Inciensos
La mañana sigue gris, la tierra húmeda, y el día como si el viento está pasmado, dejando una sensación seca, pero fresca. Molava y Katizi discuten frente a la fogata apagada.
—Eres increíblemente estúpida —dijo Molava.
—Cuida tu lengua —respondió Katizi sin mirarla—. Te la puedo cortar.
—La estúpida soy yo por ayudarte. Vendrán a buscarlo. Nos encontrarán. Y esta vez no sobreviviremos.
—Tranquila, estar en la boca del lobo no es novedad.
—Nosotras no ayudamos a la gente —susurró Molava—. Nosotras sobrevivimos.
Katizi alzó la vista.
—Entonces vete. Siempre llamándonos nombres, pero hablas como una bestia que acecha en la oscuridad. No eres mejor que yo. Ni mejor que Ekatulia.
Molava parpadeó.
—…Quizá tengas razón, no soy bruja, tampoco rebelde como Miera, pero menos demente como otra. Lo único seguro, es que cuando te descuides, limpiar el ano del extrańo con mi metal, será mi chiste del día.
Molava salió al bosque, aunque no se alejó demasiado. Katizi la sigue con su mirada, convencida que Molava actuará. A una distancia, en medio de una leve neblina, Katizi puede ver a Ekatulia, que se mueve lentamente por el bosque muerto. Los árboles están desnudos de hojas, como si el invierno hubiese acabado con toda naturaleza. La tierra tiene un color marrón claro, como si estuviera cerca de un volcán dormido. Existen pequeños pozos negros, con un liquido espeso oscuro que forzada mente hacen burbujas espesas. Katizi camina hacia Ekatulia, que inspecciona los árboles, sonriendo, y a la vez se detiene como esperando un secreto, ella continúa lentamente, mientras Katizi se le acerca mas y mas. Ya a dos metros de distancia, Katizi se detiene, sin mirarla, y concentrada en su alrededores, Ekatulia empieza a dialogar.
—El bosque sigue siendo virgen de tu visitante, no te engañes mocosa. Tengo asuntos mas importantes. Ekatulia dice sin mirar a Katizi.
—Me tratas como una extraña, te apartas de mí como si fuese aquel bastardo. ¿Acaso no soy digna de saber lo que obviamente me quieres ocultar?. Katizi exclama respuesta.
Ekatulia sonrie.
—Mocosa, es mi manera de siempre saber lo que tienes dentro de ti. Exactamente aquella persona capaz de decir cierta especulación. Existe una diferencia que solo tu puedes entender, Molava por un lado solo ve a una anciana, mientras tú conoces mi edad que representa los siglos de los siglos. Te duele que me vaya, ese es tu defecto.
Ekatulia se da la vuelta y mira a Katizi.
— No estas al nivel de interferir en algo fuera de tu alcance.
Katizi y Ekatulia comparte mirada# por unos pocos segundos, hasta que Ekatulia sigue caminando, mirando el alrededor. Pero Katizi, no recapacita.
—Sobre la historia del extraño, esto no terminó en el bosque. Katizi sigue curiosa.
Ekatulia sonríe sin mirar a Katizi.
—Por los siglos de los siglos, tienes que viajar a ese tiempo para saber y entender. Solo soy un recuerdo de cuando la vieja Grecia hizo un pacto conmigo.
—Si acaso, me consideras una buena aprendiz, y alguien a quien confías y aprecias. Me regalarias de despedida, aquello que pasó después del atentado.
Ekatulia mira al cielo, donde los cuervos le llaman la atención, volando en círculos, como si conocía su propósito. Ekatulia lentamente se sienta y recuesta su espalda en un árbol, cumpliendo el deseo de Katizi.
Un caballo a toda velocidad se acerca al castillo. Bajo un día nublado, la neblina oculta lo claro. La guardia real grita que se identifique aquel que está llegando. Cerrando la puerta de la entrada del castillo, le hacen frente al caballo. El hombre montado y aterrado le grita a la guardia:
—¡Abran paso, que traigo conmigo a la reina cabalgando!
La reina se quita el manto de la cabeza, al verla, la guardia real grita con voz aguda:
—¡Abran paso! ¡Su majestad ha llegado!
Al entrar al castillo, ella se baja del caballo sin esperar que la guardia real le brinde su apoyo. Muchos tratan de sostenerla por sí da un mal paso, pero ella golpea toda mano que se pone a su lado.
La reina, con el pelo mojado y el agua de lluvia embarrando el rostro con tierra y pasto, camina furiosamente por los pasillos del palacio. El piso brilla con un gris oscuro, mientras que todas las paredes, de lado a lado, están decoradas con cuadros de reyes y reinas de tiempos pasados.
Ella llega a las primeras escaleras del palacio. Cada escalón, ancho y redondeado, es subido rápidamente, haciendo zumbar sus zapatos. Al llegar al segundo piso, las damas de la reina empiezan a tratar de limpiarla por todos lados, pero ella, con una violenta bofetada, hace que una de ellas se deslice y choque, con los muros del palacio. Todas las damas se apartan del camino, temiendo sufrir la misma consecuencia que la primera, quien insistió en tratarla con cautela.
Después llega a otras escaleras, rectas y tan altas que parecen no tener fin. La reina grita con fuerza hacia arriba y exclama con la furia de una leona hostil:
—La guerra ha empezado, y este mundo endemoniado responderá a lo más profundo del pecado. Quiero sangre y no piedad, así que empiecen a encontrarme donde mi trono empezó a vibrar.
Ella entra a su habitación privada, una inmensa estancia con muebles y una cama cuadrada, cuyos cuatro postes se levantan a cada lado del espaldar. La habitación también tiene una bañera junto a una pequeña mesa, adornada con toallas de diferentes tamaños. En su escritorio hay varios cofres con prendas y accesorios de mujer.
El cuarto está completamente alfombrado. La alfombra consiste en imágenes de gigantescas flores cerradas. La corona descansa sola en una esquina del cuarto, sobre una pequeña mesa decorada con un manto rojo acolchado.
Lo primero que la reina visualiza es a su dama de confianza, que está al lado de su cama. Con los ojos dirigidos al piso, la mujer, de unos cuarenta años, espera el mandato de la reina, cuya sangre aún caliente, trastorna su mente.
La reina se quita toda la ropa hasta quedar desnuda, y se sienta dentro de la bañera. Entonces comienza su primer mandato.
—Alma, alarma a todas las insolentes. Su reina no puede perder tiempo con estupideces. Que vengan y me limpien de pies a cabeza, y que escojan mi armadura de guerra.
Alma, la dama principal, sale del cuarto, y con dos palmadas, hace que la manada de damas reales entre apresuradas y asustadas. De pies a cabeza, un grupo baña a la reina, mientras Alma sale nuevamente del cuarto, y corre por el pasillo como si hubiera perdido algo.
Alma regresa y empieza a vestirla, y al terminar, le indica a un guardia real que entre al cuarto. La reina se coloca frente al guardia, y él con los ojos dirigidos al piso, comienza a colocarle una armadura que protege su pecho. La armadura, de color plata, encaja firmemente en el tórax de la reina, como si hubiera sido hecha a su manera.
Ya con la armadura puesta, el pelo mojado y descalza, la reina no espera a que terminen de prepararla. Sale del cuarto con sed de venganza.
En su camino, cuatro guardias reales rodean su persona. Angustiada y furiosa, da un grito de miedo y corre desesperadamente hasta el final del pasillo, donde, de lado a lado, dos escuderos abren la puerta de otro salón. Uno de ellos grita:
—¡Nuestra reina hace su presencia!
Al entrar, se encuentra en un cuarto inmenso de seis ventanas, mientras que a cada lado hay doce sillas de madera fuerte, de color marrón oscuro, ocupadas por miembros del reino. Frente a ella se extiende una alfombra roja por la que camina hasta el final, donde se encuentra su asiento real. Ella se pone de pie, con intención de cumplir su deber. Miembros de la realeza ocupan cada rincón.
—Yo soy y seré por siempre Agatha Fondeur, reina única de Grecia, fiel a los fieles, digna del trono real. Hoy me acuerdo de esos traicioneros que trataron de matar a su reina. Sangre y más sangre exijo que busquen, porque no descansaré hasta tenerlos en mi lista de ejecutados. Estoy aquí preparada para la guerra, porque no será mi ejército quien responderá, sino mi furia, que arde por dentro, por aquel atentado que me quitó el aliento.
Solo el silencio permanece en la sala mientras la reina cierra los ojos y comienza a tener visiones de aquel rostro enlodado que trató de cometer el peor de los pecados. Al abrirlos, se dirige hacia un alto comandante del ejército:
Demetrie, aquel barbudo con una enorme cicatriz que cruza frente, de piel gruesa y maltratada, con quemaduras en el cuello y unos cincuenta años de edad. Su espada cuelga a su derecha, indicando que es zurdo y de gran destreza. El general le devuelve la mirada y, vestido con toda su armadura, como listo para una rebelión, toma la palabra que la reina le concede.
—Me encanta la vida, pero me conmueve la muerte. Aquí, en esta sala, veo muchos vivos, y me encantaría matar para enloquecerme. Porque loco soy por mi reina, y sangre llevo por dentro, pero me gusta verla por fuera. Hoy, en esta sala, estoy a la orilla de un río con su majestad, donde ustedes representan el río sangriento por no amar más la muerte, que sus propias vidas. Traicionen, maten, compren y hasta duermen con sus enemigos, porque, de una forma u otra, llegaremos a vengar la traición a mí reino unido.
Agatha sale apresuradamente de la sala. Diez guardias reales siguen su paso, mientras Demetrie se adelanta y camina a su lado. Avanzando con rapidez, nota a Alma y a las damas reales, alineadas de lado a lado cerca de su cuarto. Al pasar entre ellas, se cruza con la joven a la que había agredido al entrar al palacio. La reina se detiene, se vuelve y la mira fijamente a los ojos.
La muchacha tiene una herida fresca en el lado derecho del rostro, producto del fuerte golpe que recibió de la realeza. Al verla, la joven de diecisiete años tiembla aún más que cuando fue golpeada,y con la mirada clavada en el piso, nota cómo la sangre vuelve a deslizarse por su mejilla.
—Demetrie, llévatela de aquí. Si quieres, mátala o haz de ella lo que decidas. Y tú, Alma, busca a otra que la reemplace. Su cara ya no me gusta porque está sucia. Si los Dioses no sanaron su herida, entonces esta mujer ha sido impura toda su vida.
Demetrie agarra a la joven por el pelo y la arrastra lejos de la reina hasta levantarla y cargarla sobre su hombro. Con una sonrisa que deja al descubierto sus dientes de un amarillo oscuro.
Demetrie entra en lo más profundo de los calabozos, tres pisos más abajo, llevando consigo a la joven, quien cierra los ojos por el presentimiento de algo peor que el maltrato. A medida que descienden hacia la oscuridad, comienzan a escucharse los gritos de prisioneros que no esconden su sufrimiento infernal.
Por cada antorcha que dejan atrás, aparece un preso distinto: algunos muertos, otros enloquecidos y muchos aún con vida, pero listos para morir sin paz. El olor es repugnante; hasta las ratas se alimentan de la carne humana de vivos y muertos, sin respetar los gritos de agonía parlante.
Al llegar a un lugar donde ya no se distingue la luz de ninguna antorcha, Demetrie abre una celda y arroja a la joven al suelo sin piedad. Las ratas se espantan y salen corriendo. Entonces nota una presencia a sus espaldas que reclama su atención.
Aquella mano derecha de su majestad, Nigo Varente, un hombre de algunos 60 años. Tiene el cabello completamente canoso, corto y cuidadosamente peinado hacia atrás, acompañado de una barba recortada que le da una apariencia de sabiduría antigua.
Lleva una larga túnica de tonos oscuros, elaborada con telas finas traídas de tierras lejanas, con bordados dorados que recorren los bordes como símbolos de conocimiento y autoridad. Sobre sus hombros descansa un manto pesado de color rojo profundo, sostenido por un broche de oro antiguo con la insignia del reino
—No la mates, Demetrie. No hay por qué matar a esta joven. Es insignificante para el terrible Demetrie. La reina dijo: “Mátala si quieres”; por lo tanto, la decisión es verdaderamente tuya.
—¿Qué haces aquí Nigo?… ¿No será que quieres decirme que les tienes piedad a los vivos? Porque recuerdo muy bien que nuestra reina ni las bendiciones para sus almas ha permitido. Déjame tranquilo con lo que soy, y haz tu teatro, como siempre, leal a los dioses. Te conozco Nigo.
—Oh, Demetrie, te recuerdo como si fuera hoy: aquel niño maltratado y ambulante, huérfano de la guerra, abandonado para morir y ser devorado por las hienas. Tu madre, una prostituta del ejército, todavía vive, y tú lo sabes. No la mates; deja que esta niña recorra el mismo camino de tu madre.
—Sí, Nigo, recuerdo todo. Recuerdo lo más mínimo de esta puta vida. También recuerdo aquel día que no has mencionado, cuando acudiste a mí y me cuidaste como a uno de tus hijos; hijos que ustedes mancillaron a su manera por ser hijos del destino.
—A tu corta edad los mataste a todos sin piedad, pero con mi ayuda, que espero nunca puedas olvidar. Te ayudé a salir de ese lugar, y te llevé hasta donde ahora estás. Sé que tu alma es negra, pero no tanto como la mía. Así que deja que la muchacha también sufra esta vida.
Nigo deja a Demetrie con la palabra en la boca. Luego se retira y desaparece más allá de la oscuridad.
La mirada de Demetrie se concentra en la joven: una muchacha delgada y malnutrida, de piel blanca, aunque el miedo la mantiene pálida y amarillenta. Su pelo es marrón claro y sus ojos reflejan la inocencia de quien jamás había conocido aquel horror.
Demetrie comienza a quitarse parte de la armadura y la escena da paso a un acto de violencia contra la joven, mientras sus gritos se unen al eco de aquel calabozo construido con dolor y terror, por una brutal violacion.
Ekatulia deja de contar la historia, algo la obliga a levantarse y caminar sin decir nada. Katizi se da la vuelta y nota a Nivek, mirando el lugar, sorprendido y asustado, no puede creer el paisaje. Molava camina hacia ellos.
Esto no puede ser real, es otro mundo, tal vez otra vida. Como si todo aqui esta muerto. Dice Nivek muy sorprendido.
—Bienvenido de vuelta —dijo Molava.
—Te refresco tu mente…¿Intentabas morir o solo eres idiota? —añadió Molava.
Nivek se queda callado, intimidado por Molava.
Molava lo recorrió con la mirada.
—Tu capa no te pertenece.El color rojo vino es vivo, de alguien con mucho oro.
—No soy un ladrón.
—Entonces solo eres un asesino. Dice Katizi
Nivek tensó la mandíbula.
—Vengo de una buena familia.
Molava soltó una carcajada amarga.
—Claro. Las buenas familias aman derramar sangre real.
—Basta —intervino Katizi.
Molava mira a Nivek con mucho odio. Katizi interrumpe.
—Es hora que sigas tu camino, vendrás conmigo, pero no dañes mi búsqueda. .Ordena Katizi
—No puedo caminar mucho —admitió él.
Molava dio un paso adelante y bajó su manga, revelando cicatrices antiguas.
—Cuando el dolor te haya moldeado, entonces habla.
Katizi se interpuso entre ellos.
—Lo quiero vivo Molava.
Molava apartó la mirada, rabiosa. Mientras Nivek sigue a Katizi muy dentro del bosque. Ellos caminaron en silencio por unos minutos, hasta que Nivek rompió el silencio.
—Tu amiga no me soporta.
—No necesita hacerlo.
—¿Qué buscamos?
—A una chica.
—Te ayudaré. Y después desapareceré.
Katizi lo miró de reojo.
—Hablas como si él “después” estuviera garantizado.
Él está confundido.
Katizi sonrió apenas.
—Ustedes, los cristianos, siempre creen que hay un mañana escrito para ustedes.
Nivek se detuvo, sorprendido.
La palabra le atravesó el pecho más que la herida.
Katizi no se volvió. Y él, con el corazón lleno de preguntas, la siguió.
—Confías mucho, soy un extraño, no sabes de lo que soy capaz. Advierte Nivek.
Katizi sonríe sin mirarlo.
—Si es así como usas tu puñal, entonces eres el peligro más inutil que he visto. Dice Katizi.
Katizi se acerca a Nivek de nariz a nariz, y lo mira con una mirada fría. Katizi espera que Nivek haga algo, pero su mirada lo intimida.
—¿Quieres encontrarme?….Con gusto te dejo muerto aquí mismo.
Nivek no dice nada, Katizi se da la vuelta y sigue su camino.


