-Capítulo 4: El simple acto de recordar cómo se olvida-

Necesitamos avanzar. Necesitamos salir de aquí. Ya no importa nada; además, cargo un cansancio sempiterno desde aquel desgraciado día. Mi mente está incompleta: me hace falta mi otra mitad. Lo curioso es que esa otra mitad sigue conmigo. Puedo coexistir con ella, pero ya nada es igual. Sin mi otra parte no tengo poder, y sin mí él tampoco lo tiene: no tendría un títere que manipular. Da igual. Yo tengo mi propósito, y mi parte de ese propósito es salir y ver la verdadera luz, aquella que nuestros ancestros veneraban y daba fruto a sus vidas, si es que aún queda alguna estrella perdida allá fuera. Se cuenta que existe un camino hacia la cima, pero pocos logran encontrarlo, y quienes suben ya no desean volver a bajar nunca. Pero mi otro yo no tiene ese mismo deseo: él quiere destruir todo este maldito lugar.

~Fragmento del registro descifrado de la caja negra del traje de un Trotamundo Ejecutor, hallado en un pasillo de salida de la megaestructura.

Llegaron al centro del Valle. De lejos todavía podía fingirse mercado; de cerca, parecía más bien el esqueleto de uno. Los puestos se alineaban en hileras torcidas bajo sombras circulares, cubiertos por lonas descoloridas, láminas parchadas y techos hechos con piezas que alguna vez pertenecieron a otra cosa. Había mercancía, sí, pero también huecos, polvo y demasiados espacios vacíos entre un vendedor y otro, como si el comercio siguiera respirando por costumbre y no por salud. En la megaestructura casi cualquier cosa podía aparecer en algún lugar; el problema nunca había sido su existencia, sino dar con ella antes de que alguien más, el hambre o la humedad se la tragaran.

El aire olía a metal tibio, aceite viejo y comida rehecha demasiadas veces. Más al fondo, alguien vendía filtros de respiración remendados; una pareja discutía frente a un puesto de piezas dentales; dos niños arrastraban por el suelo una carcasa de dron como si fuera juguete. Cerca de una columna, tres figuras del Vacío Eterno habían cubierto una grieta con una pasta gris oscura, brillante todavía, y murmuraban algo en voz baja mientras una mujer dejaba limaduras en un cuenco de lámina a sus pies. Nadie los miraba demasiado tiempo.

Los mercaderes que seguían de pie ahí eran unos hijos de puta, en el buen sentido. Nadie preguntaba de dónde salían las cosas; eso dejaba de importar en cuanto alguien las necesitaba de verdad. Su oficio era viejo, quizá más viejo que buena parte de los estratos habitados, y entre ellos parecía existir una red imposible de favores, rutas, bodegas y nombres que jamás tocaban la red. Algunos se negaban a cualquier aumento. Seguir siendo humanos sin modificar era parte de su prestigio. Cualquiera podía vender mugre ajena; no cualquiera podía sostenerse como mercader.

Luxvier caminaba sin prisa, pero su traje ya había empezado a ajustar presión en hombros y costillas. Las junturas exhalaban polvo fino al ritmo de su respiración, casi imperceptible, y la esfera incrustada en su muñeca abría y cerraba agujas con una ansiedad discreta. Veltyr iba a su lado, en silencio, tocando con la yema de dos dedos un compás mínimo contra el muslo, una costumbre vieja, casi una nota que no terminaba de nacer. No estaban en combate. No hacía falta. Aun así, el sistema nunca se apagaba del todo.

—¡Diez créditos, oferta final! —gritó un mercader por encima del hombro de Luxvier. Llevaba en brazos unas baterías supuestamente de carga infinita y un puñado de cables enredados entre sí como tripas secas. Por la capa de polvo encima de la mercancía, no vendía nada desde hacía semanas—. No encontrarás mejor precio. Incluso te regalo los cables; parece que conectan ahí en tu muñeca, ¿viste?

—No nos veas la cara de estúpidos, vendedor humano —escupió Luxvier, sin voltear—. ¿Cómo se van a recargar esas baterías si ya no queda luz verdadera de estrellas?

Aun así, sus ojos se detuvieron un instante en los cables.

Veltyr dejó de marcar el ritmo con los dedos.

—Alto —dijo.

No alzó la voz. No le hizo falta. Luxvier alcanzó a sentir el cambio antes de verlo: una tensión mínima en el aire, como cuando el copiloto encuentra una línea de ruta y el cuerpo del conductor la reconoce antes que la cabeza. Veltyr tenía la mandíbula apretada y la mirada clavada en el manojo de cables.

—Regresemos. Tengo algunas preguntas sobre esos cables.

—Eh, eh. Tranquilo —dijo Luxvier, cruzándole un brazo antes de que avanzara de más—. Déjamelo a mí. Se volvió con una sonrisa forzada, ya midiendo cuánto daño habría que deshacer.

—Perdón por el malentendido. No somos de por aquí y nos urge encontrar un bar. Andamos muertos de hambre.

—Tranquilos, estoy acostumbrado. Veo caras nuevas muy de vez en cuando, y pensé que a lo mejor podría…

La voz se le cortó.

Luxvier se había detenido a un palmo. El traje negro, liso, sin costuras visibles, se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel demasiado atenta. Pero no fue eso lo que inmovilizó al mercader. Fue la muñeca. La esfera metálica había abierto sus agujas y estas se movían solas, despacio, hundiéndose apenas en la piel y succionando algo que no se veía, como si la carne recordara que estaba siendo comida.

—Lo lamento —dijo el hombre de inmediato—. No debí molestarlos. Tómenlo, llévense las baterías y los cables. No me hagan daño, por favor.

—Debí saberlo. Nuestros camaradas sí que les cargaron el día —dijo Veltyr lo bastante alto para que lo oyeran los puestos cercanos—. Dígame, pedazo de carne humana, ¿qué sabe del grupo de Trotamundos que pasó antes por su sucia y decrépita comunidad?

Dos mujeres cruzaron frente al puesto con la vista baja. Una de ellas llevaba un emblema roto entre las manos, envuelto en tela, como si no quisiera tocarlo más de lo necesario. La otra murmuró algo sobre una ventana atravesada y una noche sin dormir. Luxvier apenas les prestó atención. En una comunidad así, la desesperación ya era parte del ruido ambiente.

Veltyr tampoco las miró. Sus ojos se habían ido a la sombra de un poste, donde un hombre con placas opacas cosidas al cuello y el sello del Vacío Eterno lo observaba sin pestañear. No parecía guardia ni mercader. Parecía una advertencia quieta. Tenía las manos cubiertas, como casi todos los suyos. Veltyr le hizo un gesto mínimo con la cabeza. El otro respondió igual y desapareció entre los puestos, pasando junto a una columna marcada con líneas recientes de polvo fresco.

Luxvier volvió a los cables.

La mayoría de los Trotamundos que no contaban con la sincronización completa necesitaban conexiones así para enlazarse al vehículo, a la bitácora o a equipo viejo que todavía no respondía bien a distancia. Para él y para Veltyr, aquello era chatarra. Chatarra útil, a veces. La basura también aprendía cosas cuando sobrevivía lo suficiente.

—Calma, amigo. Yo me encargo.

Le quitó los cables al mercader y la esfera de su muñeca reaccionó antes que él. Las agujas se recogieron y luego volvieron a abrirse en un patrón distinto, fino, de lectura. Luxvier conectó una punta. El reloj absorbió el pulso del objeto y lo tradujo en un escalofrío leve que le subió por el brazo. Coordenadas recientes. Permisos sucios. Residuos de lectura. Una caja negra portátil mal cuidada. Para otros, aquello no sería más que código. Para él, era casi una textura. Un murmullo mecánico rozándole los huesos.

«Nada útil. Todo corrupto, como siempre. Nuestra tecnología es una maravilla, hasta que de verdad la necesitas…»

El mercader seguía inmóvil. Luxvier le lanzó un análisis rápido al iris: ningún certificado, ninguna traza limpia, demasiados remiendos encima de remiendos. No era un mercader oficial. Tal vez ni le importaba. En la megaestructura casi todo dejaba rastro; lo difícil no era hallar huellas, sino distinguir cuáles todavía servían.

«…Y sin Veltyr cerca, hasta el ruido de la red se siente distinto.»

Veltyr ya no estaba.

Luxvier soltó el cable con fastidio y dejó que la muñeca cerrara sola la lectura. Ejecutó un escaneo corto. Durante un segundo, el mercado se le ordenó encima de la visión en líneas tenues: calor, tránsito, firmas viejas, puntos de acceso, consumo. Uno de los edificios apartados devolvió señal de bar. Tenía que ser ese.

—Lo lamento, camarada.

Tomó la mano del mercader, le cerró los dedos sobre las fichas y le dejó quince créditos en total.

—Diez por eso y cinco por las molestias. Que no se te caigan.

Validó la transacción con un pulso de muñeca. El hombre ni siquiera reaccionó. Seguía petrificado, como si el susto le hubiera endurecido también el pensamiento.

Luxvier sintió encima las miradas del resto de los vendedores. Unas eran miedo. Otras puro cálculo. Más allá, cerca de la columna donde había estado el sacerdote, alguien había colgado una tira de lámina marcada con símbolos del Vacío Eterno para señalar una grieta “consagrada” del suelo, y todos la rodeaban al pasar sin tocarla. El mercado entero estaba lleno de esas obediencias pequeñas.

«Maldita sea, Veltyr. Y todavía te quejas de los demás, siendo tú igual o peor. En cuanto te apartas, vuelve esta maldita sensación de estar funcionando a medias.»

Siguió la señal hacia el edificio apartado. El bar esperaba con su luz opaca al fondo del Valle, como si no perteneciera del todo al resto del mercado. Ahí estaría Veltyr: hablando con algún extraño, oliendo problemas o sentado en silencio frente a un vaso, dejando que el traje y sus pensamientos se lo comieran por turnos.

Los bares, como los moteles, operaban bajo un código no escrito: entrabas y nadie te tocaba mientras no rompieras las reglas. La diferencia era que el motel te vendía sueño; el bar, tiempo. Tiempo para comer, comprar información, hacer llamadas o fingir que el camino no venía detrás de ti mordiéndote los talones. Ahí el refugio no era gratuito ni moral: se pagaba en fichas, acceso y comportamiento. Este no era autónomo. Había humanos y androides atendiendo, pero todos se movían con la precisión de quien sabía que un error mínimo podía costarle el lugar entero.

Al entrar, Luxvier sintió el cambio de presión en los oídos. No era un campo de seguridad completo, solo una capa blanda de regulación: el bar aislaba ruido, filtraba emisiones y obligaba a casi toda señal agresiva a bajar el tono. Las paredes estaban forradas con placas opacas, botellas viejas, tuberías calientes y pequeños nichos donde ardían lámparas de polvo estelar en colores distintos según el consumo del día. Las mesas tenían ranuras para fichas, lectores de pulso y puertos viejos que todavía aceptaban cable. El piso estaba gastado por botas, aceite y sangre limpiada demasiadas veces.

Detrás de la barra, la bartender sostenía el lugar entero con una sola mirada. Podía pasar por humana a primera vista: piel lisa, voz bien templada, sonrisa trabajada. Pero había algo demasiado exacto en sus tiempos. Servía tragos, aceptaba pagos, negaba crédito, abría privacidad, filtraba accesos y, cuando hacía falta, marcaba a seguridad con un pestañeo tan pequeño que nadie lo notaba hasta que ya era tarde. En un bar de verdad, atender era lo menos importante.

Veltyr ya estaba sentado frente a ella. No hablaba mucho. Tenía la ficha apoyada junto al vaso, vinculada a la red local por una línea tenue de luz que iba y venía bajo la mesa. Cada vez que la bartender le dejaba otro trago, el saldo se hundía un poco más en el núcleo de la pieza, visible apenas como un descenso del brillo. El sistema del bar no esperaba a cobrar al final si no quería; podía ir comiendo ficha igual que un traje come cuerpo, poco a poco, mientras el cliente se hacía el distraído.

Había poca gente dentro, pero suficiente para volver peligroso cualquier error. Una pareja de convoyistas compartía un plato de grasa cocida y hablaba en voz tan baja que parecía rezo. Un androide de carga bebía algo espeso por una válvula lateral del cuello. Dos mercaderes jugaban con fichas vacías, golpeándolas contra la mesa para escuchar si el metal seguía sano. En la esquina, un hombre dormía con la frente apoyada sobre los brazos y una mano dentro del abrigo, demasiado cerca de algo que probablemente no debía llevar ahí.

En una mesa lateral, el mismo hombre con el sello del Vacío Eterno observaba desde la sombra. No había pedido mucho: un vaso intacto, una silla limpia, espacio suficiente para no rozar a nadie. Llevaba las manos cubiertas, como casi todos los suyos, y el cuello rígido bajo placas oscuras que parecían limadas de la propia megaestructura. Veltyr apenas alzó la vista hacia él. El gesto fue mínimo. Un reconocimiento. O una advertencia.

Luxvier se acercó a la barra justo cuando Veltyr levantaba otro vaso de agua mezclada con polvo y un resto de licor aceitoso. El traje lo necesitaba así: grasa, metal fino, materia medio digerida, cualquier cosa que pudiera transformar en continuidad. El de Luxvier llevaba rato irritado. Ya había terminado con la piel muerta y empezaba a raspar donde de verdad dolía. Por eso le arrebató el trago a Veltyr y se lo tomó de un golpe.

—Oh, sí. Eso da en el lugar. Jovencita, tráiganos otra ronda. Y algo de comida.

—En el menú de hoy tenemos lo que ves en el holograma… o puedes escanearme, fortachón —dijo la bartender, inclinándose apenas sobre la barra—. Anda, no muerdo. Aquí nadie muerde mientras pague.

Luxvier la recorrió con la vista y lanzó un escaneo silencioso. El resultado le llegó en capas: estructura térmica demasiado pareja, respuesta pupilar perfecta, número de serie escondido detrás de un barniz social bastante fino.

—¿Humana? No. Imposible.

«Número de serie. Muy bien programada, eh.»

Casi se le olvidaba que el escaneo también servía para abrir el menú. El holograma brotó sobre la barra en una lista sucia y cambiante: cortes baratos, proteína rehecha, caldo de médula sintética, materia orgánica de procedencia no aclarada, y bebidas con nombres que sonaban más a advertencias que a recetas.

El menú era lo de menos. Ellos no comían por hambre. Comían para apaciguar al traje; primero tenía que pasar por ellos, pero la prioridad nunca era su estómago.

—Deme un plato de lo más vendido, aunque no aparezca en el menú.

—Claro, Luxvier. Qué nombre tan interesante tienes —dijo ella, alargando apenas la sonrisa—. Solo un detalle: la ficha de tu compañero ya se quedó sin fondos. Aquí no fiamos. Bueno… no a cualquiera.

No era raro. En cuanto cruzabas la puerta, el bar ya estaba leyéndote. Datos públicos, permisos viejos, historial de acceso, afiliaciones medio ocultas, capacidad de pago probable. No siempre acertaba. Tampoco lo necesitaba. Le bastaba con saber si convenía servirte, ordeñarte o echarte.

Luxvier dejó sobre la barra la ficha que les había dado el Admin. La bartender no la tomó de inmediato. Primero deslizó un dedo por encima del núcleo luminoso, luego la encajó en una ranura metálica. La barra emitió un clic seco. El holograma cambió de color. En la superficie apareció el saldo disponible, luego el permiso temporal de consumo, y al final una advertencia discreta sobre límites de red comunitaria. La bartender empujó la ficha de vuelta con dos uñas perfectas.

—Aceptada. Comunidad local. Diez créditos validados. Si quieren privacidad, se cobra aparte. Si rompen algo, también.

Del otro lado del salón, el sacerdote del Vacío Eterno levantó apenas su vaso intacto. No bebió. Solo lo giró una vez sobre la mesa.

Veltyr respondió apoyando dos dedos en el borde de su propio vaso y marcando un compás mínimo: cuatro golpes, una pausa, dos más. Luxvier lo vio de reojo. Para cualquiera habría parecido ansiedad. Para él no. Era una nota escondida. Una pregunta afilada.

El sacerdote deslizó el pulgar por el vidrio. Un chirrido casi inaudible se arrastró por la superficie. Cuatro pulsos cortos. Luego silencio.

Cuatro.

Luxvier no alcanzó a leerlo completo, pero sintió el cambio en Veltyr. La espalda se le tensó. La mandíbula también. La bartender, sin mirarlos directamente, dejó un vaso vacío justo entre ambos campos de visión, como quien clava una señal de tránsito invisible.

En el bar no se peleaba. No hacía falta decirlo. El lugar mismo se encargaba de recordarlo.

Veltyr sostuvo la mirada del sacerdote solo un segundo más. Después, apoyó la mano sobre la mesa y dejó que la yema del índice rozara la humedad derramada. El líquido vibró apenas. No llegó a formar símbolo, pero sí una intención: línea, corte, caída. La clase de amenaza que un Indicador podía esconder en un gesto si quería que solo una persona la entendiera.

El hombre del Vacío Eterno respondió levantando la mano enguantada hasta el cuello, donde el sello asomaba entre las placas. Con la uña del pulgar —o lo que fuera que tuviera bajo el guante— raspó una escama de metal seco y la dejó caer dentro del vaso.

Tintineó cuatro veces antes de hundirse.

Cuatro muertos.

Afuera.

«¿Suyos o de ustedes?» pensó Luxvier, pero la respuesta no estaba clara. Y ese era justo el punto.

La bartender dejó el plato sobre la barra con más fuerza de la necesaria. El sonido seco cortó el intercambio.

—Aquí dentro las cuentas se pagan en fichas —dijo, sin dejar de sonreír—. Las otras se saldan afuera.

Nadie respondió. No hacía falta. Incluso los convoyistas del rincón bajaron todavía más la voz.

—SEÑAL ENTRANTE —anunció la bitácora.

Veltyr se sobresaltó, como si lo hubieran sacado de un lugar muy lejos. La bartender vio el cambio antes que Luxvier. Tocó con dos nudillos la barra y el espacio alrededor de ellos se cerró con una malla opaca de privacidad, casi invisible salvo por una distorsión leve en la luz. El murmullo del bar quedó del otro lado.

—Grupo cero, repórtense. Se registró pérdida de conexión. Sincronización incompleta en un motel dentro de una zona sin registrar —dijo la voz de Leyliana—. Necesito estatus inmediato y contratos activos.

Hubo un silencio. Luego una exhalación larga.

—Un bar. Y veo aquí en la red un chingo de cargos por tragos. Diablos, ustedes no entienden, ¿verdad?

—Creo que no necesitamos nada. Solo una copia de mi arma, porfas, Ley. —dijo Luxvier—. Y revísame a Veltyr. Anda demasiado desconectado últimamente.

La bartender no hizo preguntas. Solo abrió un compartimento bajo la barra, verificó permisos en la red del gremio y dejó sobre la mesa un estuche delgado, sellado con identificación de tránsito. Adentro venía la copia plegable del arma de Luxvier: telescopio adaptado a sniper, reconfigurable en ráfaga o espada con el tiempo suficiente. El tipo de tecnología que el gremio prefería cargar compacta, limpia y lista para desplegar.

Leyliana revisó a Veltyr desde la red y no encontró daño puntual: cansancio, desgaste, sobrecarga, lo de siempre. Pero la pausa que dejó antes de hablar duró un poco más de la cuenta.

—No hay fractura. Solo fatiga, saturación y una desviación leve en respuesta. Le mando un programa para masajear conexiones. Úsenlo antes de salir.

Veltyr no dijo nada. Tenía la vista clavada en el borde del campo de privacidad, hacia donde el sacerdote seguía sentado como si nunca hubiera hecho nada. El vaso del otro seguía intacto. Ahora tenía en el fondo una sola escama metálica.

—Sigan adelante con el contrato —continuó Leyliana—. Ya lo autoricé y le pasé la factura al Admin de Valle Abrasión. Cartografíen la ruta y véndanle el mapa a la comunidad.

Hizo una pausa.

—También encontré un registro viejo: otro grupo de Trotamundos pasó por ahí antes de la red y figura como desaparecido. Lo añado como objetivo secundario.

Veltyr cerró los ojos apenas un instante. Luxvier lo notó, pero no dijo nada. Afuera, cuatro muertos. Antes, otro grupo perdido. Demasiadas coincidencias para una sola tarde.

—A la orden, mi Ley.

—Púdrete, Luxvier. Cambio y fuera.

… "