La harina es un material traicionero, especialmente a las tres de la mañana y bajo la supervisión crítica de mi padre.

—Te dije que era una taza y media, Anónimo, no el paquete entero —susurró Gorgonzola, limpiando un manchón blanco de la mesada negra con el trapo de cocina—. Esa masa va a tener la consistencia de un neumático.

—Es una receta de internet, papá. Decía “harina a ojo”. Mi ojo calculó mal.

Estábamos en la cocina, con la luz del extractor como único faro, intentando obrar un milagro de repostería. Lueur era la que hacía las tortas. Ella sabía cómo batir los huevos para que quedaran en ese punto nieve que parece magia. Yo… yo solo sabía vender autos y querer a mi hija con desesperación.

Hacía seis meses que Lueur no estaba. Y Aurora, mi pequeña tormenta que solía despertar al barrio con gritos de alegría en su cumpleaños, había decretado el silencio. “No quiero fiesta”, me había dicho hace unas semanas, con esos ojos grises serios que parecían demasiado grandes para su cara de ocho años. “No quiero payasos. Ni parque. Quiero… nada”.

Respetamos el “nada”. Pero “nada” no significaba ignorar el día. Significaba hacerlo chiquito. Manejable.

Terminamos de decorar la torta a las cuatro de la madrugada. El glaseado rosa quedó un poco chorreado hacia la izquierda, como si la torta se estuviera derritiendo de calor, y las granas de colores formaban un patrón caótico.

—Parece una obra de arte moderna —dictaminó mi padre, chupándose un dedo con dulce de leche—. Fea, pero con intención.

—Es perfecta —dije, metiéndola en el freezer para que el glaseado se endureciera rápido antes del amanecer—. Vamos a dormir un rato.

El sol entró por la ventana. Escuché los pasitos de Aurora en el pasillo. Eran pasos lentos, sin la urgencia de otros años. Me levanté de un salto y le hice señas a mi padre, que roncaba en el sofá del living.

Cuando Aurora entró a la cocina, frotándose los ojos, nos encontró a los dos parados junto a la mesa, con sonrisas de oreja a oreja y ojeras hasta el piso.

—¡Feliz cumpleaños, tormenta! —gritó el abuelo.

—Feliz cumple, mi amor —dije yo, agachándome para abrazarla.

Ella se dejó abrazar. Estaba calentita y olía a sueño. Sonrió, pero fue una sonrisa tímida, como si tuviera miedo de que, si sonreía demasiado fuerte, algo se rompería.

—Gracias —murmuró.

Le dimos los regalos. Un buzo nuevo con estampado de duendes (un poco grande, para que creciera dentro), dos muñecas articuladas que había pedido hace meses y una pila de cómics. Se le iluminaron un poco los ojos con las historietas.

—Hoy mandas tú —le dije—. ¿Qué hacemos? Podemos ir a comer afuera, al lugar de las hamburguesas gigantes. O al parque. Lo que quieras.

Aurora miró los cómics y luego miró la ventana. Estaba lindo afuera, pero ella negó con la cabeza.

—Quiero quedarme. Comamos empanadas. De las de la rotisería. Y veamos películas.

—¿Empanadas y cine en casa? —Gorgonzola se frotó las manos—. Eso suena a plan de reyes. Yo llamo.

Pasamos la mañana y tarde en el sofá. Los tres apretados. Vimos una película de dinosaurios, aliens y otra de superhéroes. Aurora se comió tres empanadas de carne y pidió helado de postre. Se reía con las partes graciosas, pero yo la miraba de reojo. A veces, en las partes tristes de la película, o cuando se hacía un silencio, se le perdía la mirada. Se tocaba el borde de la remera, un tic nervioso que antes no tenía. Estaba aguantando. Estaba siendo fuerte para no arruinarnos el día a nosotros, y eso me partía el alma.

A la noche, llegó la operación “Milanesa”.

—Necesito ayudantes —anunció Gorgonzola, poniendo una montaña de carne, huevos batidos y pan rallado sobre la mesa—. Anónimo es torpe, necesito manos pequeñas y hábiles.

Aurora se subió las mangas de su pijama nuevo.
—Yo ayudo con el empanado.

—Esa es mi nieta.

Hicimos una cadena de montaje. Yo pasaba la carne por el huevo, Aurora la aplastaba en el pan rallado (poniendo una dedicación absoluta en que no quedara ni un milímetro sin cubrir) y el abuelo las freía.

—¡Más pan ahí, Auro! —le indicaba el abuelo—. ¡Que quede crujiente! ¡Golpéala!

Aurora le daba palmadas a la carne, riéndose cada vez que el abuelo contaba un chiste malo o se manchaba la nariz con pan rayado. Por un rato, la cocina se llenó de ruido, de olor a frito y salsa de tomate, y se sintió… casi normal. Casi completa.

Cenamos las milanesas a la napolitana, con mucho queso y orégano. Estaban deliciosas.

—Y ahora… —dijo Gorgonzola, levantándose con aire misterioso—… el gran final.

Fui al freezer y saqué la torta.

Estaba fría, un poco chueca, y el glaseado rosa tenía la textura de un glaciar derretido. Le habíamos puesto ocho velas torcidas. La llevamos a la mesa cantando el “Feliz Cumpleaños” con nuestras voces desafinadas.

Aurora miró la torta. Miró el desastre rosa hecho con tanto esfuerzo.

Y se quebró.

No fue un llanto a los gritos. Fue silencioso. Sus hombros empezaron a temblar, se tapó la boca con las manos y las lágrimas empezaron a correrle por las mejillas.

Dejé la torta en la mesa y la abracé enseguida. Mi padre se levantó y la abrazó del otro lado. Un sándwich de Strano.

—La extraño… —dijo, con la voz ahogada en mi camisa.

—Lo sé, mi amor. Lo sé. Nosotros también —le dije, acariciándole la espalda—. Pero ella está acá. Te prometo que está acá. Se estaría riendo de lo fea que nos quedó la torta.

Aurora soltó una risita entre el llanto.
—Es… es muy fea, papá.

—Es espantosa —confirmó el abuelo, besándole la cabeza—. Pero tiene mucho dulce de leche.

Ella levantó la cara, mojada y roja, y sopló las velas.

Cortamos la torta. Estaba un poco seca por fuera y congelada por dentro, pero nos la comimos igual, sentados de nuevo frente a la tele, mirando dibujitos animados mientras la tensión del día se disipaba.

Poco a poco, el peso del día, de las emociones contenidas y de la panza llena le ganó. Aurora se fue recostando contra mí. Su cabeza se apoyó en mi hombro, luego resbaló hacia mi pecho.

La miré. Estaba dormida. Tenía restos de glaseado rosa en la comisura del labio y una mano agarrada a mi remera.

—Se durmió —susurró mi padre desde el sillón de enfrente, apagando el televisor.

—Sí.

—Llévala a la cama.

—En un rato —susurré yo.

Mis propios ojos me pesaban. Sentía el cabeceo del sueño tirando de mi nuca. Pero no me moví.

Sentir su peso, su respiración tranquila contra mi pecho, su calor… era lo único que mantenía mis piezas unidas. Habíamos sobrevivido al primer cumpleaños sin mamá. Habíamos hecho una torta fea. Habíamos llorado. Pero estábamos aquí.

Apreté un poco más el brazo alrededor de ella. Mi niña de ocho años. Mi sobreviviente.
No quería soltarla. No quería que la noche terminara, porque mientras la tuviera así, en mis brazos, nada malo podía pasarle.

Cerré los ojos, apoyando mi mejilla en su pelo.
—Feliz cumpleaños, mi vida —le dije al silencio—. Mañana lo hacemos mejor.