Capítulo Ill: El brillo de las calderas y la firma del sabio

​Las semanas previas a los T.I.M.O.s se convirtieron en un hervidero de pergaminos, olor a tinta seca y noches en vela en el castillo. Mientras la mayoría de los estudiantes de quinto año sucumbían al pánico, Alan se movía por los pasillos con una tranquilidad que despertaba admiración y recelo a partes iguales.

​En la clase de Elaboración de Pócimas, el profesor Horace Slughorn caminaba entre las filas de calderos, ajustándose el chaleco de terciopelo. Al llegar a la mesa de Alan, se detuvo en seco. Sobre la superficie de trabajo, un Filtro de la Paz emitía un vapor en espirales perfectas, con una tonalidad plata resplandeciente que rozaba la perfección de un maestro.

​—Por las barbas de Merlín… —murmuró Slughorn, sacando su monóculo para examinar la poción de cerca—. Muchacho, esta consistencia… no has seguido las instrucciones del texto estándar, ¿verdad?

​—Hice una pequeña modificación en el orden de maceración de los granos de ajenjo, profesor —explicó Alan con elegancia, secándose las manos con un paño limpio—. Al ralentizar la cocción, la toxicidad baja y la solución alcanza la estabilidad en la mitad del tiempo.

​Slughorn parpadeó, fascinado. Miró el rostro despejado de Severus, el cabello pulcro y la postura erguida que desde hacía semanas venía notando con asombro.

​—Snape… ¡esto es sencillamente brillante! Una intuición alquímica de primer orden —exclamó Slughorn, dándole una palmada entusiasta en el hombro—. Debes acompañarnos este viernes. Preparo una pequeña reunión con mis alumnos más prometedores. Un cenáculo de mentes brillantes, ya sabes. ¡No puedes faltar!

​La famosa cena del Club de las Potencias se celebró en el despacho de Slughorn, bellamente decorado con cortinas de seda y luces mágicas flotantes. Alan asistió vistiendo una túnica de corte impecable, sobria pero refinada, financiada gracias a sus primeros pedidos por lechuza de reactivos raros.

​A mitad de la velada, Alan se encontraba en el centro de un pequeño grupo de invitados. Un editor del Diario del Profeta, amigo personal de Slughorn, lo escuchaba con franca devoción mientras Alan explicaba con humor y soltura las fallas teóricas de los textos académicos actuales.

​—Le aseguro, señor Barnaby, que la sección de alquimia del diario se beneficiaría enormemente de un enfoque más práctico —decía Alan con una sonrisa tranquila, haciendo reír a dos chicas de Ravenclaw de sexto año que escuchaban atentas su conversación.

​—¡Es una idea fantástica, Snape! —respondió el editor, dándole una tarjeta de visita—. Envíeme una columna de prueba esta misma semana. Si es la mitad de incisiva que su charla de hoy, tiene un espacio fijo garantizado.

​A unos metros de distancia, Lily Evans, ataviada con su mejor vestido formal, apretaba la copa de zumo de calabaza entre las manos. Observaba a Alan reír, desenvolverse con elegancia entre adultos influyentes y cautivar la atención de las estudiantes mayores. Un choque de emociones extrañas, profundas y molestas le apretaba el estómago. Jamás imaginó ver a Severus siendo el centro de atención, deseado y elogiado por su encanto y madurez. “¿Por qué me molesta tanto?”, se recriminó a sí misma en silencio, sintiendo un nudo de amargura al darse cuenta de que él parecía estar completamente bien sin ella.

​Sin embargo, detrás de la fachada encantadora de Alan, una tormenta interna comenzaba a gestarse.

​Al mirar la copa en su mano, la mente de Alan chocó contra el problema que había estado posponiendo inconscientemente: Voldemort. La guerra inminente. La marca en el brazo de sus compañeros. La muerte de los Potter. La destrucción que se avecinaba. Por un segundo, una ola de terror visceral y resentimiento ciego —los residuos emocionales del Severus original— amenazó con romper su compostura.

​“No voy a ser su mártir. No voy a ser el peón de nadie”, se repitió Alan mentalmente, reprimiendo las emociones del viejo Snape con pura fuerza de voluntad.

​Al volver esa misma noche a la Sala de los Menesteres buscando un libro avanzado sobre Oclumencia, Alan descubrió una amarga realidad: la sala materializaba espacios e ingredientes físicos conocidos, pero no podía crear tomos de magia mental profunda que nunca hubieran cruzado sus puertas. La sala no era omnipotente; tenía límites claros.

​Consciente de que la Oclumencia era su única salvaguarda real contra los intrusos mentales como Voldemort o Dumbledore, Alan tomó una decisión madura. Al día siguiente, aprovechando el favor académico que se había ganado, se presentó en el despacho de Slughorn y solicitó formalmente un pase firmado para la Sección Prohibida de la biblioteca, argumentando sus investigaciones para la columna del Diario del Profeta. Slughorn, maravillado con el talento de su alumno estrella, firmó el permiso sin dudarlo.

​Con los exámenes terminados y el permiso en mano, Alan contempló el cierre del curso. El regreso a Spinner’s End y la casa familiar en verano era inminente; tendría que enfrentar los problemas domésticos y la miseria de su hogar mortal, pero ahora lo haría armado con conocimiento, contactos externos y la firme resolución de cambiar su destino.

​El traqueteo metálico del Expreso de Hogwarts marcaba el ritmo de la despedida del año escolar. En un compartimento privado del último vagón, Alan mantenía sobre las rodillas un pesado volumen con encuadernación de cuero negro desgastado: Fortalezas de la Mente: Tratado de Oclumencia Arcaica, extraído directamente de la Sección Prohibida con la firma de Slughorn. Mientras el paisaje verde de las colinas rodaba al otro lado del cristal, Alan practicaba la construcción de barreras mentales, reteniendo el flujo de sus pensamientos y aislando las llamaradas de ira del viejo Severus bajo una capa de serenidad fría y metódica.

​La puerta del compartimento se deslizó de golpe.

​Lily Evans estaba allí. Llevaba una pequeña maleta de mano y la respiración ligeramente agitada. Miró a Alan, luego al libro prohibido en su regazo, y finalmente apretó las manos contra el marco de madera.

​—Tenía que hablar contigo antes de llegar a Londres —dijo Lily, intentando que su voz sonara firme, aunque el temblor en sus pestañas la delataba—. En la cena de Slughorn… te viste muy… cómodo. Te vi riendo con esas chicas de Ravenclaw y hablando con ese editor del Profeta como si llevaras toda la vida haciéndolo.

​Alan cerró el tomo de Oclumencia con un golpe seco pero controlado, colocándolo a su lado antes de mirarla a los ojos.

​—Es útil construir alianzas legítimas, Lily —respondió Alan con voz serena y sin atisbo de sarcasmo—. El mundo fuera de este tren se está volviendo peligroso. Depender del talento propio y de buenos contactos es la única forma de no terminar siendo carne de cañón.

​Lily dio un paso hacia el interior del compartimento, cruzando los brazos en un gesto defensivo. Una mezcla de celos mal digeridos, nostalgia y una punzada de rabia por la distancia que él mantenía la quemaba por dentro.

​—Pareces otra persona, Severus. De verdad. A veces siento que el chico con el que crecí en Cokeworth murió de la noche a la mañana. Te ves tan… autosuficiente. Como si no necesitaras a nadie. Como si no me necesitaras a mí en absoluto.

​Alan se puso de pie lentamente, manteniendo una distancia prudente pero ofreciéndole una mirada de auténtica compasión humana.

​—No se trata de no necesitar a nadie, Lily. Se trata de aprender a caminar sobre mis propios pies. Tú elegiste tu camino y yo el mío. Me alegra que estés a salvo, pero mi vida ya no gira en torno a tu aprobación. Te respeto demasiado como para mentirte o suplicarte.

​Lily se quedó inmóvil, impactada por la madurez implacable de sus palabras. Antes de que pudiera responder, unas zancadas pesadas resonaron en el pasillo exterior. James Potter y Sirius Black se asomaron por la puerta abierta.

​—¿Pasa algo aquí, Lily? —preguntó James, mirando de reojo el libro prohibido de Alan con resentimiento—. Vimos que entrabas sola. Si este tipo te está molestando…

​—Nadie me está molestando, James —interrumpió Lily sin girarse, con la voz cargada de una frialdad que dejó a Potter helado—. Estábamos hablando. Por favor, vuelvan a su compartimento.

​Sirius soltó un bufido despectivo, mirando a Alan de arriba abajo.

​—Miren al gran colaborador del Diario del Profeta. Oí que le vendiste humo a Barnaby en la cena. Disfruta tu minuto de gloria, Snape. En cuanto la gente se dé cuenta de la casa a la que perteneces, tu columnita en el periódico va a terminar en la basura.

​Alan no cayó en la provocación. Se limitó a sonreír con una leve inclinación de cabeza, sereno y superior.

​—El tiempo lo dirá, Black. Buen viaje a ambos.

​James apretó los dientes, sintiéndose desarmado ante la falta de reaccion del nuevo Severus. Jaló del brazo de Sirius y se retiraron por el pasillo, mientras Lily, tras dedicarle una última mirada llena de preguntas no formuladas a Alan, cerró la puerta y regresó en silencio a su asiento.

​Al caer la noche, la estación de King’s Cross quedó atrás y Alan cruzó la barrera hacia el mundo muggle. Viajó en tren ordinario hasta el viejo pueblo industrial de Cokeworth, donde las chimeneas de ladrillo rojo escupían un humo denso sobre el río oscuro.

​Al llegar al número 19 de Spinner’s End, la puerta de madera carcomida crujió bajo su mano. El olor a humedad, alcohol barato y sopa rancia lo recibió en el recibidor.

​En el salón, entre la penumbra, su padre, Tobias Snape, estaba sentado en un sillón raído con una botella de ginebra a medio consumir sobre la mesa. Su madre, Eileen Prince, permanecía encorvada en la cocina, con el rostro avejentado por el miedo y la miseria.

​—¿Ya llegaste, muchacho? —gruñó Tobias, levantándose torpemente con la mirada inyectada en sangre—. Trae esa maleta aquí. Espero que hayas traído dinero de ese colegio de locos. No pienso mantener a dos vagos este verano.

​Tobias dio un paso amenazante hacia Eileen, haciendo amago de levantar la mano. En el pasado, el viejo Severus se habría encogido de miedo o habría respondido con un chillido de rabia impotente.

​Alan dio tres pasos firmes hacia el centro de la habitación. No sacó la varita —estaba bajo el Rastreo de menores—, pero la presencia que proyectaba inundó el salón con una autoridad implacable. Su mirada madura, fría y serena fijó los ojos de Tobias con una fuerza física tangible.

​—Baja la mano, padre —dijo Alan. La voz sonó profunda, baja y tan cargada de una amenaza tranquila que el hombre ebrio se congeló en el sitio.

​—¿Qué dijiste…? —balbuceó Tobias, descolocado por la postura erguida y el impecable aspecto de su hijo.

​—Dije que se acabaron los gritos y los golpes en esta casa —continuó Alan, dando un paso más hacia él—. A partir de hoy, las cosas van a cambiar. Tengo un trabajo formal escribiendo para una publicación importante. Traeré dinero real a esta mesa, pagaré los servicios y compraré comida decente. Pero a cambio, tú no volverás a tocar a mi madre ni a alzar la voz en esta casa. Si lo haces, me encargaré de que termines en una celda muggle antes de que vuelva a amanecer. ¿Nos hemos entendido?

​Tobias miró la determinación en los ojos de su hijo. La serenidad de Alan no era la de un muchacho asustado, sino la de un hombre adulto que sabía exactamente cómo destruir la vida de un matón de poca monta. El anciano ebrio tragó saliva, soltó la botella sobre la mesa y se dejó caer de nuevo en el sillón, mascullando maldiciones en voz baja pero vencido por completo.

​Eileen miró a Alan con lágrimas en los ojos, temblando al ver cómo la sombra que durante años había asfixiado el hogar se disipaba ante la firmeza de su hijo.

​Durante las semanas siguientes, Spinner’s End se transformó. Alan limpió el hogar, reparó los muebles rotos utilizando métodos manuales y la ayuda discreta de su madre, y convirtió la pequeña mesa del piso superior en su despacho de verano.

​A mediados de julio, la lechuza del Diario del Profeta golpeó el cristal de su ventana. Traía la edición matutina y un sobre de pergamino pesado con el sello de la redacción.

​Alan desplegó el periódico. En la tercera página, bajo un titular elegante, figuraba su primer artículo: Principios de Alquimia Moderna: La Estabilización de Fluidos Volátiles en Soluciones Estándar, firmado por Severus Snape. Junto al artículo venía una carta de agradecimiento del editor adjunto y un cheque de transferencia por quince galeones de oro.

​Había ganado su primer dinero propio de forma completamente legítima. Tenía renombre académico, independencia económica y un pie firme en la sociedad mágica fuera del colegio.

​Esa misma noche, Alan se sentó en su cama frente al espejo. Cerró los ojos y se sumergió en el espacio de su propia mente.

​Utilizando los principios de Oclumencia estudiados en el tren, comenzó a erigir la estructura definitiva de su guardia mental. Visualizó su mente como una gran biblioteca de mármol donde cada recuerdo del futuro, cada pensamiento sobre Voldemort y cada estrategia para salvar a los Potter estaba guardado bajo llave en estantes invisibles, recubiertos por un muro de pensamientos cotidianos, amables y serenos.

​Cuando abrió los ojos, su mirada reflejada en el cristal era un lago tranquilo, inexpugnable. Ni la Legeremancia de Dumbledore ni la intrusión oscura de Voldemort podrían atravesar esa barrera sin enfrentarse a un maestro.

​El Príncipe Mestizo no solo había cambiado su imagen y su presente; había tomado las riendas de su propio destino, listo para el sexto año en Hogwarts.

​Tres semanas después de la primera tregua, el hedor a ginebra rancia volvió a llenar el vestíbulo de Spinner’s End. Tobias Snape, tambaleándose sobre la alfombra raída, apretaba los puños mientras balbuceaba acusaciones incoherentes sobre el dinero y la comida. Sus hábitos de alcohólico no iban a desaparecer por unas cuantas palabras firmes.

​Alan no alzó la voz ni buscó su varita. Caminó tranquilamente hacia la cocina, tomó un vaso de cristal grueso y regresó al salón, colocándolo en la mesa frente a Tobias.

​—Mira esto, padre —dijo Alan con un tono tan tranquilo que parecía el de un profesor explicando una lección básica.

​Sin tocar la madera, Alan ejerció una presión mágica invisible sobre el cristal. El vaso no explotó: se deformó despacio, retorciéndose como cera caliente antes de colapsar en una masa informe de polvo fino que se esparció por la mesa sin hacer ruido.

​—Un infarto de miocardio parece una muerte natural para los médicos muggles —dijo Alan, mirando fijamente a los ojos desorbitados del viejo ebrio—. Un paro respiratorio durante el sueño no deja marcas en los pulmones. Un hombre de tu edad, con el hígado destrozado por el alcohol, puede sufrir un colapso en cualquier momento y nadie en este pueblo haría una sola pregunta. La policía muggle firmaría el acta de defunción en diez minutos y yo saldría de este lugar sin un solo rasguño en mi expediente.

​Tobias sintió cómo el aire se le congelaba en la garganta. La magia no era un truco de circo ni una amenaza infantil; era una fuerza absoluta e impune parada en medio de su salón. Retrocedió dos pasos hasta que la espalda le dio contra la pared, asintiendo lentamente mientras la borrachera se le disipaba por puro terror. No volvió a alzar la mano ni la voz durante el resto del verano.

​Esa misma noche, al intentar practicar Oclumencia en su habitación, Alan notó algo inquietante. Sus barreras mentales se levantaban con una precisión milimétrica, pero al hacerlo, su pensamiento se volvía rígido, robótico, desprovisto de empatía. Se sentía como una máquina procesando datos. “Esto no funciona”, pensó, despejando la frente. “Severus se volvió un pilar de piedra por esto. Si pierdo la calidez y el sentido del humor, no soy más que otro autómata.” Dedicó los días siguientes a reestructurar el encantamiento, cambiando la muralla estática de piedra por una red fluida, un mar interior que absorbía las emociones sin congelarlas, permitiéndole mantener su vitalidad y madurez sin sacrificar la protección de su mente.

​El sol del atardecer teñía de un rojo sucio las calles de ladrillo de Cokeworth. Alan caminaba hacia la zona de casas más acomodadas, ajustando el cuello de su camisa. Había un cabo suelto en la memoria del Severus original que no dejaba de molestarle: Petunia Evans. Recordaba cómo el viejo Snape la había despreciado de niña, llamándola “muggle” con asco y alimentando en ella un resentimiento ciego contra la magia que años más tarde terminaría pagando un niño inocente bajo la escalera de Privet Drive.

​Se detuvo frente al jardín cuidado de la familia Evans y llamó a la puerta.

​Petunia abrió. Llevaba el cabello recogido y una expresión dura en el rostro. Al reconocer al chico flaco de Spinner’s End, sus labios se contrajeron en una mueca de absoluto rechazo.

​—¿Qué quieres aquí, Snape? —espetó Petunia sin darle tiempo a hablar—. Si vienes a buscar a mi hermana, no está. Y no quiero nada de tu especie rondando mi casa.

​—No vine a ver a Lily, Petunia —respondió Alan con una voz pausada, mirando su rostro con sincera madurez—. Vine a hablar contigo.

​Petunia cruzó los brazos, firme en el umbral.

​—No tengo nada que hablar contigo.

​—Solo tomará un minuto —dijo Alan, manteniendo una distancia educada—. Quería pedirte disculpas. Cuando eramos niños, te traté con una arrogancia estúpida. Te hice sentir menos por no tener magia y me burlé de ti cuando solo tenías curiosidad. Fue una conducta cobarde e inmadura por mi parte. La magia no hace a nadie superior, y yo fui un idiota por usarla como excusa para herirte.

​Petunia lo miró, completamente descolocada. La disculpa no encajaba en absoluto con la imagen del chico rencoroso que solía espiarla detrás de los árboles. Sin embargo, el resentimiento de años era una costra demasiado dura para romperse con un par de frases elegantes.

​—Guárdate tus palabras, Snape —respondió Petunia, aunque su voz carecía de la agresividad inicial, teñida ahora de una amargura seca—. Tus disculpas no cambian nada. Ustedes y su “mundo especial” solo traen problemas. No me busques otra vez.

​Cerró la puerta de golpe. Alan suspiró, pero sintió un peso menos en la conciencia. Al dar media vuelta para regresar a la calle, no notó que detrás de la cerca de seto del jardín vecino, Lily permanecía inmóvil. Había estado regresando de la tienda y había escuchado cada palabra de la conversación desde las sombras. Su pecho se apretó con un nudo de confusión y dolor. Ver a Severus humillarse sinceramente ante su hermana, buscando reparar un daño antiguo sin pedir nada a cambio, destruía el último bastión de resentimiento que le quedaba contra él.

​Mientras Alan caminaba de vuelta a Spinner’s End, en la mansión de los Malfoy, bajo la penumbra de un salón iluminado por velas negras, Mulciber y Avery hincaban la rodilla izquierda sobre el suelo de mármol. El ardor de la piel quemada en el antebrazo aún les hacía temblar la carne. La Marca Tenebrosa brillaba con un rojo vivo y sanguinolento sobre sus pieles.

​Una figura de túnica negra y voz siseante se inclinó sobre Mulciber.

​—En Hogwarts… —murmuró la sombra—. El colegio debe empezar a sentir el miedo. Haz que la sangre sucia y los traidores entiendan que su tiempo se acaba. Comienza por los más débiles.

​Mulciber apretó los dientes, sintiendo el poder oscuro recorrer sus venas, con la imagen de Severus Snape fija en su mente como la primera cuenta que pensaba saldar al regresar a las mazmorras.

​Esa misma noche, la última antes de abordar el Expreso de Hogwarts, Alan se sentó en la pequeña mesa de la cocina frente a su madre. Eileen Prince tomaba un té caliente con las manos temblorosas, mirando la maleta de su hijo lista junto a la puerta.

​—Madre —dijo Alan, cubriendo la mano de Eileen con la suya. La voz de Alan era cálida pero implacable en su claridad—. Mañana me voy a Hogwarts para mi sexto año. Tengo dinero propio, tengo un camino trazado y no voy a volver a esta casa.

​Eileen levantó la vista, asustada.

​—Severus… es tu hogar…

​—No, madre. Esto no es un hogar, es una celda —la interrumpió Alan con suavidad—. Tobias se mantendrá a raya porque me tiene miedo, pero la decisión de tu vida es tuya. No puedes seguir viviendo entre botellas rotas y miseria por costumbre. Tienes talento, eres una bruja de sangre pura de la casa Prince y estás dejando que tu vida se pudra por pura resignación.

​Alan sacó un pequeño saco con diez galeones y lo puso sobre la mesa.

​—Este dinero es para ti. Si decides dejar a este hombre, busca un alquiler pequeño en el Callejón Diagon o en Hogsmeade. Si me escribes diciendo que lo dejaste, me haré cargo de todos tus gastos hasta que vuelvas a valerte por ti misma. Pero si decides quedarte aquí, aceptando esta vida miserable… yo no regresaré. No voy a ver cómo te destruyes. La decisión es tuya, madre.

​Eileen miró las monedas de oro, luego los ojos limpios y maduros de su hijo, y por primera vez en quince años, una chispa de dignidad volvió a encenderse en el fondo de su mirada.

Capítulo IV: Perspectivas en el Expreso

​El vagón central del Expreso de Hogwarts olía a vapor, hojaldre de calabaza y la excitación habitual del inicio de sexto curso. Sin embargo, en dos compartimentos distintos de la casa Gryffindor, el ambiente estaba lejos de ser festivo.

​Lily Evans permanecía sentada junto a la ventanilla, mirando el paisaje sin ver las colinas que rodaban al otro lado. Tenía la barbilla apoyada en la palma de la mano y el pecho oprimido por un peso desconocido. La imagen de Severus frente a la puerta de su casa en Cokeworth no se le borraba de la mente. Lo había visto humillarse ante Petunia, con la cabeza en alto pero la voz limpia de toda la arrogancia del pasado. Había pedido perdón sin esperar recompensa, sin saber que ella lo escuchaba detrás del seto.

​“Severus…”, pensó Lily, cerrando los ojos mientras apretaba los puños sobre su túnica de Prefecta. “¿Quién eres ahora? ¿Por qué tuviste que cambiar justo cuando te dejé ir?”. La amargura de darse cuenta de que él estaba sanando solo, sin necesitar su perdón ni su guía, la hacía sentirse extrañamente descartada.

​Tres vagones más adelante, James Potter giraba la manija de su varita entre los dedos con una frustración que amenazaba con romper la madera. Sirius Black estaba reclinado enfrente, con las botas sobre el asiento y una mueca de disgusto. Remus Lupin intentaba leer un libro sobre Criaturas Mágicas, pero la tensión en el espacio hacía imposible la lectura.

​—Está jugando con todos nosotros, Lunático —dijo James por tercera vez en la hora, pasándose la mano por el cabello revuelto—. Ese artículo en el Diario del Profeta fue suerte. Una casualidad. Slughorn se está dejando engañar porque es un anciano vanidoso, pero Quejicus sigue siendo el mismo Slytherin de siempre.

​—James, déjalo en paz —dijo Remus suavemente, alzando la vista del libro—. No ha buscado problemas en todo el verano. Se disculpó públicamente, cortó lazos con Mulciber y está haciendo su propia vida. Si sigues persiguiéndolo, la profesora McGonagall no va a ser tan paciente como el curso pasado.

​—No se trata de eso —siseó Sirius, inclinándose hacia adelante—. Mis primos en Slytherin dicen que Mulciber y Avery están raros. Que recibieron cartas del norte antes de subir al tren. Si Snape está metido en algo con ellos, tenemos que saberlo antes de llegar al castillo.

​A la mitad del convoy, en el corredor de los estudiantes de primer año, la temperatura cayó varios grados de golpe.

​Mulciber caminaba por el pasillo con la túnica desabrochada. Tras la manga izquierda, la Marca Tenebrosa le ardía como una brasa viva, inyectándole un veneno de arrogancia y violencia que apenas podía contener. Al pasar junto a un compartimento donde dos niños de primer año de Ravenclaw ordenaban sus maletas, Mulciber empujó la puerta con la bota y sacó su varita con una sonrisa sádica.

​—Miren esto —siseó Mulciber a Avery, que lo seguía como una sombra—. Unos pequeños sangre sucia aprendiendo a usar juguetes. Vamos a enseñarles cuál es su lugar antes de pisar el Gran Comedor.

​Levantó la varita para pronunciar una maldición de cortadura. Los niños ahogaron un grito, encogiéndose contra los asientos.

​—¡Expelliarmus!

​El hechizo no vino de una voz alterada ni llena de rabia. Fue un susurro seco, perfecto, pronunciado con la autoridad de un duelista experimentado. Un rayo de luz roja cruzó el pasillo desde la esquina del vagón, impactando de lleno en la muñeca de Mulciber. La varita del Mortífago salió volando, chocando contra el techo antes de caer limpia en la mano izquierda de Alan.

​Alan avanzó a paso firme por el corredor. Su Oclumencia fluida operaba en segundo plano: no sentía la rabia visceral del viejo Snape, sino la calma absoluta de quien domina la física de la magia. Su varita de espino y nervio de dragón apuntaba directamente a la garganta de Mulciber. Por primera vez en su nueva vida, el nuevo Severus estaba listo para usar la magia en un combate real.

​—Te lo advertí en el dormitorio, Mulciber —dijo Alan, con una sonrisa fría y madura que heló la sangre de su ex compañero de casa—. Estás fuera de tus casillas. Estás jugando a ser un terrorista de poca monta en un tren lleno de niños.

​Mulciber, loco de atar por el ardor de la Marca y el arrebato de su orgullo, no retrocedió. Sacó una navaja encantada de su bolsillo con la mano izquierda y se lanzó hacia adelante con un rugido.

​—¡Maldito traidor a la sangre!

​Alan ni siquiera parpadeó. Movió la varita en un arco corto y fluido, ejecutando una secuencia defensiva limpia que jamás había mostrado en clase.

​—¡Protego!

​El escudo invisible surgió como un muro de cristal frente a Alan. La navaja chocó contra la barrera con un chasquido metálico, haciendo rebotar el brazo de Mulciber hacia atrás con violencia. Sin perder el ritmo del movimiento, Alan giró sobre sí mismo, acortó la distancia y clavó la punta de su varita justo en el hueco debajo del mentón de Mulciber, canalizando un impulso de estallido cinético pasivo.

​—¡Flipendo!

​El hechizo no fue un empujón estándar. La densidad mágica de Alan convirtió el encantamiento de primer año en una fuerza de impacto destructiva. Mulciber salió despedido hacia atrás a lo largo del pasillo, estrellándose contra la puerta de madera del fondo con un golpe seco que resonó en todo el vagón, cayendo inconsciente sobre la alfombra.

​Avery, aterrorizado por la velocidad executional de Alan, levantó las manos de inmediato y dio tres pasos hacia atrás, mostrando los dedos vacíos.

​—T-tranquilo, Snape… no sabíamos que estabas aquí…

​—Tomen a su amigo y lárguense a las mazmorras antes de que decida probar un hechizo menos amigable —dijo Alan, bajando la varita con la misma elegancia con la que la había sacado.

​En la esquina del pasillo, varios estudiantes que habían salido a mirar por el ruido contenían el aliento. Entre ellos, Lily Evans y James Potter, que habían acudido al escuchar el alboroto, observaban la escena inmóviles. James miraba la varita de Alan con la boca ligeramente abierta, incapaz de procesar que el “Quejicus” que solía acorralar en los jardines acababa de desarmar y noquear a un aspirante a Mortífago en menos de tres segundos, usando una defensa impecable y sin perder un solo grado de serenidad.

​Alan se acomodó la túnica, le devolvió la varita a Mulciber tirándosela sobre el pecho inconsciente, y caminó hacia su compartimento, dejando en claro ante todo el tren que el nuevo Príncipe Mestizo ya no era la presa de nadie.

​Alan volvió a su compartimento y cerró la puerta con un chasquido suave de pestillo. Se dejó caer sobre el asiento de terciopelo gastado, apoyó los codos en las rodillas y hundió la cara entre las manos.

​La adrenalina del duelo se había disipado, pero en su lugar quedaba un regusto amargo, metálico. Durante el enfrentamiento con Mulciber, la estructura de la Oclumencia había actuado demasiado bien… demasiado fría. No había sentido rabia, ni miedo, ni satisfacción. Había respondido con la precisión quirúrgica de un autómata programado para la aniquilación táctica.

​“Ese no era yo”, pensó Alan, sintiendo cómo el aire le pesaba en los pulmones. “Ni tampoco era el viejo Severus. Era una máquina. Un cascarón que ejecuta comandos para sobrevivir al combate”.

​Entendió con absoluta nitidez que el escudo mental que había construido, aunque eficiente, estaba mutilando su propia humanidad. Si para protegerse de intrusos tenía que convertirse en un bloque de hielo sin pulso, el remedio terminaría siendo peor que la enfermedad. Necesitaba flexibilidad, una Oclumencia que no ahogara las emociones, sino que las dejara fluir sin romper la barrera. Tenía que afinar el hechizo antes de que la rigidez lo consumiera del todo.

​En el vagón delantero, el compartimento de Gryffindor era una olla a presión.

​James Potter miraba fijamente la pequeña mesa de madera, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. La escena del pasillo no dejaba de repetirse en su mente: la economía de movimientos de Snape, la falta de vacilación, el desarme impecable.

​—Fue suerte —soltó Sirius, aunque su voz carecía de la convicción habitual mientras se estiraba en el asiento—. Mulciber estaba borracho de orgullo o no esperaba que Quejicus le respondiera. Si hubiera sido un duelo formal, en un espacio abierto…

​—No fue suerte, Sirius —interrumpió Remus suavemente, mirando por la ventana sin volverse hacia ellos. Sus ojos avellana reflejaban un análisis en penumbra—. Se movió antes de que Mulciber terminara de alzar el brazo. No hubo dudar, no hubo insultos. Fue una respuesta limpia, perfectamente ejecutada.

​James no dijo nada. Por primera vez en seis años, estaba reevaluando a Severus Snape no como un blanco fácil para sus bromas, sino como un elemento impredecible y potencialmente peligroso en la ecuación del colegio.

​A unos asientos de distancia, Lily Evans no escuchaba las risas de sus compañeras de cuarto. Mary Macdonald y Marlene McKinnon hablaban sobre los carruajes y los banquetes de bienvenida, pero Lily tenía la mirada perdida en el cristal del coche. La confusión la estaba devorando por dentro. El acto de Severus había sido indudablemente heroico —había salvado a dos niños indefensos de un ataque cobarde—, pero lo que la aterrorizaba era cómo lo había hecho. Había visto sus ojos durante el hechizo: no había odio, pero tampoco la cálida madurez que le había mostrado en Cokeworth. Había una vacuidad gélida, la mirada de un extraño. “¿Quién eres realmente, Severus?”, se preguntaba en silencio, apretando el pergamino de Prefecta entre los dedos. “¿Es este el precio de tu cambio?”.

​La noche cayó sobre la estación de Hogsmeade con una llovizna fina que hacía brillar las piedras del camino. Lily descendió del tren rodeada por la cháchara alegre de sus amigas.

​—Dicen que el banquete de este año va a incluir pastel de melaza especial por la llegada del nuevo profesor de Transformación —comentaba Marlene, ajustándose la bufanda de Gryffindor mientras esquivaban los charcos.

​—Ojalá —sonrió Mary—. Aunque lo mejor del viaje fue ver a Snape mandar a volar a Mulciber. Sinceramente, ese tipo me daba escalofríos.

​Lily caminaba en silencio entre ellas, sintiendo la brisa helada del lago. La cotidianidad del regreso a clases —los carruajes tirados por fuerzas invisibles, los faroles de hierro parpadeando a lo lejos, el perfil majestuoso del castillo recortado contra el cielo nocturno— solía ser su momento favorito del año. Hoy, sin embargo, el paisaje le parecía extrañamente ajeno.

​A cincuenta metros de distancia, Alan subió solo a uno de los últimos carruajes.

​Mientras el vehículo echaba a andar con un vaivén cansino, contempló las luces de las ventanas de Hogwarts. Pensaba en su dormitorio en las mazmorras. Mulciber y Avery habían recibido la Marca Tenebrosa en el verano; el ataque en el tren no había sido una rabieta improvisada, sino un mandato. ¿Quién estaba moviendo los hilos detrás? ¿Era solo el ego de los recién reclutados o Voldemort estaba probando la capacidad de respuesta dentro del colegio? ¿Y hasta qué punto sus propios compañeros de cuarto estaban dispuestos a llegar para cumplir con la agenda de las sombras?

​El carruaje cruzó las puertas de hierro y el calor del Gran Comedor los recibió con el estruendo habitual de cientos de platos de oro y conversaciones cruzadas.

​Capítulo III: La cita en el vestíbulo

​El banquete de bienvenida transcurrió entre risas, discursos de Dumbledore y el espectáculo habitual de la Selección de los de primer año. Alan comió con serenidad en un extremo de la mesa de Slytherin, ignorando las miradas oscuras de los estudiantes de cursos superiores que rodeaban a un Mulciber con el cuello rígido y la boca apretada.

​Al terminar la cena, cuando la marea de estudiantes comenzaba a abandonar el Comedor en dirección a sus respectivas torres y mazmorras, una figura de túnica verde esmeralda se interpuso en el camino de Alan cerca de la gran escalera de mármol.

​La profesora McGonagall lo observó por encima de sus anteojos cuadrados con una severidad que no dejaba lugar a dudas.

​—Señor Snape —dijo la profesora, con la voz resonando clara sobre el murmullo de la multitud—. A mi despacho. Ahora.

​Lily, que caminaba unos pasos más atrás liderando al grupo de primer año de Gryffindor, se detuvo un instante al escuchar la orden, cruzando una mirada rápida con Alan antes de ser arrastrada por el flujo de alumnos.

​En el despacho de Transformación, el fuego de la chimenea crepitaba suavemente. McGonagall se situó detrás de su escritorio de caoba, cruzó las manos sobre la madera y miró a Alan directamente a los ojos.

​—Tengo sobre mi escritorio tres reportes distintos sobre el incidente ocurrido esta tarde en el Expreso de Hogwarts, señor Snape —comenzó McGonagall, sin preámbulos—. El señor Mulciber afirma que sufrió una agresión no provocada. Sin embargo, dos estudiantes de primer año de Ravenclaw afirman que usted intervino para protegerlos de una maldición menor.

​Alan no bajó la mirada ni adoptó una postura defensiva.

​—Usé un Expelliarmus y un Flipendo para contener una amenaza directa a estudiantes indefensos, profesora —respondió Alan con tranquilidad madura—. No usé magia oscura ni busqué el conflicto. Me limité a desarmar y neutralizar a un alumno que estaba blandiendo su varita contra niños de once años.

​McGonagall guardó silencio durante unos segundos, estudiando detenidamente el rostro despejado del muchacho. Notó la falta de la habitual amargura defensiva que solía caracterizar sus respuestas en años anteriores.

​—Cincuenta puntos para Slytherin por la protección de alumnos menores —dijo finalmente McGonagall, aunque su tono no perdió un solo grado de firmeza—. Y ningún castigo para usted. Sin embargo, Snape… la fuerza del impacto del encantamiento causó contusiones severas al señor Mulciber. La técnica que empleó al canalizar el Flipendo no es la que se enseña en los libros de quinto o sexto año. Hay una densidad en su magia que empieza a llamar la atención de la directiva.

​—Simplemente he estado estudiando, profesora —dijo Alan con una leve sonrisa cortés—. El conocimiento bien aplicado evita accidentes mayores.

​—Asegúrese de que así sea —sentenció McGonagall, inclinando levemente la cabeza—. Puede retirarse a su dormitorio. Y mantenga los ojos abiertos. Las dinámicas en este colegio están cambiando, y no me gustaría ver a un alumno talentoso atrapado en el fuego cruzado.

​Alan se despidió con un asentimiento de respeto y salió al pasillo, sabiendo que el primer paso en la tablero de Hogwarts ya estaba dado, pero que la verdadera batalla por dominar su mente y su entorno apenas comenzaba.

​La primera semana del sexto curso transcurrió con la engañosa quietud que precede a las grandes tormentas. Los pasillos de piedra de Hogwarts olían a cera fresca, pergamino nuevo y la humedad tibia del inicio de otoño. En las clases, Alan se mantuvo en una posición de impecable neutralidad: respondía con soltura cuando se le preguntaba, ganaba puntos para su casa sin alardear y evitaba los pasillos oscuros donde la tensión de las mazmorras empezaba a fermentar. La victoria de cincuenta puntos otorgada por McGonagall había dividido a Slytherin en dos bandos silenciosos: los que veían en el nuevo Severus a una figura de prestigio académico inalcanzable, y la facción marcada por Mulciber, que masticaba su humillación en la sombra.

​El primer sábado de salida a Hogsmeade amaneció bajo un cielo plomizo.

​En la taberna de Las Tres Escobas, el calor de la chimenea y el olor a cerveza de mantequilla no lograban calmar la marea que se gestaba en la mesa de Gryffindor. Lily Evans revolvía la espuma de su copa con una cucharilla de madera, apenas escuchando las bromas de Mary Macdonald. En el banco de enfrente, James Potter intentaba desesperadamente captar su atención acomodándose el cabello por quinta vez en diez minutos.

​—…y si el entrenamiento de Quidditch del martes sale bien, creo que aplastaremos a Ravenclaw en el primer partido —dijo James, inclinándose hacia adelante con una sonrisa ensayada—. ¿Vendrás a ver la práctica, Lily?

​Lily alzó la vista. Tenía los ojos cansados y la frente levemente fruncida.

​—Tengo turno de Prefecta y lecturas pendientes, James. No creo que tenga tiempo para ver a gente volando en escobas.

​—Vamos, Evans, no seas tan seria —intervino Sirius desde la esquina de la mesa, dando un trago a su jarra—. Llevaras semanas como un alma en pena. Desde que llegamos en el tren estás mirando a las musarañas. Si es por lo que pasó con los de primer año, McGonagall ya se encargó de Mulciber.

​—No se trata de Mulciber —respondió Lily, dejando la cucharilla sobre la mesa con un chasquido seco—. Se trata de la forma en que todos ustedes están manejando las cosas. James se la pasa obsesionado con Severus, persiguiéndolo por el castillo como si fuera un criminal, cuando lo único que él ha hecho este curso es defender a niños y enfocarse en sus estudios.

​El rostro de James se mudó de color instantáneamente, pasando del entusiasmo a una palidez irritada.

​—¿Otra vez Quejicus, Lily? ¿De verdad vas a defenderlo a él otra vez? —espetó James, alzando la voz lo suficiente para que dos mesas contiguas se giraran a mirar—. ¡El tipo es un Slytherin! ¡Se junta con los que van a ser Mortífagos! El hecho de que se haya cortado el pelo y haya tenido un golpe de suerte en el tren no borra todo lo que es.

​—Él no se junta con ellos, James —dijo Lily, poniéndose de pie con una lentitud amenazante mientras tomaba su capa—. Rompió lazos con Mulciber en el comedor, se disculpó por sus errores y está haciendo su vida solo. El único que sigue atascado en el pasado eres tú, porque no soportas ver que no necesita tu provocación para destacar.

​Sin esperar respuesta, Lily se dio la vuelta y salió de la taberna, dejando a James golpeando la mesa con el puño cerrado de pura frustración.

​A tres calles de la taberna principal, en un callejón empedrado que bordeaba la parte trasera de las tiendas de pociones, Alan caminaba revisando una lista de reactivos. El aire frío de la tarde le despejaba las ideas, pero su Oclumencia fluida le advirtió de la presencia de tres sombras antes de que el ruido de los pasos sobre la grava se hiciera evidente.

​Avery, Mulciber y dos estudiantes de séptimo año de Slytherin le cerraron el paso.

​—Se acabó el paseo, Snape —dijo Mulciber, levantando la varita con el rostro marcado por la rabia contenida—. Pensaste que ibas a jugar a ser el lobo solitario en el colegio, pero el Señor de las Sombras no tolera traidores. Perteneces a las mazmorras. Vas a volver con los tuyos y vas a cumplir tu destino, o vas a terminar tirado en este callejón antes de que termine la tarde.

​Alan no dio un paso atrás. Acomodó la correa de su bolsa de ingredientes sobre el hombro y miró a los cuatro magos con una piedad fría.

​—Ustedes no tienen destino, Mulciber —respondió Alan tranquilamente, sacando su varita de espino con un movimiento pausado—. Solo tienen miedo y una marca en el brazo que los convierte en siervos de un loco. Si van a intentar atacarme, les sugiero que lo hagan todos juntos.

​Antes de que Mulciber pronunciara la primera maldición, dos figuras emergieron de la esquina superior del callejón. Sirius Black y Remus Lupin caminaban con las manos en los bolsillos, buscando a James tras la discusión en la taberna, cuando se toparon de frente con la emboscada.

​Remus se detuvo en seco, midiendo la escena en un segundo: cuatro contra uno, maldiciones oscuras preparadas en las puntas de las varitas.

​—Sirius… —murmuró Remus, llevando la mano a la túnica.

​Sirius apretó los dientes. Odiaba a Snape con cada fibra de su ser, pero ver a cuatro Slytherin acorralando a un solo mago en un callejón traicionaba el código fundamental de honor que llevaba grabado a fuego.

​—Maldita sea mi suerte —gruñó Sirius, sacando su varita de un tirón y poniéndose a la izquierda de Alan—. ¡Oigan, serpientes de pacotilla! Si van a repartir leña, asegúrense de que el número sea parejo.

​La batalla estalló en un parpadeo.

​Rayos de luz roja, verde y dorada rebotaron contra los muros de piedra de Hogsmeade. Alan operó en el centro de la formación con una destreza impecable: su Oclumencia mejorada le permitía canalizar el combate sin perder la percepción de sus aliados. Mientras un Protego de Remus desviaba un encantamiento seccionador de Avery, Alan ejecutó una secuencia corta que derribó al estudiante de séptimo año con un impacto cinético en las piernas. Sirius, por su parte, se movió con la agresividad nativa de un león, desactivando a Mulciber con un encantamiento aturdidor doble que hizo crujir los letreros de madera del pasaje.

​En menos de noventa segundos, los cuatro agresores yacían desarmados sobre el barro helado del callejón.

​Sirius guardó su varita de un manotazo, acomodándose la chaqueta de cuero sin mirar a Alan a los ojos.

​—Esto no cambia nada, Snape —espetó Sirius con voz dura, dándole la espalda para marcharse—. No lo hice por ti. Lo hice porque me da asco ver a cuatro cobardes juntos.

​Remus se demoró un segundo más. Miró a Alan, vio la serenidad limpia en el rostro del nuevo Severus y le dedicó una sonrisa genuina, corta pero cargada de un respeto recién nacido, antes de seguir a Sirius por el callejón.

​Mientas la nieve comenzaba a caer sobre Hogsmeade, James Potter caminaba apresurado entre la multitud cerca de la estación, buscando a Lily para disculparse por la escena de la taberna. A poca distancia, al pie de un viejo roble cerca del lago helado, Lily permanecía sola. Tenía los brazos cruzados sobre la capa, mirando el agua oscura y pensando en su vida, en los caminos que se bifurcaban y en la certeza de que el muchacho de Spinner’s End se estaba convirtiendo en un hombre que ya no pertenecía a sus recuerdos de infancia.

​Horas más tarde, de vuelta en el castillo, Alan se encerró en la Sala de los Menesteres.

​El silencio del laboratorio le permitió sumergirse en lo más profundo de su mente. Esta vez no erigió muros de piedra ni barreras heladas. Guiado por los estudios de la Sección Prohibida y su propia madurez humana, moldeó su Oclumencia como un estanque de agua clara: las emociones fluían, el dolor y la memoria del viejo Snape se registraban, pero el estanque no se turbaba. No era una mejora perfecta —aún sentía pequeñas grietas de rigidez al concentrarse demasiado—, pero era un principio sólido. Un velo fluido que le permitía sentir, reír y pensar sin dejar una sola brecha para la intrusión externa.

​Sobre la mesa de trabajo, una lechuza de la redacción acababa de depositar una carta. El Diario del Profeta le confirmaba la recepción de su segundo artículo sobre estabilización de pociones complejas, adjuntando un pago de veinte galeones y una invitación para escribir una columna mensual fija.

​En la sala común de Gryffindor, cerca de la chimenea, Sirius terminaba de narrar la batalla del callejón ante un auditorio atónito.

​—…y cuando el de séptimo año intentó lanzarle un Incendio por la espalda, el tipo ni siquiera se giró —decía Sirius, haciendo gestos con las manos—. Solo movió la varita hacia atrás y levantó un escudo pasivo que hizo rebotar la chispa. Fue una locura.

​James Potter escuchaba sentado en el brazo del sillón, con la boca abierta y los ojos fijos en el fuego.

​—¿Snape peleó al lado de ustedes? —preguntó James, incapaz de procesar la imagen mental—. ¿Y ganaron en un minuto? Por las barbas de Merlín… no puedo creer que me perdí semejante espectáculo.

​Remus miró a James desde su esquina, tomando un sorbo de té en silencio, sabiendo que el mundo que conocían en Hogwarts acababa de cambiar de eje definitivamente.