Cap. XXXVIII: Quien no juega, siempre pierde
Manuel acababa de entrar al palacio de las Naciones Unidas procedente de su viaje a Barcelona, que se había alargado un día más de lo normal. Ya desprovisto de su peluca y completamente confiado, estaba ilusionado por que llegara el día siguiente, y casi no podía esperar más.
Pasaba la medianoche y los pasillos del palacio estaban desiertos. Aquello, que a más de uno le habría puesto los pelos de punta, a él le relajaba. Estar allí dentro con la actividad al mínimo, las luces tenues, el completo silencio apenas roto por el leve zumbido de los sistemas electrónicos y el control climático… le hacía sentirlo como si fuera suyo. Había pasado allí demasiadas noches. Ahora, además, sentía “mariposas” en el estómago, pues solo quedaban unas horas para que empezara la partida definitiva, y estaba seguro de que iba a ganarla.
Aquel viaje a Barcelona era lo mejor que había hecho desde que había empezado aquella crisis. Había preparado el “show” a conciencia, había encontrado a un tonto que lo protagonizara y había pasado un tiempo muy grato con Lola.
Después de la reunión con Oriol y de llevar a Teo al aeropuerto, habían ido a la casita que la española tenía en la playa, en una urbanización privada de máxima seguridad y privacidad. Manuel había caído rendido en la cama nada más llegar, pero por suerte para él, no era el único que tenía ávidas ganas de sexo, y unas horas después Lola lo había despertado de una forma muy agradable.
Habían pasado el día siguiente retozando en su jacuzzi privado y pasando de ahí a la cama y de la cama al jacuzzi, con breves descansos para comer y repasar el plan completo. Lo había pasado tan bien que había decidido quedarse un día más y aquella había sido otra decisión excelente: para el segundo día de retozos, tanto él como ella estaban más que saciados y comenzaban a sobrarse el uno al otro. Momento perfecto para largarse sin remordimientos.
Estaba entusiasmado, ya no importaba si la emperatriz lo traicionaba. Tampoco importaba si aquella pulsera que había robado a la chica era realmente un escudo de seguridad o no. Ni siquiera importaba si el chico, que llegaría al día siguiente, terminaba haciendo su trabajo completo. Con que se presentara le bastaba, y se había asegurado de que así fuera.
Justo antes de abrir la puerta de su oficina, escuchó un tintineo de llaves, y al girarse vio a uno de los encargados de seguridad que se acercaba por el pasillo. Manuel resopló y puso cara de fastidio, aquel era uno de sus agentes favoritos, pero por las prisas que parecía traer, no esperaba que le diera buenas noticias. Le esperó sin abrir la puerta.
—Señor, he venido en cuanto he visto que había llegado usted. Debería haber dejado el teléfono encendido, o al menos darnos un lugar donde contactar. Hemos tenido algún problema…
—No me jodas, Claudio, ¿qué ha pasado?, ¿es la chica?, ¿está en su habitación? —Manuel se temió que Aliz hubiera hecho alguna locura.
—Sí, sí, tranquilo. Al final no ha sido nada grave, pero ayer nos dio un susto grande, y creo que debería saberlo. Creo… creemos que se ha vuelto loca.
—¿Loca?
—Hace cosas raras. El día que se fue usted, no comió y no salió de la habitación, y luego pidió cena como para un regimiento y varias botellas de vino. Esa misma madrugada la vimos vagando por los pasillos y se pasó así todo el día. Como usted ordenó, sólo la seguimos y la observamos, ni siquiera nos acercamos. Cantaba cosas ininteligibles, se abrazaba con las columnas… ¡la vimos chupando las ventanas! Por la noche se fue a su habitación, pero hoy ha salido de nuevo, y esta tarde hasta se ha metido en el lago verde a nadar. Desnuda.
—La madre que me parió. Pues sí que parece que se le ha ido la olla. Pero… ¿está controlada?
—Sí, como le he dicho, no la hemos molestado demasiado, pero la hemos vigilado. Temíamos que se hiciera daño. Íbamos a intentar sacarla del lago, pero cuando nos ha visto en la orilla mirándola, ha salido y ha venido a la habitación por ella misma. Eso sí, ha vuelto a pedir un carro de comida para cenar, y más botellas de vino.
—Está bien, iré a verla en seguida. Gracias, Claudio. Y perdona por estar tanto tiempo incomunicado. Se trataba de un asunto de máxima importancia y alto secreto, no he podido llegar antes.
El hombre se marchó y Manuel decidió ir a ver a Aliz antes de entrar a su despacho. Aquella noche dormiría allí, y quería que una vez estuviera dentro, nadie ni nada le molestara hasta el día siguiente. Quería disfrutar de aquellas horas al completo.
Cuando estuvo frente a su puerta, tocó el timbre, pero ni le abrió nadie ni escuchó movimiento en el interior. Entonces se acercó más y golpeó con los nudillos, a la antigua usanza. Aliviado, escuchó un tenue “voy”, y en seguida se abrió la puerta, mostrando a aquella chica en el interior de la habitación, descalza, en ropa interior, y con la coleta deslavazada, apenas colgando del coletero.
—Hola, Manuuuuel. ¡Has vuelto! Yiiiiuuuuu.
La chica hizo una pirueta dando la vuelta sobre sí misma, colocándose un dedo en la cabeza como si fuera una peonza. Manuel abrió los ojos muy grandes, pero volvió en seguida a recuperar su porte habitual.
—Aliz… ¿estás bien?
—¡Mejor que nunca!, jajaja —la chica se acercó a él y le dio un gran abrazo—. Tenía ganas de verte. Que sea la última vez que te marchas sin mí. Tengo miedo…
Con las últimas palabras, su actitud cambió de golpe. De la alegría total pasó a un estado de alerta, con los ojos muy abiertos, se encogió y se abrazó a sí misma, cogiéndose los brazos con ambas manos como si estuviera helada de frío. Manuel tenía claro que estaba borracha como una cuba, el aliento le olía a tintorro a dos metros, y detrás de ella podía observar el estado de aquella habitación. Había ropa por el suelo, la cama estaba deshecha, la moqueta estaba llena de manchas y había hasta platos rotos por el suelo.
—Tranquila, ya estoy aquí y no me voy a marchar. Mañana es el gran día, deberías relajarte y dormir. Siento haberme marchado sin avisar, pero me salió un tema que es urgente e importante, y tuve que irme aprisa y corriendo. Les dije a los chicos de seguridad que te avisaran…
—Ya, ya, ya, ya… —Aliz movió la cabeza exageradamente a un lado y a otro con cada “ya” — Pues no te vuelvas a ir, que si no, llegarás tarde, jajaja.
—No, no, tranquila… anda… ¿por qué no te acuestas? Creo que necesitas descansar, no querrás que tu emperatriz te vea así mañana, ¿a que no? —Manuel la trataba con tacto y condescendencia.
—No, claro que nooo. Pero hay tiempo, hombre. No seas tan amargado. Además, ¿no se supone que me iba a traicionar? ¿Eh? Ya me da tooodo igual, jajaja.
—Vamos, Aliz, seguro que no. Vamos, acuéstate.
—Si me acompañas.
Manuel se vio obligado a entrar en la habitación y ayudarla a meterse en la cama. La chiquilla le saltaba encima, se revolvía. La metió en la cama una primera vez y salió de ella de un salto por el otro lado, diciéndole “a que no me pillas”, y cuando fue a cogerla, se metió ella misma de nuevo.
—Uy… pues lo mismo tienes razón, aquí se está muy a gustito… —La vio abrazarse a la almohada y arrebujarse con la sábana, tirando una botella de vino a medio vaciar que había a los pies con el movimiento.
—Claro. Venga… duerme un ratito, relájate. Mañana, cuando te despiertes, date una buena ducha. Tu emperatriz llegará a mediodía, más o menos. Seguro que entonces estarás más tranquila.
—Seguro… ella es la mejor, ¿sabes? No va a traicionarme. No, seguro que no.
—Claro, claro… —Manuel le pasó la mano por la cabeza paternalmente, y ella cerró los ojos. Aprovechó para alejarse, y cuando estaba al lado de la puerta, la miró de nuevo. Pues vaya con la nim, pensó para sus adentros, menuda cogorza lleva la pobre.
Salió de la habitación aún sorprendido, pero no le dio más importancia. Llamó al servicio de cocina del palacio y los instruyó para que no le llevaran nada más, aunque ella lo pidiera. Con la melopea que llevaba encima, dudaba que se levantara de la cama antes de que él la recogiera por la mañana para recibir a la emperatriz, pero era mejor asegurarse. Si su jefa la veía así, se enfadaría con él, y no quería que eso pasara. No habría sido un buen inicio para renegociar el acuerdo una vez hubiera ejecutado su plan.
Ahora sí, marchó a su despacho y pudo acceder a él con tranquilidad, sin más molestias. Llamó por la línea interna al presidente y se aseguró de que recordaba que al día siguiente tenían aquella reunión tan importante. Le sorprendió encontrar a Al Fahri más sobrio que a la propia Aliz, y estuvo a punto de sentir algo de pena por aquella morsa de hombre, pero en seguida se le pasó.
Sentado en su silla de oficina, encendió el ordenador y se conectó a la cámara de la habitación de la chica, pero no pudo ver nada, la pantalla estaba completamente negra. Accedió al archivo, y abrió las grabaciones de ese mismo día. Nada, todo estaba negro. Volvió atrás y accedió a la grabación del día en que se había marchado a Barcelona. Allí sí que se veía algo. La grabación comenzaba a las doce de la noche, así que fue pasándola a velocidad acelerada hasta que amaneció, y después hasta que la imagen, de nuevo, se fue a negro. Entonces la retrasó y revisó los dos minutos anteriores.
Aliz estaba tumbada en la cama y la habitación aún parecía una habitación y no un estercolero. Se levantaba e iba a la puerta, volvía a acceder con un carrito lleno de comida y varias botellas de vino. Se sentaba en la cama y abría una de ellas… y la volcaba directamente en su boca. Después, empezaba a comer, con las manos y sin terminar el primero de los platos… lo estampaba contra la pared de enfrente. Con el segundo plato, hizo lo mismo… y el plato fue a dar en toda la cámara. Manuel hasta tuvo el reflejo de apartarse, y después, al darse cuenta de la tontería, se rió un poco de sí mismo, y de la situación. Aquella grabación en negro le había despertado la suspicacia… y realmente se trataba de una mezcla de casualidad y borrachera.
Apagó el ordenador, dio una palmada y frotó las manos. Volvió a repasar mentalmente su agenda para el día siguiente. Tenía plan A, plan B, plan C… casi se le acababan las letras del abecedario. Aquella reunión podía terminar de muchas formas, pero todas tenían algo en común: él salía ganando.
Lola se lo había terminado de dejar claro durante aquel viaje en submarino hasta el búnker de Barcelona: no había ninguna posibilidad de que aquella emperatriz no lo traicionase. Para ella siempre iba a ser mucho más beneficioso pactar con Chase que con él, Aliz era solo un señuelo, y la pulsera, otro. Se maldijo por no haber llegado él mismo a aquella conclusión, pero se justificó diciéndose a sí mismo que el estrés y la presión a la que se encontraba sometido no lo habían dejado pensar con claridad.
Ahora, tendría seis meses de ventaja. Seis meses sin reuniones, sin molestias, sin más que hacer que apagar algunos fuegos que seguramente serían provocados por el atentado, y después, terminar de camelarse a aquella emperatriz. También tenía noticias de la desbandada que se estaba produciendo en la flota de Chase.
Bajo esas nuevas circunstancias, las tornas cambiarían. Además, tenía preparada una sorpresa para el de Leao, y aún si esta fallaba, dudaba que pudiera pasarse medio año más en órbita esperando la siguiente reunión. De una forma u otra, ella no tendría más remedio que cumplir el pacto que ya tenía firmado con él. Y después, quizá hubiera que buscar un nuevo presidente… y ahí es donde él, personalmente, se encargaría de llevarla al poder a cambio de jugosas dádivas. Ese aeródromo en su mansión estaría construido antes que canta un gallo, y él seguiría siendo Asesor principal, con Lola, de ayudante.
Sacó un Smokyes del cajón, echando una ojeada a la pulsera de Aliz que andaba allí revuelta junto con otros objetos. Emitió una media sonrisa… qué tonto había sido. Probablemente se estaba haciendo demasiado mayor. Deseó que todo pasara rápido para que Lola pudiera venir y tenerla otra vez cerca, había demostrado su valía con creces, y además, añoraba sus muslos.
Sí, ahora se sentía confiado y hasta alegre. Un buen futuro se presentaba por delante, y además, en buena compañía. Disfrutó del humo por un par de minutos más, apagó el cigarro en el cenicero y reclinó el respaldo hasta encontrarse completamente cómodo. Subió la temperatura del aire acondicionado un par de puntos, y se quedó dormido.
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Un inesperado destello de luz que se coló entre las cortinas lo despertó a la mañana siguiente poco antes de la hora a la que había programado su despertador. Miró el reloj, sólo hacía un par de minutos que habían pasado las ocho de la mañana. El chico no llegaría hasta las diez, pero se levantó de la silla de un salto.
Antes de ir a por él, el primer paso era cerciorarse de que su “contingente de refuerzo de seguridad” estaba dispuesto. Se dio una ducha rápida, se puso un traje limpio, y salió del edificio para dirigirse a una de las puertas laterales del jardín, donde los había citado a las nueve de la mañana. Allí estaba Claudio, su agente de seguridad favorito. Aquel tipo llevaba allí desde que habían inaugurado el edificio, y siempre le había ofrecido un gran servicio. Era discreto y siempre estaba dispuesto a recibir un par de billetes de quinientos por tener la boca cerrada. Una de esas personas a las que les gustaba tanto el dinero, que sólo debía preocuparse de que nadie le ofreciera más que él.
Afuera estaban Dale y otros siete matones de su confianza. Dale vivía en la ciudad y era otro de esos tipos, siempre diligente, nunca le había fallado si había un buen billete morado de por medio. Los hizo entrar con la connivencia de Claudio y, apartados, explicó a cada uno de los gorilas cuál era su función.
Después, volvió con el agente de seguridad.
—Aquí tienes, hoy te dejo uno extra, así que espero trabajo extra —le dijo, mientras le alargaba tres billetes de quinientos créditos.
—¿Trabajo extra?, ¿o ceguera extra, eh, jefe?, jajaja —a Claudio se le veía “extra” contento.
—No seas gañán y ten cuidado. Si alguien pregunta, los chicos que han entrado son un refuerzo para la seguridad. El gasto está anotado en el reporte, y ya he avisado a los del palacio que van a estar por allí. Nadie va a extrañarse.
—¿Puedo preguntar qué van a hacer exactamente? Tengo curiosidad…
—No, no puedes. De eso se encarga ese tercer billete, y si todo sale bien, quizá tengas hasta un cuarto. Tú quédate aquí, como siempre, y vigila como de costumbre. A los únicos que debes ignorar es a los chicos que acabas de ver entrar. Ellos tienen vía libre para salir, entrar y hacer lo que les dé la gana, ¿estamos?
—Estamos. No se preocupe, ya tengo experiencia.
—Muy bien, hablaremos más tarde entonces.
Manuel se alejó de la garita rumbo al parking subterráneo. Había llegado la hora de empezar el juego.
Era el momento de ir al aeropuerto a recoger a su “mano ejecutora”. Aquel Teo le caía bastante mal, aunque no sabía muy bien por qué. Lo atribuyó al hecho de que la actuación de aquel chico sería la que desencadenaría el inicio de uno de sus planes, y según la decisión que tomara, él tendría que ejecutar el plan A, o el B. Tenía ambos perfectamente preparados, pero no ser él quien decidiera, no le gustaba.
Además, le parecía un candidato nefasto. Un pringado. Un joven inestable, basura de extramuros, seguramente medio drogadicto e idealista. Puajj. En su mirada se veía el fuego de la venganza, pero en su actitud se notaba que estaba allí sólo porque la vida le había llevado a tomar muy malas decisiones, no porque en realidad fuera un asesino sanguinario.
Mejor. Menos pena le daría cuando tuviera que afrontar su desgraciado final, aunque en realidad, tampoco se la habría dado de ser alguien que le hubiera caído mejor.
Subió a uno de los coches oficiales. Se decidió por uno cómodo y grande, con espacio para seis personas, casi una limusina. Quería que el chico se sintiera importante.
Condujo los escasos kilómetros que separaban el Palacio del aeropuerto con total tranquilidad. Dando golpecitos al volante al ritmo que marcaba la música que sonaba en la radio, con la ventanilla medio bajada y notando la brisa matutina en plena cara. Estaba de un extremo buen humor y quería aprovecharlo antes de verle la cara a aquel pobre amargado.
Accedió al aeropuerto evitando los atascos por el carril específico para vehículos preferentes y aparcó en la zona VIP del aparcamiento. Bajó del coche y se ciñó unas gafas de sol para protegerse del brillante astro que todavía estaba bajo en el cielo. Accedió a la terminal, y de ahí, utilizando sus credenciales de asesor presidencial, fue directamente a la pista.
Cinco minutos después vio aterrizar al avión procedente de Ámsterdam. Esperó al desembarque y cuando lo vio bajar por la escalerilla, se acercó a él.
—Buenos días, Teo —le dijo, viendo como el chico se sorprendía al verse interpelado a pie de pista—. Ven, tú y yo saldremos por otro lado.
Teo se acercó y estrechó la mano que Manuel le tendía.
—Vaya, está usted cambiado, diría que le falta algo —le dijo, mirándole la cabeza.
—No te hagas el gracioso, lo de hoy es serio. Espérame aquí, volveré en cinco minutos. Si alguien te dice algo, apártate de la pista pero no entres a la terminal, me esperas allí, junto a aquella puerta donde está el cartel de VIP.
—No hay problema.
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Teo vio marcharse a aquel tipo hacia el avión donde él había venido. Había empezado con mal pie, pero no se arrepintió de su intento de broma. Que le jodan al calvo de los cojones, sólo había querido quitarse algo de presión de encima y le venía con que “aquello era serio”. Sí, sobre todo para él, que iba a tener que cargarse al presidente del mundo. Qué asco de tío.
Nadie le dijo nada, pero se apartó de la pista. No es que creyera que algún avión podía atropellarlo, pero el sol comenzaba a calentar de lo lindo y el edificio de la terminal daba buena sombra. Lo esperó junto al cartel que le había dicho, mientras en su cabeza, una pequeña vieja amiga comenzaba de nuevo a asomar.
La duda.
Pero esta vez le costó menos superarla. Ya tenía demasiada experiencia. Estaba a miles de kilómetros de casa, aquella duda lo único que podía hacerle era estorbar.
Al poco, vio la calva de Manuel aparecer de nuevo por la portezuela del avión y bajar por la escalera. Al llegar junto a él ni siquiera se detuvo.
—Vamos, debemos llegar pronto —le dijo, mientras le hacía un gesto con la mano.
Lo siguió y salieron hacia el coche oficial.
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Manuel se puso los guantes de conducir y arrancó. No cogió la autopista por la que había venido, que iba directa al palacio, sino que dio un rodeo.
—Bueno, Teo, qué tal tu estancia en Ámsterdam, ¿todo bien? —preguntó, bajando el volumen de la radio, pero sin el más mínimo interés.
—Sí, muy bien. Buena comida, era un lugar tranquilo. Me habría gustado ver la ciudad, pero supongo que en otra ocasión será —contestó Teo, que daba la impresión de tener todavía menos interés que Manuel.
—Sí, seguro, Teo. Cuando hayamos terminado, tendrás tiempo y dinero para gastar, me ocuparé personalmente de ello. Sé que no has pedido nada, pero se hará de igual forma.
—¿Dónde está Oriol? ¿Y qué es eso de esos nims?
—Oriol llega más tarde. Voy a dejarte en tu sitio y después vendré a por él. Está invitado a la reunión, él no va a entrar de forma clandestina. Y por lo de los nims no debes preocuparte. Precisamente por eso es urgente que nos deshagamos de este presidente. Imagínate la gestión que puede hacer de algo como esto. ¡La primera visita extraterrestre!
—Sólo he escuchado que quieren unirse a las Naciones Unidas, y que van a estar en la reunión.
—Así es, y como comprenderás, no podemos admitirlos de buenas a primeras. Y menos con este borracho al mando. Esta situación requiere un cambio drástico, y eso es lo que vamos a hacer. Si tú haces lo tuyo y Oriol cumple su parte, no podrán ser admitidos hasta que haya un nuevo presidente, y nos encargaremos de que sea alguien justo y capaz.
—¿Y no son hostiles? ¿No querrán hacernos daño? Apenas pude enterarme de nada en el informativo.
—No han dado muestras de ser hostiles ni de querer hacernos daño. Aun así, si nos atacaran, podríamos defendernos. De una forma u otra, esta situación no puede ser gestionada por Al Fahri. Ese hombre es una desgracia.
Teo movió levemente la cabeza, en gesto negativo.
—No te veo convencido, Teo.
—No, no, olvídese, es solo el estrés. No voy normalmente matando a gente por ahí, ¿sabe? Y ahora encima hay extraterrestres de por medio. Y, por cierto, aún no me ha dicho cómo va a sacarme después de hacer el trabajo. Estoy nervioso. Creo que es normal.
—Claro, lo entiendo…
Manuel lo entendía, pero no le gustaba verlo tan nervioso. Todos sus planes le daban como vencedor, pero el más sencillo y beneficioso era el principal, en el cual, el presidente dejaba de existir. Si no lo mataba, tendría los seis meses de gracia igualmente, pero habría que deshacerse de él de otra forma para poder llevar a cabo sus planes para Cleo.
Quitarle los nervios iba a ser difícil, pero había otras formas de convencerlo.
Salió de la carretera que había tomado y tomó un desvío por una carretera aún más pequeña. Entraron en una zona llena de invernaderos altos que formaban una cuadrícula delimitada por pequeñas carreteras de un solo carril. El enorme coche de Manuel desentonaba allí, pero tampoco había nadie cerca para verlo. Aquello era una zona de cultivo completamente automatizada. No era la primera vez que acudía allí a hacer “negocios”.
Paró el coche junto a uno de los invernaderos, sin apagar el motor para no perder el aire acondicionado, y arrimándolo a un lado para no estorbar si pasaba alguno de los robots motorizados que cuidaban aquel lugar. Miró a Teo con seriedad.
—¿Por qué crees que hacemos esto, Teo?
—La verdad es que no lo sé, y tampoco me importa demasiado. Yo lo que quiero es que algo cambie, y hacerle pagar a ese hijo de puta todo el sufrimiento que ha provocado.
—Pues eso es exactamente lo que vamos a hacer. Compartimos el deseo de ver al gordo bien muerto, y de cambiar las cosas para mejor. Aprovecharemos bien todo este lío. Confía en mí. Confía en Oriol.
—Me cuesta más confiar cuando no me ha contado usted cómo va a sacarme de allí.
—Te lo contaré en cuanto lleguemos, te lo prometo. Pero antes, te explicaré cómo vamos a hacer el trabajo. Mete la mano ahí detrás y coge un maletín que hay sobre el asiento.
Teo se giró y alargó el brazo, alcanzando el maletín. Lo cogió y se lo puso en el regazo.
—Bien, ábrelo —le dijo Manuel. Teo lo abrió desabrochando los dos clicks magnéticos que tenía a los lados.
—¿Qué es?
—Lo que vas a utilizar para hacer tu trabajo.
—Pensaba que me darían una pistola.
—Pero hombre, no seas bruto. ¿Cómo le vas a pegar un tiro delante de todas las cámaras? ¿Estás loco? ¿Tan poco aprecias tu propia vida? —Teo agachó la cabeza, pensando que quizá sí había sido un poco pardillo— Vamos a gasearlo. No vas a salir por la tele, espero que no fuera eso lo que querías. Esa parte le toca a Oriol.
—No, claro…
—Mira, coge ese reloj. Póntelo. Fíjate bien en él —Teo se lo puso—. Marca la hora, pero también tiene abajo dos pequeñas bombillitas, ¿las ves?
—Sí.
—Cuando se encienda la roja, la de la izquierda, has de coger ese tarro amarillo y pulsar el botón que tiene en la parte superior. Eso hará que comience la mezcla y se cree, en el interior del aparato, el gas que necesitamos. Estarás justo debajo del atril donde Al Fahri estará pronunciando un discurso. Cuando se encienda la otra bombillita, la verde, colocarás ese aparato en la rejilla de ventilación del atril y presionarás de nuevo el botón. Eso liberará el gas.
—¿Y qué es esta otra cosa verde?
—Eso es lo que debes ponerte en la nariz antes de soltar el gas, si no quieres morir tú también.
—¿No habrá más gente en la sala? ¿Qué pasará con ellos? ¿Y Oriol? —consultó Teo.
—Están lo suficientemente alejados. Además, en cuanto seguridad vea que le pasa algo al presidente, desalojarán la sala. El discurso de Oriol se producirá en los pasillos, pero no te preocupes, habrá cámaras allí también. Todo el universo sabrá por qué hemos hecho esto.
Manuel observó cómo Teo volvía a agriar el gesto. Insistió.
—¿No estarás dudando?
—No, no —contestó Teo—. No, de verdad. Es solo que… bueno, esperaba algo más físico.
—Oye, chico —protestó Manuel—, si quieres, puedes salir y partirle la cara delante de todo el mundo, pero cuando te detengan y te acusen de intento de magnicidio, yo no te conoceré de nada. Y créeme, he tomado las precauciones necesarias para que no me relacionen contigo, como comprenderás.
La cara de Teo, lejos de mejorar, empeoró. Se diría que estaba al borde del colapso.
—Mira, Teo, te has metido donde te has metido. Nadie te ha obligado a ello. Te lo preguntamos mil veces. Consultamos a la gente que te conoce si eras de fiar. Te dijimos claramente qué riesgos tenía esto y además, joder, eres un tío listo, tú mismo los conocías de sobra. No puedes pensar que no he tomado las precauciones pertinentes para que, en primer lugar, si te pillan no me empapelen a mí, y en segundo, asegurarme de que vas a hacer tu trabajo. Me parece normal que dudes, sé que nunca has matado a nadie. Pero el momento ha llegado. Sabes que, en este tipo de situaciones, al final, la cosa va de ser verdugo o víctima.
Teo escuchó aquellas palabras y entendió a la perfección la amenaza velada (o no tan velada).
—Lo entiendo —contestó—. No te preocupes. Es sólo eso, lo que has dicho: es mi primera vez. Pero solo tengo que acordarme de lo que ha hecho ese hombre. De cómo permite que nos maten de hambre y nos despojen de dignidad.
—Así me gusta —Manuel volvió a arrancar el coche.
—¿Cómo llegaré hasta abajo del atril?
—Para llegar será muy sencillo, porque vas a ir en cuanto lleguemos y yo iré contigo.
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—¿Qué es esto, otro búnker? —Teo había visto el palacio en fotografías, y al llegar con el coche y verlo en persona, aún le había resultado más impactante. Aquel sitio tenía un aspecto increíble. Era tan arquitectónicamente ostentoso que daba la sensación de que adentro respiraban dinero en vez de aire. Sin embargo, habían accedido desde el aparcamiento subterráneo por una puerta feísima, y ahora lo único que veía eran muros de hormigón sin lucir y tuberías metálicas por todas partes.
—No, hombre, no. Los edificios como este tienen una parte pública, que es donde está la gente, y otra de mantenimiento, que es por donde se mueve todo el personal de servicio para no estorbar. Ahí detrás estaban las calderas de la calefacción, un poco más adelante está el punto de control del sistema de iluminación y nosotros… vamos aquí.
Se paró en seco y abrió una puerta que había en la parte izquierda. Entraron a la nueva estancia y apenas podían oírse el uno al otro. Un viento fortísimo soplaba en todo el recinto y unos enormes ventiladores, protegidos por una reja de metal grueso, podían verse girando a gran velocidad al final de la sala. En la parte derecha y en la izquierda, había un par de túneles en forma de tubo que partían desde las paredes hacia quién sabía dónde.
—Hay que entrar por ese de ahí —gritó Manuel, mientras se acercaba al que estaba en la parte derecha. Teo le siguió, casi perdiendo el equilibrio a causa de las repentinas corrientes de aire.
Accedieron al tubo tras saltar una pequeña barandilla y comenzaron a recorrerlo. Era tan grande que podían ir de pie y uno al lado del otro, pero esto enseguida acabó. El tubo se bifurcó en dos tubos más pequeños, y entraron por el de la parte izquierda.
Manuel extrajo un pequeño aparato electrónico de uno de sus bolsillos y Teo observó cómo, tras toquetearlo un poco, aparecía en él un mapa. Continuaron andando por el tubo, ahora tenían que ir con la cabeza agachada, y al poco tiempo llegaron a una nueva bifurcación.
Esta vez se metieron en el tubo de la parte derecha, pero para entrar tuvieron que ponerse en cuclillas. Avanzaron de esta forma durante un par de minutos, virando varias curvas en el trayecto, y llegando a un lugar donde el tubo acababa y se convertía en cinco, todavía más pequeños. De estos cinco, Manuel seleccionó el central y Teo le siguió, ambos gateando hacia una luz que se veía al otro extremo.
En poco tiempo, alcanzaron aquella luz. Manuel empujó la rejilla que tenía acoplada y esta cayó al suelo en la parte exterior, haciendo algo de ruido. Teo vio como “hacía pie” en algún sitio y lo siguió.
Ahora, se encontraban en una sala de considerables dimensiones.
—Esto es el hipogeo. Todo el techo de esta sala es el suelo de la Sala Elipsoidal. La sala donde se hacen las reuniones y las votaciones.
Teo echó un vistazo. Era una sala casi diáfana, efectivamente elipsoidal, sin esquinas, y ellos habían aparecido por uno de los tubos de ventilación de la pared. Teo podía ver otros siete de ellos, repartidos alrededor del perímetro. Todos tenían una reja delante, salvo el que habían utilizado.
—Vale, ya estamos aquí —dijo Teo— ¿Me vas a decir cómo salgo cuando haya colocado el gas? Espero que no sea por donde hemos venido, porque estoy un poco nervioso y no recuerdo una mierda de cómo hemos llegado hasta aquí. No quiero morirme de hambre en uno de esos tubos.
—Tranquilo. Sí, es por uno de esos tubos, pero no por este, sino por aquél.
Manuel señaló la otra parte de la estancia y se acercaron a ella.
—Este tubo lleva directamente al exterior. No se bifurca si sigues recto todo el rato. Verás que otros tubos llegan a él y se va haciendo más grande, simplemente. Puedes quitar la reja con las manos, ya me he encargado yo —y lo hizo para demostrarlo, volviéndola a dejar en su lugar justo después—. También he desactivado las alarmas y sensores que hay más adelante. Saldrás justo al lado de uno de los desagües del Lago Verde. Toma.
Sacó del bolsillo un manojo de llaves y quitó una que tenía una cubierta de plástico.
—Al final del tubo hay una moto. La coges, sales al exterior, sigues el transcurso del pequeño barranco que se forma con el desagüe del lago y cuando llegues a la valla exterior, el guardia de la garita te dejará salir. De ahí, ve directo al aeropuerto. Puedes coger cualquier vuelo a Barcelona, de los que salen desde las siete de la tarde hasta las cinco de la madrugada: tienes plaza en todos, con el mismo nombre que has utilizado para venir, y con la misma tarjeta de identificación. Tendrás que ir a la recepción de la aerolínea y solicitar el billete.
—No me parece muy seguro —dijo Teo, cogiendo la llave y guardándosela en un bolsillo.
—Teo, es todo lo seguro que puedes pedir. El tío de la valla es uno de mis hombres. Te he comprado cinco billetes en vuelos consecutivos. No tienes pérdida. Una vez estés en el avión comercial, nadie tiene por qué sospechar nada de ti. Además, yo mismo seré quien ha de mover a la seguridad cuando hagas tu trabajo. Los retrasaré todo lo que pueda. Les daré pistas falsas. Tengo a alguien en el aeropuerto para recoger y deshacerse de la moto. Lo tengo todo preparado, Teo, no creas que hago esto sin pensar.
—Está bien, ¿y dónde está el atril?
—Ahí.
En uno de los focos de la elipse había una especie de cajón de un par de metros cuadrados cuyos muros se extendían desde el suelo hasta el techo, con una puerta. Era lo único que hacía que aquella habitación no pudiera llamarse “diáfana”.
Manuel abrió la puerta y entró en la oscuridad. Teo le siguió. Dejaron la puerta entreabierta para poder ver algo.
Dentro había una pequeña escalera de escalones altos, casi verticales, que hacía que uno pudiera llegar a la parte superior, hasta tocar el techo. Si uno se fijaba, ese techo era más alto que el de la estancia exterior. Esa diferencia de altura, era el hueco interior del atril de discursos de la sala superior.
Manuel explicó esto a Teo y le indicó dónde debía dejar el dispositivo con el gas.
—Este tubo que entra por aquí es parte de la ventilación de la parte exterior y sube hacia el atril. Fíjate cómo ahí arriba ya no es un tubo, se abre y cubre toda la parte anterior del atril. Por ahí, dispara aire fresco directamente a la cara del ponente. Se diseñó para que la gente que sale a dar un discurso reciba aire directo y no se ponga a sudar como loca. Aquí, en este pequeño orificio, es donde debes meter el aparato amarillo, una vez hayas hecho la secuencia que te he explicado antes.
—Perfecto, está entendido.
—Bien. Antes de poner el gas, ponte la mascarilla, esa cosa de color verde. Y luego, conforme lo hayas hecho, te marchas por el tubo que te he contado antes.
—Todo claro.
Manuel bajó y salieron afuera de nuevo.
—Bueno, ahora me voy a marchar. Son casi las doce. La reunión empieza dentro de cinco horas. Entretente por aquí, si quieres, no va a venir ni vigilar nadie, pero no salgas de esta sala en ningún momento hasta que hayas hecho el trabajo ¿Entendido?
—Completamente —contestó Teo, con más seguridad de la que sentía por dentro.
—A ver, repítemelo. Quiero estar seguro de que sabes lo que tienes que hacer.
Teo levantó los ojos al cielo, pero le hizo caso.
—A ver. Primero tengo que morirme del asco aquí durante cinco horas. Después, cuando empiece la reunión, esperar a que se encienda la bombillita roja del reloj. Cuando se encienda, darle al botoncillo del aparato amarillo y esperar a que se encienda la otra bombillita. Entonces, me tengo que poner la cosa verde esta en la nariz, meter el aparato del gas en el tubo de ventilación y darle al botón de nuevo. Luego, salir por el tubo ese de ahí cagando leches. Coger la moto afuera y largarme por la garita que hay al lado del desagüe del lago. De ahí, al aeropuerto. Recoger mi billete, subir al avión, y a mi casa.
—Exacto. Muy bien, Teo. Me alegro de hacer tratos contigo —le extendió la mano y Teo se la estrechó—. Cuando estés en Barcelona, habla con Oriol y yo hablaré con él para recompensaros. A él y a ti.
Teo asintió, aunque no confiaba en absoluto. Su recompensa sería ver muerto a Al Fahri.
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Manuel salió por el tubo que habían venido, colocando la reja en su sitio, tras de sí. Siguiendo su mapa electrónico, volvió a la zona de mantenimiento. De ahí salió por una puerta a la parte “oficial” del palacio, y se puso a andar hacia su despacho. El pájaro estaba en el nido.
Por el camino, sacó un comunicador de bolsillo y pulsó uno de los botones.
—Dale, ¿me oyes?
—Alto y claro, señor —le contestaron.
—Bien. El chico está en su sitio, ¿estáis vosotros colocados?
—Sí señor, uno en la salida de cada tubo. No tiene escapatoria.
—Perfecto. Mantén tu tableta con el canal gubernamental sintonizado. Si cuando me veas interrumpir la reunión, el presidente está de pie en el atril, entra por el tubo y llévate al chico. Si ves al presidente en el suelo, espéralo aquí. En cualquier caso, ya sabes lo que hay que hacer. Y no seas bruto, limpia el sitio antes de marcharte. Después, tritura bien los restos y lánzalos en algún barranco lejano. Mínimo cincuenta kilómetros.
—No habrá mayor problema.
—Eso espero.
Pulsó de nuevo el botón y cortó la comunicación.
Sonrió. Primera parte, completada. Unas horitas más y empezaría la fiesta.


