La tormenta había cedido, las antorchas y fogatas, adornan cada rincon. En medio de un campo abierto y embarrado, Molava se arrodillaba sobre la tierra mojada, magullada, vencida, con el cabello pegado al rostro. Aún sentía en la piel los golpes de Kletus, en cada herida que no terminaba de cerrar. A su alrededor, decenas de soldados estaban como estatuas haciendo un círculo, esperando la muerte de Molava.,

No muy lejos, Milan se ajustaba la capa, mirando a la prisionera con algo entre lástima y desprecio. A su lado, Freniud observaba inquieto a los guardia…

Milan negó con la cabeza.

—¿Qué le pasó a esta mujer Freniud? Mírala… ya está medio muerta.

Freniud con mucha seriedad…

—Kletus dijo que la interrogaba. Pero ya lo conoces, temperamento de perro salvaje. Y ella es una salvaje, nadie pierde.

Los ojos de Milan se entrecerraron.

—Cobardía. Eso es lo que huele aquí.

—Paciencia, Su Santidad —respondió Freniud —. Usted siempre tan sereno. Ella no sabe aquello que usted llama misericordia.

Milan avanzó entre el lodo, Freniud siguiéndolo de cerca. Molava alzó la mirada cuando Milan se plantó frente a ella. Sus labios partidos con una sonrisa fantasmal.

—Estás condenada —dijo Milan, con voz suave pero helada—. Pero tu alma aún puede salvarse. Confiesa tus pecados. Arrepiéntete ante los cielos.

Molava dejó escapar una risa breve, seca, amarga.

—¿Arrepentirme? Empieza tú santo demonio. Hazlo, y entonces confiaré en ti con gusto.

Milan se tensó.

—Soy pecador, mi tiempo llegará. Pero el tuyo, no espera. Pide perdón… o no hallarás sitio en el paraíso.

Ella escupió barro a sus pies.

—Entonces pide perdón tú, por ser autor de tu miserable vida. Pero si se metes su Dios en su culo, lo pensare.

La carcajada de Freniud tronó en la quietud húmeda, burlándose sin pudor de Milan, mientras caminaban alejándose de Molava.

—Se lo dije Milan —. Esa no tiene alma que salvar. Es solo un animal.

Milan se volvió hacia él, con ojos como cuchillos.

—Entonces deberías comprenderla. Una bestia frente a otra.

La risa se apagó. La sonrisa de Freniud se derrumbó como piedra.

—¿Dónde está Kletus? —preguntó Milan.

—Dicen que hay un hombre y una mujer huyendo, quizás los mismos de aquel ataque, segun sigue sus huellas, pero conociendolo, debe de estar en la colina con los demas, mirando su evento.

—Bueno para nada, eso es lo que es. —dijo Milan con desprecio—. Basta. Empezamos sin él. Cortale la cabeza.

Freniud mira a los soldados y después se dirige a Milan.

—El verdugo está con Kletus, debemos esperar.

Milan se inclinó hacia él, voz baja, venenosa—Dime que esto es tu idea de un chiste Freniud. ¿Necesitas a un hombre especial con un hacha bonita para matar a una mujer? Escoge a alguien y punto, si hacen falta tres golpes en lugar de uno, que así sea. ¿De qué sirven estas legiones, si no pueden usar una espada cuando se les ordena?

Freniud cuadró los hombros.

—Habla de respeto, pero lo pisoteas. Soy tu soldado, no tu carnicero. El verdugo conoce su oficio. ¿O quieres que lo haga Sócrates en persona?

Los ojos de Milan chispearon.

—No juegues al ingenioso. Escoge a alguien. Safris tiene sed de sangre. La tendrá, de un modo u otro.

Antes de que Freniud respondiera, dos guardias llegaron corriendo. Uno saludó con puño en pecho.

—Mi señor… algo anda mal, la bruja.

Milan incomodo, lanzó una mirada a Molava ,aún de rodillas, aún con aquella sonrisa de burla, y se volvió para seguir a los guardias, con Freniud a su lado.

Dentro de la carpa de Milan, Serra permanecía tensa, sentada en la sila, junto a una lámpara temblorosa. En la esquina estaba sentada Miera en aquel piso casi lodo, la joven con ojos fieros, con las rodillas contra el pecho, como un animal atrapado en la jaula equivocada.

La voz de Miera cortó el silencio.

—Soy Miera. Ese es mi nombre. ¿Contenta estás, perra?

Serra forzó una sonrisa suave.

—¿Ves? No era tan difícil. Yo soy Serra Sebatis. Hija de Aldo Sebatis… servidora de Fondeur.

Miera sonrie de burla, mirando a Serra, como si fuese un payaso.

—Serra, hija de Aldo bastardo Sabatis…¿Acaso me importa?.

Miera camina hacia Serra, moviéndose con impaciencia. Serra se pone de pie, con temor en sus ojos.

—¿Por qué estoy aquí?

Serra dudó, su voz cuidadosa.

—Por ahora es más seguro. Pasará, ya lo verás. Pronto todo volverá a ser como antes.

Miera soltó una carcajada áspera.

—No me trates como a una niña. Van a matar a Molava, ¿verdad?. Debería estar con ella.

La sonrisa de Serra desaparece. .

—Eres… muy madura para tu edad.

—Y tú —escupió Miera— sigues perdida en tu lindo cuento de hadas. Bonita ropa, palabras dulces… pero todo podrido por dentro.

Serra bajó la vista.

—Tienes razón. No deberías confiar en mí. Soy de otro mundo… uno que ni siquiera yo entiendo.

Miera se inclinó hacia delante, con voz amarga.

—¿Sabes lo que hace falta para ser Fondeur?.Tener aquel veneno que corre por las venas, y la peste que cargas contigo.

El susurro de Serra tembló.

—¿Crees que yo lo soy?

Miera mostró una sonrisa maliciosa.

—¿Lo preguntas… o lo admites?

Serra suspiró…

—Tienes razón, soy quien soy. Pero ¿de qué sirven si no puedo decidir mi propia vida?. Tengo un sueño en esta vida, algo que me gusta, algo que muchas chicas envidian.

La curiosidad atravesó por Miera.

—¿Acaso necesitas un trapo de lagrimas?…Eres tan tonta que me confundes.

Los ojos de Serra brillaron, demasiado ansiosos. Dio un paso hacia ella, pero Miera retrocedió como un gato acorralado. Serra se contuvo, se detiene a medio paso.

—Una dama Real , eso quiero y eso no me permiten.

Miera rió con sequedad, la mirada aguda.

—Te dije, que eres una tonta, que no me importa tu maldita vida…¿Acaso tus pecas te comen tu sentido.?.

Aquellos ojos brillantes de Serra, regresaron a la rutina de la soledad, ella regresa a su lugar, mirando la lampara, como si seria su unico respaldo. Miera nota el cambio de Serra, pero mas su poca intencion de tirar para atras. ¿Acaso Molava y Katizi le mintieron sobre Fondeur?.

—¿Qué diferencia hay entre un esclavo y una dama real?.La única diferencia es que te lo pintan bonito, pero es lo mismo.

La sonrisa de Serra fue nostálgica.

—Eso se llama honor Miera. Es lo que sueña una chica como yo, ser parte de la corona.

La voz de Miera fue de hielo.

—Ellos protegen a los suyos. A nadie más.

—Exacto —dijo Serra, como confesando un secreto—. Seré una de ellos.

—¿Para que te usen?… Katizi es testigo.

Serra parpadeó.

—¿Katizi?

—Katizi dice que nadie te ayuda, solo quieren lo que tienes. Guardas algo cerca, te lo arrancan. Si dices una buena idea, te la roban. Llevas esperanza en el corazón, te la devoran viva. Ellos comen tus órganos poco a poco, hasta dejarte seca.

Serra , llevándose la mano al pecho, con náuseas de asco.

—Katizi… tiene demasiada oscuridad dentro.

Miera la miró fija, fría, segura.

—No. Ustedes son la oscuridad.

—¿Por qué dices “ustedes”? —Dice Serra.

Miera se reclinó, con ojos duros.

—Porque eres Fondeur. Y tu familia real, nos quiere muertos.

—Fondeur es solo una familia.

Miera sonrie.

—Y nunca dejan de buscarnos para matarnos. Siempre encuentra una excusa para robarnos. No me dan lástima tus soldados, sacamos garras porque no nos dejaron otra opción.

Serra busca unas palabras suplicante.

—Tus amigas estan del otro lado de la moneda por alguna razon. Pero puedo hacer algo por ti, vendrás conmigo al convento.

—¿Y quién dijo que quiero tu convento?

Serra se arrodilló en la tierra, depues se sienta a su lado.

—Miera…es tu oportunidad, ahora mismo, es la única. Cambia por unos días tu actitud, y verás que tengo razón.

—Prefiero morir.

—No digas eso.

Miera la miró con frialdad.

—¿Quieres que lo repita?

—Tienes un futuro.

—Futuro se come a la chusma.

La voz de Serra era un ruego.

—Eres fuerte. Estás viva. Podrías ser—

Miera la interrumpió.

—Tú tienes todas las oportunidades. Podrías ser cualquier cosa: reina, madre, maestra. Pero prefieres esconderte tras muros de convento. Yo prefiero morir, prefiero hablar con los árboles, cantar con los pájaros, comer de la tierra, despertar con un aire limpio que diga que soy libre. Eso me basta, pero tu en cambio, lo desperdicias todo. Los cristianos dicen que el mejor regalo es servir a su Dios, pero si existe tu Dios, su regalo no es estar encerrado en el olvido.

Serra quedó en silencio, con los ojos muy abiertos, perdida en una visión que solo ella veía. Miera chasqueó los dedos frente a su rostro.

—¿Sabia que eras una ilucion, tan estupida no puedes ser?.

Serra parpadeó, recuperando el aliento, casi riendo.

—De todos esos sueños que nombraste, olvidaste uno…

Los ojos de Miere se mueven hacia el techo, aburrida del tema, esperando la misma respuesta de Serra. Que con una sonrisa picara le contesta.

— Ser una dama real.