Cambios
¿Qué es el tiempo? Un misterio sin realidad propia y omnipotente. Es una condición del mundo de los fenómenos, un movimiento mezclado y unido a la existencia de los cuerpos en el espacio y a su movimiento. Pero ¿habría tiempo si no hubiese movimiento? ¿Habría movimiento si no hubiese tiempo? ¡Es inútil preguntar! ¿Es el tiempo función del espacio? ¿O es lo contrario? ¿Son ambos una misma cosa? ¡Es inútil continuar preguntando! El tiempo es activo, produce. ¿Qué produce? Produce el cambio. El ahora no es el entonces, el aquí no es el allí, pues entre ambas cosas existe siempre el movimiento. Pero como el movimiento por el cual se mide el tiempo es circular y se cierra sobre sí mismo, ese movimiento y ese cambio se podrían calificar perfectamente de reposo e inmovilidad. El entonces se repite sin cesar en el ahora, y el allá se repite en el aquí. Y, como por otra parte, a pesar de los más desesperados esfuerzos, no se ha podido representar un tiempo finito ni un espacio limitado, se ha decidido creer que el tiempo y el espacio son eternos e infinitos con la esperanza de conseguir una explicación un poco más perfecta. Pero al establecer el postulado de lo eterno y lo infinito, ¿no destruye lógica y matemáticamente todo lo infinito y limitado? ¿No queda todo reducido a cero? ¿Es posible una sucesión en lo eterno? ¿Es posible una superposición en lo finito? ¿Cómo armonizar estas hipótesis auxiliares de lo eterno y lo infinito con los conceptos de distancia, movimiento y cambio? ¿No queda más que la presencia de los cuerpos limitados en el universo? ¡Es inútil preguntar!
Hans Castorp se planteaba estas cuestiones y otras semejantes. Su cerebro, desde su llegada a estas alturas, se había mostrado siempre dispuesto a tales disquisiciones y sutilezas, y para experimentar un placer peligroso, pero inmenso, que había pagado muy caro, se había dedicado a tales cuestiones y enfrascado en especulaciones temerarias. Se interrogaba a sí mismo, al buen Joachim y al valle cubierto, desde tiempos inmemoriales, por una nieve espesa; pero ya sabía que no podía esperar contestación alguna a sus preguntas. Por eso se interrogaba a sí mismo, porque no encontraba ninguna respuesta.
Respecto a Joachim, era casi imposible despertar en él ningún interés hacia semejantes temas, pues, como Hans Castorp ya había dicho un día en francés, no pensaba nada más que en llegar a ser un soldado en la llanura, y con esta esperanza había entablado una lucha encarnizada contra la enfermedad, pero la esperanza tan pronto se alejaba como se aproximaba para desvanecerse de nuevo en las lejanías. Para terminar esta lucha estaba dispuesto a realizar un golpe de fuerza. Sí, el paciente, el metódico Joachim, tan completamente imbuido de las ideas del servicio militar y la disciplina, sucumbía a las tentaciones de sublevación, protestaba contra la escala Gaffky, de ese sistema de examen según el cual se deducía y fijaba en el laboratorio, en el «labo», como se decía ordinariamente, el grado de infección de un paciente, por los bacilos, según se descubrían éstos aisladamente o en grandes cantidades en el tejido analizado. De esta manera, el número de la escala Gaffky era más o menos elevado y todo dependía de esta cifra, que expresaba, sin error, las posibilidades de curación del enfermo, el número de meses o años que debía pasar todavía aquí, desde la visita de cortesía de seis meses hasta el veredicto de «cadena perpetua», cosa que, aplicando las medidas ordinarias del tiempo, era realmente poca cosa.
Joachim se sublevó contra esta escala Gaffky. Renegó abiertamente de toda fe en su autoridad; no precisamente ante sus superiores, pero sí ante su primo e incluso en la mesa.
—Ya tengo bastante. No me dejaré engañar por más tiempo —dijo en alta voz, y la sangre se congestionó en su rostro bronceado—. Hace quince días tenía dos en la escala Gaffky, una bagatela, las más halagüeñas perspectivas, y ahora tengo nueve, me hallo, por lo tanto, literalmente infestado y no se puede hablar de que me marche. Que el diablo comprenda eso. No estoy dispuesto a soportarlo. Allá arriba en Schatzalp, hay un hombre, un campesino griego, venido de la Arcadia; es un caso desesperado, tisis galopante, el exitus puede producirse de un momento a otro, pero ese hombre no ha tenido nunca bacilos en la saliva. Por el contrario, el gordo comandante belga que se marchó curado cuando yo llegué, tenía en la escala Gaffky el diez, era un verdadero semillero y, sin embargo, no tenía más que una pequeña caverna. Me tiene sin cuidado Gaffky. Me vuelvo a casa, aunque esto me haya de costar la vida.
Así habló Joachim, y todos quedaron penosamente impresionados al ver a ese joven tan pacífico y comedido en tal estado de rebelión.
Hans Castorp, al oír que Joachim amenazaba con abandonarlo todo y volver a la llanura, se acordó de unas palabras que había oído pronunciar en francés por una tercera persona; pero guardó silencio.
Podía poner como ejemplo a su primo su propia paciencia, como hacía la señora Stoehr, que exhortaba a Joachim a no blasfemar de aquella manera, a resignarse con toda humildad y a tomar como modelo la constancia de que ella, Carolina, daba pruebas perseverando en aquellos lugares y decidiéndose a no reanudar sus tareas de ama de casa, en Cannstadt, a fin de poder devolver un día a su marido una esposa completamente y definitivamente curada. No, Hans Castorp no se atrevía a hacerlo, pues desde el Carnaval se sentía lleno de escrúpulos respecto a Joachim. Es decir: su conciencia le decía que Joachim debía de ver en ciertos hechos de los cuales no hablaba, pero que su primo conocía sin duda alguna, algo semejante a una traición, a una deserción y a una infidelidad. Y eso con relación a dos ojos redondos y castaños, a las risas mal justificadas y a un cierto perfume de naranja cuyos efectos sufría cinco veces por día, ante lo cual bajaba severa y púdicamente los ojos hacia su plato.
Incluso en la resistencia muda que Joachim oponía a sus especulaciones y a sus divagaciones sobre el tiempo, Hans Castorp pudo ver un poco de ese rigor militar que contenía un reproche contra él.
En lo que se refiere al valle invernal, cubierto de una espesa capa de nieve, al que Hans Castorp, tendido cómodamente en su chaise-longue, había dirigido preguntas trascendentales, quedó mudo, lo mismo que los picos, las cimas, las vertientes y los bosques oscuros, verdes y rojizos, inmóviles en la duración unas veces resplandecientes en el azul profundo, otras envueltos en brumas en el fluir silencioso del tiempo terrestre, unas enrojecidos bajo el sol que los abandonaba, otras con un duro resplandor de diamante en la magia de la luna. Estaban siempre cubiertos de nieve, y todos los pensionistas declaraban que ya no podían soportar aquella nieve, almohadones de nieve, vertientes de nieve, todo eso sobrepasa las fuerzas humanas, era mortal para el espíritu y el corazón. Y se ponían antiparras de color, para defender los ojos, pero mucho más para defender su corazón.
¿Hacía verdaderamente seis meses que el valle y las montañas estaban cubiertos de nieve? ¡Ya hacía siete! El tiempo pasa mientras nosotros referimos la historia, nuestro tiempo propio, el que consagramos a esta historia, pero también el tiempo profundamente anterior de Hans Castorp y sus compañeros de infortunio, allá arriba en la nieve, y el tiempo sigue produciendo cambios.
Todo iba realizándose como Hans Castorp había predicho —con gran indignación de Settembrini—, con palabras rápidas el día de Carnaval, al regresar de Platz. No era precisamente que el solsticio de verano se hallase ya próximo, pero la Pascua había pasado por el valle blanco, abril avanzaba y la perspectiva del Pentecostés comenzaba a destacarse. Pronto estallaría la primavera y la nieve se fundiría. No toda la nieve; en las cúspides del sur, en los barrancos, en la cadena de Raetikon, en el norte, quedaría intacta, sin hablar de la que caería también todos los meses de verano pero que se fundía enseguida.
Sin embargo, la revolución del año prometía cosas nuevas y decisivas para dentro de poco; pues desde aquella noche de Carnaval, en la que Hans Castorp había pedido prestado un lápiz a madame Chauchat y más tarde se lo había devuelto, recibiendo en cambio, según sus deseos, otra cosa —un recuerdo que llevaba en un bolsillo—, habían transcurrido ya seis semanas, dos veces más el tiempo que originariamente Hans Castorp debía pasar aquí.
Seis semanas habían transcurrido, en efecto, desde el día en que Hans Castorp había entrado en relación con Clawdia Chauchat y había subido a su cuarto con tanto retraso en relación al estricto Joachim; seis semanas desde el día siguiente en el que se había producido la partida de la señora Chauchat, su marcha provisional para el Daguestán, muy lejos, hacia el este, más allá del Cáucaso. La partida era provisional, la señora Chauchat tenía intención de volver, pero no sabía cuándo, se lo había asegurado a Hans Castorp de un modo directo y verbal, no durante el diálogo en lengua extranjera que ya hemos consignado, sino en el intervalo de tiempo que, por nuestra parte, hemos dejado transcurrir sin decir una palabra, durante el cual hemos interrumpido el curso de nuestra narración ligado al tiempo y no hemos dejado reinar más que la duración pura.
De todos modos, el joven Castorp había recibido esta seguridad y había oído esas afirmaciones consoladoras antes de volver al número 34. Al día siguiente no había cambiado palabra alguna con madame Chauchat, la había visto apenas, solamente dos veces, de lejos. Una durante el almuerzo, cuando vestida de paño azul y chaqueta de lana blanca, se había presentado en el comedor por última vez, dando el consabido portazo y caminando con un paso graciosamente resbaladizo —entonces el corazón de Hans Castorp se le había atragantado en la garganta y únicamente la severa vigilancia que la señora Engelhart había ejercido sobre él había impedido que ocultase su rostro entre las manos—. Luego la había visto a las tres de la tarde, en el momento de su marcha, a la cual, propiamente hablando, no había asistido, pero que había observado desde una ventana del corredor que miraba al camino de acceso al sanatorio.
Este acontecimiento se había desarrollado de la misma manera que Hans Castorp había visto varias veces desde su permanencia aquí: el trineo o el coche se detenían cerca de la cuesta, el cochero y el mozo cargaban el equipaje; pensionistas del sanatorio, los amigos del que, curado o no emprendía el regreso al país llano para vivir o morir allí, o simplemente los que dejaban de cumplir su programa para presenciar el acontecimiento, se reunían junto a la puerta y un señor de la administración, vestido de levita, algunas veces los mismos médicos, se hallaban presentes. El que se marchaba, con la satisfacción pintada en el rostro, saludaba con amabilidad a los curiosos que le rodeaban o que permanecían alejados.
Esta vez era madame Chauchat la que había salido, sonriendo, cargada de flores, envuelta en un abrigo de viaje, rugoso y forrado de pieles, llevando un sombrero grande. Iba escoltada por el señor Buligin, su compatriota del pecho hundido, que hacía con ella una parte del viaje. Parecía estar llena de una alegre animación, como todos los que se marchaban, ante la sola perspectiva de un cambio de existencia, independientemente del hecho de que existía la autorización del médico, o de que se interrumpía la permanencia a causa de un tedio desesperado, a su propio riesgo y peligro, con la conciencia inquieta.
Madame Chauchat tenía las mejillas encendidas, hablaba sin cesar, probablemente en ruso, mientras que su compañero le envolvía las rodillas con una piel. No había más que los compatriotas o los comensales de madame Chauchat; luego acudieron otros pensionistas. El doctor Krokovski enseñaba sus blancos dientes por entre la barba, al sonreír, y le había ofrecido más flores. La vieja tía ofreció compota a la viajera, «compotita» como ella decía, o sea mermelada rusa; la institutriz se encontraba también allí; el natural de Mannheim permanecía a alguna distancia, espiando con la mirada turbia, y esas afligidas miradas, resbalando a lo largo de la casa, habían descubierto a Hans Castorp asomado a la ventana del corredor; por un momento, esas turbias miradas se habían fijado en él.
El doctor Behrens no había aparecido; sin duda se había despedido ya de la viajera particularmente… Luego, en medio de las despedidas de todos, los caballos se habían puesto en marcha, y los ojos oblicuos de madame Chauchat habían, a su vez —en el momento en que el movimiento del trineo le había hecho inclinar hacia atrás el cuerpo—, recorrido la fachada del Berghof, y durante la fracción de un segundo se habían detenido sobre el rostro de Hans Castorp.
Así pues, abandonado, se había dirigido inmediatamente a su habitación asomándose al balcón para ver una vez más, desde arriba, el trineo que, en medio de un ruido de cascabales, resbalaba por el camino de Dorf. Se había luego arrojado sobre una silla y sacando del bolsillo interior de su chaqueta el recuerdo, la prenda, que esta vez no consistía en unas virutitas lacadas de rojo, sino en una pequeña placa de cristal que debía ser mantenida a contraluz para poder ver algo, contempló el retrato interior de Clawdia, que no tenía rostro, pero que revelaba la osamenta delicada de su cuerpo envuelto en una transparencia espectral de formas de su carne, igual que los órganos huecos de su pecho…
¡Cuántas veces había contemplado y oprimido contra sus labios este retrato! El tiempo había aportado la adaptación a la vida en ausencia de Clawdia Chauchat, separada de él por el espacio —y esto mucho más pronto de lo que se hubiese podido creer: ¿no era aquí el tiempo de una naturaleza especial, organizado para crear la costumbre, aunque no fuese más que la costumbre de no acostumbrarse? No había que esperar el portazo al principio de las cinco formidables comidas; era a una distancia enorme donde la señora Chauchat daba ahora portazos —manifestación de su naturaleza unida y mezclada a la enfermedad, lo mismo que el tiempo lo está a los cuerpos en el espacio; su enfermedad y nada más…—. Pero si estaba invisible y ausente permanecía, sin embargo, visible y presente en el espíritu de Hans Castorp; ella era el genio de ese lugar, que había conocido y poseído en una hora nefasta de una criminal dulzura, en una hora a la que no podía aplicarse ninguna canción tranquila de la llanura, y de la cual, desde hacía nueve años, llevaba la silueta espectral en su corazón violentamente enamorado.
En esta hora memorable, sus labios temblorosos habían balbuceado, en una lengua natal, casi inconscientemente y con una voz ahogada, muchas cosas excesivas: proposiciones, ofrecimientos, proyectos y resoluciones insensatas a los que había sido negada toda aprobación; había querido acompañar al genio más allá del Cáucaso, seguirle, esperarle en el lugar que el libre capricho del genio eligiese como próximo domicilio, para no separarse nunca más de él; había hecho otras proposiciones completamente irresponsables. Y es que el sencillo joven había sacado la consecuencia de que sólo había la sombra de una posibilidad de que madame Chauchat volviese aquí una cuarta vez, pronto o tarde, según decidiese la enfermedad que ahora le había dado la libertad. Pero, pronto o tarde, ella había dicho desdeñosamente que Hans Castorp «estaría desde haría tiempo, muy lejos», y el sentido desdeñoso de esta profecía le hubiese sido aún mucho más insoportable si no hubiese tenido el recurso de decirse que ciertas profecías no se hacen más que para que no se realicen. Profetas de esta clase se burlan del porvenir prediciéndole lo que ocurrirá para que el porvenir se avergüence de realizarlo. Y si el genio, durante la conversación que consignamos anteriormente y fuera de esa conversación, le había llamado «apuesto burgués de la pequeña mancha húmeda», lo que era, en cierto modo, traducción de la expresión de Settembrini «niño mimado por la vida», cabía preguntarse qué elemento de esa mezcla sería el más fuerte; el burgués o el otro… Además, el genio no había tenido en cuenta que él mismo había ido y venido numerosas veces y que Hans Castorp podía también volver en el momento oportuno, aunque en realidad no perseveraba aquí más que con la intención de no tener necesidad de volver. Ésta, como en los demás, era razón de su presencia.
Una de las profecías de aquella velada de Carnaval se había realizado: Hans Castorp sufrió una elevación en la curva de la temperatura, ésta había subido rápidamente y él la había registrado con una gravedad solemne; después de un ligero descenso, se había prolongado en un nivel ligeramente ondulado, manteniéndose constantemente por encima del nivel de las temperaturas acostumbradas antes. Era una fiebre anormal cuyo grado y persistencia, según el doctor Behrens, no estaba en relación con los síntomas locales.
—Está mucho más intoxicado de lo que parecía capaz amiguito —le dijo—, ¡continuaremos ensayando las inyecciones! Esto le irá bien. Dentro de tres o cuatro meses estará como pez en el agua, si las cosas se arreglan como supone el abajo firmante.
Por esta causa, Hans Castorp tuvo que presentarse dos veces por semana, el miércoles y el sábado, después del paseo matinal, en el «labo» para que le pusiesen la inyección.
Los dos médicos administraban indistintamente este remedio, pero el consejero lo hacía como un virtuoso, de un solo golpe, vaciando la jeringa en el momento mismo de pinchar. No se preocupaba mucho, por otra parte, del sitio en que pinchaba, de manera que el dolor era algunas veces muy fuerte y el lugar pinchado permanecía durante largo tiempo duro y ardiente. Además, la inyección atacaba el estado general del organismo, desencajaba el sistema nervioso como si se hubiese realizado un gran esfuerzo deportivo, y esto precisamente era lo que demostraba el poder del remedio, que se manifestaba también en el hecho de que comenzaba por hacer subir la temperatura. Era lo que el consejero había predicho y lo que ocurrió según la regla y sin que hubiese nada que comentar sobre ese fenómeno. La cosa se acababa rápidamente cuando a uno le tocaba el turno; en un momento se recibía el contraveneno bajo la piel de la nalga o del brazo. Pero algunas veces, cuando el consejero se encontraba en un momento propicio y su humor no se hallaba turbado por el tabaco, entablaba una corta conversación que Hans Castorp procuraba dirigir poco más o menos del siguiente modo:
—Conservo un agradable recuerdo de nuestra merienda en su casa, doctor, el año pasado, en otoño, gracias a una casualidad. Ayer precisamente lo recordaba con mi primo.
—Gaffky siete —dijo el consejero—. Ultimo resultado. Ese muchacho se niega decididamente a desintoxicarse. Y, a pesar de eso, nunca me había zarandeado y tirado tanto como en esos últimos tiempos con sus ideas de partida, para ir a arrastrar el sable. ¡Qué muchacho! Me reprocha sus cinco pequeños trimestres con jeremiadas, ¡cómo si hubiese pasado siglos aquí! Quiere marcharse, cueste lo que cueste. ¿Le ha hablado de esto? Debería usted amonestarle seriamente y con firmeza. Ese muchacho reventará si traga demasiado pronto vuestra simpática niebla allí abajo a la derecha. Esos rayos de la guerra no tienen obligación de ser excesivamente sensatos, pero usted, el más tranquilo de los dos, el paisano, el hombre de cultura burguesa, debería ponerle la cabeza en su sitio antes de que haga locuras.
—Eso es lo que hago, doctor —contestó Hans Castorp, sin dejar de dirigir la conversación—. Eso es lo que hago cuando se impacienta, y creo que llegará a entrar en razón, pero los ejemplos que tiene ante los ojos no son muy apropiados, eso es lo que estropea la cosa. A cada momento se registran partidas, partidas al país llano, espontáneas y sin verdadera justificación, y eso tiene algo de tentador para los caracteres débiles. Por ejemplo, recientemente… A ver, ¿quién se ha marchado recientemente? Una señora de la mesa de los rusos distinguidos, madame Chauchat. Se dice que se ha marchado al Daguestán. ¡Dios mío, al Daguestán! No conozco el clima, tal vez es menos desfavorable que el nuestro, allá abajo, al lado del mar; pero es indudablemente un país llano en nuestro sentido, a pesar de que geográficamente sea tal vez montañoso. No estoy muy fuerte en esas cosas. ¿Cómo es posible vivir allá abajo sin estar curado, cuando nos faltan los principios elementales y nadie sabe nada de nuestra regla, ni de cómo uno ha de permanecer echado y tomarse la temperatura? Creo que ella piensa volver, me lo dijo incidentalmente. Pero ¿por qué hablamos de ella? ¡Ah!, sí, aquel día que le encontramos en el jardín, doctor, ¿se acuerda? Es decir, fue usted quien nos encontró, pues nosotros estábamos sentados en un banco fumando. Es decir, quien fumaba era yo, pues mi primo, cosa extraña, no fuma. Precisamente usted también fumaba y cambiamos nuestras marcas preferidas, lo recuerdo perfectamente. Su Brasil era excelente, pero es preciso tratarlo como a un joven potro; de lo contrario, ocurre algo semejante a lo que le pasó a usted después de los dos Habana, cuando estuvo a punto de bailar su último baile con el pecho tempestuoso. Como la cosa acabó bien, podemos reírnos. He encargado más María Mancini a Brema, algunos centenares; decididamente prefiero esta marca, me es simpática bajo todos los aspectos. Es verdad que el porte y la aduana los encarece mucho, y si a usted se le ocurre prolongar mi cura por un tiempo bastante largo soy capaz de convertirme al tabaco de aquí, pues se ven en los escaparates cigarros muy bonitos. Luego nos enseñó usted sus cuadros, lo recuerdo como si fuese hoy, porque me causaron una gratísima impresión. Estaba verdaderamente sorprendido al ver lo que había conseguido usted con la pintura al óleo. Yo no hubiera podido hacerlo nunca. ¿No vimos el retrato de madame Chauchat? La piel está pintada de un modo verdaderamente magistral. Lo digo sinceramente, me sentí entusiasmado. En aquel momento no conocía el modelo más que de vista y de nombre. Luego, muy poco tiempo antes de su partida, la conocí personalmente.
—¡Qué me dice! —contestó el consejero. Y era lo mismo que había contestado (la aproximación se impone) cuando Hans Castorp le anunció, antes de su primera consulta, que tenía un poco de fiebre. Y no dijo nada más.
—Sí, sí. La he conocido personalmente —insistió Hans Castorp—. Sé, por experiencia, que no es muy fácil entablar relaciones personales aquí arriba, pero entre ella y yo pudo arreglarse la cosa a última hora; una conversación…
Hans Castorp aspiró el aire entre los dientes y lanzó un pequeño grito.
—¡Ay! Seguramente ha tocado usted algún nervio importante, doctor. Sí, sí, me hace un daño infernal. Gracias, un poco de masaje va bien… Sí, una conversación nos aproximó.
—¡Vamos! ¿Y qué? —exclamó el consejero.
Había hecho la pregunta encogiéndose de hombros como quien espera una contestación llena de elogios y se adelanta a meter en la pregunta el elogio previsto.
—Supongo que mi francés dejó un poco que desear —respondió Hans Castorp—, ¿cómo puedo saberlo? A pesar de todo, nos pudimos entender de un modo bastante pasable.
—Lo supongo. Bueno. ¿Muy hermosa, verdad?
Hans Castorp se abrochaba el cuello, de pie, con las piernas y los codos separados y la cabeza elevada hacia el techo.
—Nada de particular —dijo—. Dos personas, incluso dos familias, viven en un mismo balneario durante semanas, bajo el mismo techo, completamente distanciadas. Un día traban conocimiento, se aprecian sinceramente, y ocurre que uno de ellos está próximo a marcharse. Imagino que tales cosas ocurren con frecuencia. Y en este caso se desearía al menos guardar cierto contacto, saber el uno del otro, aunque no sea más que por correspondencia. Pero madame Chauchat…
—¡Vamos! ¿Seguramente no quiere? —dijo riendo jovialmente el consejero.
—No, no quiso que hablase de eso. ¿Y a usted no le escribe alguna vez?
—¡Jamás! —contestó Behrens—. Eso es una cosa que nunca puede ocurrir. Primeramente por pereza, y además, ¿cómo escribiría? Yo no sé leer el ruso. Hablo un poco en caso de necesidad, pero no sé leer una sola palabra. Usted tampoco, ¿verdad? Y en lo que se refiere al francés y al alemán nuestra gatita los maulla un poco, deliciosamente sin duda, pero para escribirlos se vería con grandes trabajos. ¡La ortografía, querido amigo! Sí, tiene usted que tenerlo en cuenta, amigo mío. Ella vuelve de vez en cuando. Cuestión de técnica, asunto de temperamento, como ya le he dicho. Uno se va y tiene luego que volver, y otro queda afiliado durante un tiempo bastante largo para no tener necesidad de volver jamás. Pero si su primo de usted se va, y no deje de decírselo bien claro, es muy posible que usted se halle todavía aquí para poder asistir a su regreso solemne…
—Pero, doctor, ¿cuánto tiempo cree que yo…?
—¿Qué usted? ¿Qué él? Creo que no permanecerá allá abajo más tiempo del que ha permanecido aquí arriba. Esto es lo que honradamente opino, y sería usted muy amable si se lo repitiese a él en mi nombre.
En esos términos se desarrollaban ordinariamente las conversaciones, dirigidas con astucia por Hans Castorp, a pesar de que el resultado fuese mínimo e inseguro, pues en lo que se refería al tiempo que era preciso permanecer aquí para asistir a la vuelta de un enfermo que se ha marchado prematuramente, la contestación había sido ambigua, y en lo que se refiere a la joven señora ausente, no se había obtenido nada. Hans Castorp no sabría nada de ella mientras les separase el misterio del espacio y el tiempo; ella no escribiría ni él podría tener ocasión de hacerlo. Pero reflexionando bien, ¿podía ella comportarse de otro modo? ¿No había sido una idea muy pedante y burguesa eso de sugerir que podían escribirse, cuando algún tiempo antes había opinado, en su fuero interno, que no era necesario ni deseable que se hablaran? ¿Y le había verdaderamente «hablado», en el sentido que se da a esta palabra en el Occidente civilizado, en aquella noche de Carnaval, a su lado? ¿No se había expresado en lengua extranjera, como en sueños, del modo menos civilizado posible? ¿Para qué escribir entonces en papel de cartas, en tarjetas postales, como se hacía en el país llano, para dar cuenta de los resultados variables de las consultas? ¿No tenía razón Clawdia al sentirse dispensada de escribir, en virtud de la libertad que le concedía la enfermedad?
Hablar, escribir, asunto eminentemente humanista y republicano, en efecto, el asunto de maese Brunetto Latini, que había escrito aquel libro sobre las virtudes y los vicios, que había educado a los florentinos, que les había enseñado a hablar y a gobernar su República según las reglas de la política.
Eso llevó a Hans Castorp a pensar en Lodovico Settembrini y se ruborizó, como se ruborizó en otro tiempo cuando el escritor entró de improviso en su cuarto de enfermo, encendiendo repentinamente la luz. Hans Castorp hubiese podido sin duda plantear sus problemas referentes a los misterios trascendentales, con privación e ironía más bien que con la esperanza de obtener una contestación de humanista, que no se preocupaba de esos intereses terrestres; pero desde la noche de Carnaval y la salida aparatosa de Settembrini del salón de música, se había producido entre ellos un cierto alejamiento que era debido a la falta de tranquilidad de conciencia del uno y a la profunda decepción pedagógica del otro, y que tenía como consecuencia el que se evitasen el uno al otro y que durante semanas enteras no cambiasen palabra alguna…
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