrá sentado un comandante?). En la repisa sobre la chimenea había raras y grandes conchas marinas. En las paredes colgaban pinturas enmarcadas que desde la distancia parecían manchas grises y borrosas de paisajes y personas. Fijé la vista en una y sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Apuré la copa de vino para quitarme esa mala sensación y fue reemplazada por otra: un regusto amargo y arenoso que dejaba en la boca el vino especial. ¿Sacarina? O algo peor.
—Dejen las cosas donde quieran —dijo Antonio, señalando hacia una escalera de madera en espiral—. Arriba hay habitaciones.
Javiera se alejó de Héctor con una excusa sobre ir al baño. Él la siguió con la mirada, luego me la clavó a mí, como si yo tuviera algo que ver. Moví los hombros en un gesto que quería decir “¿yo qué?”.
Los otros ya estaban repartidos: algunos en la cocina abierta, donde se veían ollas y cuchillos dispuestos sobre una mesa de madera; otros junto a las ventanas que daban al acantilado, comentando la vista. El verde plomizo del mar y el cielo gris que se tornaba más oscuro.
Antonio sirvió vino en las copas que traía y en las que acababa de traerle un tipo al que reconocí de alguna electiva (un sujeto callado, de pocos amigos). Los compañeros que llegaron antes tenían los ojos brillantes y las sonrisas púrpuras.
—Salud —dijo Antonio, levantando su copa—. Agradezco su presencia.
Bebimos. Me molestaba que el vino fuera empalagoso y que tuviera ese final terroso que se aferraba al paladar. Héctor tosió apenas, disimulando.
Javiera pasó por mi lado, me sonrió y fue a pararse cerca de Héctor. Él la observó llegar y con atención miró su cara unos segundos, como si quisiera descubrir por qué sonreía. Luego miró su copa a medias y se la ofreció a ella, que no tenía ninguna. Ella dio un pequeño sorbo. Él miró a Antonio y luego a mí.
Todo me pareció raro. Si no fuera porque los compañeros de la cocina se nos unieron en ese momento (y sobre todo porque unas chicas se colocaron junto a Javiera), hubiese ido a preguntarles qué estaba pasando con ellos. O con ellos y conmigo.
El alcohol calentó mi cuerpo más rápido que el fuego de la chimenea. Tuve un vahído. No quise moverme.
Una de las chicas que llegaron antes que nosotros, Carla, creo, se abrió paso entre el grupo de gente y mirando a Antonio dijo:
—Cuéntanos de la tormenta otra vez. Es sorprendente.
Antonio sonrió, pasó la mirada en todos nosotros con mucha teatralidad. Su sonrisa ensayada (ya lo imaginaba en las fotos de campaña). Se apoyó contra el marco de la chimenea, copa en mano, y adoptó la pose (ensayada) del narrador.
—Anoche la tormenta sacudía la casa como si quisiera arrancarla de los cimientos. Miré afuera y las olas se hacían enormes cada vez que llegaban a la orilla y yo, en un arranque de… ¿inspiración? ¿locura?…
Me distraje mirando la copa con vino, mirando el fondo donde había un sedimento que no debería estar ahí. Mi cabeza se llenó de modorra. ¿El cansancio acumulado o el vino? Miré la cara del grupo que escuchaba la historia de Antonio. Nadie cuestionaba lo absurda que era, nadie comentó sobre la lancha en el muelle, ni la cuatrimoto afuera. Todos lo escuchaban decir que fue al sótano por una red de pesca y que la tiró por la ventana.
¿El vino tenía algo? No entendía por qué le prestaban esa atención embelesada a Antonio. ¿Gratitud por la invitación? ¿Acaso no notaron que no había sirvientes? ¿Que quienes prepararían todo seríamos nosotros mismos?¿Se sentían en deuda?¿Por ese vino malo? Y sin embargo, volví a beber.
Antonio terminaba la historia diciendo que el grupo de Carla ya estaba preparando esa carga de la primera red. Ella sonrió ampliamente. Todos sus dientes púrpura y me di cuenta que Antonio no había bebido de su vino especial. Su sonrisa falsa de político era de un blanco radiante.
Miré a todos. Javiera alejada de Héctor miraba a nuestro anfitrión, lo mismo con todos. Le prestaban demasiada atención a Antonio. ¿Por qué actuaban así? ¿Gratitud? ¿Pleitesía? ¿Hipnosis…? Sentí miedo, pensé que estaba en una secta. Luego miré el fondo de la copa en mi mano y llegué a la conclusión que algo más tenía ese vino.
—¿Y ahora que viene? —preguntó Carla con un tono de voz apagada, poco natural, algo robótica.
—Traen más mariscos y pescados… para todos —dijo Antonio, pero su mirada estaba fija en mí.
Mientras hablaba, y como si fuera la señal en una obra de teatro, entraron dos compañeros que arrastraban un saco de malla ayudados por el sujeto de overol de goma que expelía olor a pescado de meses. El saco venía repleto. Pesado y mal oliente. Dejaba unos goterones negruzcos en el suelo como el líquido de un cadáver putrefacto. Nadie reparó en eso.
Soltaron el saco en medio de la sala con un golpe que resonó en cada habitación de la casona e hizo temblar las copas sobre la mesa. Algas oscuras se esparcieron sobre las tablas de madera, su olor se mezcló con el aroma a vino barato endulzado y al olor rancio del abandono de la casona.
—¡Esto está mal! ¡Esto lo trajo la tormenta! —gritó el pescador. Hubo miradas incómodas entre mis compañeros y todas se centraron en Antonio que continuaba con esa sonrisa falsa. El pescador los miró asustado, dio media vuelta y salió corriendo de la casona. Escuchamos sus botas de goma sobre la gravilla en su carrera hacia al muelle.
Lo que siguió fue el silencio. Mis compañeros miraban a Antonio, esperando. Héctor tenía la mirada fija en él. A Javiera la noté pálida, intranquila. Carla se acercó al saco, lo observó un instante y luego a un compañero en el fondo que tenía un polerón rojo sangre. Este miró a Carla y luego a Antonio que le dió una señal. La cara de Antonio tenía una mirada intensa y su sonrisa amplia se vió astuta y antinatural como la de un fanático enfermo. No sé por qué lo imaginé como uno de esos tele-evangelistas fraudulentos antes del gran truco.
—¡Esta sí que viene cargada! —gritó el compañero del polerón rojo con inusitado entusiasmo. En los demás hubo un relajo. Sentí una punzada en mi cabeza, parecía que iba a estallar. Tuve otro vahído y cerré los ojos un instante. Al volver a abrirlos vi que todos mis compañeros miraban al saco.
Sentí que había más gente en la sala. Miré alrededor y noté que el alcohol me estaba provocando ilusiones y podría jurar que las caras en las pinturas borrosas me observaban. Quise obviar aquello yendo al saco que capturaba la atención de todos, pero fui incapaz de moverme. Y desde esa posición observé que el saco estaba abierto y parecía inflarse como si respirara. Entre las algas se movían peces plateados resistiéndose a morir, cangrejos que movían sus pinzas, camarones agotados ejecutando una danza sincrónica a la muerte en una poza oscura que crecía. El espectáculo era grotesco.
Y la cosa se dejó ver.
Emergió del interior del saco como un actor saliendo a escena. Era del tamaño de una cabeza, blanca como las conchas en la orilla de playa, pero no lo cubría una caparazón, ni escamas: era una textura húmeda como piel a la que no le ha llegado el sol en siglos. Tenía seis patas, ninguna simétrica. Hoyos rojos incandescentes, como brasas minúsculas, hacían de ojos.
Todos callamos. El único sonido era la madera que crepitaba en la chimenea y el saco que se agitaba por las criaturas en su interior como si respiraran al unísono. La cosa blanca observó el salón con calma, evaluando el lugar. Posó su mirada por cada uno de nosotros. Luego dio unos pasos con un caminar torpe, saltó al suelo y con una seguridad ausente en sus primeros pasos corrió hacia la chimenea.
—¿Qué… qué es eso? —preguntó una voz temblorosa que reconocí. Era Javiera. Nadie respondió.
La cosa ignoró la pregunta. Tomó una de las conchas con una de sus patas delanteras que terminaba en un tentáculo deforme y se la colocó sobre el lomo. Quedó ahí, como un caracol que hubiera elegido mal su caparazón. Ridícula. Absurda.
Pero nadie se rió.
Antonio la miraba con genuino asombro y en su rostro se dibujó la primera sonrisa real.
La cosa blanca, ahora con su concha, giró sobre sí misma y corrió hacia las escaleras. Subió.
Escuchamos ruidos arriba: arañazos rápidos, algo que crujía, chillidos breves y un maullido interrumpido.
—Se está comiendo las ratas —soltó alguien como una sola palabra.
—Al gato del jardinero… estaba arriba —dijo otro.
—Shh…. ¡Silencio! —ordenó Carla.
Ella sonreía. Vi que abrió un libro de hojas amarillas y cubierta de cuero. Empezó a leer en voz alta una lengua antigua. Mi mente modorrienta no pudo seguir las palabras que sonaban a decretos furiosos. Afuera, en el mar hubo un fogonazo de un rayo zigzagueante como la grieta en la casona.
Luego la cosa regresó al salón, caminó con pasos rítmicos, sigilosos, felinos. Se paseó cerca de la chimenea con parsimonia y, como si recordara algo, giró esos hoyos rojos hacia nosotros. Una mirada que te atravesaba. La sentí mover la neblina de mi modorra, como si descorriera una cortina.
Y supe que después de las ratas, después del gato, los siguientes seríamos nosotros.
La voz de Carla con una palabra ininteligible llegó como una puñalada al interior de mi cráneo. Y, entonces, la cosa blanca reaccionó.
Saltó y se aferró a mi pierna, sentí un dolor agudo, demasiado real para ser parte de una borrachera colectiva.
No podía moverme. Estaba clavado en el lugar.
“Debería despertar”, pensé, mirando la copa vacía en mi mano. Queriendo terminar con el dolor. “Esto tiene que ser el vino, la modorra, algo.”
Pero la cosa, desde mi muslo, me miró fijamente y negó con la cabeza. Un gesto humano que en la criatura se vió aterrador.
Miré a mis compañeros y todos tenían esa sonrisa amplia púrpura. Carla seguía leyendo, implorando algo. Antonio miraba intrigado. Héctor me miró de abajo hacía arriba y en su sonrisa había maldad satisfecha. Javiera tenía los ojos brillantes y le caían lágrimas y una sonrisa se le quebraba en una mueca.
Detrás de ellos en las paredes las pinturas de personas también sonreían.
Entendí mal, no venía por nosotros, venía por mi.
La cosa blanca volvió a morder. Esta vez sentí sus finos dientes atravesar la tela del pantalón, la piel, la grasa, hasta encontrar el hueso. Un impacto que hizo vibrar mi fémur y luego todo mi esqueleto. De los puntos de perforación brotó algo que se ramificó a través del hueso como raíces venenosas.
El dolor invadía todo mi cuerpo, solté el vaso y mientras caía sentí como esas raíces separaban la carne del hueso. El dolor violento barrió la modorra. Mi mente se despejó entendiendo que no era efecto del alcohol, que estaba siendo desarmado pieza a pieza.
El vaso estalló en el suelo y el sonido no lo escuché, la cosa estaba llenando mi cerebro, mi inconsciencia de a poco, me iba a reemplazar.
Ya no podía moverme, ni gritar. Frente a mí estaban mis compañeros con rostros llenos de pánico. Antonio apareció en mi rango de visión, lo ví sonreír y dijo cerca de mi cara:
—Las historias eran reales. Interesante. Hoy nos vamos a divertir… —volvió a su sonrisa falsa para decir— no sabes cuánto has sido de ayuda hoy.
Mis ojos dejaron de ver. Todo se fue a negro. Era masa informe manipulada por violenta pincelada de un artista desquiciado embriagado con absenta. Sabores y texturas se fundían en mi.
En la oscuridad los puntos rojos de la criatura llenaron mi ser y la certeza de mi fin. La criatura me usaría de caparazón. Como gratitud la criatura me llevó a un sueño dónde pude ver el fondo del mar, el que nunca es agitado por tormentas, el que solo es adorado e invocado y veces las criaturas del fondo responden. Vi cientos de criaturas blancas, miles de ojos rojos incandescentes caminando sobre esqueletos humanos. Criaturas viviendo entre ruinas de un mundo que fue. Criaturas que nunca se han ido. Criaturas hambrientas.
¿Morí? No sé si morir es formar parte de una pintura sin rostro col
gada en la pared de una casona. Esperando otro ritual. Esperando otra muerte…
…"
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