Si hay algo peor que un Evento Anómalo peligroso, es uno que viene con papeleo electoral. Y eso fue exactamente lo que encontré un martes por la mañana, cuando la ACC me mandó a “verificar un disturbio civil en desarrollo” en la plaza central.

El disturbio, resultó ser, era una estatua.

No, no una estatua poseída por un espectro vengativo. No una estatua que escupía fuego o cantaba ópera. Era la estatua del General Epifanio Rojas, héroe de no sé qué guerra olvidada, que había decidido, de la noche a la mañana, que quería derechos civiles.

—¡Exijo ser reconocido como ciudadano! —declaró la voz, que salía de la boca de bronce con un eco metálico que resonaba en toda la plaza—. ¡Tengo derecho al voto! ¡Llevo cuarenta años pagando impuestos simbólicos con mi presencia!

Alrededor, un puñado de funcionarios municipales, pálidos y sudorosos, intentaban razonar con él.

—General, usted… eh… no tiene partida de nacimiento —balbuceó uno, consultando un clipboard.

—¡Soy un monumento histórico! ¡Mi nacimiento fue la inauguración en 1983! —replicó la estatua—. Y mi DNI es la placa que tengo en el pedestal. ¡Pónganme un número de trámite!

Me acerqué con mi mejor sonrisa de “soy una profesional, no la becaria que quiere volver a la cama”.

—Buenos días, General. Aurora Strano, de Grau & Asociados. La ACC me envía para… evaluar la situación.

La estatua giró su cabeza bronceada con un chirrido que hizo gritar a una paloma.
—¡Ah, perfecto! Una tercera parte neutral. Dígales a estos burócratas que mi reclamo es legítimo. ¡Solo quiero participar en la democracia!

Llamé a Alma. La respuesta fue tan rápida como esperaba.
—¿Una estatua que quiere votar? —dijo, y por primera vez en meses, oí que se reía de verdad—. Eso no es una anomalía, es un problema del sistema. No es mi problema. Pero si la ACC te paga horas extra, quédate ahí y asegúrate de que no empiece a repartir panfletos.

Colgó. Me había dejado sola. Como siempre.

La ACC, por su parte, estaba al borde de un ataque de nervios colectivo. Pallas Penance me llamó directamente.
—Strano, esa… cosa es una anomalía política de Clase 2. Si logra votar, sentaría un precedente dimensional peligrosísimo. ¿Te imaginas si después tenemos a Entes anómalos queriendo presentarse a concejal? Conténgalo. Discreción.

—¿Contenerlo? ¿Cómo? ¿Con un spray de silicona y un discurso sobre la abstención?

—¡Use su imaginación! —espetó ella, y colgó.

Fue entonces cuando las cosas se pusieron peor. O mejor, dependiendo de si te gusta el caos (yo sí, pero no cuando soy la responsable).

El General Rojas, viendo que su reclamo no avanzaba, empezó a… hacer proselitismo.

—¡Compañeras estatuas! —gritó, su voz de bronce llegando a los rincones más lejanos de la plaza—. ¡No aceptemos ser meros adornos! ¡Tenemos derechos! ¡La iguana de bronce del jardín botánico merece una pensión por los años de servicio inmóvil!

Y así comenzó. Primero fue la Dama de la Fuente, que dejó de escupir agua para preguntar por la representación femenina en las listas electorales. Luego, el león alado del palacio de justicia rugió su apoyo (literalmente, rugió, fue aterrador). Para el mediodía, todo el parque de esculturas se había puesto en huelga.

El jueves por la mañana, el espectáculo era surrealista. La plaza central estaba llena de estatuas. No metafóricamente. Se habían bajado de sus pedestales –algunas arrastrándose, otras dando saltos torpes– y marchaban en una protesta lenta y chirriante. El General Rojas lideraba la marcha con una pancarta que decía “¡NO SOMOS ADORNOS, SOMOS ELECTORES!”. La Dama de la Fuente llevaba un cartel que rezaba “AGUA POTABLE PARA TODOS LOS MONUMENTOS”. Hasta el busto del poeta olvidado en una esquina se había unido, coreando sonetos sobre el sufragio universal.

Los funcionarios municipales lloraban en un rincón. La ACC había enviado un camión de contención, pero los agentes no sabían por dónde empezar. ¿Cómo se contenía una idea? ¿Cómo se arrestaba a un ideario cívico hecho de bronce?

Yo estaba en medio de todo, con un megáfono que me había dado un policía desesperado, intentando mediar.

—¡General, por favor! ¡Vuelva a su pedestal! ¡Podemos hablar de una consulta popular!

—¡Es demasiado tarde! —tronó la estatua—. ¡La revolución ha comenzado! ¡Mañana, marchamos sobre el registro civil!

En ese momento, Rafu apareció a mi lado, con una bolsa de papas fritas.
—Esto está mejor que la tele —comentó, comiendo con fruición—. Apuesto a que el león muerde a alguien antes de que anochezca.

—¡No ayudes! —le grité.

Finalmente, la solución vino de donde menos lo esperábamos: de un burócrata de bajo nivel, un tipo llamado Ernesto, de la oficina de patrimonio. Se acercó al General Rojas, temblando como una hoja, y le extendió un formulario.

—General —dijo, con voz quebrada—. Este es el formulario 7-X/Bis: “Solicitud de Personería Jurídica para Entidades No Biológicas Sustentadas en Bienes de Interés Cultural”. Si lo llena, podremos iniciar el proceso… que tomará aproximadamente doce años, cinco comisiones y una auditoría internacional.

La estatua leyó el formulario (o fingió leerlo; sus ojos eran de piedra). La marcha se detuvo. El chirrido cesó.

—¿Doce años? —preguntó el General, con un deje de incredulidad.

—Como mínimo —confirmó Ernesto—. Y necesita el aval de otras tres estatuas, por triplicado.

Hubo un silencio. Luego, el General Rojas giró lentamente hacia las otras estatuas. La Dama de la Fuente dejó caer su pancarta. El león alado bostezó.

—¿Sabes qué? —dijo el General, con un suspiro que sonó como el viento en una tubería oxidada—. Creo que… quizás mi lugar está aquí. Vigilando la plaza. Es un puesto importante.

Una a una, las estatuas empezaron a volver a sus pedestales, con un aire de derrota burocrática. El hechizo se había roto. No con magia o fuerza, sino con la amenaza más poderosa de todas: la promesa de un trámite eterno.

Al día siguiente, todo estaba tranquilo. La ACC archivó el caso como “Anomalía resuelta por medios administrativos”. Alma me felicitó por no haber roto nada. Y el General Rojas sigue en su pedestal, pero ahora, a veces, cuando pasa un político por la plaza, creo verlo sacudir la cabeza muy lentamente.

Y yo, Aurora Strano, aprendí una valiosa lección: incluso un ser de bronce con aspiraciones democráticas puede ser derrotado por el arma definitiva: el aburrimiento institucional.