Juan Toledo, con la camisa azul de Joaquín Toledo pegada al cuerpo por el sudor, entró al café “El No-Girasol” con una misión tan absurda que solo podía ser suya: derramar un café “de la forma más clásica posible” para distraer a los agentes de la Agencia. El lugar olía a espresso quemado y a clichés narrativos reciclados. Pidió un café al barista, un tipo con cara de extra de película que parecía harto de su propio guion. Mientras esperaba, se dio vuelta para buscar a los dos agentes que Carla 2 le había descrito. Y entonces, el mundo se convirtió en una parodia de sí mismo.
Agentes por todos lados. Dos en la mesa del frente, con gabardinas impecables y maletines plateados que parecían gritar “somos villanos genéricos”. Otro a su izquierda, fingiendo leer un diario que estaba al revés. Uno más salía del baño, ajustándose la gabardina como si fuera una capa de superhéroe. Y en la mesa del fondo, con una cicatriz que cortaba la luz como una página afilada, estaba Syngrafes, mirándolo como si Juan fuera un error tipográfico en su manuscrito favorito. ¿Qué era esto? ¿Hay descuento del 90% si traes gabardina y maletín? ¿O la Agencia había pedido extras al por mayor en una tienda de utilería narrativa?
—¡Por todos los guiones que merecen un Razzie, Juan, esto es un desastre! —rugió el Narrador, su voz temblando entre pánico y risa histérica—. ¡Dejame ver esa hoja que te dio Carla 2, porque de esta no salimos vivos! ¡Espero que esas clases de escritura hayan valido la pena!
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—¡Joder, Juan! ¡No puedo ni leer la primera línea sin que nos comamos una demanda por copyright! ¿¡Por qué suena “Push It to the Limit” de Paul Engemann en el fondo?! ¡Esto es un café de equina, no podemos meter la banda sonora de Scarface! ¡Y encima no pega nada con la estética de Enter the Dragon que intentaste colar! ¡Esto es un batido de referencias pop que va a explotar!
—¡Atrapenlo! ¡No debería estar aquí! —gritó Syngrafes, levantándose con un movimiento tan dramático que parecía ensayado para un tráiler. Su maletín plateado cayó al suelo con un clank que sonó a efecto de sonido de bajo presupuesto.
—¡Dejá de quejarte y narrá lo que escribí! —gritó Juan, su voz un aullido suplicante mientras esquivaba una bandeja que un agente le arrojó. En su bolsillo, apretada como un talismán, llevaba la hoja arrugada que Carla 2 le había dado en el departamento, arrancada de un cuaderno mágico con páginas faltantes que gritaba “no hagas preguntas”. Según Carla 2, esa hoja, escrita por Juan en un momento de inspiración narrativa (o desesperación), tenía el poder de reescribir la realidad si el Narrador la leía en voz alta. Y Juan, con la adrenalina de quien sabe que está a un tropiezo de un cliffhanger, le había pasado el manuscrito al Narrador con una orden clara: “Leélo y hacelo épico”.
—Y así, Juan Toledo, armado con una hoja mágica escrita por él mismo, desencadenó una escena de acción digna de un VHS pirata de los 80 —narró el Narrador, su voz ahora vibrando con un entusiasmo absurdo mientras leía el manuscrito de Juan—. ¡Con el poder de un cuaderno que no explicaremos porque el presupuesto no da, el café El No-Girasol se transformó en un set de grabación hongkonés! ¡Ahí estaba nuestro protagonista, haciendo poses de Bruce Lee con un ‘¡WU HA!’ que hizo temblar las tazas! ¡Puñetazos a diestra y siniestra, patadas voladoras que apenas acertaban, gags cómicos con bandejas volando y un par de huesos rotos, porque nadie sale ileso de un capítulo tan estúpido!
Juan, poseído por el espíritu de un héroe de acción de bajo presupuesto, lanzó puñetazos como si hubiera visto Drunken Master en Netflix. Los agentes caían como extras mal pagados: uno tropezó con una mesa, otro chocó contra el mostrador, y un tercero intentó un dab antes de que Juan lo noqueara con una bandeja. “Push It to the Limit” seguía sonando en un estéreo que nadie sabía de dónde salió, mientras el café se convertía en un caos de neón, sintetizadores y coreografías de pelea que gritaban “¡presupuesto cero, diversión máxima!”.
—¡Esto es una locura, Juan! —gritó el Narrador, casi ahogado por la risa—. ¡Estás peleando como si hubieras memorizado The Karate Kid con los extras del Blu-ray! ¡Y ese agente de allá está haciendo un moonwalk antes de atacarte! ¡Esto es un circo, no una novela! ¡Y ese manuscrito tuyo! ¡Es un plagio de cada película de los 80! ¡Nos van a demandar desde Hollywood hasta Hong Kong!
Juan, con la camisa de Joaquín ahora rasgada en un hombro para darle ese toque de héroe de acción, saltó por la ventana del café, rompiendo el vidrio con un estruendo que pedía a gritos un efecto de sonido de serie B. Aterrizó en la calle con una voltereta que salió mejor en su storyboard que en la realidad, y silbó como si llamara a un taxi. De la nada, en contra mano y con un rugido que desafiaba la lógica narrativa, apareció su fiel compañero: el Corolla Violeta. Sí, ese auto que parecía sacado de un fanfic automotriz, con pintura brillante y un guiño de luces que recordaba al escarabajo con el número 53, pero con un aire de dragón que gruñía bajo el capó.
—¡Disney nos va a mandar un ejército de abogados encabezado por Agatha Maleficio! —chilló el Narrador, su voz al borde del colapso—. ¡Ese auto es un plagio con ruedas! ¡Y ese guiño de luces! ¡Es Herbie con actitud de dragón! ¡Juan, mi omnisciencia está pidiendo un abogado!
—¡Para nada, no ves que es un dragón! —gritó Juan, subiéndose al Corolla mientras los refuerzos de la Agencia doblaban la esquina, liderados por Syngrafes, cuya cicatriz relucía como un faro de venganza narrativa. El Corolla rugió, lanzándose por las calles torcidas de esta ciudad extraña mientras Juan, aferrado al volante, reía como un maniático. La hoja mágica de Carla 2 seguía en su bolsillo, quemándole como un recordatorio de que este capítulo, estúpido y lleno de chistes malos, era el resultado de su propio puño y letra.
—Y así, Juan Toledo, convertido en un héroe de acción de bajo presupuesto gracias a su propia mano, escapa en un Corolla Violeta que ruge como dragón y guiña como un escarabajo enamorado. —narró el Narrador, entre risas y pánico—. ¡Con Syngrafes pisándole los talones, una hoja mágica en el bolsillo y un café que nunca llegó a derramar, Juan corre por un capítulo que es puro caos y referencias pop robadas! ¿Sobrevivirá? ¿Terminará demandado por Disney? ¿O reescribirá el guion con un giro aún más ridículo? ¡Autor, si estás ahí, dame un presupuesto para efectos especiales, porque este circo narrativo está a un WU HA! de explotar!


