Qué largas se han hecho últimamente las noches en Buenos Aires. Esto no lo mencionan en las noticias, y en las redes no se encuentra más que la basura que esté de moda. Hay una conspiración por parte de seres extraños, esa es la explicación que yo y mis colegas le encontramos a esto. Colegas en San Pablo, Lima, Melbourne y Johannesburgo me confirman que allí también sucede este fenómeno. Mientras que otros en Berlín, Nueva York, Moscú y Sarajevo afirman que allí son los días los que se han alargado. Ayer anocheció a las 18:17, y el sol volvió a despuntar a las 8:26; estamos en pleno verano. En Berlín amaneció a las 5:23 y la luz duró hasta las 21:10. La gente no habla de esto en los medios; están coaccionados por una fuerza extraña, por eso callan. Pero mis colegas y yo, no; nosotros no nos dejaremos dominar.
Por eso ahora nos reuniremos un pequeño grupo. Tenemos que planear nuestra defensa, pues no podemos permitir que estos seres extraños tomen el control del planeta. Así que elegimos el bar de siempre, del colega Aristóbulo Ferreira. Aristóbulo es nuestro guía. Gracias a él conseguí trabajo en una carpintería. Todos le debemos mucho a su iniciativa y dirección.
Llego a la puerta. El bar por supuesto está cerrado; nadie debe interrumpirnos. Llamo a la puerta con un ritmo que usamos como señal, simulando una vieja melodía de nuestra infancia. A los pocos segundos me abren la puerta. Yo era el último en llegar.
—Disculpen la demora, colegas. Tuve que venir con mucho cuidado, ya saben que no se puede…
—Podés ahorrarte las excusas —me respondió Segismundo, con la voz ronca.
—Tenés la voz cada vez peor. Tenés que dejar de fumar.
—Metete en tus asuntos, yo sé qué es bueno o malo para mí.
Con Segismundo siempre es así, es un colega bastante difícil de tratar. Los demás son más llevaderos. Saludo a Romualdo, Néstor, Hortensio, Wenceslao, y por supuesto, a Aristóbulo. Él me ofrece un vaso de whiskey, que es bueno para calentar el cuerpo, dice.
—El que tenga oídos que escuche —empezó Aristóbulo—. Nos están invadiendo.
Su sentencia fue corta, pero nos dejó a todos afectados. Sabíamos muy bien que algo raro estaba pasando, pero que nos lo diga él fue la gota que colmó el vaso. Néstor y Wenceslao comenzaron a hablar por lo bajo, Romualdo hablaba solo, Segismundo afinó las antenas para oírlos bien.
—Por eso —hizo una pequeña pausa para que volvamos nuestra atención a él—, debemos actuar.
De nuevo se detuvo, y comenzamos a murmurar. Segismundo miraba a uno y otro lado tratando de oír lo que decía cada uno. Si hay algo que debo reconocerle, es que tiene un gran oído y es capaz de escuchar varias conversaciones al mismo tiempo. Verdaderamente la naturaleza lo bendijo al darle esos oídos como antenas.
—¿Cuál es el plan de acción, colega Aristóbulo? —preguntó Hortensio. Él es quien más lo aprecia. Si bien todos lo tenemos como guía, para Hortensio, Aristóbulo es casi su dios.
—Debemos atacar —estábamos a punto de ponernos a murmurar, pero continuó de inmediato—, esta misma noche.
—¡¿Pero cómo?! —Hortensio estaba efervescente, como nunca antes.
—No lo haremos solos. Como bien saben, tenemos aliados. Y si nos unimos, haremos la fuerza; venceremos.
—Colega Aristóbulo —interrumpió Segismundo—. No pude evitar oír a mis camaradas, y creo que no están muy convencidos.
—¿Qué decís? Yo jamás desconfiaría del colega Aristóbulo —Hortensio reaccionó enseguida. Segismundo lo remedó. Hoy estaba más agresivo que nunca.
—“Camarada” Segismundo —el tono de Aristóbulo era irónico—. ¿Qué le sucede?
—Nada en particular, colega Aristóbulo.
—No nos confunda con marxistas, colega. Aquí no hay “camaradas”.
—Es simplemente un sinónimo. ¿Cuál es el problema, colega Aristóbulo?
—Recuerde lo que las palabras significan para nosotros. No nos interesan los sinónimos.
En los últimos minutos se lo notó muy nervioso a Segismundo. Intervine de inmediato.
—Colega Aristóbulo, ya sabe cómo es él. Déjelo pasar.
—Usted también, Pólipo. ¿O debería llamarle José? —no sé cómo debo de verme. Pero mi expresión ahora mismo debe ser espantosa—. ¿De verdad creyó que su farsa duraría mucho?
—¿De qué habla, Colega Aristóbulo? —su perrito faldero, Hortensio, se le colgó de los brazos mientras le preguntaba.
—Estos dos: Segismundo, cuyo nombre real desconozco, y Pólipo, llamado en realidad José, son humanos.
El pavor llenó la habitación. Hortensio comenzó a correr de un lado a otro, Néstor se tomaba la cabeza con las manos, Romualdo agarraba a Wenceslao que quería venir a golpearnos.
—¡Patrañas! —gritó Segismundo—. Soy tan ganimediano como usted, incluso más.
—Recite el abecedario ganimediano entonces.
Segismundo se quedó de piedra, boquiabierto. Aristóbulo sonrió confiado de su victoria.
—No tenemos alfabeto en Ganímedes —contesté. Todos se detuvieron de lo que fuera que estuvieran haciendo y me miraron—. Usted, usted no es el colega Aristóbulo, es un farsante.
—¡¿Cómo?! No puede ser. Colega Aristóbulo, diga que no es así, se lo ruego, por Dios—lloró Hortensio.
Todos lo miramos con los ojos abiertos como platos voladores. Enseguida se dio cuenta.
—¡No! Quise decir… “Dios” es tan solo una forma… es… una mala costumbre, que se me pegó por tratar tanto con los humanos.
—Tranquilo, Hortensio. Sabemos que eres tan ganimediano como nosotros. En cambio estos dos…
—¡Momento! —gritó Wenceslao—. A mí me hizo mucho ruido esa expresión. ¿No serán ustedes dos los humanos? Yo estoy convencido de ser ganimediano; y aunque no confío demasiado en Segismundo, no tengo motivos para desconfiar más de él que de ti y de…
—¿Cómo que “ti”? —lo interrumpió Néstor—. Vos nunca usaste el “ti”, o el “tú”, siempre fue “vos”.
—Pero por favor… —se quejó Wenceslao.
—Volvamos a lo importante. Si no tenemos alfabeto en Ganímedes, ¿por qué Segismundo no supo contestar? —dijo Romualdo.
—Yo… por supuesto que sé que no tenemos. Pero toda esta situación…
—Hay que arrancarle los brazos —sentenció Hortensio. Con esto queda claro que él es ganimediano, es una costumbre propia de la cultura.
Wenceslao se opuso a la idea, Aristóbulo se puso a favor, Romualdo quería interrogarlo, Néstor pidió calma y que antes debíamos interrogar a Wenceslao. Comenzó un ida y vuelta entre todos. Gritos, insultos tanto en español como en ganimediano. Yo intento prestar atención a alguno de esos insultos para poder usarlo, pero me suenan ininteligibles. Finalmente me doy cuenta de que esto no me va a llevar a ningún lado; debo actuar como debo actuar en un momento así. Saco mi revólver y le disparo a Aristóbulo en el pecho. La sangre le empapa la camisa blanca y él se desploma sobre una silla.
—Sangre roja… —murmura Hortensio—. Era humano.
Nos quedamos un momento obnubilados. Nadie dice nada. Nadie se mueve. Hasta que Romualdo amaga quitarme el arma, y le encajo un tiro en la garganta. Otra vez sangre roja.
—Romualdo también… —Hortensio levantó la mirada, asustado—. Espera, Pólipo… José, José. Espera por favor, yo también soy humano.
—Matalo —dijo Néstor. Pero le disparo a él también. Y sangre roja de nuevo. Hortensio gritó de puro miedo.
Segismundo saca su revólver y mata a Hortensio.
—wsdlmrghht.
—wsdlmrghht, colega, wsdlmrghht.


