El Depósito de Tránsito de Logística de la ACC es el único lugar del mundo donde un pallet de leche en polvo (para la cafetería del piso 2) puede estar estacionado al lado de un bloque de mármol que grita insultos en latín vulgar (destinado al escultor municipal para el nuevo monumento).

Normalmente, este no es mi territorio. Yo soy Contención. Yo me ocupo de cosas que muerden, deforman el espacio o intentan convencerte de que tu abuela es una bicicleta. La logística es mover cajas. Es aburrido. Es seguro.

O al menos, eso creía hasta esta mañana.

Estoy parado sobre una pasarela metálica, mirando hacia abajo con una taza de café en una mano y un megáfono en la otra. Abajo, en la bahía de carga 4, hay una montaña. No de oro, como en las películas de dragones. No de basura, como en la vida de mi hija Feyfjal.

Es una montaña de monedas.
Monedas de cobre. Dieciséis toneladas de ellas. Dos millones seiscientas mil monedas, centavo más, centavo menos. El olor a metal oxidado es tan fuerte que se puede saborear en la parte de atrás de la garganta.

Y en medio de ese mar cobrizo, nadando con desesperación, hay diecinueve cadetes, ocho agentes de campo con licencia suspendida (castigo) y un idiota.

—¡Más rápido, Vargas! —bramo por el megáfono. El sonido rebota en el techo alto del hangar—. ¡El escáner de resonancia no se pasa solo! ¡O encuentras esa moneda en la próxima hora, o te van a descontar cada minuto de horas extra de los agentes de tu próximo aguinaldo!

Abajo, Vargas, un chico flacucho que parece estar a punto de llorar cobre, levanta un detector manual y sigue barriendo una pila que le llega a la cintura.

El culpable de mi jaqueca es el OA-AR-003-C:CE. “La Moneda Madre”.
Un objeto anómalo de Clase Estable. Es una moneda de un centavo de 1983 que tiene un defecto de fábrica en la realidad: se aburre si está sola. Así que se autorreplica.

El protocolo es estúpidamente simple. Todos los miércoles, un técnico va a su caja de seguridad en mi sector. La caja debe tener unos 35 kilos de monedas (el producto de una semana de replicación en espacio confinado). El técnico vuelca las monedas, pasa el detector, encuentra la Madre (que tiene una firma energética específica), la devuelve a la caja vacía, y manda el resto a la fundición para recuperar el metal.
Fácil. Rutinario. A prueba de tontos.

Aparentemente, no a prueba de Vargas.

El miércoles pasado, Vargas estaba cubriendo el turno. Hizo el procedimiento. Pero, en un acto de incompetencia que desafía la estadística, puso la Moneda Madre en la bolsa de “Fundición” y devolvió una copia inerte a la caja de seguridad.

Nadie se dio cuenta.
Hasta hoy.

Cuando fuimos a abrir la caja esta mañana, solo había una moneda. Triste, solitaria y normal.
Mi sangre se heló. Porque la Moneda Madre no solo se replica. Su tasa de reproducción es exponencial y proporcional al volumen del espacio disponible. Si está apretada en una cajita, produce unos kilos.
Si está suelta en el Depósito de Tránsito de Logística, donde la enviaron por error en un contenedor de “Metales Varios”… bueno.

Seis días. Seis días tuvo la maldita moneda para sentirse libre en un contenedor de carga. El resultado es lo que tengo abajo: una inundación de cambio chico que amenaza con reventar las paredes de la bahía de carga. Y siguen apareciendo. Si escucho con atención, puedo oír el clink-clink-clink constante de monedas nuevas materializándose bajo la presión de las viejas.

—¡Señor Svikari! —grita una cadete desde abajo, levantando la mano enguantada—. ¡Tengo una lectura positiva en el Sector G!

Me inclino sobre la baranda, casi volcando el café.
—¡Verifiquen! ¡Aíslen el perímetro! ¡Que nadie estornude!

Vargas corre hacia el Sector G, tropezando y cayendo de cara sobre el tesoro maldito. Se levanta escupiendo monedas.

Pasa el escáner maestro sobre el puñado que la cadete ha separado.
El aparato hace un sonido triste: Boooop. Negativo.

—Falsa alarma, señor —grita Vargas, con voz temblorosa—. Era estática residual.

Suspiro. Miro mi reloj. Ralmundo me prometió que esta noche iba a hacer ñoquis caseros. Si sigo aquí para la cena, me voy a perder la salsa. Y Rulmira… Dios, si Rulmira viera este desorden logístico, le daría un ataque. O peor, bajaría ahí, organizaría a los cadetes en cuadrículas eficientes y encontraría la moneda en quince minutos humillándonos a todos.

Casi estoy tentado de llamarla.

—¡Vargas! —vuelvo a gritar por el megáfono—. ¡Deja de lamentarte y sigue buscando! ¡Si esa moneda sigue ahí cuando llegue el turno noche, te juro que voy a hacer que te comas la diferencia en peso!

El bloque de mármol viviente, que está estacionado en un rincón esperando su traslado, gira su “cara” (una protuberancia de piedra) hacia mí.
—Tempus fugit, memento mori —retumba su voz de piedra.

—¡Tú cállate! —le grito al bloque—. ¡No necesito filosofía, necesito cobre!

Doy un sorbo a mi café. Está frío.
Miro la montaña de dinero que no vale nada.

A veces pienso en esos días en que mis hijos eran pequeños y mi mayor problema era encontrar el otro par de una media.
Ahora tengo que encontrar una moneda específica entre dos millones de copias idénticas antes de que la economía del país colapse por inflación de metal o el depósito explote.

—Vamos, gente —murmuro para mí mismo, frotándome el puente de la nariz—. Encuentren el centavo. Papá quiere irse a casa.