Al llegar al pueblo, Daniel notó movimiento al final del camino, cuatro camiones se acercaban levantando polvo. Eran vehículos grandes, negros, con llantas delgadas como de bicicleta, y cabinas cuadradas. En la parte trasera, las carrocerías eran rectangulares, y en los costados se leía con letras plateadas: HANAH CO.
Daniel estaba frente al consultorio del doctor Barnes cuando Santos se le unió.
—Si no me equivoco —dijo Santos, entornando los ojos—, esos vienen a matar indios.
Daniel sorprendido, justo cuando los camiones se estacionaron. De ellos bajaron hombres vestidos de negro, inspeccionando las puertas de los viejos establecimientos. Daniel intentó acercarse, pero Santos lo sujetó del brazo.
—Tranquilo muchacho. Se nota que esta gente ha comprado el lugar.
El doctor Barnes salió del consultorio, se ajustó los lentes y leyó el nombre en los vehículos.
—Increíble —murmuró—. Este sitio logró llamar la atención de los Hanah.
—¿Quiénes son? —preguntó Daniel.
El doctor soltó una risa seca.
—Son unas de las compañías más poderosas del país. Dueños de edificios, bancos, y medio mundo. Se dice que son los que mueven la ciudad… y quizá, el país entero.
Santos abrió los ojos, incrédulo.
—Espere… ¿me dice que ellos son los dueños del banco Hanah Federal?
—Así es, un imperio señor Santos. Su dinero no tiene fronteras.
Santos resopló, lleno de rabia.
—¡Hijos de puta! Con tanto dinero, y me negaron un préstamo para mi cantina.
El doctor soltó una carcajada entre toses.
—Tal vez le ofrecieron algo al señor Gerónimo —dijo Daniel, mirando los camiones—. Están entrando a la fuerza, golpeando todo.
—Joven Crisco —le advirtió el doctor—, tenga en cuenta que tal vez esto ya les pertenece. Todo lo que tocan lo vuelven oro.
—No lo creo —dijo Daniel con firmeza.
—Muchacho —replicó Santos—, esa gente tiene tanto dinero que seguro le compraron hasta la religión.
—El señor Santos tiene razón —dijo Mario—. Su dinero no conoce límites.
Un auto plateado, con reflejos dorados, se detuvo frente a ellos, la misma marca del Doctor Barnes, pero este tenia ese color peculiar… Del vehículo bajó una mujer de algunos 40 años, de cabello rubio, vestido rojo ceñido, tacones negros y lentes oscuros. Su labial rojo brillaba bajo el sol. Caminaba con elegancia, observando alrededor como quien busca algo perdido.
Santos se quedó pasmado, Daniel también, Santos se pasó la mano por el cabello, tratando de acomodarlo.
—Si Dios te hizo el ángel de la muerte —murmuró Santos—, voy a buscar mi ataúd para que me lleves comodo… Fieraaaa, qué mujerón.
Daniel no dijo nada, la belleza de la mujer lo dejó paralizado. Mario sonrió divertido.
—Caballeros, les presento a Rita Hanah, nieta del empresario Rudolph Hanah, el gran fundador de los Hanahs.
—Rita, ¿eh? —dijo Santos—. Pues sí que le queda el nombre.
—Es un sueño de hadas —susurró Daniel.
Mario y Santos lo miraron con cara de curiosos. Daniel, nervioso, trató de corregirse.
—Digo… de seguro tiene sueño, quizá busca dónde dormir.
Santos lo observó de arriba abajo, con su mirada fija, un poco abajo de la correa.
—Cuidado, amigo, otro comentario así, y te van a llamar la pistola más veloz del oeste.
Rita se acercó con paso firme. Los tres hombres trataron de componer su apariencia. Mario se arregló el bigote; Santos se sacudió la tierra de la cara; Daniel, sin saber qué hacer, se pegó a la pared y fingió rascar una tabla.
—Disculpen caballeros —dijo ella con voz suave pero segura—. Soy nueva aquí. Mi nombre es Rita Hanah.
—Saludos dama —respondió Mario, tomando su mano para besarla—. Doctor Mario Barnes, a su servicio.
Santos se adelantó, empujando al doctor a un lado.
—Santos. Santos Santos —dijo, y le tomó la otra mano tratando de besarla.
Mario trató de separarlo.
—Señor Santos, compórtese.
Rita retiró sus manos con elegancia y sonrió apenas. De inmediato, un hombre mulato bajó del auto, vestido con pantalón negro, camisa blanca y zapatos brillantes. El cabello corto y rizado, se acercó y le limpió la mano a Rita con un pañuelo.
—Gracias Randy —dijo ella.
Randy se enderezó como un soldado.
—¿Y este chocolatito quién es? —preguntó Santos.
—Respeto por favor —advirtió Mario.
Daniel observaba la escena en silencio, distraído, mientras seguía rascando la pared.
—Randy es mi asistente —aclaró Rita—. Un buen muchacho.
Santos lo miró de pies a cabeza.
—Por un segundo pensé que era su marido… casi me da un infarto.
Mario se llevó la mano a la frente, avergonzado.
—Disculpe señora Hanah. No estamos acostumbrados a ver tanta elegancia por aquí. Mis compañeros están… deslumbrados.
—No, no —interrumpió Santos—. Lo mío es con Chocolatito.
Mario le habló en voz baja, firme.
—Orden, caballero. Orden.
Rita sonrió.
—No se preocupe doctor. Pero gracias por los halagos. ¿Alguien sabe dónde puedo encontrar al señor Gerónimo?
Mario y Santos miraron a Daniel, que seguía rascando la pared. Santos le silbó.
—¡Oye, muchacho! Si te vas a comer la pintura, termina ya… a menos que seas pájaro carpintero.
Mario suspiró, avergonzado.
—Él es el joven Crisco, justo iba de camino a buscarlo.
Daniel dio un respingo y salió corriendo hacia la colina de los Amish.
El sol golpeaba fuerte, y desde lejos, Daniel miró hacia las cabañas, dudando en cruzar sin permiso. Todavía respetaba la autoridad de Gerónimo, aunque ya había desobedecido antes por culpa de Santos. Se sentó bajo el único árbol que daba sombra. A lo lejos, vio a Palermo corriendo detrás de las hojas que levantaba el viento.
Daniel lo llamó con señas. Palermo sonrió y corrió hacia él, torpemente.
—Veo que andas buscando tu cerebro —dijo Daniel—. No te preocupes, seguro es tan pequeño que ni lo notas.
Palermo lo miró sin entender.
—Escucha bien —continuó Daniel—. Necesito que busques a Gerónimo. Dile que venga aquí.
Palermo seguía callado, con expresión vacía.
—Gerónimo —repitió Daniel—. El de la barba.
Palermo soltó una carcajada, saltando como un niño.
—¡No, no, idiota! No es hora del show de los monos sin frenos. ¡Ve, busca a Gerónimo!
—Gerónimo —repitió Palermo.
—Sí, Gerónimo. ¡Anda!
Palermo se quedó pensando. Daniel chasqueó los dedos frente a su cara.
—¡Despierta! No eres un bebé para quedarte ahí parado.
—Bebé —dijo Palermo.
—Más bien un cachorro perdido.
—Gerónimo… bebé —insistió.
Daniel suspiró, cansado.
—Sí, Palermo, ve bebé… tú puedes.
Palermo sonrió y salió corriendo, feliz. Daniel lo observó alejarse y murmuró:
—A veces es mejor seguirle la corriente.
Pasaron unos minutos. Palermo regresó corriendo, agitando una sábana blanca.
—¿Qué demonios traes ahí? —preguntó Daniel.
Palermo se acercó, riendo.
—Bebé… Gerónimo —dijo, mostrando un recién nacido envuelto en la tela.
Daniel dio un salto.
—¡Dios santo! ¡Eso es un bebé! ¡Llévate a esa criatura antes de que nos maten a los dos!
—Bebé… Gerónimo —repitió Palermo, confundido.
—¡No, hombre! Ese no es Gerónimo. ¡Eso es un bebé! ¡A menos que te lo vayas a comer!
—Bebé. Gerónimo —insistió.
Daniel lo miró, comprendiendo de golpe.
—¿Este bebé se llama Gerónimo?
Palermo asintió con una sonrisa.
—¡No, animal de la curandera! Me refiero al Gerónimo grande, el viejo.
—¿Bebé grande? —preguntó Palermo.
—¡No, bruto! ¡El Gerónimo adulto, el de verdad!
Palermo pensó unos segundos, luego dijo:
—Ahhh… grande y viejo.
—¡Bingo! ¡Ese! ¡Ve por él!
Un olor desagradable lo interrumpió.
—¿Qué es ese olor, sudas mierda ahora? —preguntó Daniel.
Palermo se encogió de hombros y miró al bebé.
—Puto bebé.
—¡Llévatelo! —gritó Daniel—. Huele a tu madre…
Palermo se rió y se fue corriendo, luego se tocó la parte trasera del pantalón.
—Palermo perdón puto bebé —le dijo al bebé, y siguió su camino.
Poco después regresó empujando una carretilla. Dentro venía un anciano de barba canosa, sin camisa, con pantalones negros y cara de pocos amigos. Daniel y el anciano se miran como si estan preparados para un duelo en el viejo oeste.
—Me imagino que usted es Gerónimo —dijo Daniel.
—El mismo —respondió el viejo, molesto.
—¿Acaso todos aquí se llaman igual?
—¿Y eso qué diablos quiere decir? —gruñó el anciano.
Daniel se puso nervioso.
—Nada señor. Solo que parece un nombre común.
—¿ Y los caras de ganso en calor como tú también son comunes? —replicó Gerónimo.
Daniel tragó saliva.
—Disculpe, no quise ofenderlo.
—¿Ofenderme? ¡Estoy en una carreta muchacho!
—No tengo la culpa de que este idiota lo haya traído —dijo Daniel, señalando a Palermo.
—Cuida tu lengua mocoso —gruñó Gerónimo—. Palermo parece un sabio a tu lado.
—Sí, un sabio… pero de los caníbales —murmuró Daniel.
El viejo intentó levantarse, pero la carretilla se tambaleó.
—Solo le pedí que me trajera a Gerónimo, y me trae a usted —dijo Daniel.
Palermo señala al anciano.
—Ese puto Gerónimo viejo.
—¡Puta tu madre Palermo! —gritó el anciano.
—¡Puta chica gritona perdida! —respondió Palermo, señalando a Daniel.
Daniel perdió la paciencia.
—¡Vete a tu pueblo con tu viejo puto, Palermo! ¡Ya me cansé!
El anciano le responde a Daniel.
—Eso es lo que te falta, una puta, para que hables como un hombre.
—Tal vez tenga razón —replicó Daniel, furioso—. ¡Ve, Palermo, búscame una puta, se la regalas al viejo para que siga su puta vida!.
Dicho eso, Daniel se marchó, dejando a ambos atrás. Desde la colina vio el pueblo envuelto en polvo y gritos. La gente discutía mientras los hombres de Hanah desmontaban los viejos negocios.
Entonces, escuchó pasos detrás de él. Palermo regresaba, arrastrando a alguien del brazo. La persona forcejeaba, golpeándolo sin resultado. Al acercarse, Daniel reconoció a Laura, con el vestido cubierto de tierra, respirando agitada.
Palermo la sujetaba del brazo y la señalaba.
—La… puta —dijo con una sonrisa torpe.
Daniel saca una sonrisa, Palermo trajo a alguien que el puede decirle para que busque a Geronimo.
-Muy bien Palermo, hiciste bien. Dijo Daniel contento
Laura lo miró furiosa, luego a Daniel, con una mezcla de rabia y desdén.
Daniel trató de explicarse, pero se quedó sin palabras. Exhausto, se pasó una mano por el rostro.
Laura se cruzó de brazos.
—Ohhh… ¿mandaste a buscar una puta? —dijo con sarcasmo.
Daniel palideció.
—No, no, no es lo que piensas…
—¿Acaso soy tu puta, Daniel Crisco? —escupió Laura, con los ojos encendidos.


