Capítulo 31
Edna se quedó viendo el horizonte, donde las nubes grises se acumulaban rápidamente. Después fijó su mirada en el voladero, imaginando cómo sería si guiara el caballo hacia el vacío.
—Si decides hacerlo, no te detendré, pero te sugiero que no lo hagas —dijo Justino, viéndola de reojo con el rostro aún manchado de sangre a pesar de haberse limpiado con la ropa.
—No puedo regresar así. No puedo ver los ojos de mis padres. No puedo dejar de sentir rabia con la vida, con la gente, con el destino —dijo sin apartar la vista de la lejanía, con el cuerpo temblando incontrolablemente—. ¿Con qué derecho me regresaste a la vida? Quería morir.
—¿Crees que habrías podido descansar en paz si hubieras muerto ahí?
—Morí —susurró Edna. Volteó a verlo—. Tienes razón. Gracias por haberme rescatado. Te vi… transformado en un animal. ¿Cómo es eso posible?
—No es posible. Debiste haber alucinado.
—Le destrozaste el cuello a ese tipo.
—No me preguntes cómo es posible, porque no tengo la respuesta. Solo es algo que me pasa. Mi alma se desvincula de mí y se adhiere a otros cuerpos.
—¿Te acuerdas de mí?
—Sí, la chica de la moneda de nadie.
—¿La moneda de nadie?
—Sí. Siempre pongo una moneda a cierta distancia de donde me siento a pedir dinero. A esas monedas les llamo “la moneda de nadie”, porque nadie las levanta. Solo tú. Eres la única que la ha levantado y me la regresaste sin saber que yo la había puesto ahí.
—¿Y por qué haces eso? Tu moneda me salvó la vida, aunque ahora no sé si eso fue mejor.
—Lo sé. Pero no fue la moneda, fuiste tú, tu decisión de detenerte a recogerla. En realidad, no sé por qué la pongo. A veces me digo que es un experimento social, pero en el fondo creo que era un mensaje, una señal. No sé cuál será la señal o el mensaje, pero creo saber quién es la mensajera.
—¿Quién?
—Mirra.
—¿Quién es Mirra?
—No lo sé. Quizá sea solo un producto de mi imaginación, pero la percibo como una entidad. Le nombro Mirra porque es algo que consuela en mis momentos difíciles. La mirra es una resina aromática que le daban a los moribundos para aliviar su padecer.
—¿Y cuál es tu padecer?
—Iba manejando cuando me teletransporté a esta sierra. Mi hijo falleció en el accidente y mi esposa quedó sin poder caminar. Te cuento esto porque solo tú me has visto transformado, y eso comprueba que no son alucinaciones o delirios. No he vuelto a casa desde entonces. Igual que tú, no podría ver a mi esposa a los ojos.
—Entiendo. ¿Y cómo te comunicas con Mirra?
—No lo hago. Solo la siento. Tampoco controlo las transformaciones o las teletransportaciones.
Justino detuvo su caballo. Comenzó a caer una leve llovizna y se aproximaba una tormenta.
—¿Puedes regresar sola? No creo que pueda llegar al pueblo, siento que me voy a desmayar. Necesito ir a la cueva donde vivo, queda aquí cerca. Tú puedes seguir.
—No. Vamos, te acompaño. Además, el cielo se está nublando muy rápido.
—Sí. Nunca lo había visto cambiar a esa velocidad.
Se desviaron para descender antes de llegar al despeñadero. Justino se veía pálido y su espalda se curvaba.
Llegaron al río. Otros riachuelos habían desembocado en él y el caudal había crecido.
Se metieron para lavar sus cuerpos. El costado de Justino seguía sangrando.
Pasaron al otro lado del río, cubriéndose con la ropa mojada pero ya limpia.
Caminaron junto con los caballos hasta topar con un peñasco. Justino removió unas ramas que cubrían la entrada. Metieron a los caballos y cerró con las mismas ramas justo antes de que comenzara a llover fuertemente.
El interior era más grande y profundo que la entrada. Justino encendió cuatro focos pequeños conectados con cables delgados a un par de baterías de coche en paralelo. La cueva se iluminó.
Justino se dirigió al fondo. Edna se quedó admirando la cueva. Recordó su reacción cuando vio por primera vez a Justino sentado en la banqueta pidiendo monedas. Ahora se sentía avergonzada por su superficialidad de aquel tiempo.
La cueva estaba muy bien acondicionada. Tenía una bicicleta con un alternador de vehículo conectado a la rueda para cargar las baterías. Unas guitarras colgadas en la pared, pero lo que más le sorprendió fue la manera de adaptar la cueva para que funcionara como hogar, respetando la forma natural.
Justino regresó con una caja de primeros auxilios y ropa seca para los dos. Le dio una muda de ropa limpia a Edna.
—En el fondo hay agua y bebidas con electrolitos. ¿Puedes ir por ellas? —preguntó Justino.
En la privacidad, Edna se puso la ropa limpia y seca de Justino, la cual le quedaba muy grande. Después regresó con las bebidas. Le ayudó a limpiar la herida.
—Algo que me duele es que en la mañana discutí con mi madre porque no me quería dejar ir al pueblo… con él. Me salí sin su permiso. Ella creía que solo iba al pueblo. No le dije que vendría a la sierra. Si le hubiera hecho caso, nada de esto habría pasado. Tu perrito estaría vivo, tú no estarías herido y yo…
Sin dejar de llorar, Edna terminó de enredar vendas alrededor de la cintura de Justino para sujetar las gasas, tratando de disminuir el sangrado.
La lluvia y los truenos se intensificaron. Justino solo se recostó en una roca que había acondicionado como sillón, escuchándola llorar.
—Al fondo, del otro lado de la cueva, hay latas de comida y trastes.
Edna limpió sus lágrimas para ir por la comida.
—Dices que no puedes controlar tus transformaciones, pero ¿cómo suceden? —preguntó desde el fondo de la cueva, con el característico retumbo acústico.
Agarró unas latas de atún y un plato hondo para revolver el atún con mayonesa y chícharos de lata sobre una mesa rústica de madera muy gruesa.
—Es difícil describirlo. A veces comienzan con visiones desde la perspectiva del animal, y es como si mi conciencia se confundiera y no pudiera diferenciar entre yo y el otro animal. Después de la transformación siento hambre y sed, me siento cansado.
—¿Crees en Dios? —preguntó Edna.
—¡Oh! No me hagas esas preguntas. No sé qué creer. A decir verdad, no me interesa mucho saber.
—¿Cómo puedes vivir sin tener una cosmovisión?
—¿Cómo puedes vivir tú, teniendo una?
—Es lo que estoy tratando de averiguar, pero no puedo. ¿Cómo es posible que una persona se permita ser tan mala?
Edna dejó de revolver la comida y se sentó a meditar un momento. En ese día, toda su percepción de la realidad se había despedazado. Por una parte, alguien en quien confió como si fuera un amigo la traicionó y, por otra parte, descubrió que la metamorfosis humano-animal era posible.
—Cuando bajé, el tipo que te atacó estaba tirado en el piso a un lado tuyo.
—Yo sentí que mi alma salió de mi cuerpo y pude ver cómo el maniático ahorcó a su amigo. Después le dio un beso en los labios. Hablaba solo, como si tuviera dos personalidades. No sé por qué no me di cuenta antes de que tenía algo mal en la mente. Se veía tan normal. Tenía problemas, pero de otro tipo.
—Ese joven fue al que vi cuando me teletransporté desde el Distrito Federal hasta aquí, a la sierra de Oaxaca.
—¿A poco? No sabía que también eras del Distrito.
—Sí. Por su culpa murió mi hijo y mi esposa quedó lastimada de por vida. Y creo que sí tenía dos personalidades, porque esa vez lo escuché hablar con otra voz, más desgarrada.
Hubo una pausa. Los caballos se movieron inquietos, y la lluvia siguió cayendo violentamente.
—¿Cómo superaste lo de tu familia? —preguntó Edna poniéndose de pie para regresar a donde estaba Justino.
—Si lo hubiera hecho, no estaría aquí.
—¿Cómo puedes vivir? ¿Qué te motiva a seguir adelante?
—¿Yo? No. No soy ningún sabio que pregone alguna filosofía. Si por mí fuera…
—¿Entonces qué haces aquí? ¿Por qué sigues?
—Mirra. Ella me quiere aquí.
—¿Es Mirra tu cosmología?
—No. No le rezo, no la venero. Solo se comunica conmigo a través de imágenes. Imágenes de destrucción. El fin del mundo.
—¿El fin del mundo?
—Tú sabes. El fin de la humanidad. El mundo sigue como si nada. Lo que digo no es una ideología. Es lo que veo. Destrucción total.
—De alguien que se puede transformar en un animal, esas palabras sí asustan.
—¿Cuándo va a ser el fin del mundo?
—Pronto, demasiado pronto.
—¿Habrá sobrevivientes?
—No sé si los que sobrevivan sean humanos. Es un tema complejo, lo sé, pero para mí es muy real.
—¿Mirra puede evitarlo?
—No. Nadie puede. Estoy muy cansado.
En el cielo los relámpagos estaban muy enardecidos. Los caballos se movían nerviosos.
Edna depositó el plato con comida en una piedra y se les acercó para tratar de calmarlos. Cuando volteó, vio a Justino con los ojos cerrados y el cuerpo suelto sobre la piedra.
Edna corrió desesperada hacia él.
—¡Por favor no te mueras! —gritó, sacudiéndolo con desesperación.
Justino gritó de dolor.
—No te preocupes. Creo que estaré bien, solo necesito descansar. Pero si no lo logro, este es un buen lugar para morir.
—No digas eso.
—Descansa mientras disminuye la intensidad de la lluvia. El río va a estar muy crecido y va a ser muy difícil cruzar al otro lado.
Edna se hizo bolita sobre la piedra y tuvo un sueño muy raro, pero fue tan lúcido que parecía real.
Cuando despertó, Justino ya estaba revisando su herida. Ya no sangraba tanto.
—Ya está pasando la lluvia. Tus papás han de estar muy preocupados.
Ambos se devoraron otros dos sándwiches y empezaron a prepararse para regresar.
—Me vas a tener que regalar tu gabardina —dijo Edna, levantándola de la piedra donde había estado escurriendo.
Comenzaron a escucharse unos chillidos horribles que provenían de la puerta. Los matorrales comenzaron a moverse en la parte baja, y los chillidos agudos se hacían cada vez más intensos, amplificados por el eco de la cueva.
Edna se acercó a Justino, sujetándose de su brazo derecho. Los caballos se movían de un lado al otro con bramidos de miedo.
Edna soltó a Justino y corrió hacia el interior de la cueva al reconocer a la liebre con la mancha blanca en la pierna, que anteriormente había seguido a Jensen y después a Justino.
Sus ojos estaban cubiertos de lodo, pero parecía guiarse con otro sentido que no era el visual ni el auditivo.
Justino agarró una botella con agua y se acercó a la liebre que temblaba mientras chillaba, le vertió agua en la cara, en los ojos.
Por un momento la liebre dejó de chillar y levantó la vista para verlo a los ojos, después, en medio de un espasmo desagradable, tensó su cuerpo y cayó sin vida.
Justino sintió una especie de tic nervioso que le entrecerró el ojo izquierdo al ver a la liebre muerta.


