“Acordate Moralito de aquel día…”
— Emiliano Zuleta, La Gota Fría.
~ Novela
Capítulo 1.
Ya se sabía. Hace mucho tiempo que no lo había oído comentar, hasta que le llegaron los libros, todos empaquetados en una sola hoja gruesa de cartón blanco. Junto a ellos, una imagen de cerámica, una virgen vestida con sus batas típicas y varios escapularios en su cuello con el Cristo crucificado, que hacían resaltar la brillantez del resto de su figura. En derredor suyo, velitas de cera de todos los colores, esparcidas por la caja, algunas ya rotas y otras que, según el tono chamuscado de la mecha, habían sido consumidas.
Jacob la agarró con cuidado y la sacó. La colocó encima del escritorio con los libros. Agarró el último copito que le quedaba y lo frotó por las partes donde el trapo no llegaba. Empezó por limpiarla, primero, por el contorno de sus ojos. Después de recoger el polvo restante que quedaba entre los dobladillos de la bata de cerámica, dando una vuelta ágil con el hisopo, pasó el algodón por los pies desnudos de la virgen.
La observó con rigidez. Seguidamente, le hizo un gesto de fidelidad; se levantó y caminó en silencio hasta la habitación contigua; la colocó en un altar encerrado junto a otras vírgenes y símbolos con textos y estanterías llenas de velas iluminando tímidamente el cuarto. Pasó unos cuantos minutos sofocado, pensativo.
Sabía que era una imagen más del montón, y que la carta adjunta en uno de los libros hace ya mucho tiempo que había dejado de tener sentido para él. Pero esta vez era distinto.
La señora de la casa, los inquilinos, hasta los vecinos de la hacienda habían corrido los chismes tan ávidamente, que no hubo posibilidad alguna de que los papás y las criadas no se enterasen del escándalo del regalo. Pero a la joven Juventina le eran indiferentes sus juicios, los castigos, las prohibiciones y latigazos. De modo que ya lo había planeado todo a escondidas: por cuáles escondrijos habría de meterse para escabullirse, y si no, qué trapos tendría que haberse puesto sólo para engañarlos a todos.
Había hecho el sobre una semana antes, justo después de terminar de escribir la carta en donde ponía de manifiesto su amor, y aún así, no era todo lo que tenía para decirle. En la presente guardó los cuatro libros que le había dedicado, y como sabía muy bien de su obsesión por los retratos de vírgenes que desde niño enternecían a Jacob, por lo que le colocó una y la vistió con los amuletos católicos que su abuela le había regalado antes de mudarse de la finca.
Por su parte, Jacob empezó a redactar, con pluma en mano, en el reverso de un papel de periódico que se encontraba en la mesa para que nadie supiera que aquello era un mensaje dirigido exclusivamente para ella. Escribió sobre su propósito, sobre las cosas que debían acabarse por no hacer alborotar más la tensa situación que se vivía en la finca a raíz de su amorío. Terminado el trabajo, se levantó de la banca y agarró la ropa del patio; se vistió y salió, sin dejar rastro del regalo en su cuarto.
Antes de bajar por los empinados y recién estucados escalones que daban al primer piso, miró de reojo por el candelabro apagado que se encontraba al lado del cuarto de su padre, y vio dentro cómo repasaba sentado las hojas de un desgastado cuadernillo de cuero, mirando con nostalgia el enrevesado contenido de sus hojas frente al ventanal abierto de par en par a un lado de la cama forrada de trapos matrimoniales y papeles regados. Sin embargo, Jacob siguió bajando, sin prestar mucha atención a lo visto, histérico en su andar, hasta llegar al salón.
Ya en el umbral, mientras se disponía a abrir la puerta, notó que por detrás alguien caminaba con firmeza y afán. La abrió y vio que se trataba, nada más y nada menos, que del papá de Juventina. Se quedó congelado por unos minutos, extrañado más por el encuentro que por la razón de su visita. Su aguda voz de tenor hizo levantar bruscamente el bullicio del ganado y el canto de los pájaros mochileros, y dirigiendo sus palabras hacia los ojos perplejos del joven, exclamó:
—Ya lo sé todo. Pero solo quiero saber algo más… —se acomodó los pantalones, y luego, levantó un fino bastón de bambú que tenía entre sus dos brazos —¿En dónde carajos se quedaron tus falsas oraciones a los Moreno, pelao?
En un instante, tan rápido que ni siquiera le dio tiempo a Jacob de recobrar los suspiros, recordó la tarde del domingo en que su padre Azael le había contado, con un fanatismo y orgullo casi religioso, los vericuetos de la historia de dos familias cuyo honor había merecido ganar después de años de reconocimiento y poder cargados de narrativas y engaños, injurias y piques nunca terminados.
Gracias a las interminables parrandas, la confianza depositada en el negocio de la venta de tierras y el ganado, los Caro, la familia de Juventina y los Moreno, la de Jacob, decidieron hacer sociedad y unir el destino de los dos desde que aprendían por separado a caminar y patalear por todo el pueblo.
Un día, en el que se festejaban las fiestas de la patrona, la Virgen del pueblo, entre bombos y platillos, las trompetas y las suntuosas misas que llenaban el pueblo durante días de gente venida de todas partes, al papá de Jacob le surgió, influenciado reciamente por un sentimiento de misericordiosa fraternidad y ebriedad, la idea de que las dos familias debían de vivir juntas en una finca, en una hacienda de dos pisos, con mosaicos amazónicos de baldosas y las esteras más sofisticadas de la época, además de las vistas, que daban con el poblado de negros de San Martín.
—Viejo Óscar —gritó Azael, el padre de Jacob, en mitad de los jolgorios en la puerta de la casa —, ¿no se acuerda cuando el viejo Martín le mató a su sobrino, el malo?
—Ombe Azael, estás tan tomado que no te diste cuenta que me ibas a decir una vaina —respondió Oscar, con la botella de aguardiente en la mano y con el bastón de bambú con empuñadura de oro falso recostado sobre la mecedora mientras se mecía y le repetía a Azael.
Balbuceaba sin parar, en un abrir y cerrar de ojos; y debido a que el cantor de los versos de la parranda interrumpía constantemente el mensaje de Azael, en una de las tantas repeticiones, el señor Óscar —como habitualmente se le decía en la hacienda—, logró comprender la finalidad de su balbuceo. Se callaron durante unos segundos. Entre el polvo que levantaban las carretas tiradas por las mulas en la carretera, a un lado de los músicos, el padre de Juventina se levantó empapado de sudor de la silla, y con el bastón en mano, lo hizo parar de su asiento para abrazarle, tirando la botella ya vacía y luego empuñando fuertemente su mano contra la de él.
—¡Responde! —gritó inclementemente Oscar, tirando esta vez todo lo que tenía en sus manos para centrarse únicamente en su contrario.
—¿Y qué va a hacer? ¿Me va a pegar? —respondió Jacob, alterado y harto de lo mismo de siempre. El recuerdo lo había desprovisto de su aparente serenidad. Y cuando enardecido el papá de Juventina se le acercaba y se alzaba encima de sí, imponiendo su cuerpo carnoso y ancho ante el espectro de su sombra en el salón, de la escalera estrecha aparecieron unos jovencitos, ayudando a bajar, escalón por escalón, a un viejo señor de cabello y bigote negro chevron, llevando una levita blanca y zapatos finos, enflaquecido y debilitado por una afección hepática, resultado de su pasado de vertiginoso borracho.
Puso sobre el piso sus finos zapatos de cuero recién embetunados, y apoyándose fuertemente sobre el hombro de uno de los chicuelos, observó el rostro rojo de Óscar con una expresión de un gozo inexplicable y que a su vez transmitía un sombrío ímpetu que parecía extenderse por toda la sala. Era Azael. La tensión acumulada en su pierna derecha empezó a recalar por todo su cuerpo, y mientras se mantenía quieto, esperó hasta el último instante para decirle sus verdades al hombre que le alzaba la mano a su hijo:
—¡Fuera de mi casa, zarrapastroso! —vociferó —¡Blasfemo! Lárguese con sus mugrientas escrituras y que se lo trague la tierra.
Se fue sin nada. Caminó acelerando el paso, agarrando fuertemente su bastón para no estallar de rabia por los caminos de grava que daban a la puerta de su casa. Metió su mano calluda por la faltriquera de su ostentoso chaqué y sacó una pequeña llave de plata enmarcada con las iniciales de la sociedad. Con ella abrió con impaciencia la puerta trancada. Ni siquiera había terminado de entrar cuando la tiró con fuerza hasta cerrarla por completo: lo hizo con tanta fuerza, que hizo temblar las vidrieras y los pórticos que ajustaban las ventanillas.
Se posó sobre el tapete gris que daba a la cocina, y mientras lo hacía, presuroso, corrió directo al cuarto de Juventina. Mientras se encaminaba para subir por las escaleras, se encontró con una criada que lo saludaba y le daba los buenos días, pero hizo caso omiso de ella, y del impulso, casi que la hizo caer.
No fue sino hasta que entró a la habitación de su hija cuando se dignó a volver a hablar, pero esta vez lo hizo con una suspicacia casi febril.
La encontró leyendo de nuevo las cartas, pero esta vez no le importó en absoluto y le habló directo, sin queja, sin pataleo alguno.
—Pilas, alista todo, que nos largamos de aquí; o me lleva él, o me los llevo yo.
Juventina, que intuía ya lo que le había pasado a su padre, se levantó de la cama, puso a un lado el hojerío y se fijó en el escaparate de madera. Lo abrió de un lado para que nadie la viese y empezó a hurgar en él hasta encontrar una copia de las llaves del patio trasero. La guardó en una de las batas que habría de empacar para irse quien sabe donde; y entre tanto, empezó a escribir, casi a escondidas, la última carta para Jacob.
A lo mucho, podía redactar una sola página, ya que Óscar daba vueltas por toda la casa, buscando y guardando, gritando de vez en cuando sus propios pensamientos. No le temía en lo absoluto, por lo que siguió escribiendo sin prestarle mucha atención. Lo único que le causaba una severa incertidumbre era el lugar donde se suponía que se irían, casi desterrados, en un final que no parecía tener la pinta de serlo, y que sin embargo, ponía fin a todos aquellos años invertidos en un amor siempre mal visto.
Azael, que apenas y podía quedarse estático, de pie, durante aquellos minutos en los que se recobraba después de la confrontación, mandó a una de sus criadas a que le trajese un vaso de guarapo, para calmar la terrible sed y apacentar la mente hasta recuperarse.
Jacob miró los ojos marrón dorado de su padre, embarullado entre lágrimas que rozaban sus lentes sin aumento, mientras se quitaba del cuello el único escapulario con la imagen de la Virgen del Carmen que tenía.
—Y ahora, ¿qué más vas a hacer? —inquirió algo desairado Azael.
—Vete a la mierda.
Azael lo miraba sin remordimiento alguno. Y no dejó de hacerlo hasta que la paciencia se le agotó y subió a su cuarto, sin rastro de ira aparente. Había logrado su cometido.
Lo mas importante del español is cojer. En españa cojer es muy differente a cojer en Mexico. En Mexico se coje much todo el dia por parejo a todo. Osea, cojemos lo que se necesita cojer. En España solamente la gente se con a otra gente. Aya to te cojes a alguien a quien to quieres cojer or que te cojan. Mientrastanto en Mexico las mujeres se cojen a los hombres si ellas quieren o necesitan. Pero tambien las mujeres cojen todo tipo de cosas y tambien los hombres… Una manzana, un Lapiz, lo que sea. En españa nadie se coje un cuchillo, pero en Mexico no hay de otra. So necesitas comerte in pollo, te lo cojes del refri, the cojes in cuchillo y lo preparas para comertelo todo. Una vez preparado, en Mexico tu te cojes los pedasos de pollo. Nadie te va a mirar mal ni se van a quejar. En españa, si tu te cojes a un pollo, vas a dar a la carcel. Por eso, es muy importante saber la diferencia.



