Fue hace treinta y dos años, seis meses, quince días. Yo cumplía siete años y mis padres invitaron a todos mis compañeros de escuela y sus padres. Imagínense más de veinte nenes corriendo de acá para allá, pateando sillas al intentar atraparse, tirando vasos al querer manotear un sanguchito de miga, empujando adultos que tras el choque tiran un manotazo al aire, tratando de darle un chicotazo al pequeño que osó hacer lo que hacen todos los niños del mundo: ser un niño.

Entre todos los invitados había uno en particular que llamaba la atención. Hijo de japoneses, hablaba algo de español, con ese acento tan caricaturesco, lleno de respeto, incluso hacia los de su misma edad. Nos trataba de usted y nos llamaba por el apellido, se sonrojaba al hablarle a una nena, y más si esta lo llamaba por su nombre, Yukio.

No estaba muy contento de que él estuviera en la fiesta. No nos hablábamos nunca, y cada vez que lo veía, no podía evitar sentir cierto asco. No, miento, el asco comencé a sentirlo luego de aquella fiesta. Pero sí es cierto que antes de eso no hablábamos, y después tampoco.

En la fiesta también estaban sus padres, Osamu y Naoko. Recuerdo muy bien sus nombres, jamás podría olvidarlos. Llamaron mucho la atención con su comportamiento. De entrada, se la pasaban inclinando la cabeza todo el tiempo, uno les decía algo y ellos, aunque no entendieran, la inclinaban; le ofrecían comida y ellos, la inclinaban y comían; le ofrecían para tomar, y lo mismo. Ellos no hablaban español más que unas pocas palabras y expresiones sueltas. Podían decir «muy bien, muy bien», «no, gracias, no, gracias», «no entiendo, perdón, no entiendo», y un par más, siempre repitiendo la idea, tal vez para hacerse entender, tal vez por su ideal de cortesía, qué se yo. Lo más incómodo vino después. Se ve que allá en Japón celebran distinto los cumpleaños porque se asombraron mucho cuando trajeron la torta y comenzaron a hablarse entre ellos. Aunque no les entendíamos, podíamos hacernos una idea al ver cómo se les abrían los ojos que, debo reconocer, no los tenían tan entrecerrados como nos hacer creer en los dibujitos, aunque tan poco eran tan saltones como se dibujan ellos mismos en Los Supercampeones o Sailor Moon. Luego, cuando cantamos el feliz cumpleaños, pusieron una expresión como de admiración y repetían su asombro con un «oooh, oooh», cada vez más exagerado, cuestiones de cultura, supongo. Y cuando soplé las velas tras pedir mi deseo y todos aplaudieron, creyeron que debían hacer lo mismo, es decir, soplar, y desde ahí comenzaron a soplar a cada rato lo que fuera. También empezaron a apagar las luces, tal como hicimos cuando cantamos, creyendo que sería parte de un ritual para ahuyentar malos espíritus, tal vez. Disculpen que tenga la idea de que todo lo que hacen los orientales lo hacen con motivos religiosos, pero mi único contacto con su cultura fue la serie Kung Fu y los padres de Yukio.

A mitad de la fiesta, algunos padres se habían ido ya y sus hijos se quedarían a dormir en casa. Yukio no iba a ser la excepción, por desgracia, y es que yo no tenía aún ni voz ni voto en las decisiones que tomaban mis padres. Sin embargo, aunque también para desgracia mía, mis padres luego se arrepintieron, porque Osamu y Naoko decidieron quedarse también. De mis quince compañeros varones, se quedaron diez a dormir. Para la una de la mañana, ya todos los padres se habían ido. Excepto los de Yukio, a quienes mi papá trataba de echar amablemente. En vano, porque ellos no entendían una palabra y Yukio ya estaba dormido así que no podía hacerles de intérprete. «Muchas gracias, muchas gracias» decían cada vez que mi papá les señalaba la puerta, y se inclinaban con una elasticidad digna de un contorsionista. Al final mi papá se cansó, les señaló un sillón, ellos le agradecieron aunque no entendieron, y él se fue a dormir.

A la mañana desayunaron con nosotros. Lo cual no era un problema, porque se habían quedado mis compañeros, así que mamá tenía que hacernos el desayuno a todos. Papá se desentendió por completo y fue al trabajo a pesar de que era domingo y la fábrica estaba cerrada.

Al mediodía almorzaron con nosotros. Y ahora sí era un problema porque ya todos mis compañeros se habían ido a sus casas. Solo quedaban Yukio y su familia. Mi mamá intentó hacerles entender que tenían que irse, pero ellos solo se inclinaban y repetían «muchas gracias, muchas gracias». Yukio les hablaba en japonés, no sé si les traducía lo que mi mamá le pidió que les diga, porque ellos seguían sin entender. Al menos tenían la decencia de felicitar la comida de mi mamá y le decían «muy bien, muy bien», y Osamu, para variar le dijo «buena esposa». Luego Naoko lavó y secó los platos, así que eso es un punto a favor, supongo. Su esposo se preparó un café. Punto en contra por usar el sagradísimo café de mamá y otro más por usar su taza favorita.

A la noche cenaron con nosotros. Aunque esta vez fue Naoko quien cocinó. Hizo una comida de su país, que parecía vómito y tenía gusto a como creo que deben tener gusto los caracoles. Yo no comí, me fui directo a la cama. Allí pude escuchar a mis padres discutiendo, ella le recriminaba haberse desaparecido todo el día, él le recriminaba cosas que pensé que habían dejado zanjadas. Me tapé la cara con la almohada para tratar de no escucharlos. Al rato apareció Naoko en mi pieza con una taza de té. Yo estaba con la cara tapada así que ni supe que entró hasta que me palmeó la pierna y se sentó en mi cama. La miré. Tenía esa mirada de asiático cortés que siempre vemos en las películas. Su sonrisa parecía interminable, se extendía de una mejilla a otra y me dejaba una sensación incómoda en el pecho. Al principio no quería tomar lo que me trajo, pero para no ser maleducado le acepté. Mientras tomaba, ella me revolvía el pelo, me acariciaba el hombro. Y cuando terminé, ella tomó la taza y se fue.

Ellos se quedaron con nosotros bastantes años a pesar de que mis padres intentaron de todo para que se vayan. Y casi todas las noches, ella venía a mi pieza con una taza de té, a veces con una porción de torta. Al entrar me apagaba la luz. Porque siempre entraba cuando estaba por cambiarme y ponerme la ropa de cama. Lo que traía siempre era riquísimo, así que aunque tenía sentimientos encontrados con ellos, aceptaba de buena gana lo que me daba. Luego se iba, y al rato llegaba mamá a contarme un cuento o darme el beso de las buenas noches. Y enseguida, casi de forma milagrosa, me dormía profundamente. Fue en esa época que comenzaron mis pesadillas. Serpientes que se enredaban en mis piernas, me pinchaban con sus colmillos y me salpicaban con una baba extraña.

Con el pasar de los años y la llegada de la pubertad. Las visitas se volvieron más incómodas. Empecé a notar cómo vestía, que su pollera se ceñía a las caderas, que a veces se notaban sus pezones a través de la blusa. Y cada vez las pesadillas se volvían más pesadas. Ahora no eran solo serpientes, sino cangrejos, pulpos, y no solo animales, sino también rosas y a veces una marea que me cubría por completo.

Cuando cumplí trece años, de repente ellos desaparecieron. Mis padres me prohibieron ver la televisión, y sobre todo las noticias, cómo si acaso me importaran las noticias. También comenzaron a llevarme a un médico. Iba cada viernes a la salida de la escuela. No sé por qué.

Unos meses después, tuve mi primera novia. Cuando les conté a mis padres ellos se molestaron mucho, y me dijeron que tenía que cortar la relación. No entendía por qué, así que me decidí a escaparme de casa junto con mi novia. Cuando le conté mi plan a ella le pareció bien. Cosas de adolescentes. Así que nos fuimos a una plaza y allí fingimos organizar a dónde íbamos a ir y cómo nos la íbamos a arreglar. Creo que ella se tomaba toda la idea de huir como un juego, porque de la nada intentó besarme. Y cuando sentí sus labios presionarse contra los míos y su lengua como pidiéndome permiso, me asusté. Me asusté y le pegué con todas mis fuerzas. Le pedí perdón, que no sabía qué me había pasado y qué sé yo qué más le dije. Pero a ella no le sirvió nada de eso y me dejó solo. Se fue a su casa, luego se cambió de colegio y no la vi más. Entre tanto, su mamá fue a casa a gritarles a mis padres, fue al colegio a gritarle a la directora, mis padres me gritaron, la directora me gritó, mis compañeros se burlaron, yo no entendía. Luego, no sé por qué razón, comenzaron a burlarse de mí más seguido, y se inventaron una historia falsa.

El único que no se burló de mí fue Yukio. Pero por alguna razón, él era el único al que odiaba y verlo me producía un profundo asco…

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