Cap. XXXIV: Inútil

Massiev miraba por la ventanilla de visualización de la navecilla. Tenía aquella “patata naranja” en contacto visual directo. Sería pronunciar una palabra y todo se pondría patas arriba.

Lo tenía claro, pero la responsabilidad le pesaba.

Se decía a sí mismo que no había duda, pero antes de pronunciar aquella palabra lo pensó de nuevo. ¿Qué pasaría si estaba equivocado? ¿Qué pasaría si aquella cosa extraña que flotaba en el espacio sí era en realidad una nave nim? Había visto cuál había sido el destino de aquel asteroide.

¿Se atrevería ella a hacer lo mismo con su nave? Apartó aquel pensamiento de su mente. Aquello no era una nave nim, ni ella era nada que no fuera una mujer normal y corriente. No podía dejar que la locura de Chase le afectara.

El pobre llevaba demasiado tiempo sometido a un gran estrés. Era su amigo, desde luego. Lo apreciaba y siempre había pensado que era, quizá, un poco demasiado fofo para ser el dueño y gobernador de todo un planeta, pero al mismo tiempo, siempre pensaba que ese pequeño “defecto” era algo que perfectamente podía suplir él estando a su lado.

Lo había ayudado desde el mismo día en que había tomado posesión de su cargo como Gobernador, cuando éste lo había nombrado Capitán General. El ejército no era gran cosa por aquellos días, pero ahora era una fuerza poderosa, tras haber sido armada y ultrafinanciada con el objetivo de llevar a cabo aquella misión de conquista.

Massiev no pensaba utilizar aquel poder contra Chase, ni mucho menos. Seguía siendo su amigo y seguía confiando en él. Tampoco tenía más ambiciones que las de mantener su propio puesto, nunca había deseado ir más allá.

Pero quería demostrarle que se equivocaba. Que estaba cometiendo un error fundamental que podía dar al traste con todo por lo que habían peleado.

Por eso, cuando días atrás le había expuesto el problema y él le había negado la posibilidad de hacerlo oficialmente, no había tardado un segundo en preparar el asunto de forma extraoficial. Conocía a varios mandos que pensaban igual que él, de hecho, casi todos ellos lo hacían, pública o privadamente. Así que no tuvo demasiado problema en convencer a uno para utilizar una de las naves pequeñas que estaban bajo su mando.

—Ponga la nave en posición de ataque y fije el blanco. Indíqueme cuando estamos listos para realizar una primera ofensiva.

Ordenó al capitán de la nave, quien, con presteza, transmitió la orden a los tripulantes, que comenzaron a ejecutar a su vez las acciones necesarias para cumplir tal orden.

Massiev los observó trabajar. Un par de ellos tecleaban como posesos en sus consolas informáticas, otros dos movían unas palancas, otro había salido de la habitación. Pensó en ellos y en el capitán de la nave. En ningún momento le había puesto ningún problema cuando le había hecho la propuesta. Es más, se había mostrado deseoso y quizá hablando más de la cuenta por la excitación, le había contado que estaban ansiosos por entrar en acción.

—Señor, todos los sistemas están preparados y el arma principal dispuesta. Quedamos a la espera —dijo el capitán de la nave cuando vio que sus subordinados le hacían la señal de “OK”.

Massiev lo pensó por última vez. ¿Qué pasaría si al final no tenía razón? Llegó a la conclusión de que no pasaría nada. Nada peor de lo que ya iba a pasar de por sí. Si realmente aquella mujer era nim, estaban perdidos. Daba igual lo que él hiciera. Si lo del asteroide no tenía truco, si realmente aquella especie seguía viva…

—Adelante, disparen —ordenó.

Y nada ocurrió. Massiev vio cómo los soldados y el capitán se ponían cada vez más nerviosos, tocaban cada vez más teclas en sus consolas, se movían de aquí para allá…

—¿Qué pasa? ¿Por qué no disparan?

—Hay algún problema, señor, las armas no reaccionan. Hemos realizado el proceso para prepararlas y dispararlas, pero no obedecen —confesó el capitán.

—¿Cómo que no obedecen? ¿Qué es lo que falla?

—Todo funcionaba perfectamente hasta hace un momento, señor. Pero parece que el sistema informático se niega a ejecutar las funciones que le estamos mandando.

—¿Es un problema informático? ¿No revisasteis los sistemas?

—Lo hicimos por triplicado antes de salir, señor. Y se revisan cada tres horas cuando estamos en misión. Hicimos la última revisión justo antes de empezar el proceso de ataque y todo estaba correcto, señor.

—¿Y cómo es que ahora no lo está?

El capitán, sudoroso, tratando de esconder que no sabía dónde meterse, contestó:

—No… no lo sé, señor.

—Pues hay que arreglarlo. No podemos volver a la flota sin pegar un solo tiro. Habríamos hecho el ridículo más espantoso.

—Podemos intentar modificar nuestra posición en el espacio. No lo sabemos con certeza, pero parece que puede haber algún tipo de transmisión de radio que está afectando a los elementos electrónicos.

—¡Háganlo! ¡Hagan lo que sea necesario!

Massiev trataba de no dar la impresión de estar desesperado, pero lo estaba y no lo conseguía. Aquello era una mala señal. A no ser que hubiera sido una falla fortuita del sistema, lo cual dudaba, aquello no era más que la prueba de que él estaba equivocado: ninguna tecnología terrestre podría suprimir las armas de aquella nave, y menos de esa forma.

Aquella nave no era un gigantesco arsenal en movimiento: no hacía falta. Era una de las treinta naves de acompañamiento que habían fabricado, con un tamaño “mini”. Nada que ver con el navío TG1 donde estaba Chase. Además de una cabeza nuclear para uso terrestre, disponían de armamento para una batalla cuerpo a cuerpo y, aunque este no era especialmente poderoso, una vez más, no era necesario.

Si la “patata naranja” era una tapadera como él pensaba, volaría por los aires fácilmente.

Pero aquellas armas para la pelea en el espacio se negaban a funcionar. Deseó que fuera únicamente un error debido a la falta de pruebas “en caliente” que tenía aquel armamento y que pudiera ser subsanado con un reset o alguna otra de esas cosas que hacían los técnicos.

Cinco minutos después, su capitán le informó.

—Señor, nos hemos movido en el espacio y nos hemos colocado más lejos, justo a la otra parte de la nave objetivo. Hemos reiniciado todo el sistema electrónico de control de las armas. ¿Lanzamos el ataque?

—Claro. ¿A qué esperáis? Disparad ya.

De nuevo, Massiev esperó movimiento. Y el movimiento se produjo, pero sólo en el aspecto humano. Los soldados se movieron de aquí para allá, el capitán iba detrás de ellos mirando lo que hacían, comprobando, en teoría, que lo estaban haciendo bien. Massiev los observaba con nervios. No sabía decir si lo que veía era normal.

No lo era.

—Señor, seguimos con el mismo problema. No podemos disparar ninguna de las armas, el sistema informático se para justo en el paso anterior a la orden de disparo. Es algo muy extraño, un fallo que no se había producido nunca… le pido disculpas, señor.

Massiev pensó que, en una situación normal, si una nave dejara de funcionar porque se había dejado de lado su mantenimiento o las comprobaciones necesarias, habría mandado a todas aquellas personas al calabozo. No habría arreglado nada, pero habrían recibido su merecido y mandado un mensaje al resto. Sin embargo, en esta situación, no pudo más que entenderlos y tratar de calmar al capitán, al que se veía muy nervioso y desgastado por la situación.

—Tranquilo, capitán —dijo Massiev—. No es cosa suya. Ni nuestra. Es esa nave. Debe tener algún tipo de escudo que hace que no funcionen las cosas.

—Eso es lo curioso —contestó el capitán—. No parece un escudo, ahora las cosas funcionan. Podemos dar todos los pasos que se dan hasta llegar al último, que es donde el sistema falla. A partir de ahí, no responde. Lo hemos intentado varias veces.

—¿Podemos alejarnos más? Vayamos a la distancia límite de alcance de nuestro armamento y tratemos de lanzar el ataque desde ahí.

Massiev dio la orden para quitárselo de encima y tener un poco de tiempo para pensar. Cada vez olía peor. Cada vez olía más a auténtico nim. ¿Sería real aquella locura?

En todo caso, ya no pensaba volverse atrás. Aunque se le revelara en la cara la autenticidad de aquella emperatriz. Había traicionado una orden directa de su mejor amigo. Iría hasta el final. Tenía que ser consecuente y había que demostrar valentía.

Se les fue casi una hora alejándose de su objetivo. Y cuando llegaron a aquel punto del espacio y trataron de disparar las armas… el resultado fue exactamente el mismo que las dos veces anteriores.

Massiev ya no sabía qué hacer. Si hubiera estado él solo en la nave, probablemente la habría autodestruido con él dentro. Andaba ya dando órdenes a la desesperada.

—¡Cómo es posible que este armamento no tenga posibilidad de activación manual! ¿Quién diseñó esto? Alguien que nunca ha estado en una batalla, seguro.

—Sí, señor… —el capitán no tenía otro remedio que asentir a las palabras rabiosas de su superior. Él mismo sentía la misma impotencia por dentro, pero no la libertad de poder expresarla.

—¿No hay una sola arma de activación manual? ¡Joder! ¡Si es necesario me pondré un traje y me acercaré yo mismo a esa nave a reventarla a puñetazos!

Uno de los soldados se acercó al capitán de la nave y le dijo algo en voz baja que Massiev no pudo escuchar. No lo necesitaba, porque el capitán lo reprodujo al instante:

—Existe un arma que puede activarse manualmente, pero no es un arma que se suela utilizar en el espacio contra otras naves.

—¿La bomba?

—La bomba. Si el objetivo no se mueve con mucha rapidez, podemos intentarlo, si nos colocamos en el punto exacto y con los controles manuales que tiene el misil… podría funcionar.

—Inténtenlo. ¡Vamos!

Massiev contempló como se ponían en marcha. ¡Eso era! ¡Un arma manual! Aquello no podría anularlo…

Pensó en cuál podía ser la resistencia que tuviera aquella nave. A estas alturas le parecía casi obvio que no podía ser otra cosa que una nave nim real. Eso le llevaba a la visión del asteroide… pero que tuvieran una gran potencia de ataque no significaba que la tuvieran de defensa. Habría soportado ataques aéreos en la Tierra… pero no un misil nuclear. Si lo hacían funcionar a la distancia adecuada, era completamente imposible que nada tangible que allí hubiera pudiera sobrevivir.

—Señor, hay una petición de comunicación, parece que proviene de la nave naranja —dijo uno de los soldados, sacándolo de sus pensamientos.

—Acéptala —contestó Massiev.

—Sí, señor.

En pocos instantes, una voz sonó por los altavoces de la nave. Una voz femenina. Una voz conocida.

—¿Qué es lo que se supone que están haciendo? ¿Con quién hablo? —preguntó Cleo.

—Está usted hablando con Rinat Massiev, vicegobernador del planeta Leao y capitán general de sus fuerzas armadas.

—Ah, sí. Tuve el placer de conocerle la otra noche. ¿Qué hace? Parece que estaban ustedes intentando atacarme. ¿No le ha informado su superior de que ya se firmó un tratado de colaboración? ¿Está usted actuando por su cuenta? ¿Debo informar de alta traición?

—No es necesario. Chase sabrá de sobra lo que está pasando desde hace un buen rato. Sí, la estamos intentando atacar. Pero no hemos podido.

—Claro que no han podido. No me creerán ustedes tan tonta de dejar que me ataquen así porque sí. Todos sus sistemas de ataque están anulados.

—Todos, no.

—Ah, ¿no? Da igual. Atacarme no le servirá de nada.

—Me servirá para demostrarle a mi amigo su verdadera cara, señora. Usted ni es nim ni es nada —Massiev lanzó un último órdago.

—¿Va en serio? ¿Cómo puede usted decir esto después de lo que está viendo? ¿Quiere que dibuje un pene en todas las pantallas de su nave? Puedo hacerlo, la inteligencia artificial de mi nave tiene el control completo de la suya desde hace más de dos horas. Podría enviarlos hacia las estrellas a máxima velocidad y olvidarme de usted para siempre.

—Hágalo, si sabe usted cómo. Nosotros ya estamos haciendo lo que sabemos hacer.

El capitán acababa de confirmarle mediante señas que el misil nuclear había sido desplegado. Iba en camino de la nave nim, y dos operarios manejaban sus controles desde la nave en caso de tener que hacer ajustes de trayectoria para acertar en el blanco.

—Ah sí, ya lo veo —dijo Cleo—. Qué cabezotas son ustedes los humanos, de vez en cuando. Supongo que a la especie le viene bien tener individuos así… algunos como usted, la lían parda, pero otros crean la teoría de la relatividad.

—¿Es eso todo lo que tiene que decir? ¿Se pone a filosofar cuando tiene una ojiva nuclear de varios megatones cayéndole en el cogote?

—Podría hacer eso o irme al baño a mear. Mire… ¿Cree usted que no me han atacado ya? ¿Cree que posé esta nave en el jardín del Palacio de las Naciones Unidas sin que me lanzaran de todo?

—Usted no posó nada. Siga hablando, le quedan pocos segundos para hacerlo —amenazó Massiev, ajeno a lo que ella decía. Cegado por el deseo de ver aquella nave siendo engullida por una explosión gigantesca.

—En fin… corto comunicación. Suerte en su próxima conversación con su amigo.

Massiev hizo caso omiso a sus palabras o al hecho de que ella ya no se encontrara en línea. Miraba las pantallas donde estaba fijada la nave nim. Observaba la cuenta atrás en otro de los monitores, la estimación del tiempo de llegada del misil al punto de explosión, cercano a la nave.

El contador llegó a cero.

Una enorme, gigantesca, espectacular, dantesca explosión se produjo y llenó las pantallas de luz. Las que enfocaban la nave desde más cerca quedaron completamente blancas, una de ellas incluso quedó inservible. En las que se veía la escena desde más lejos, aquello era una visión que hacía temblar el alma.

Un enorme globo de luz había engullido a la nave y varios cientos de metros alrededor, en un óvalo deformado de llamas y plasma incandescente. Duró un par de segundos y después, todo se convirtió en humo. Un humo destellante entre cuyas volutas se veían descargas eléctricas y llamaradas fortuitas que duraban décimas de segundo.

Chúpate esa, marciana, pensó Massiev.

Durante poco tiempo.

El tiempo suficiente como para que el humo se dispersara y entre la oscuridad del mismo, comenzara a vislumbrarse un pequeño destello metálico anaranjado.

Cuando las consecuencias de la explosión hubieron terminado de disiparse, allí estaba aquella patata naranja, completamente intacta, reluciente como un rato atrás, sin el más mínimo rasguño.

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Chase miraba por la ventanilla de su despacho, convertida ahora en un reproductor de vídeo que emitía imágenes grabadas a tiempo casi real. Movía la cabeza en gesto de desaprobación.

Un par de horas antes le habían informado: la navecilla de acompañamiento TP-27 se había dado a la fuga, realizando acciones por su cuenta. Se había acercado a la nave nim.

Chase había ordenado seguir y filmar a distancia los movimientos de aquella nave, pues sabía de sobra quién era el desertor. Y eso es lo que estaba viendo proyectado ahora en su ventanilla/monitor.

Estaba de pie frente a ella y no sabía si reír o llorar. Había visto a la nave “secuestrada” por su amigo realizar varios movimientos, rodear la nave nim sin ton ni son en varias ocasiones, dar vueltas alrededor como si fuera una mosca revoloteando sobre una sabrosa boñiga de vaca.

Después se habían alejado y habían utilizado nada más y nada menos que un arma nuclear. Toda una ojiva de casi cinco megatones para destruir una sola nave con una persona adentro.

Su amigo trataba de matar moscas a cañonazos. Y lo más gracioso es que había fracasado.