Cap. XXX: Barcelona

El sol ya empezaba a estar bajo y Teo se encontraba en la orilla de la playa frente a Montjuic, en las afueras de la Ciudad de Barcelona.

Apenas habría un kilómetro entre donde él se encontraba y la orilla de la isla de la montaña barcelonesa, y la profundidad era escasa, probablemente habría podido pasar hasta andando… Pero no quería llegar empapado y que se le mojaran todas sus cosas.

Había oído que había gente que hacía transporte con barcas a cambio de unos subs, pero llevaba todo el día allí y no había visto nada.

Había llegado la noche anterior, al poco de caer el sol, y había alucinado con la Ciudad de Barcelona. La había visto antes por televisión, pero nunca había estado allí. A decir verdad, aparte de Valencia, sólo había estado en las ciudades de Albacete y Cuenca. Con sus padres, cuando era un niño. Y aquellas ciudades eran más pequeñas que la propia Valencia.

Barcelona impresionaba. Y más, de noche. Había sido una de las ciudades más grandes de Europa antes de la subida del nivel del mar y ahora, seguía siéndolo pese haber visto reducida su extensión.

Grandes torres residenciales se levantaban dentro de los muros de la Ciudad, separadas por anchas y rectas avenidas que formaban una cuadrícula casi perfecta, algo que no había cambiado desde su concepto original.

La zona exterior a los muros, sin embargo, no era muy diferente a la que era el hogar de Teo en Valencia.

Cuando Teo había despertado en el tren, lo había hecho de forma sobresaltada. Al abrir un ojo se había encontrado tumbado de lado, casi boca abajo, apoyado en la pared del costado de aquel vagón de transporte.

Ni rastro de su mochila.

Por suerte, al girarse de un salto y con todo el susto en el cuerpo, lo que había visto era al tal Romel sentado encima de ella, a escasos centímetros de él.

—Te dije que no te durmieras, quillo. Tiés suerte de que te conozco y estuviera por aquí. Coge tu mochila, anda.

El tipo se había levantado de un salto y le había lanzado el mochilón casi a la cara.

Teo se había incorporado y tras dar las gracias, había sentido la perentoria curiosidad de volver a abrir su mochila para ver si estaba todo. Pero le dio vergüenza hacerlo delante de él. No estaba bien mostrar tal desconfianza ante una buena acción. Por raras que éstas fueran.

Antes de bajar del tren, aquel hombre también le había indicado dónde podía encontrar un albergue, esta vez sin insistirle en preguntar para qué iba allí.

Al bajar del tren había quedado impresionado con la vista de las enormes torres residenciales, iluminadas en neón y repletas de pantallas gigantes que emitían publicidad sin descanso.

Pero en poco tiempo había comprobado que, si bien la Ciudad era enorme y muy diferente, la zona exterior de los muros le resultaba bastante más familiar.

Como en su barrio, la basura se acumulaba en las esquinas de las calles, calles mal iluminadas, que contrastaban enormemente con la iluminación futurista de la Ciudad. Edificios tétricos con más de un siglo de antigüedad, que no habían recibido reforma ni mantenimiento alguno desde su construcción, y una sensación general de decaimiento, angustia y pasividad humana.

En media hora llegó al albergue. Había bastante gente, pero era muy grande y daba bastante sensación de organización y seguridad, sobre todo si uno tenía en cuenta que se encontraba en el exterior de los muros. Una patrulla de policía estaba constantemente en la puerta apostada, y el registro de personas que entraba y salía era exhaustivo.

No les registraban sus pertenencias, sino que registraban sus datos, para saber quién, en todo momento, estaba dentro o fuera de las instalaciones.

Teo había tenido que descolgarse el mochilón, abrirlo y buscar en su interior sus papeles de identificación, es decir, su tarjeta de ciudadano, y el monedero donde tenía sus pocos subs.

El precio del albergue era perfectamente barato y se alegró de poder aprovechar aquella pequeña islita de civilización entre tanta pobreza. Le costó encontrar el monedero entre todas las cosas que llevaba en la mochila y otra vez la desconfianza se le metió en el pecho durante unos segundos. Tan acostumbrado estaba a la miseria humana que no podía creer que aquel Romel no le hubiera robado algo.

Pero fue solo un momento, el monedero se había escondido entre los camales de un pantalón y lo encontró tras rebuscar un poco más.

Sacó los doce subs que costaba la noche con taquilla, y preguntó dónde se encontraba la misma, le dijeron que se encontraba en la propia habitación.

Le habían dado una llave extra, después de leer el código de puntos negros y blancos que era su tarjeta de identificación de Ciudadano. Le dijeron donde tenía que ir para acceder a su habitación.

Al llegar, se dio cuenta de que no había tal habitación. Una especie de armario gigante con cajones enormes apilados se desplegaba ante él. Aquello eran las habitaciones.

Al lado de cada hilera de cajones había una escalera para subir a ellos. Su número era el 303, por lo que era el tercer “piso” de la tercera hilera. Al menos, la estancia estaba bien iluminada y sorprendentemente limpia. Hasta los cajones parecían nuevos.

Teo subió por una de aquellas escaleras hasta su propia “habitación” y al llegar, tiró del tirador que había dispuesto para abrirlo.

Al abrirse vio que por dentro era prácticamente un lujo.

El espacio era escaso y el colchón ocupaba todo el lugar, pero parecía muy cómodo. Saltó desde la escalera, y tiró del tirador interior para cerrar el cajón, con él dentro.

Por dentro estaba excepcionalmente iluminado y tenía espejos que cubrían todas las paredes, lo que hacía que el espacio pareciera algo mayor de lo que en realidad era y, aunque daba una sensación extraña de repetición infinita, permitía reducir la sensación de agobio y encierro, pues estando sentado en el colchón, su cabeza rozaba el techo.

A Teo le sorprendió ver que tenía hasta una pequeña televisión de unas ocho o diez pulgadas incrustada en una de las paredes.

Se preguntó quién pagaría todo aquello. Con doce subs por persona debía ser claramente no-rentable.

Al día siguiente, por la mañana y tras dormir cómodo y tranquilo, se había enterado que el alcalde de la ciudad tenía la extraña característica de ser mínimamente humano y, al parecer, aquellos albergues se pagaban con dinero público. Impuestos, básicamente.

Muy bien, para eso están… había pensado Teo, que sabía que algo como aquello hacía décadas que no ocurría en su propia ciudad. Allí los impuestos se gastaban casi íntegramente en el interior de los muros, si es que llegaban a gastarse en algo que no fuera cualquier obra pública cuyo precio pudiera ser convenientemente inflado.

Había salido del albergue tras preguntar a unos chicos que estaban saliendo al mismo tiempo que él, si sabían cómo podía llegar a Montjuic. Quedaba cerca, le habían dicho… sólo tenía que ir a la playa y esperar a ver a los chicos de las barquitas. Solían andar por allí…

Pero llevaba allí desde por la mañana y no había visto a nadie en todo el día. Sí, había visto a gente pasear, a niños jugar y corretear, a parejas darse el lote… pero a nadie con una barca ni dentro del mar, salvo algún esporádico bañista.

Ahora el sol caía y no quería tener que volver al albergue. Había dormido bien, pero quería estar ese mismo día en Montjuic y a ser posible, encontrar a su madre y a los del grupo. Había desperdiciado el día entero en aquella playa y no quería que el fracaso fuera total.

Se acercó a una pareja que iba andando descalza por la orilla… parecía gente de la zona.

—Buenas tardes, disculpen que les moleste —les dijo cuando ya estaba cerca—. Me… me habían dicho que suele haber gente con barquitas en esta zona, para llevarle a uno hasta allí.

Señaló la orilla contraria.

—Hoy no están, chico —contestó el hombre.

—¿Por qué? ¿Cuándo estarán? —cuestionó Teo.

Y vio desasosiego en sus caras. Por lo que fuera, no les gustaba hablar de aquello. La mujer cogió al hombre rápidamente por el brazo y le hizo continuar caminando.

—Vámonos, Wilburg. Nosotros no sabemos nada de eso.

Teo se quedó mirando cómo se alejaban, paseando más deprisa de lo normal. ¿Qué había dicho? ¿Qué tenía de malo su pregunta?

No tuvo más remedio que ponerse a pasear otra vez él también, con la esperanza de ver algo que le diera alguna pista. Tuvo cuidado de ir hacia el lado contrario de hacia donde había partido la pareja.

Paseó unos veinte minutos, pero seguía sin ver nada, ni una sola barca.

Le daba muchísima rabia ver allí delante la orilla contraria, ver la montaña, ver los edificios de la exposición universal donde debía dirigirse… y no poder llegar a ellos por una pequeña manga de agua. ¿Cuánto cubriría? Podía pasar nadando perfectamente, quizá hasta andando, si no llegaba a cubrirle entero. Pero llevaba el mochilón, y adentro el portátil. No podía hacerlo con aquello. Sólo se había llevado el portátil por joder, pero ya que lo tenía, no quería perderlo, y también tenía ahí toda la ropa de la que podría disponer.

Se notaba que aquella zona había sido reacondicionada y aquella playa regenerada, al contrario de lo que había ocurrido en Valencia. Cuando se había producido el desastre, Barcelona era una de las ciudades más importantes y había recibido un trato especial. Teo pensó que eso era injusto. Pero aquello había pasado hacía mucho tiempo. Terminó concluyendo que si en su ciudad no se habían puesto al día era porque no les había dado la gana.

En todo caso, se notaba la regeneración en que aquello era una auténtica playa. No había edificios semisumergidos, escombros, flora descontrolada creciendo en ruinas y cosas así.

Mientras pensaba esto ya estaba a punto de darse la vuelta, cuando vio una cosa en la arena que le llamó la atención, a unos doscientos metros.

Parecía una pequeña barquita de madera, tradicional, de las de toda la vida. No una lancha hinchable como la que había usado con Doug o como la más avanzada de los del Pueblo Defensor. Una barquita puesta del revés en la arena, y un bulto que parecía ser una persona sentada a su lado. No se distinguía bien, porque el bulto estaba cubierto por una toalla.

Teo decidió acercarse. Lo hizo poco a poco y de forma dubitativa, pero cuando estuvo a unos veinte pasos ya tenía muy claro que aquel bulto era realmente una persona y parecía estar haciendo algo con la barca.

Cuando llegó a su lado, esperó a que se diera cuenta de su presencia, pero nada ocurrió, continuaba tapado con la toalla y moviéndose debajo. Teo no supo que hacer.

—Disculpe… —dijo, sin que su voz sonara demasiado fuerte contra la brisilla que ya se levantaba con la caída del sol.

—Disculpe —repitió, más fuerte… sin recibir respuesta ni reacción por parte del “bulto”.

Teo tosió con fuerza, pero nada, como si flautas. Aquel bulto seguía allí abajo moviéndose, haciendo algo con la barquita y no había manera de llamar su atención.

Finalmente, se acercó y tocó levemente la toalla.

Ésta dio un respingo exagerado y Teo sufrió la misma sorpresa en reacción.

Con el salto por el susto, la toalla cayó de la persona a la que ocultaba y apareció una joven pelirroja, tremendamente blanca y llena de pecas que regañó a Teo, mientras se quitaba unos auriculares de botón de dentro de los oídos.

—¡Qué susto, joder! —dijo, llevándose la mano al corazón— ¡Casi me matas! ¡Uy! ¡Perdona!

Cuando la chica vio que Teo también se había asustado, pasó en seguida a disculparse, mientras buscaba algún sitio donde guardar los auriculares en el bañador, decidiéndose por hacerlo en el escote tras no encontrar otro lugar.

—Perdona, no quería asustarte —dijo Teo— es que te hablaba y no me escuchabas.

—Uff —dijo ella, resoplando de alivio—, es que me había empanado muchísimo, lo siento. Estaba con la música…

Teo se fijó en ella. Era joven, apenas pasaría los veinte. Llevaba el pelo en una deshilachada trenza y este era entre rubio y pelirrojo. Su piel era blanca como la tiza y estaba adornada por innumerables motas que le daban gracia y al mismo tiempo le hacían a uno sufrir al ver el sol relucir sobre ellas. Su cara era pequeña y extremadamente afable, a Teo le recordó a una ratoncilla de un cuento gráfico que tenía en casa cuando era pequeño, con los dientes delanteros ligeramente más pronunciados que los demás.

Era imposible infundir miedo con aquella cara, pensó Teo, mientras recordaba por qué estaba allí.

—Te he visto con la barca… y quería preguntar. ¿Sabes si se puede ir a la isla? No soy de aquí, y me dijeron que había gente con barquitas para cruzar en esta playa, pero llevo todo el día y no he visto a nadie. Y a quien le pregunto me da largas.

—Sí, bueno… —dijo ella, dubitativa— yo misma podría llevarte. Pero hoy no me van a dejar.

—Vaya… —contestó Teo, decepcionado— ¿Por qué no?

—Hoy no se puede —y se calló. Pero al ver que Teo no decía nada y la seguía mirando de forma inquisitiva, continuó—. No se puede, de verdad. Mañana ya se podrá.

—Me gustaría llegar hoy mismo. No sé cuánto tiempo va a estar aquí la persona que quiero ir a ver.

—Mira… si quieres voy a preguntar. Tendré que usar otra barca, porque ésta la estaba barnizando, pero si me dejan, te llevo ya. Eso sí, te costará sesenta subs, el doble que cualquier otro día.

—No hay problema por eso —dijo Teo, mientras dejaba la mochila en el suelo y se aprestaba a abrirla para buscar su dinero entre todas las cosas que llevaba allí adentro.

La chica se alejó y se metió en una especie de jaima que había cerca, de la que salió un minuto después, acompañada de un tipo más mayor que ella, bronceado y sin camiseta, con barba y pelo blancos como la nieve. Éste miró a Teo de arriba abajo y le dijo…

—¿Para qué quieres ir allí?

—Es… —a Teo no se le ocurría ninguna mentira convincente, así que prefirió no contestar— es algo privado. He quedado allí con una persona que me dijo que podría encontrarla en cierto edificio. Pero no sé hasta cuándo se va a quedar. Cuanto antes llegue, mejor.

—Ven mañana. Mañana te llevamos.

—¿Por qué no puede ser hoy?

—Hoy no se puede, ya está.

La cara que puso el hombre le dijo a Teo que era mejor dejar de discutir. Al fin y al cabo, esperaría un día más. Era cierto que no sabía hasta cuando estarían los del grupo en Barcelona… por lo que le había dicho su madre, solían estar dos o tres meses en cada ciudad a la que iban de “captación”, pero este viaje a Barcelona no era de captación. Aquí había una especie de “sede” fija. Quién sabía cuánto tiempo estarían… o siquiera si estaban, ya.

—Estoy dispuesto a pagar el doble, como ya le he dicho a ella: sesenta subs.

—Sesenta es lo que normalmente… —el hombre se paró, y se quedó mirando a la chica, levantó los ojos al cielo un momento y cambió de tema— Mira, no se puede hoy ni aunque pagues doscientos, chico. Es un tema de fuerza mayor. Hoy no se puede ir a la isla.

—Está bien… está bien. Volveré mañana. ¿Podré encontrarles aquí? ¿A partir de qué hora están?

—Solemos empezar a las nueve de la mañana —dijo el hombre—. Si estás aquí a esa hora, podremos llevarte.

—Lo siento… —dijo la chica.

—Mañana vendré, entonces —dijo Teo, con cara de consternación.

Cabizbajo, se dio la vuelta y comenzó a andar de nuevo por la arena. Pero cuando ya estaba empezando a cavilar qué hacer aquella noche, escuchó que le llamaban.

—¡Oye! ¡chico!

Se giró y vio que la chica le hacía señas, mientras el hombre volvía a la jaima. Teo dudó un momento, pero terminó por dar la vuelta y acercarse de nuevo.

—He pensado que, si tienes mucha prisa, esta noche, a las doce, ya es mañana.

Teo puso cara de duda.

—No sé, ¿no ha dicho ese hombre que hoy no se puede?

—Pues eso, que a las doce y un minuto ya no es hoy.

—Pero… ¿por la noche soléis salir?

—Sí. Menos que por el día. Y normalmente, no a medianoche. Pero salir, se sale. Se cobra más, eso sí.

—Ya… ya… ya lo sé. No te preocupes por eso. Pero habíamos quedado en sesenta.

—Si lo hacemos esta noche… tendrán que ser cien.

—No quiero meterte en problemas… ni meterme yo —dijo Teo, sincero.

—No tiene por qué haberlos. Nos dijeron que hasta mañana, y esta noche ya es mañana.

—Pero, ¿por qué no se puede ir?

—Eso no te lo puedo decir —contestó ella, que puso cara de picaruela— ¿por qué quieres ir tú? Tampoco lo dices… ¿eh? Pues eso.

—Si te lo digo… ¿me lo dices tú?

—Quizá…

—Ah, es igual —desistió Teo— ¿Qué hora es?

—Las ocho y cuarto. En un rato cenaremos. Si quieres, te consigo un plato.

—No quiero molestar…

Pero molestó. Teo pasó un rato charlando amistosamente con aquella chica, mientras ella terminaba de barnizar la barquita. Le contó que aquella no era su barca, que ella solía usar otra, pero esta era una que habían conseguido y pensaban unirla a la “flota”.

Ella se llamaba Úrsula y su “familia” era una especie de comuna. La jaima era donde se reunían durante el día; para las noches, disponían de todo un edificio abandonado junto a la playa, donde dormían.

El hombre con el que habían hablado se llamaba Morán, y era el tío de la madre de Úrsula. En la comuna, sin embargo, no todos eran familia, ni siquiera lejana como ellos.

Había gente que se había unido llegando de todas partes, y se dedicaban a los transportes en barca y a hacer pequeños trabajos cerca de la playa. Los padres de Úrsula eran de Jaén, como ella, y al ser preguntada por su blancura y pelirrojez, tras un rato de conversación que ya permitía preguntas más personales, ella contestó que su familia tenía raíces escocesas, aunque no estaba segura de qué antepasado suyo había sido escocés.

En la cena, Teo pudo comprobar la gran cantidad de gente que había en aquel grupo. Unas treinta o cuarenta personas estaban en el edificio y comían de pie, alrededor de una mesa que disponía de un montón de platos con comida variada para ellos.

Según le contó Úrsula, lo que ganaba cada uno de los “trabajadores” se ponía en un bote y de ahí sacaban comida y cosas para todos. Y había bastante, ella se había podido comprar los auriculares para escuchar música, por ejemplo. Al ser preguntada por quién decidía lo que se podían comprar y lo que no, a Teo no le sorprendió escuchar que era el tal Morán, por supuesto.

A Teo le sabía mal abusar y no comió demasiado, aunque Úrsula le dijo que tenían permitido tener un invitado siempre y cuando fuera “de vez en cuando” y “no se juntaran muchos a la vez”. Aquella noche, por lo visto, él era el único.

Al terminar de cenar la noche ya era cerrada y muchos de los chavales, la mayoría muy jóvenes, salieron de aquel edificio en busca de ocio, mientras otros marchaban a las habitaciones y Teo y Úrsula iban en busca de una barca.

Nada más entrar en la arena, se encaminaron hacia la jaima, que quedaba allí al lado.

—Mierda, hoy le han puesto el candado… y no tengo las llaves —dijo ella.

—Es igual, Úrsula. Has hecho bastante, he cenado bien, me he distraído un rato. No te preocupes. Voy a ver si me dan un cajón en el albergue y vuelvo mañana.

—Al albergue no vas a llegar antes de las doce y después no dejan entrar. Si quieres, puedes quedarte a dormir…

Teo se quedó callado. Quería entender aquello por el lado literal de la oración, pero llevaba demasiado tiempo sin “dormir” con una mujer. Úrsula se dio cuenta en seguida.

—¡Oh!, quiero decir… no pienses que es ninguna propuesta rara, tenemos habitaciones comunitarias y separadas por sexos.

—Qué moralistas —a Teo se le escapó el pensamiento en voz alta.

—No es moralismo… es que, si no, sería un despiporre. Las habitaciones son para dormir, lo otro se puede hacer en otros sitios. Hasta siendo así, de vez en cuando, se lía. No todo el mundo gusta solo del sexo opuesto.

A Teo no le hacía gracia tener que dormir en un lugar rodeado de hombres a los que no conocía, pero tampoco le quedaba más remedio. Iba a dar su aprobación, aunque su cara lo delataba, y antes de que pudiera abrir la boca, lo hizo Úrsula.

—Espera… ¿y si usamos la barca nueva?

—¿No la estabas terminando de barnizar? No has acabado esta tarde.

—No, no he acabado, por eso está afuera. No suele pasar nada, nadie tiene huevos a llevarse nuestras barcas —dijo— y la he dejado ahí para no tener que estar metiéndola y sacándola otra vez. No está barnizada del todo, pero no pasa nada, el barniz no influye en que pueda usarse.

—¿Y por qué no la estabais usando, entonces?

—Ya sabes, estos días, no se podía. Además, si se moja el barniz, luego hay que dejar un par de días que se seque bien.

—Me sabe mal…

—Pues que no te sepa. Vamos, va, ayúdame a darle la vuelta y llevarla al agua.

—¿No nos verán?

—¿Ves a alguien?

—No, pero está oscuro… ¿es seguro navegar así?

—Navegar, jajaja —rió ella, de una forma que a Teo se le metió en el cogote, pues también hacía demasiado que no escuchaba reír a una mujer—. Navegar, dice… son ochocientos metros escasos. Casi ni se rema. Empujamos con la lanza la mitad del tiempo. Por cierto, espera.

Ella fue corriendo al lado de la jaima, levantando arena en cada pisada. Todavía iba en bañador, aunque se había puesto unos shorts encima. Teo no sabía que pensar. Volvió en seguida con un palo largo.

—Esto es para empujar la barca.

Entre los dos arrastraron la barca hacia la orilla después de darle la vuelta y, no sin esfuerzo, consiguieron meterla en el mar, que a aquellas horas y en ese curioso lugar, mostraba un tímido y casi nulo oleaje.

Una vez la hubieron dejado en un sitio donde se quedaba flotando, mojándose los pies y las pantorrillas, saltaron adentro. En seguida, Úrsula cogió la “percha” y comenzó a maniobrar con maestría. En muy poco tiempo se habían metido sus buenos veinte metros.

—El agua está calmada, llegaremos en seguida —dijo ella, tranquila.

Dejó de empujar con la lanza y se agachó, cogiendo del suelo una pequeña linterna y dos remos de plástico que le pasó a Teo.

—Toma, no es mucho, pero ayuda. Ve dándole.

Teo obedeció, sentado, mientras la veía a ella, de pie, dominando la barca contra las pequeñas olas. Casi habían llegado a la zona donde apenas se notaba la corriente, y ella se sentó.

—Aquí ya no llego al suelo. Dependemos de tus brazos, jajaja —volvió a reir, y Teo volvió a sentir un respingo.

—Pues tardaremos horas.

—Tampoco me importaría demasiado —dijo ella, y viendo que él no reaccionaba, cambió de tema— ¿No me vas a decir por qué vas a la isla?

—Y tú… ¿No me vas a decir por qué no podíais ir esta tarde? —contestó Teo. Ella dudó. Pero al final, claudicó.

—Mira… te lo digo, si tú me lo dices a mí.

—Empieza tú.

—Claro… y luego tú te inventas cualquier cosa.

—Lo mismo podría pensar yo…

—¡Ay! ¡Está bien, cabezota! No podíamos “navegar” —guiñó un ojo— porque se ve que hay una especie de reunión mafiosa o algo así. Morán conoce a alguien… y le dijeron que estos días no querían turistas por la zona. Vimos llegar un par de helicópteros y me han dicho que hoy ha llegado hasta un submarino de estrangis. No sabemos muy bien qué es, pero debe ser algo gordo. Nos dijo Morán que ni hablar de salir estos días, hasta mañana por lo menos.

—Hoy —corrigió Teo, haciendo la señal del reloj tocándose la muñeca izquierda con el dedo índice derecho.

—Eso —continuó ella—. El caso es que hay alguna movida jodida. Por eso también me intriga qué vas a hacer tú ahí. Yo no me metería ahí hoy, precisamente. ¿Eres de la mafia?

Teo dudó. No tenía por qué decirle la verdad. Pero ella había sido sincera, eso estaba claro. Se sintió mal. Miró aquella cara de ratoncilla y no pudo ocultarle nada, aunque tampoco sabía muy bien cómo expresarlo. Sólo dijo la verdad… tal como la sabía explicar.

—Yo voy a ver a mi madre. Mi madre trabaja en una especie de empresa que va de aquí para allá haciendo catering, y hace unas semanas estuvo en Valencia, y me dijo que tenían un puesto para mí. Yo me negué porque tenía otras cosas… pero ahora ya no las tengo. Así que vengo a ver si aún me cogen. De aquí, no sé a dónde van, pero viajan por toda España.

—Qué interesante… ¿Crees que irán a hacer el catering para la reunión de mafiosos? Jajaja —si vuelve a reír otra vez así, me lanzo sobre ella, pensó Teo— ¡no pares de remar, que no llegamos!

—Has dicho que te daba igual…

Los dos se callaron a la vez. Sólo se escuchaba el ruido de los chapoteos del agua chocando contra la proa de la barquita y los remitos de juguete rompiendo la superficie. La brisa era fresca, demasiado para el bañador que aún llevaba Úrsula. Era obvio, demasiado para que Teo no lanzara una mirada furtiva de vez en cuando.

Pero Teo no quería pensar en aquello. Llevaba demasiado tiempo, no recordaba ni cuanto, sin apenas pensar en el sexo opuesto. O en el sexo en general, ya puestos. Y ahora no era el momento de solucionar eso. Pero claro, aquella chica se le ponía delante, y no paraba de ponerle ojitos y lanzarle pequeñas indirectas… ¿o no era eso? ¿o se lo estaba imaginando porque su propia mente llevaba tanto tiempo sin flirtear que ya no sabía ni en qué consistía?

—¿Por qué no te quedas? —le preguntó ella, rompiendo el incómodo silencio con un tono más serio del que había utilizado hasta ese momento, y resolviéndole ciertas dudas, pero añadiendo unas cuantas más.

—¿Cómo?

—Hay sitio para uno más en la comuna. Siempre se acoge a más gente. Quédate. No vivimos mal. No sé de qué huyes: lo que me has contado y nada, es lo mismo. Pero huyes de algo. Quédate aquí. La isla es peligrosa.

—No me has dicho que era peligrosa hace un rato, ni antes de salir…

—No estás entendiendo lo que te quiero decir.

—Sí te estoy entendiendo, no soy tan tonto. Pero, no puedo. No puedo quedarme. Tengo que ir a ver a mi madre y necesito ese trabajo. No sé por qué dices que no he dicho nada.

—¿Catering? Por favor… no me creo nada, Teo. Haz lo que quieras, no te quedes si no quieres, y no me cuentes la verdad si no quieres, pero no me digas tonterías.

—Mi madre trabaja para los de Pueblo Defensor. Y yo quiero unirme a ellos. ¿Ya está? ¿Te vale eso, mejor?

Teo lo confesó. No pudo más ante aquella mirada. Ya la había decepcionado con su negativa a quedarse, y no tuvo corazón para ocultarle nada más.

—Pues ya está, jijiji —dijo ella, riendo y retornando repentinamente a su registro anterior.

—¿Qué pasa? —dijo Teo.

—Que no te veo yo a ti siendo terrorista… jajaja. —ahora ella rió más fuerte y lo señaló con cara burlona, y a Teo le aumentaron las ganas de quedarse en un mil por cien.

—No quiero ser terrorista. Solo quiero hacer algo para cambiar el mundo.

—El mundo no va a cambiar, ni ahora, ni nunca. Sólo cambia con guerras tochas. Y no quiero guerras tochas. Es mejor adaptarse. Hay que vivir con lo que la vida te da.

—Yo ya me he adaptado todo lo que he podido.

—Acabarás mal —dijo ella, y ahora, se le quedó mirando fijamente—. Quédate, anda. Puedes quedarte esta misma barca. Sacamos un dinerillo con esto, no vivirías mal. Y sin riesgos. Esa gente… en fin, son unos chapuzas. Encima, lo que hacen no vale para nada, sólo para que nos repriman más fuerte en represalia. El mundo no va a cambiar.

—Mi madre trabaja con ellos. Es cocinera, no hace nada más. Pero puede meterme en la organización. Quiero hacer algo, Úrsula. Estoy harto.

—Quedándote aquí, podrías hacer algo.

Teo trató de no darle doble sentido a aquella frase, y movió la cabeza sin contestar. Vio que ya estaban cerca de la otra orilla. Estaban llegando por un lugar algo escarpado, que apenas tenía un par de metros de playa antes de que empezara a subir la montaña.

Lo pensó por última vez. Se imaginó viviendo en la playa de Barcelona, con Úrsula por allí pululando… la miró. No era bella: era bonita. Quizá demasiado para aquel mundo feo. En ese mismo momento habría saltado sobre ella y habría mordido aquella nariz llena de puntitos en primer lugar, siguiendo después por otros lugares más recónditos. Estaba seguro de que ella no habría visto nada malo en aquella actuación.

Pero no lo hizo. Pensó en sus días en casa. Pensó en Jan, tirado en el suelo. Pensó en su madre. Y también, tuvo miedo. Había hecho un gran cambio en su vida y le había costado mucho tiempo decidirse. ¿Cómo iba a hacer otro cambio tan grande en tan poco tiempo? ¿Cómo iba a dejar de lado su primer proyecto para dedicarse a otro que le había salido por casualidad? No, no era lógico, pero… cómo le miraban aquellos ojos azules. Podía ver el fuego a través de su frío color.

No dijo nada. Al poco, fue ella quien habló.

—Así pues, te marchas —dijo, mientras volvía a coger la lanza para acercar la barquita a la orilla.

—Así pues —afirmó Teo, no sin sentir una gran angustia en el corazón.

—Pues es una lástima. Lo habrías pasado bien aquí. Espero que te vaya bien, Teo.

Llegaron a la orilla y Teo bajó como pudo, mojándose todas las zapatillas y el camal del pantalón, otra vez. Ella permaneció en la barca. Él se arrepintió de haber bajado tan pronto. Le habría gustado, al menos, darle dos besos de despedida.

O uno bien grande.

—Ciao, Teo. Espero volver a verte algún día.

Ella movía la mano izquierda mientras con la derecha empujaba la lanza contra el fondo marino. Su gesto en la cara seguía siendo de picardía y a Teo esto lo demolía.

Podía haberse quedado con ella. Habría sido una tontería, lo más seguro. Habría durado dos días, o una noche. Pero vaya… no tenía momentos así muy a menudo. Por no decir nunca. Incluso si eliminaba el componente romántico y/o sexual, ella le había caído bien y se le veía buena persona.

Cayó entonces en la cuenta de que no le había pagado. Corrió a la orilla y estuvo a punto de llamarla a gritos, pero se dio cuenta de que, si no habían hecho el trayecto más rápido antes, era sólo porque ella no había querido. Ahora, ella sola, había cubierto ya casi un tercio de la distancia. Estaba seguro de que lo sabía, no cobrarle no había sido un descuido.

Lleno de duda y desazón se dio la vuelta, y mochilón a la espalda, comenzó a andar por la playa. Al parecer, cuando un tonto coge un camino, el camino se acaba y el tonto sigue, pensó.

Siguió por la playa hasta que vio que más allá de ella comenzaba a haber algo más que montaña. Lo primero que vio fue una especie de chiringuito. En otras épocas, quizá a aquellas horas habría habido una gran cantidad de gente allí disfrutando de un refresco o una copa, pero el lugar parecía llevar cerrado decenios. Estaba polvoriento, y los carteles apenas podían leerse.

Teo se acercó y vio que por detrás comenzaba una calle. Entró en ella y comenzó a andar.

La calle ascendía y hacía curva, y tenía edificios de pocas alturas. Parecían edificios residenciales, pero, aunque estaban en mejor estado que aquél en el que había entrado en Valencia, estaban igualmente abandonados.

La oscuridad invadía la zona, la luz lunar era escasa y las farolas brillaban por su ausencia. Muy bien, pensó… Y ahora, ¿cómo la encuentro?

Las casas se acabaron y empezaron los edificios extraños. Aquellos, estaba seguro, pertenecían a la antigua exposición universal. Esa era la zona donde le habían dicho que tenía que buscar.

Anduvo entre los edificios y le sorprendió ver que por allí, las farolas no solo existían, sino que funcionaban… aunque seguía sin ver un alma por la calle. Aquel lugar parecía extraído de una película de ciencia ficción, nunca se había visto tan solo en un lugar tan urbanizado.

Giró una esquina en un edificio de aspecto muy cuadrangular que parecía un ladrillo gigante, y de pronto, notó un tirón en la espalda. Alguien le había agarrado por la mochila. Trató de resistirse y zafarse, lanzando palmadas hacia atrás, pero nada más lejos de la realidad. En un santiamén perdió el equilibrio y cayó al suelo de espaldas, amortiguado por el mochilón.

En menos de un segundo tenía unas rodillas aprisionándole el pecho.

Miró hacia arriba como pudo y pudo ver a su captor.

—¡Eh, Tomás!, ¡para!