Muy de mañana, el sol declara su presencia sin falta, su vapor y su furor no faltan. Otro de esos días fuertes de calor.
El cielo, limpio y abierto, apenas deja pasar unas pocas nubes que se pierden a lo lejos.
Daniel está sentado mirando el canal.
El agua cristalina refleja la luz como un espejo, y él sonríe con orgullo al recordar el día en que lo limpió junto a Palermo.
Fue uno de los mejores proyectos de Gerónimo, y de los pocos que realmente lo hicieron sentir útil.
A lo lejos, una figura se acerca.
Rita viene con un trapo amarrado a la cabeza, cubriéndose el pelo con fuerza.
Lleva una blusa blanca, pantalón corto de tela marrón, sandalias gastadas.
Tiene polvo en la ropa: señal clara de que viene del trabajo en su tienda.
Enciende un cigarrillo, lo fuma con lentitud, exhalando el alivio.
Mira a Daniel, que sigue contemplando el agua.
—Buenos días, Daniel.
—Buen día, señora Rita.
—Ay, estoy muerta del cansancio… y todavía es temprano. Esto no es para mí.
—Si quiere, le ayudo.
Rita sonríe, con ese gesto que mezcla cansancio y picardía.
—Gracias, pero tengo manos de sobra. El problema es que no me dejo ayudar. Me gusta estar ocupada, no soy de quedarme plantada.
—Cualquier cosa que necesite, aquí estoy.
—Eso mismo me dijo Gerónimo… que contigo se puede contar.
—Así es.
Ella lo mira con curiosidad.
—Pero dime, ¿no tienes tus propios planes? No puedes pasarte la vida ayudando a otros.
Daniel baja la mirada, pensativo.
—Ese es el problema… no sé qué hacer con mi vida.
—No te digo que corras a decidir, pero deja que las cosas te lleguen. Ya empezaste bien.
—¿A qué se refiere?
—A tu declaración de anoche.
Daniel se pone tenso, nervioso.
—Se me escapó… no debió pasar.
—No digas eso. Eso salió del corazón. Fue la pura verdad. Y el problema es que ella también lo sabe.
—No creo que piense así.
—Mmm… ten cuidado Daniel. La bofetada fue un insulto, sí… pero también fue porque la dejaste sin palabras. Y eso, créeme, no siempre es bueno.
Daniel guarda silencio. Mira el agua, queriendo hablar, pero no se atreve. Rita lo nota.
—Mira este canal —dice—. Yo vengo aquí por eso. Medito mis problemas y mis pecados, y el agua se los lleva. Así nadie más los carga.
Daniel se levanta, la mira con decisión.
—Una vez pasó por mi casa a leer un libro —dice casi en un suspiro—. Su expresión se volvió luz. Creo que me enamoré en ese instante… y quiero vivirlo todos los días.
Rita sonríe, sorprendida.Daniel sigue.
—No lo entiende —sigue él—. Tiene todo lo que nadie quiere, pero esconde algo que me fascina.
—No puedes unirte a alguien solo por un detalle Daniel. Eso puede marcarte para siempre.
—Tal vez… pero es la única persona con quien puedo hablar de verdad.
—¿Y te interesa quién es, o lo que te hace sentir?
—Ambas cosas.
Rita asiente con una sonrisa suave.
—Bien. Eso quería escuchar. Pero prométeme una cosa… no vuelvas a mencionarlo.
Rota le da un beso en la mejilla y se aleja rumbo al pueblo.
Rita camina entre el polvo del camino. Pasa junto a Santos, que descarga un camión. Él la sigue con la mirada.
—Alteza… bonitos son los ojos que alumbran al verla.
—Me imagino que tiene mucha gente en su cantina, ¿no?
—Tengo mis buenos y mis malos días —responde con tono engreído—. Pero no me quejo de mi posición.
—Dígame algo, don Santos.
—Santito, por favor… y si me permite decirlo, soy casi de su propiedad. Una boca como la suya y ese pelo con olor a perfume… eso no se encuentra, su alteza Rita.
—¿Eso fue un acoso o un halago?
—Depende… ¿se sintió acosada o halagada?
Ella sonríe y sigue su camino.
Santos se queda viéndola, hasta que Paul se le acerca.
—¿Cuál es su historia? —pregunta Paul.
Santos suelta una carcajada.
—Dinero amigo. Dinero. Se arropa con billetes, y por eso los maridos no le duran. No se puede competir con una mujer así.
—Eso no quiere decir que esté sola.
—No gordito… esta es leyenda viva.
Santos ríe a carcajadas y vuelve a su cantina. Martha se acerca, disgustada.
—No entiendo por qué tanto escándalo. Es una mujer cualquiera.
—Queremos que sea una cualquiera.
—¿Qué?
—Digo… que es como todas. De sangre y hueso.
Martha lo mira con sospecha mientras él se aleja.
Randy llega al canal, Daniel sigue sentado, medio dormido.
—Ey, hermano, mi jefa me dijo que andabas por aquí.
—Randy.
—Sí, pana. Necesitaba aire fresco. En la ciudad las miradas me están matando compay.
Daniel sonríe.
—Pues según Polak, este canal va a traer animales e indios… no estás libre de peligro.
—¿Indios? ¡Tch! Eso e’ folclore mi hermano.
A lo lejos, Palermo aparece corriendo. Daniel se levanta rápido, preocupado.
—Diablos… llamé al otro problema.
—¿Y ese quién e’? —pregunta Randy—. Mira, parece un toro disfrazado , ¡mira cómo levanta polvo!
—Créeme, será mejor irnos.
—Ah, mira cómo hablan del negro ustedes, y los maleducaos son otros.
—Randy, créeme, este no se ofende…
—Tú lo dices porque tienes a tu fiera amiga. Pero yo necesito panas de esa tribu también.
Palermo llega, mira a Randy de arriba abajo, curioso.
Randy se ríe.
—Sí, sí, soy un negrito, tranquilo. Mire todo lo que quiera, no cobro por el espectáculo.
Palermo le da vuelta, lo toca y salta como si le diera corriente.
Randy estalla en risa.
—¡No, hombre! No soy fantasma, ni brujo, ni sombra. Soy carne, compay.
Daniel intenta intervenir.
—Palermo,no—
—Deja que el muchacho haga lo suyo —interrumpe Randy. Ellos viven su vida, yo soy visita, me quedo quieto.
—¿Quieto? Ese oso no respeta la quietud.
—Ah, ya. ¿Y tú crees que porque soy negro soy inútil? Eso sí es discriminación mi hermano.
Palermo le huele el brazo y empieza a lamerle la piel.
Randy ríe a carcajadas.
—¡Ay! ¡Eso hace cosquilla hermano!
—Palermo, déjalo, no te lo vayas a comer.
—¿Comer? ¡Mira eso! Ya le estás diciendo caníbal. Discriminación otra vez.
Randy empieza a bailar, y Palermo lo imita, aplaudiendo y brincando.
Randy ríe, contagiado.
—Mira eso… un niño grande. No lo juzgues, mi hermano.
Daniel suspira.
—No es lo que crees.
—¿Y qué? ¿Este negro no puede entender?
De pronto, Randy se sube a la espalda de Palermo, que empieza a correr riéndose, como un caballo feliz.
Los dos desaparecen entre risas rumbo al pueblo.
Daniel queda solo.
El viento sopla, el canal brilla.
Pero algo a lo lejos llama su atención, un jinete.
Cree que es Polak, pero hay algo extraño, algo que no encaja.
El hombre parece cubierto por un disfraz.
Daniel entrecierra los ojos… y distingue plumas, pintura.
Un indio.
Daniel corre sin mirar adelante, y se golpea contra un árbol.
Cae inconsciente.


