La Escuela de Bellas Artes tenía esa particularidad de hacerte sentir eufórico y drenado al mismo tiempo. Salí con las manos oliendo a aguarrás y el cerebro vibrando con teorías sobre el uso del espacio negativo. No tenía muchos amigos aún. Mi círculo social se limitaba a un par de compañeros con los que intercambiaba apuntes y miradas de pánico antes de las entregas.
Caminé las diez cuadras hasta el departamento. Era un piso completo en un edificio antiguo de techos altos, con molduras en las paredes y pisos de parquet que crujían con personalidad. Demasiado grande para una sola persona. Demasiado grande incluso para dos. Pero ahí vivía mi tía paterna, Andreana Vigil.
37 años. Soltera. Directora de Banca Corporativa. Adicta al trabajo y a la cerveza de las 19:00 horas.
Entré y el silencio me recibió, solo roto por el tecleo furioso que venía del living. Andreana estaba sentada en la mesa del comedor, rodeada de carpetas, con la luz azul de la notebook iluminándole la cara. Tenía el pelo castaño recogido en un moño que empezaba a desarmarse, y una lata de cerveza a medio terminar al lado del mouse.
—Llegaste —dijo, sin levantar la vista.
—Llegué. —Dejé la mochila en la silla—. ¿Cómo estuvo el día? ¿El mercado de valores colapsó o sobrevivimos?
—El mercado es una bestia caprichosa, Elio. Sobrevivimos, pero con rasguños. —Cerró la notebook con un suspiro y se quitó los anteojos de lectura, frotándose el puente de la nariz—. ¿Y vos? ¿Cómo llevas la ciudad? Esto no es el pueblo. Allá el mayor peligro era que el perro del vecino te ladrara.
Fui directo a la cocina, lavándome las manos antes de empezar el ritual de la cena. Saqué la tabla de picar y el fiambre.
—Bien… ya me voy acostumbrando, creo. —Empecé a cortar el jamón—. Ya tengo dos aplicaciones de la ACC en el celular. Una para reportar anomalías y otra que me avisa si hay tormentas de gravedad invertida. Y aprendí que si el colectivo vuela, te cobran un recargo en el pasaje por “servicio aéreo no solicitado”.
Andreana soltó una risa ronca, girándose en la silla para mirarme.
—Ja. Bienvenido a la jungla. Al menos aprendes rápido. ¿Y la escuela? Cuanto llevas, mes y medio, ¿no?
—Sí. Bien, es lo que esperaba. —Acomodé el queso sobre las prepizzas—. Estamos viendo anatomía. Es fascinante cómo el cuerpo humano es una máquina perfecta hasta que intentas dibujarlo y te das cuenta de que nada tiene sentido geométrico.
Andreana se levantó y vino a la cocina, apoyándose en el marco de la puerta con su cerveza en la mano. Me observó trabajar con esa mirada crítica que usaba para evaluar riesgos financieros, pero suavizada por algo parecido al cariño familiar.
—Te pareces a tu padre —dijo de repente—. Él también tenía esa manía de ordenar la comida antes de cocinarla. Decía que la estética importaba tanto como el sabor.
Me detuve un segundo, con el cuchillo en la mano. Mi padre. Hacía tiempo que no hablábamos de él.
—Supongo que algo se pega.
—Él estaría orgulloso, ¿sabés? —dijo ella, tomando un trago—. De que te animaras a venir. A estudiar lo que te gusta, aunque no de plata. En esta familia solemos ir a lo seguro. Banca, abogacía, contaduría. El arte es… un riesgo.
—El riesgo tiene su encanto. Como invertir en criptomonedas anómalas.
Andreana sonrió.
—Ojalá tuviera tu optimismo. O tu juventud. A veces siento que este departamento me queda grande. No por el espacio, sino por el silencio.
Terminé de armar las pizzas y las dejé sobre la mesada.
—Te dejo las pizzas en el horno. Solo tenés que encargarte de prenderlo en un rato. Yo me tengo que ir en hora y media. Turno noche.
—Si, mi querido Alfred. —Hizo un gesto de brindis con la lata—. Acordate de traerme esa marca rara de cerveza que venden en la estación. La que tiene la etiqueta violeta con letras que se mueven. Tienen un sabor especial.
—El sabor de no estar avaladas por la ANMAT o la ACC —repliqué, secándome las manos—. Probablemente están fermentadas con lúpulo de otra dimensión o lágrimas de duende.
—No me importa de qué están hechas mientras tengan graduación alcohólica y no me den resaca dimensional —dijo, terminando su lata—. ¿Vas a estar bien? El turno noche… dijiste que es complicado.
—Es… interesante —dije, buscando mi campera—. Digamos que los clientes tienen necesidades muy específicas. Y formas muy variadas.
—Cuídate, Elio. —Se acercó y me dio un beso en la mejilla. Olía a perfume caro y a cerveza—. Y si ves algo que te asuste demasiado… cierra los ojos. A veces funciona.
—Gracias por el consejo, tía. Pero creo que en este trabajo, cerrar los ojos es la mejor forma de que te roben o te coman.
Salí del departamento, dejando a Andreana con su silencio y sus pizzas por hornear. La ciudad me esperaba. Con sus luces, sus ruidos y sus anomalías. Y en la estación, Axioma Vane, la chica que veía el mundo a través de un caleidoscopio, estaba a punto de convertirse en mi nueva compañera de insomnio.


