Trinidad, Casanare era un poblado aislado, más grande que Bocas del Pauto, sí, pero seguía siendo un lugar con poca o nula actividad nocturna. Esa noche no era la excepción. Gabriel y Marilyn llegaron a su apartamento; alrededor solo se escuchaba el sonido de la lluvia que tomaba fuerza a cada segundo. Entre ellos tampoco se musitaba palabra: absortos en sus pensamientos, les pesaba incluso mirarse.
Al cerrar la puerta, Marilyn rompió el silencio.
—¿Qué pasó en esa pelea, Gabriel? —inquirió, notablemente molesta—. El combate más importante de tu carrera y ni aun así muestras lo que tienes.
—No quiero hablar ahora, Mary. Estoy cansado y adolorido. Hablemos en la mañana, ¿sí?
—¡No! —continuó ella—. ¿Qué pasó cuando ese tipo te lanzó por el aire? Yo escuché el rugido del dragón. Después de eso, silencio absoluto. ¿Qué pasó en el aire, Gabriel?
—Estoy agotado. Solo quiero dormir, por favor —replicó él, dándole la espalda mientras se quitaba las botas.
—No quisiste hablar conmigo en el camino, aceptaste la ayuda de ese tipo y ahora tampoco quieres hablarme. ¿Qué pasa?
Gabriel se giró. Su novia estaba tensa, los ojos negros como la noche lo perforaban, esperando una respuesta. Exhaló profundo.
—Estoy mamado, Marilyn. No quiero seguir con esto. Quiero volver a Armenia.
Marilyn lo miró incrédula. No reconocía al guerrero fiero e imbatible que había dominado las arenas más agrestes del país.
—¿Armenia? —gritó—. No tenemos nada que hacer en Armenia, Gabriel.
Aquella afirmación despertó algo nuevo en él: furia.
—¿Nada? —respondió, subiendo el tono—. Allá están nuestros amigos, nuestras familias, las personas que se preocupan por nosotros.
—Tsss —rechistó ella—. Débiles que nunca van a comprender que estamos para ir más allá. Son obstáculos en el camino a la grandeza.
—¿Y si yo no quiero ese camino a la grandeza? —replicó Gabriel. Las preguntas de Jaime rebotaban en su mente—. Eso es lo que tú quieres, no yo.
Marilyn guardó silencio. Nunca esperó tal respuesta de su Gabriel. Algo había pasado en esa pelea para que su fiero guerrero dudara del camino que habían elegido juntos.
—¿Lo que yo quiero? —explotó—. Yo era auxiliar en una biblioteca. Solo quería ver películas raras y hablar de seres fantasiosos con mi novio. Pero resultó que mi novio era una criatura de esas, y que su pasatiempo era romperse la cara en peleas por dinero. ¿Eso era lo que yo quería?
Gabriel escuchaba en silencio. Antes de responder, Marilyn continuó:
—Yo también dejé a mis amigas, mi trabajo, mi proyecto de vida por apoyar tus sueños. Si querías enfrentarte a otros, yo iba a apoyarte y hacer lo posible para que lo hicieras contra los mejores —su voz se quebró—. ¿Cómo te atreves a decirme que esta vida es lo que yo quería?
Marilyn se limpió las lágrimas con rapidez. Gabriel la observaba, inmóvil como una estatua.
—Qué actitud tan hipócrita la tuya, ¿sabes? Cuando ganabas sin sudar, amabas los combates, la adrenalina y el dinero. Pero ahora que te topaste con un muro, te acobardas y quieres volver con esos pelagatos que te aplauden la mediocridad —las palabras de Marilyn golpeaban más fuerte que Jaime—. Si no le tuvieras miedo a lo que eres, habrías ganado y nos habríamos ido de este maldito moridero con dignidad, con estabilidad y con el respeto de la gente que nos dio de comer todos estos meses. Ahora debemos empezar de cero nuevamente.
Gabriel entendió su error en la elección de palabras. Sí, era él quien peleaba y cargaba con la responsabilidad de proteger a Marilyn, pero eso no significaba que ella no enfrentara las inclemencias del llano a su lado. La diferencia era que ella era una mujer común, y él, un meta humano marcado por el dragón.
Exhaló profundo y, en un tono más bajo, le confesó:
—Estos meses aquí, en esta puta mierda, me hicieron entender algo, mi amor. —Se acercó y la abrazó con ternura, mientras ella trataba de contener el llanto—. Este mundo de apuestas y peleas no me gusta. Nos estamos hundiendo en algo oscuro. Yo entré buscando respuestas sobre lo que soy y no he encontrado nada. Y te confieso… tampoco es que haya buscado mucho. El dinero fácil me tentó, pero saber que el siguiente paso es convertirme en el matón de un desgraciado como Cristopher me obliga a detenerme.
Marilyn no respondió, pero recostó su cabeza en el pecho de Gabriel. El latido de su corazón la tranquilizaba.
—Voy a volver a mi hogar —continuó él—. Necesito ver a los míos, recordar que sigo siendo humano. Pero no voy a irme solo. Si me acompañaste hasta aquí, necesito que me acompañes en el regreso.
Marilyn se secó las lágrimas, respiró profundo y Gabriel sintió que lo comprendía.
—¿Sabes? Yo también extraño a Mayte. Creo que podemos darnos un respiro antes de pensar en el siguiente paso.
—Gracias, mi Mary.
Ella lo miró con seriedad.
—Ten presente que Cristopher es insistente. No creo que desista de la idea de reclutarte.
—En ese caso, habrá que dejarle claro que mi respuesta es no.
Marilyn suspiró.
—Gabi, debemos pensarlo bien. Es una oportunidad económica y de poder. A fin de cuentas, con ese poder tuyo nunca tendremos una vida normal. Hay que considerar qué hacer con eso. De momento… volvamos a Armenia.
Al tiempo en que Gabriel y Marilyn concertaban su siguiente paso, una camioneta blindada frenó de golpe en medio de un camino de tierra empantanado por la lluvia que arreciaba el territorio.
—¿Qué pasó, hombre? —gritó Jaime De La Cruz al chofer mientras se bajaba, aireado, de la parte trasera.
—Señor, estoy seguro de que le pegué a alguien, pero no veo nada… y al carro no le pasó nada —respondió el chofer, rascándose la nuca, desconcertado.
—Don Caporal —dijo una voz desde la orilla del camino—. ¿Me permite un minuto a solas?
Jaime hizo una seña al chofer, que volvió al vehículo, mientras él se acercaba con cautela al desconocido.
—¿Pa’ qué soy bueno, mijo? —ironizó, cuidando la distancia—. Autógrafos no estoy dando hoy.
—Nada de eso, amigo —replicó el hombre, avanzando hacia la luz de las farolas—. Usted seguramente sabe algo que quiero saber.
El semblante de Jaime se endureció al reconocerlo.
—¿Qué puede saber un humilde llanero como yo que le interese al famoso Mano Negra? —cerró su postura, sin dejar resquicio.
—Usted sabe, Caporal —continuó Mano Negra con una sonrisa de suficiencia—. ¿Dónde está el portador del Orbe del Dragón?
—¿Orbe del dragón? —preguntó Jaime, fingiendo extrañeza—. Oigan a este. Si ese tal dragón estuviera en mi llano, ya me habría hecho a esas monedas que pagan por él. Hay un potrillo lindo que vale lo mismo que su lagartija con alas.
—No estoy para juegos, Caporal —Mano Negra borró la sonrisa y liberó parte de su energía—. Hoy se confirmó que Gabriel Rúa es el portador del orbe. Usted lo subió en una camioneta suya. ¿Dónde está?
—¿Ese mocoso? ¿Portador de un orbe tan raro? No lo creo. Me habría ganado.
Mano Negra liberó de golpe su energía espiritual.
—Caporal, va a decirme lo que quiero. Por las buenas… o por las malas.
—¿Ah sí? —Jaime esbozó una sonrisa de emoción—. Dos peleas en una noche, qué bendición. —Liberó su energía de golpe, su forma híbrida emergiendo en el campo de batalla—. No tengo idea de dónde está ese mocoso, y si lo supiera…
Con un ademán, Mano Negra convocó siluetas que se posicionaron tras él, observando fijamente a Caporal.
—Tampoco se lo diría a un bobo untado de colada como usted, Mano Negra.
Ambos contrincantes se lanzaron uno contra el otro. El estruendo del choque retumbó en las llanuras y ahuyentó parvadas de aves que dormitaban en los árboles cercanos. La lluvia y la niebla ocultaba el ritmo del combate en aquel paraje desolado, sin testigos.
Si en el oriente colombiano llovía, en el occidente no parecía escampar. La humedad se pegaba a las paredes oxidadas de la bodega al sur de Armenia, y el aire cargado de tierra mojada se filtraba por las rendijas. En la parte trasera, una camioneta apagada servía de refugio improvisado. Cuatro figuras se reunían dentro, con las luces interiores tenues y el murmullo de la lluvia golpeando el techo metálico.
Lorena, en el asiento del conductor, mantenía la mirada fija en el parabrisas empañado. Su voz cortó el silencio con firmeza:
—Mi informante en los puertos me pasó algo grande. Viene un cargamento de armas desde Panamá. Es una carga grande, es nuestro momento.
Alonso, recostado en el asiento trasero, soltó una risa nerviosa mientras se acomodaba la chaqueta.
—Eso de ser policía encubierto suena chimba, a lo bien que sí… aunque da cosa. Uno nunca sabe si termina en una bolsa negra.
Valeria, en el asiento del copiloto, giró la cabeza con gesto serio.
—¿Cuándo llega ese cargamento?
Lorena revisó unas notas en su celular antes de responder.
—En una semana. Se espera que llegue a Buenaventura el próximo viernes en horas de la noche.
Oscar, sentado junto a Alonso, se incorporó de golpe.
—¿Viernes? Ese día es mi combate de ascenso a Rango A, también en Buenaventura. Aunque todavía no dicen contra quién me toca.
El ambiente dentro de la camioneta se tensó. Lorena bajó la voz, como si temiera que alguien los escuchara desde afuera.
—Según mi informante, todo apunta a que será Mano Negra quien reciba el cargamento. No deben faltar a la arena esa noche, sería sospechoso.
Valeria extendió la mano y tocó el antebrazo de la oficial, buscando transmitir calma.
—En cuanto salgamos de la arena, vamos contigo, Lore.
Alonso chasqueó la lengua, inquieto.
—¿Y si el combate de Oscar se cruza con la entrega? No podemos estar en dos sitios al mismo tiempo.
Oscar apretó los puños, la tensión marcando sus nudillos.
—Yo no voy a perder esa pelea. Entrar a Rango A nos va a dar más recursos y acceso a más secretos de lo que hace el Clan en Colombia. Si algo, ustedes vayan sin mí y les llego en cuanto termine mi parte.
Lorena lo observó con seriedad, midiendo sus palabras.
—No se trata solo de pelear, Oscar. No sabemos que hay a ciencia cierta en ese cargamento pero si Mano negra en persona va a recibirlo ha de ser valioso. Si lo recibe, el Clan tendrá ventaja. Y ustedes saben lo que significa eso.
El silencio volvió a llenar la camioneta. Afuera, la lluvia seguía cayendo, como si el cielo quisiera borrar cualquier huella de lo que se estaba planeando. Valeria suspiró, mirando la bodega oscura.
—Entonces no es solo un combate. Es una noche decisiva.
Lorena asintió lentamente.
—Exacto. Una noche que puede definir quién controla el futuro de este país desde las sombras.
Un par de días después, al amanecer, la cordillera central se alzaba como un muro de sombras entre el Quindío y el Tolima. Las nubes bajas se deslizaban sobre sus filos, ocultando la silueta de una criatura alada que descendía con calma. En su espalda, una joven se aferraba en silencio, mientras el viento frío de la montaña los envolvía.
El Quindío los recibió con una mañana gris, cubierta de neblina, que prometía despejar apenas el sol lograra abrirse paso detrás de las montañas. Aterrizaron en las afueras de Armenia, en el alto del río, un paraje que parecía suspendido entre lo rural y lo urbano. Desde allí tomaron un taxi hacia la casa de Marilyn. Ella había pedido distancia, necesitaba reflexionar sobre lo que les aguardaba en el futuro.
El abrazo que se dieron al despedirse fue más melancólico que amoroso, un gesto cargado de cansancio y resignación. Marilyn ingresó a su unidad residencial en el oriente de la ciudad, mientras Gabriel, con el deseo de reencontrarse con sus pasos antiguos, tomó rumbo hacia su apartamento en el suroccidente.
Cruzó el centro de Armenia, que apenas despertaba. Las persianas metálicas se levantaban con estrépito, los comerciantes abrían sus locales y el olor a pan recién horneado se mezclaba con el aire húmedo de la mañana. Gabriel se detuvo en una panadería y pidió desayuno. Nunca había sentido unos huevos en cacerola tan deliciosos como aquellos; quizás era el hambre, quizás la nostalgia, pero cada bocado le supo a regreso.
Continuó caminando sin rumbo fijo, hasta llegar a los parques que solía frecuentar con Alonso y Valeria. Allí la nostalgia lo golpeó con fuerza. No sabía nada de ellos desde la noche en que los abandonó. Nunca intentó contactarlos: había dejado su teléfono en el viejo apartamento, como si cortar ese vínculo fuese parte de la penitencia que debía cargar.
El recorrido lo llevó a su antiguo barrio. A lo lejos distinguió la tienda donde alguna vez apostó con Alonso que no sería capaz de robar un póster de la pared. Recordó la risa, la complicidad, y el trofeo que aún debía reposar en el cuarto de su amigo. Ese recuerdo lo atravesó como un eco de lo que había perdido.
Al llegar a su viejo edificio, el portero lo miró con extrañeza. No lo reconoció de inmediato: el cabello más largo, el rostro marcado por el cansancio, lo hacían parecer un extraño en su propia tierra. Gabriel apenas sonrió, como quien regresa a un lugar que ya no lo espera.
Entró en su apartamento. El polvo acumulado le provocó picazón en la nariz, pero no quiso limpiar. No tenía fuerzas para ordenar el pasado. Caminó directo a su cuarto, arrojó el maletín en un rincón y se dejó caer sobre la cama. Su cama.
Durmió. Durmió como no lo había hecho en meses, con un sueño pesado y profundo, como si el cuerpo por fin reconociera el descanso. En medio de la penumbra, comprendió que estaba en su hogar. No el hogar perfecto, ni el hogar intacto, pero sí el único lugar donde podía volver a ser él mismo.
Gabriel durmió un día entero. Cuando abrió los ojos, la oscuridad ya había tomado posesión de su apartamento. El silencio era absoluto, apenas interrumpido por el zumbido lejano de la ciudad. Se incorporó lentamente, con la sensación de que el mundo había seguido su curso sin él.
Estaba solo. Sus padres seguían en algún campamento perdido en el extranjero, lejos de cualquier posibilidad de regreso. Sus amigos, los había apartado con sus propias decisiones, cegado por la ambición de poder. Y Marilyn… Marilyn le había pedido distancia, un espacio para pensar en los futuros inciertos que los aguardaban. La soledad se le clavaba como un recordatorio de todo lo que había dejado atrás.
Se arrastró hasta el baño. El agua fría corrió por su cuerpo, disipando apenas la pesadez del sueño y la tristeza acumulada. Al salir, decidió limpiar el apartamento, como si ordenar el polvo y los objetos fuera una manera de ordenar también su mente. Cada rincón parecía hablarle de un pasado que se resistía a desaparecer.
En medio de esa rutina encontró su viejo teléfono. Lo conectó al cargador y esperó, con cierta ansiedad, a que la pantalla volviera a encenderse. Cuando lo hizo, la avalancha de notificaciones lo golpeó de inmediato.
Los primeros mensajes eran reproches: reclamos por su actitud, por haberlos dejado atrás sin explicación. Los siguientes mostraban preocupación, preguntas sin respuesta, intentos de tenderle la mano. Y los últimos… los últimos eran palabras de aliento, deseos de buena suerte, como si todavía creyeran en él a pesar de todo.
Gabriel no pudo contenerse. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas, silenciosas, inevitables. Cada mensaje era un eco de lo que había perdido, un recordatorio de que, aunque había elegido el camino de la ambición, aún quedaban voces que lo llamaban desde la distancia.
Se dejó caer en una silla, con el teléfono entre las manos, y comprendió que estaba en su hogar, sí, pero también en el lugar más desolado que había habitado jamás.
La mañana siguiente no fue diferente: gris, fría y solitaria. El cielo permanecía encapotado, y la humedad del aire parecía colarse en los huesos de Gabriel mientras caminaba por las calles de Armenia. El silencio de la ciudad a esas horas tempranas lo acompañaba como un eco de su propio estado interior. Decidió buscar a Marilyn, necesitaba aclarar las cosas, disipar la distancia que ella había pedido. Sin embargo, al llegar a su casa fue recibido por Orlando, el padre de Marilyn.
Orlando no era el mismo hombre elegante que Gabriel había visto la navidad anterior. Su barba estaba descuidada, sus ojos hundidos, y su aspecto enfermizo se hacía más notorio con cada gesto. Claramente había desmejorado en los últimos meses. El hombre lo miró con tristeza, y con voz quebrada le dijo que Marilyn se había vuelto a ir.
Gabriel no ocultó su sorpresa. Sabía que Marilyn nunca disfrutaba de estar en su casa, ni siquiera en Armenia, pero no esperaba que se marchara tan pronto y menos aún sin avisarle. El golpe de la noticia lo dejó sin palabras, como si el aire se hubiera vuelto más pesado.
—Cuando la vi entrar, me alegré de ver a mi muchacha bien —dijo Orlando, mientras le entregaba una taza de té caliente—, pero algo me decía que no se iba a quedar, y tuve razón. Ella siempre fue de un carácter fuerte. Nunca pudo perdonarme por algo de lo que ni siquiera soy culpable, mijo.
Gabriel bebió un sorbo del té, intentando ordenar sus pensamientos. Sabía que Marilyn le guardaba rencor a su padre, de cierta manera lo culpaba por la ausencia de su madre. Sin embargo, Gabriel nunca quiso ahondar en el tema; prefería esperar a que ella se lo contara, aunque nunca lo hizo.
Orlando suspiró, como quien carga un peso demasiado viejo.
—La mamá de Mary, Estela, era una mujer muy mala, mijo. Nos violentaba, nos humillaba, y un día, cometió el descuido de irse y no encerrarnos. Era una oportunidad única, tomé a mi niña, un poquito de ropa y unos pesitos que tenía y nos volamos de esa mujer. Mary estaba muy pequeña, tendría unos tres años cuando eso pasó. Nunca supe que fue de la vida de esa bruja. Nos vinimos de Bucaramanga huyendo de ella, y nunca nos encontró, gracias a Dios. —Hizo una pausa, sus ojos se humedecieron—. Toda mi vida la dediqué a esa niña. Sacrifiqué mi vida personal, mi salud y todo lo que tenía allá. Pero aun así, Gabrielito, mijo… nunca pude llenar el vacío ni sanar la herida que dejó esa mujer en mi niña.
Gabriel bajó la mirada, conmovido.
—Don Orlando… yo… no sabía esa historia. Ella nunca me dijo nada de esto.
—Yo sé, mijo —aseguró Orlando, con un gesto resignado—. Para ella yo siempre fui el debilucho enfermizo que la alejó de la mamá. Sin embargo, ella cambió cuando usted llegó a su vida. —Orlando lo observó directo a los ojos, con una sinceridad que desarmaba—. Era un poco más atenta, sonreía más.
Gabriel no sabía qué decir. En todo el rato, era la primera vez que veía a aquel hombre sonreír, aunque fuese una sonrisa breve y cansada.
—Gracias por cuidar a mi niña, por darle la felicidad que yo no pude darle —dijo Orlando, con voz temblorosa.
Gabriel respondió con firmeza, aunque su corazón se apretaba.
—Don Orlando, no hay nada que agradecer. Yo amo a su hija. Fue ella quien me cuidó todo este tiempo.
El hombre se levantó lentamente del sillón, con pasos pesados, y se dirigió al cuarto de Marilyn. El silencio llenó la sala mientras Gabriel esperaba, con el té aún tibio entre sus manos. A los pocos minutos, Orlando regresó con un papel doblado. En una cara del papel se leía “Para: Gabriel”, escrito con la caligrafía firme y reconocible de Marilyn.
—Ella dejó esto. Sabía que usted vendría, mijo. Le juro que no sé qué dice —explicó Orlando, entregándole la nota con manos temblorosas.
Gabriel recibió el papel como si pesara más de lo que aparentaba. Lo abrió con cuidado, y tras unos segundos de silencio decidió leerlo en voz alta. Sentía que Orlando también merecía escuchar la carta de despedida de su hija, aunque cada palabra fuese un filo que se clavaba en su pecho.
Gabriel,
No sé cómo empezar estas líneas sin que se me quiebre la voz en el recuerdo. Tal vez lo mejor sea volver al inicio, a esos días en la biblioteca donde todo parecía tan sencillo. Me emocionaba verte entrar, fingiendo buscar un libro cualquiera, cuando en realidad tus ojos me buscaban a mí. Me hacía sonreír que te pusieras nervioso al verme, que tus manos sudaran al pasar las páginas, como si yo fuese un secreto que no sabías cómo sostener.
Recuerdo nuestra primera cita en aquel café pequeño, con las mesas de madera gastada y el olor a café recién molido. Al principio hablábamos con cautela, midiendo las palabras, pero poco a poco nos fuimos soltando. Esa tarde entendí que contigo podía ser yo misma, sin máscaras ni pretensiones.
Y luego vino aquella noche en que me revelaste tu secreto. El miedo en tus ojos, la incertidumbre de que yo pudiera huir… pero no lo hice. Al contrario, fue esa noche cuando supe que eras el hombre de mi vida. No por tu fuerza, ni por tu poder, sino porque me dejaste entrar en tu verdad más profunda.
También recuerdo la noche en que castigaste a aquel que me insultó. No fue tu violencia lo que me marcó, sino la forma en que me protegiste, como si mi dignidad fuese tuya. Huir juntos hacia el llano fue el inicio de otra vida, una vida que nunca imaginé, pero que viví contigo con cada fibra de mi ser.
En el llano aprendimos a volar juntos, a mirar la tierra desde arriba como si el mundo nos perteneciera. Me emocionaba verte en cada pelea, sentir que tu fuego era también el mío, que tu victoria era nuestra. Pero ahora, en estos días oscuros, te desconozco. Te siento distante, apagado, justo cuando más te necesito.
Yo quiero conocer el mundo, Gabriel. Quiero explorarlo, ver los cambios que se avecinan y no quedarme esperando a que otros decidan por mí. Por eso me voy, en busca de lo que tú tanto temes. No lo hago para alejarme de ti, sino para acercarme a lo que siempre soñé.
Si cambias de decisión, si decides enfrentar lo que eres y lo que podemos ser, búscame en Buenaventura. Tú sabes dónde encontrarme.
Con amor,
Mary.
Gabriel leyó y releyó la carta en silencio, como si cada palabra de Marilyn se clavara más hondo en su pecho. El papel temblaba entre sus manos, no por el frío de la mañana, sino por la carga de recuerdos y decisiones que contenía. Orlando, sentado frente a él, lo observaba con atención. Sus ojos reflejaban la confusión de un padre que intentaba comprender a qué se refería su hija con aquel “secreto” de Gabriel y con las peleas que mencionaba en la carta.
El silencio se volvió pesado, casi insoportable. Gabriel, al notar las dudas en el rostro de Orlando, decidió hablarle con la misma verdad con la que él le había abierto su corazón minutos antes. Inspiró profundo y comenzó a contarle todo: las peleas clandestinas, los orbes, el dragón que habitaba en su interior, el peligro constante que los había perseguido desde que huyeron al llano.
Orlando escuchaba con incredulidad, su expresión cambiaba con cada revelación. Primero fue la desconfianza, un gesto endurecido que parecía negarse a aceptar lo que oía. Luego vino el terror, cuando Gabriel, para no dejar lugar a dudas, mostró parte de su transformación: la energía espiritual recorriendo su cuerpo, el brillo extraño en sus ojos, la sombra del dragón asomando en su silueta. Orlando retrocedió un instante, como si la realidad lo golpeara de frente.
Pero después, lentamente, su mirada se suavizó. La resignación se apoderó de él, como quien comprende que la verdad es más grande que sus temores. Finalmente, lo invadió una gratitud silenciosa: agradecía que Gabriel le confiara aquello que nadie más sabía, que le mostrara sin máscaras lo que realmente era.
—¿Y ahora qué va a hacer, mijo? —preguntó Orlando, con voz cansada pero sincera.
Gabriel apretó la carta entre sus manos. Ya estaba decidido. Aún le quedaba una conversación final con Marilyn, una última oportunidad de enfrentar juntos lo que vendría. Pero sabía que el camino lo llevaría inevitablemente hacia Buenaventura, donde todo parecía converger aunque él lo desconocía: el cargamento, las peleas, Mano Negra… y ella.
Su próxima parada estaba marcada. Buenaventura lo esperaba.


