En una de esas revelaciones cotidianas, he vuelto a pensarlo. Sé perfectamente que al opinar así puedo equivocarme —siempre hay que llevar esa premisa por delante—, pero lo importante es creer que lo que dices tiene un peso real y no compararlo jamás con lo que se supone que deberías sentir. En esa comparación hay una línea muy delgada.
No busco decir que cualquier acto sea válido, porque eso nos despeñaría en una especie de narcisismo barato o en una temeridad absurda para justificar lo que hemos hecho mal.
No va de eso. Va de comprender.
Haciendo balance, hoy creo entender por qué desde muy pequeño mi entorno repetía la misma muletilla. Durante la infancia, cuando conocía a la gente, mostraba una fe ciega; quizá la máscara de ese niño interior profundamente inocente. Y ante eso, mi familia —desde la buena fe y el deseo inconsciente de advertirme del peligro, algo del todo lícito— repetían entre risas una frase que se me quedó grabada:
«Es que para ti, él todo el mundo es buena persona»
Visto desde fuera parece una anécdota sin importancia, pero esa frase llevaba consigo un mensaje subliminal, una manipulación indirecta. Te están diciendo, sin saberlo, que tu manera de percibir el mundo está equivocada. Y cuando eres un niño sin argumentos, el golpe va directo a tu autojuicio. Sientes que estás mal. No los culpo, entiendo que era su propia máscara de protección para evitar que me hicieran daño. Pero quienes emiten esos juicios sobre la conciencia ajena suelen ser personas incapaces de ver la complejidad del pensamiento del otro, simplemente porque ni siquiera conocen el suyo. Es facilísimo adaptarse, decir «yo soy así y punto» y dejarse llevar por el ego y la necesidad de pertenecer a la manada.
Hoy tengo una respuesta totalmente distinta. Entiendo que mi subconsciente y mi intuición no estaban errados. Mi llamada «ingenuidad» era, en realidad, una capacidad natural para detectar los rasgos más bonitos de cada ser humano. Creo sinceramente que la bondad o la maldad no entienden de conciencias puras, sino del entorno, de la sociedad y de ese inconsciente colectivo. Todos sabemos en el fondo lo que está bien y lo que está mal. Un cierto grado de egoísmo es sano para no disolverse entre la multitud, para no traicionarse a uno mismo mientras buscas una verdad que te satisfaga.
Aquella ingenuidad que muchos reprimen con los años sigue intacta en mí. Mantengo esa mirada y, por eso mismo, conservo una tendencia natural e inevitable a ponerme siempre del lado del más débil: porque sé exactamente lo que se siente.
Y esto me lleva a la famosa frase: «Uno es él y sus circunstancias». En su día no la entendía, pero hoy le veo todo el sentido… y también su trampa. Hay gente que usa esa idea como una receta de autojustificación moral: «Yo soy así, si he hecho daño me arrepiento, pero son mis circunstancias y no las puedo cambiar». Eso no da claridad, eso ciega. Las circunstancias explican el contexto, claro que sí, pero jamás pueden convertirse en un escudo para eludir la responsabilidad sobre quién decides ser.
Caer en esa trampa nos conduce a un camino de autodestrucción inconsciente y al alejamiento de nuestro propio yo interno; ese yo esencial que es incapaz de juzgar sin antes conocer. Vivimos rodeados de frases hechas, verdades preconcebidas que llevamos casi tatuadas en el subconsciente. Nos sirven de guía, sí, pero el verdadero arte radica en saber desgranarlas para extraer lo bueno que contienen, exactamente igual que hacemos con las personas.
Tampoco pretendo sostener que ver a todo el mundo como una buena persona sea una verdad universal e incuestionable, porque entonces tropezaríamos con la misma piedra y caeríamos en otro dogma. No intento cambiar a nadie. Lo verdaderamente crucial es comprender que no todo el mundo te va a entender y que la mayor muestra de honestidad que puedes tener contigo mismo es darte cuenta de ello y aceptarlo. Eso es lo que de verdad nos reconecta con quiénes somos.
Al final, culpar al de enfrente es fácil y lo hacemos casi sin darnos cuenta. Lo que poquísimas personas logran comprender es que caer en el victimismo es, sencillamente, una máscara de autoprotección tan tentadora como lícita. A ojos ajenos, este fenómeno se interpreta de forma errónea. No justifico el victimismo desde una premisa moral o como una mala praxis intencionada, sino desde esa misma máxima: nadie nace victimista; se nace víctima o las circunstancias te arrastran hasta allí.
Sin embargo, el victimismo usado como arma de destrucción masiva no deja de ser otra coraza desintegradora. El verdadero peligro de este mecanismo radica en dos pilares afilados: primero, en la trampa inconsciente de buscar una validación externa que, tarde o temprano, se va a agotar sí o sí; y segundo, en que conlleva una condena invisible a la soledad más profunda. Y es que la mayoría confunde esa soledad amarga con la verdadera solitud.
Enfrentar los propios miedos, mirar cara a cara a nuestra propia sombra, es un trabajo titánico y de cosecha tardía. Por eso muchas personas solo logran florecer cuando tocan fondo. Si eres capaz de mirarte por dentro y cuestionar el uso que haces de tu propio victimismo, asumes la responsabilidad de cargar con ello, haces las paces contigo mismo y comienzas a sanar.
Y resulta francamente curioso cómo el victimista y el triunfador de escaparate comparten mucho más de lo que estarían dispuestos a admitir: ambos están obsesionados con mostrar aquello que ocultan y, lo más aterrador de todo, ambos luchan desmesuradamente por no verlo ni ellos mismos.
De lo que se trata, al final, es de intentar ser tú, pero con coherencia.


