Capítulo 35: Escape de la prisión

—Así que eras vos.

Durante unos instantes, no supe cómo responder.

Mi primer pensamiento fue que la mujer me había reconocido por la bebé. Era una conclusión evidente. No debía de haber muchas personas recorriendo la capital con una máscara negra, una capa del mismo color y una recién nacida en brazos.

Pero eso no explicaba todo. Era demasiado vago e inconsistente.

Ellos no habían preguntado por un desconocido con esas características.

Habían preguntado específicamente por el “Niño de la Perdición”.

Por mí.

—¿Cómo…?

La pregunta salió antes de que pudiera contenerla.

Desde que había ingresado en la capital, mantenía mi presencia activamente encubierta. No solo había ocultado mi energía interna y reducido mi aura. Había alterado cada detalle conceptual que pudiera delatar mi naturaleza humana.

Temperatura.

Respiración.

Estructura interna.

Cosas como el sonido y movimiento de mis órganos

Incluso la forma en la que mi energía circulaba por el cuerpo.

Hasta mi tenia mecanismos para ayudarme a mantenerme oculto.

Todo estaba modificado para parecerme lo máximo posible a un Übermensch.

No era perfecto. Un experto podría notar inconsistencias si me analizaba durante suficiente tiempo. Y estaba seguro que nadie había estado mirándome el tiempo suficiente para notarlo, o al menos eso pensaba.

A todos los efectos, nadie debería ser capaz de mirarme desde otra celda y descubrir quién era.

Mucho menos después de escuchar una descripción tan vaga.

La expresión del Rango 7 cambió.

La indiferencia que había mostrado desde que llegué a Hell Maw desapareció por completo. Sus ojos se abrieron y una sonrisa cargada de satisfacción se extendió por su hocico.

Parecía feliz.

No.

Extasiado.

—¡Al fin te encuentro!

Su aura se intensificó.

El aire de la prisión, ya desagradable, se calentó de golpe. La escarcha acumulada entre las piedras comenzó a derretirse y varios prisioneros se alejaron de los barrotes que estaban fundiéndose.

Él ni siquiera parecía darse cuenta, o no le importo.

Toda su atención estaba sobre mí.

—Aunque no me esperaba tu estado actual—continuó, mirando a la bebé—. Eso no importa. Vamos. Ven conmigo. Mi princesa quiere verte no tenemos tiempo que perder.

Empezó a caminar hacia mi celda.

Con confianza.

Como si la situación ya estuviera resuelta.

Como si solo tuviera que abrir la puerta, tomarme del brazo y llevarme ante quien fuera esa mujer.

Mi poder explotó en advertencia.

No lo ataqué.

Todavía no entendía por completo la situación, pero seguro que no me sentía cómodo teniéndolo cerca.

Acomodé mejor a la bebé contra mi pecho, sujetándola con el brazo izquierdo mientras preparaba el derecho para actuar. Una espada ya enfocara en mi almacenamiento para ser usada si la situación se descontrolaba.

Ella se removió dentro de la manta, molesta por el aumento de temperatura, pero se mantuvo en silencio cerrando los ojos. El concepto de angustia la recorría.

El Rango 7 se detuvo.

Su sonrisa disminuyó apenas.

—Oh, ¿querés resistirte?

Su aura se volvió amenazante.

El calor aumentó.

Las paredes comenzaron a humear y las pocas zonas todavía cubiertas por hielo se evaporaron. Algunos de los prisioneros más débiles cayeron al suelo, respirando con dificultad.

Otros se refugiaron en las esquinas de sus celdas.

Yo no retrocedí.

Aumenté la resistencia de la bebé al calor y aislé el aire a su alrededor. Después hice lo mismo conmigo, aunque en menor medida.

No quería restringir demasiado mis sentiros.

—No tengo la costumbre de seguir a desconocidos delirantes que aparecen en prisiones —dije—. Mucho menos cuando intentan obligarme.

El Rango 7 mostró los colmillos.

Concentré mi mirada con la intención de ver cuál era su habilidad. Dejando atrás varias capas: lealtad, violencia, orgullo y una devoción intensa hacia alguien que no estaba presente.

Una devoción peligrosa, si puedo agregar.

Debajo de todo, en su núcleo, podía ver dos conceptos: uno que era el esperado, el concepto Huargo, el otro me era difícil de determinar, pero estaba seguro que tenía alguna relación con el instinto.

—No te estoy dando una…

—Eh, comandante Graves, ¿podría calmarse un momento?

La mujer habló desde detrás de él.

Seguía sentada en el suelo, cubriéndose con la manta. Su voz era mansa, pero consiguió detenerlo antes de que terminara la amenaza.

Graves giró la cabeza hacia ella.

Recién entonces pude ponerle un nombre.

Comandante Graves.

Encajaba mejor de lo que me habría gustado.

La mujer estaba enrojecida.

Al principio pensé que era por la temperatura. Después observé los conceptos que la rodeaban.

Amor.

Admiración.

Deseo de aprobación.

Una mescla desagradable de colores que me daban un poco de nauseas.

Todos dirigidos a este tal Graves.

No era un afecto normal. El concepto se retorcía alrededor de ella de una manera casi enfermiza, aferrándose a cada movimiento del comandante como si su existencia dependiera de recibir una mirada suya.

No había que ser un genio para saber lo dañinos que eran esos sentimientos.

Graves gruñó.

El sonido salió profundo desde su pecho, pero se detuvo. Su aura descendió y la temperatura empezó a estabilizarse.

—Pero, Lissa —dijo con evidente frustración—. ¿Cómo se supone que voy a llevarlo ante mi princesa si se niega a colaborar?

Así que la mujer se llamaba Lissa.

Ella levantó un puño frente al pecho, llena de confianza.

—No tiene que preocuparse. Nuestra princesa es la más sabia de todos. Ya se preparó para este escenario.

Graves la observó durante unos segundos.

Después cruzó los brazos.

No parecía gustarle el desarrollo de la situación, pero le permitió continuar.

Lissa se puso de pie con dificultad. Aunque su cuerpo estaba completamente reparado, todavía se movía con la cautela de alguien que recordaba cada herida que había sufrido.

Apretó la manta alrededor de su cuerpo y me señaló.

Me tensé. Mis ojos ahora en ella tratando de analizarla a toda prisa.

—Escucha bien, Niño de la Perdición. Yo, Lissa, como buena servidora de la inimaginable e incomparable mente brillante de mi princesa, la princesa Rottari Huergo, y como representante de su magnífica voz, vengo hoy ante ti para…

—Sí, sí. Lo que sea. Andá al punto antes de que se me agote la maldita paciencia.

Mi pie empezó a sacudirse.

Primero fue un movimiento leve.

Después se volvió más violento.

La piedra bajo mi bota se agrietó y terminó hundiéndose unos centímetros. Varios fragmentos saltaron hacia los costados.

Me detuve.

Miré el daño.

“Qué raro.”

No había querido hacer eso.

Estaba irritado, sí. Pero no lo suficiente como para perder el control de mi fuerza de esa manera.

“¿Acaso estoy más inestable?”

El pensamiento apareció y desapareció sin que le diera demasiada importancia.

No tenía tiempo para analizarme en ese momento.

Lissa infló las mejillas.

—¡Qué grosero!

—El punto.

—Mi princesa también había previsto su maleducada impaciencia.

—Estoy seguro de que sí.

La mujer respiró hondo, intentando recuperar la dignidad que aparentemente creía poseer.

—La princesa Rottari dijo que, si nos acompañabas, ella te mostraría el futuro.

Hubo una pausa.

Lissa levantó ambos brazos, como si acabara de anunciar el descubrimiento más importante de la historia.

—¡De esa forma podrás organizar tu viaje con mayor comodidad y cumplir tu promesa con el Sin Rumbo! ¿No es maravilloso?

Mi mente se detuvo un instante.

—¡¿Tú?!

La palabra salió entre la sorpresa y el enojo.

Mi poder volvió a agitarse, reaccionando a mi estado de ánimo.

Graves dio medio paso hacia adelante, pero Lissa levantó una mano para detenerlo.

Yo apenas les presté atención.

“¿Cómo demonios sabe lo del trato?”

Hakotane me había explicado las condiciones mientras la realidad estaba detenida. Al menos eso creía. Era difícil estar seguro de algo cuando se trataba de aquel bastardo.

No esperaba que fuera discreto.

De hecho, podía imaginarlo recorriendo una taberna y contando mi situación a cualquiera que estuviera dispuesto a escucharlo, solo porque le resultaría gracioso.

Aun así, estaba convencido de que ellos no se habían enterado de esa forma.

Lissa había asegurado que su princesa se preparó para mi negativa.

También conocía mi promesa.

Y ahora ofrecía mostrarme el futuro.

Eso dejaba una posibilidad bastante molesta.

Quizás esa princesa realmente podía verlo.

No sabía hasta qué punto.

Podía tratarse de imágenes vagas, predicciones, futuros posibles o algo mucho más preciso. Las habilidades relacionadas con el tiempo eran especialmente impredecibles.

También eran extremadamente útiles.

“Esto se está saliendo de control.”

Me obligué a relajar el agarre alrededor de la bebé.

Todavía tenía los ojos cerrados tratando de evitar la realidad.

El miedo poco a poco estaba superando a la angustia. Cosa que no hacía nada para mejorar mi estado de ánimo.

—Entonces, ¿qué? —pregunté—. ¿Esperan que los siga únicamente porque afirman que esa mujer puede ver el futuro?

Lissa parpadeó.

Pareció genuinamente sorprendida.

Probablemente esperaba que aceptara en cuanto escuchara la recompensa.

No podía culparla del todo.

Estaba interesado.

Mucho.

Si la princesa Rottari podía mostrarme qué encontraría en las siguientes capitales, qué peligros me esperaban o cuál era la ruta más segura hasta New Sovareth, podría ahorrarme semanas de problemas.

Quizás hasta podría descubrir qué quería Hakotane de mí.

Pero eso no significaba que fuera a caminar alegremente detrás de dos desconocidos.

Ellos estaban metidos en algo.

La infiltración en el palacio, el secuestro del guardia, la captura de Lissa y su entrada deliberada en Hell Maw no eran acciones de simples mensajeros.

Todo olía a una lucha de poder.

Y no tenía ganas de convertirme en una pieza más.

Además ese tipo era demasiado poderoso para ser un subordinado más.

—Pero mi princesa…

—Suficiente con este sinsentido.

Graves perdió la paciencia.

Avanzó hacia mi celda. Cada paso dejó marcas oscuras en la piedra recalentada.

—Vendrás con nosotros y…

La puerta que conectaba aquella sección de Hell Maw con el resto de la prisión se hizo añicos.

No se abrió.

No cedió.

Explotó hacia el interior.

Pedazos de metal y piedra salieron disparados por el pasillo. Aumenté la distancia de los fragmentos que se dirigían hacia la nena y yo, haciendo que se desviaran antes de alcanzarnos.

Nueve figuras atravesaron el humo.

Todos eran Rangos 7.

Los ocho que venían atrás no parecían especialmente impresionantes. Tenían una buena manipulación de su energía interna, pero el control de sus habilidades apenas superaba lo aceptable.

El del frente era diferente.

Era corpulento, con el uniforme de Hell Maw reforzado por placas oscuras y varias cicatrices cruzándole el hocico. Su aura era pesada, agresiva y casi tan profunda como la de Graves.

No estaban exactamente al mismo nivel.

Graves parecía más peligroso.

Pero la diferencia no era suficiente para ignorar que el recién llegado tenía a ocho Rangos 7 respaldándolo.

“Debe ser el líder de la prisión.”

Era la explicación más lógica.

Y, viendo la forma en que los guardias se posicionaban detrás de él, también había traído a los combatientes más poderosos de Hell Maw.

Graves se giró.

El calor volvió a crecer.

El líder de la prisión avanzó entre los restos de la puerta, sin prestar atención a las celdas ni a los prisioneros.

—¡Graves! —rugió—. ¡¿Qué demonios creés que estás haciendo?!

Nadie respondió.

No porque faltaran palabras.

Porque todos los presentes sabían que la conversación ya estaba terminando.

—¿En serio pensás que podés hacer lo que quieras por ser el favorito de esa bruja? —continuó el líder—. He tolerado tus faltas de respeto durante demasiado tiempo.

Dio otro paso.

Sus subordinados se desplegaron detrás de él.

—Supongo que tendré que matarte para que conozcas tu lugar.

La reacción de Graves fue inmediata.

—¡Maldito hijo de puta!

Su aura estalló.

Las paredes crujieron.

—¡¿Cómo te atrevés a insultar a mi princesa?!

No dudó.

No amenazó.

No pidió una disculpa.

Abrió el hocico y escupió un torrente de llamas.

No era fuego normal.

Las llamas salieron comprimidas, densas y de un azul profundo. La temperatura se elevó tan rápido que parte del suelo se fundió antes de que el ataque atravesara la mitad del pasillo.

Su intención era evidente.

Matar.

El líder de la prisión respondió de la misma forma.

Escupió sus propias llamas.

Los ocho Rangos 7 que lo acompañaban lo imitaron, sumando sus ataques al suyo. Las corrientes de fuego comenzaron a fusionarse, formando una masa que habría superado la ofensiva de Graves por una diferencia considerable.

Ninguno de ellos se preocupó por los prisioneros.

El choque de ambos ataques destruiría aquella sección, si es que no toda la prisión.

Los Rangos bajos morirían por el calor.

Los más resistentes serían aplastados cuando el subsuelo se derrumbara.

Yo observé ambas corrientes mientras se aproximaban.

Tenía varias opciones en mente. Por un lado:

Podía ayudar a Graves y terminar rápidamente con el grupo.

O por otro:

Podía aprovechar la confusión para marcharme.

También podía matar a ambos bandos.

Esa última opción era tentadora, pero probablemente atraería más problemas de los que ya tenía.

Suspiré.

No estaba seguro de por qué me sorprendió mi propia decisión al final.

Extendí mi habilidad.

Graves no intentó resistirse.

Eso fue lo primero que noté.

En la mayoría de los casos, interferir con la energía o los conceptos de otra persona producía una resistencia natural. El cuerpo rechazaba el cambio, incluso si era beneficioso.

Graves, en cambio, me permitió entrar.

Quizás confió en que no intentaría matarlo.

Quizás su instinto le indicó que estaba ayudándolo.

O quizás estaba tan concentrado en asesinar a quienes habían insultado a su princesa que ni siquiera le importó.

Aumenté la velocidad de sus llamas.

Después, su temperatura.

Su densidad.

Su poder.

El torrente se aceleró de golpe.

Los enemigos no tuvieron tiempo de reaccionar.

Todavía estaban fusionando sus ataques cuando el fuego de Graves llegó hasta ellos. El choque se produjo mucho más cerca de su formación de lo que habían previsto. Y mucho antes de lo que estaban preparados.

La explosión sacudió Hell Maw.

Las celdas se deformaron.

El techo se agrietó.

Una onda de fuego recorrió el pasillo, devorando a varios prisioneros antes de que pudieran gritar.

Yo aumenté el aislamiento alrededor de la bebé y reforcé el espacio inmediato de mi celda. El calor pasó a nuestro alrededor sin tocarnos.

Graves no esperó a que la explosión terminara.

Se lanzó dentro de las llamas.

—¡Muéranse!

Volví a usar mi habilidad.

Aumenté su velocidad.

Su fuerza.

Sus reflejos.

La resistencia de su cuerpo.

Todo lo que podía mejorar sin arriesgarme a desestabilizarlo.

Graves salió del fuego antes de que el líder de la prisión pudiera recuperarse.

El hombre intentó levantar los brazos.

Fue demasiado lento.

Graves hundió una mano en su pecho.

Los dedos atravesaron la armadura, la carne y los huesos. El impacto destruyó la mitad superior de su cuerpo y lo levantó del suelo.

El líder abrió la boca.

No llegó a decir nada.

Graves atacó su núcleo conceptual.

No pude ver exactamente qué hizo.

Solo sentí el momento en que el núcleo se agrietó.

Una herida mortal ya era difícil de curar.

Un cuerpo destruido podía regenerarse con la habilidad adecuada.

Pero un núcleo conceptual dañado era otra historia.

Graves apretó la mano.

El concepto del líder colapsó.

Su cuerpo cayó al suelo convirtiéndose lentamente en cenizas.

Con el más poderoso muerto, los otros ocho dejaron de ser una amenaza seria.

Uno intentó atacar a Graves por la espalda.

Él giró y le arrancó la cabeza.

Otro quiso retroceder hacia la puerta destruida. Graves lo alcanzó antes de que diera tres pasos y le atravesó el cráneo con los dedos.

Los demás intentaron reorganizarse.

No tuvieron tiempo.

Graves se movía demasiado rápido.

En parte gracias a mí.

Cada golpe destrozaba un cuerpo. Cada mordida arrancaba una garganta. Las llamas continuaban extendiéndose por el pasillo mientras él avanzaba entre ellas, cazando a los guardias restantes.

La prisión se convirtió en un caos.

Gritos.

Fuego.

Cadáveres acumulándose entre las celdas.

Algunos prisioneros aprovecharon los daños para escapar. Otros se lanzaron sobre los cuerpos de los guardias, buscando armas, comida o cualquier cosa que pudieran robar.

La pared cercana a la entrada terminó por ceder.

El aire helado de los niveles superiores comenzó a filtrarse por las grietas, chocando contra el calor de las llamas y llenando el pasillo de vapor.

En unos segundos, todo había terminado.

Graves sostenía al último guardia por el cuello.

Lo levantó.

El hombre intentó decir algo.

Graves cerró la mano y lo dejó caer.

Después alzó el rostro.

Y aulló.

Un aullido profundo y triunfal que recorrió las galerías de Hell Maw, anunciando su victoria a cada prisionero y guardia que todavía siguiera vivo.

Lissa lo observaba con las manos juntas contra el pecho.

El concepto de amor que la rodeaba aumentó hasta volverse aún más desagradable.

—El comandante Graves es maravilloso —murmuró.

Decidí ignorarla.

Miré los cadáveres.

Las celdas abiertas.

La salida destruida.

Después observé a la bebé.

Ella en algún momento se había quedado dormida, quizás desmallada. Acaricie suavemente su cabecita mientras trataba de consolarla, aunque fuera un poco.

Graves se giró hacia mí.

Todavía estaba cubierto de sangre, aunque el fuego había quemado gran parte antes de que pudiera adherirse a su cuerpo.

Su sonrisa regresó.

—Entonces, Niño de la Perdición, ¿nos vamos?

Podía marcharme por mi cuenta.

Con la prisión sumida en el caos, no sería difícil desaparecer. Podría cruzar las paredes, atravesar los niveles superiores y salir de la capital antes de que alguien entendiera lo ocurrido.

Era lo más seguro.

Lo más sensato.

Por eso ya sabía que no lo haría.

La princesa Rottari conocía mi trato con Hakotane.

Afirmaba poder enseñarme el futuro.

Y había previsto que yo me resistiría.

Demasiadas coincidencias.

Demasiadas preguntas.

No confiaba en Graves.

Tampoco en Lissa.

Mucho menos en aquella princesa.

Pero ya había tomado mi decisión en el momento en que ayudé a Graves.

Acomodé a la bebé entre mis brazos y salí de la celda a través del hueco que la explosión había abierto.

El frío del subsuelo volvió a golpearme.

—Más les vale no hacerme perder el tiempo.

Graves soltó una carcajada satisfecha.

Lissa sonrió como si todo hubiera sucedido exactamente de acuerdo con el plan de su princesa.

Quizás había sido así.

No me gustaba esa posibilidad.

Mientras avanzábamos entre el fuego y los cadáveres, solo pude pensar en una cosa.

Lo que fuera que Hakotane quería que encontrara en esta capital estaba a punto de revelarse.

“Cómo odio este mundo.”