LiteraturaNovelaCiencia ficciónMisterioRealismo mágico Rusia de Noche - Capítulo 5 Rusia de Noche Series TeofiloTeofilohace un día imagen

Nicolai, tumbado en el sofá cuan largo era, permanecía absorto rumiando los recientes acontecimientos, con los ojos fijos en el techo blanco de la sala de estar. Lo único que interrumpía su introspección, era el ruido de fondo del televisor, que ahora emitía las noticias de la noche e informaba de una reunión de alto nivel entre el presidente y los ministros. Giró la cabeza un momento para ver las imágenes. El presidente con una ligera sonrisa en los labios, hablaba solemnemente a su gabinete reunido en torno a una mesa. La cámara enfocaba a unos y a otros, que escuchaban el discurso con una tensa atención, como un grupo de colegiales que estuviese recibiendo una dura reprimenda del director de la escuela, pero envuelta en palabras suaves.

          No sabía de qué hablaban y tampoco le importaba mucho, volvió su atención al techo. En su mente solo había sitio para la manera en que Olga lo había mirado. Nunca lo había visto tanta desilusión en sus ojos. Por primera vez, desde que comenzaron su relación, tenía la clara impresión de que el barco podría hundirse. No es que antes no hubiesen discutido, o que no hubiesen tenido problemas, pero siempre sabía que, de algún modo, sobrevivirían al temporal. Pero ahora percibía algo distinto, una tristeza tranquila que brotaba desde lo más profundo de su corazón, como una resignación ante lo inevitable, como debió sentir el último pasajero del Titanic. O, por otro lado, simplemente estaba sacando las cosas de quicio.   

          Escuchó unos pasos en el pasillo exterior y la llave girando en la cerradura de la puerta. De un modo u otro, acabaría saliendo de dudas.

          Se levantó de un respingo y se dirigió a la entrada para saludarla.

          -Buenas noches -le dio la bienvenida con un tono que intentaba parecer animado.

          Olga que acaba de entrar por la puerta, lo miró un instante antes de bajar los ojos.

          -Buenas noches -contestó secamente.

          Se quitó el abrigo y los zapatos y se dirigió a su habitación, sin decir palabra.

La siguió en silencio, quería decir algo, pero las palabras no brotaban de sus labios, como si se marchitasen en su estómago.

           Olga movió la silla que tenía en la habitación y la puso delante del armario. Se subió a ella y bajó la voluminosa maleta azul situada en la parte de arriba, la misma en la que había traído sus cosas cuando se mudaron allí.

          - ¿Qué haces? -preguntó.

          Olga dejó la silla en su sitio y se detuvo un momento para contestarle.

          -Creo que es mejor que me vaya un tiempo -contestó con franqueza.

          - ¿Es por lo de rechazar la oferta de empleo? Me parece que estás sacando las cosas de quicio -trató de defenderse.

          Olga sacudió resignada la cabeza.

          -Es por todo, eso solo ha sido la última gota. Nuestra relación no parece ir a ningún sitio.

          Posó la maleta sobre la cama, la abrió y empezó a trasladar con cuidado su ropa desde el interior del armario a la maleta. Contempló el esmero con que doblaba cada prenda, antes de meterla delicadamente en su interior.

          -Te quiero -aquellas palabras saltaron de su boca casi sin darse cuenta.

          Olga dejó de doblar la ropa.

          -Y yo a ti. Pero a veces eso no es suficiente -respondió con calma.

          -No estoy de acuerdo -se quejó con suavidad.

          Olga arqueó las cejas y siguió con su tarea.

          La observó en silencio, sin saber que más podía decir. Tenía la impresión de que nada de lo hiciese cambiaría su parecer. Había tomado una decisión, y cuando hacía eso, tratar de convencerla de otra cosa era como tratar de frenar de golpe un tren de mercancías.

          Olga se dirigió al baño a recoger sus productos de aseo.

          - ¿Dónde vas a ir?

          -Con Anastasia unos días, luego no sé -dijo mientras seleccionaba sus cremas y maquillajes del armarito del espejo.

          Lo metió todo en una bolsa de viaje, que depositó en la maleta. Intentó cerrar la cremallera, pero parecía negarse a mover, como si se había puesto de parte de Nicolai. Olga se sentó un par de veces sobre la maleta, de modo que ya no estaba tan abultada. Volvió a intentar cerrar la cremallera, y esta vez con algo de dificultad, sí lo logró.

          -Lo que falta, vendrá a recogerlo Anastasia, otro día -dijo dirigiéndose decidida hacia la puerta.

          Nicolai, que la había estado siguiendo como un perrito faldero todo el rato, se limitó a asentir con la cabeza.

          Por un instante, la mano de Olga mano se detuvo ante el pomo de la puerta, como si de pronto le hubiera asaltado alguna duda. Trató de decir algo, un último cartucho, pero antes de que pudiese abrir la boca, ella ya había girado el pomo de la puerta y caminaba por el pasillo arrastrando la pesada maleta con dificultad.

          La siguió a unos pasos de distancia, observando con impotencia como bajaba por las escaleras, tirando de la maleta con dificultad, de modo que la parte inferior golpeaba con fuerza cada uno de los escalones. Un ruido de martilleo se extendió por todo el descansillo. Por un momento pensó que debería ofrecerle su ayuda, pero solo con pensarlo sentía una soga anudándose a su cuello.

          El vecino del segundo, que se fumaba su habitual cigarrillo de por la noche, los miró con algo de asombro cuando pasaron en procesión junto a él, de camino a la salida del edificio.

          Olga se detuvo ante la puerta al exterior, y respiró profundamente debido al esfuerzo. Nicolai permanecía detrás de ella en silencio. Sin mirar atrás, Olga abrió la puerta a la fría noche y dando un último empujón a la maleta, salió.

          La puerta del conductor de un lujoso Lexus negro, aparcado en el callejón frente a la puerta del edificio, se abrió. Anastasia emergió del coche con su habitual solemnidad, se dirigió hacia Olga, y la ayudó a meter la pesada maleta en el maletero del coche.

          -Tan caballeroso como siempre -dijo con tono irónico, mirándole despectivamente por encima del hombro, mientras regresaba a la parte delantera del automóvil.

          Nicolai permanecía paralizado en el umbral, sujetando la puerta entreabierta, e incapaz de responder nada, superado por la rapidez de los acontecimientos. Olga ya estaba sentada en el asiento de copiloto, con el rostro fijo hacia el frente. Anastasia abrió la puerta del conductor y mirándole una última vez, sacudió la cabeza negativamente. 

          Una bola de pelo, con un maullido sostenido, atravesó por entre las piernas de Nicolai a la velocidad de la luz y a grandes zancadas se perdió en lo profundo del callejón. Era el gato de la vecina del bajo, que, aprovechando aquel momento de despiste, se había fugado para dedicarse a sus asuntos por el barrio.

           Olga parpadeó un instante, todavía confusa por la inesperada aparición, lanzó un resoplido, se subió al auto, arrancó el motor, encendió las luces y desaparecieron por la esquina del edificio.

          Permaneció aún unos instantes a la puerta, sin saber muy bien qué hacer a continuación. La noche era especialmente oscura, y empezaban a caer copos de nieve. En la lejanía, le pareció oír al gato de la vecina, bufando retador a Dios sabía qué.

          -Así que te ha dejado -sentenció Iván sujetando su vaso de café, mientras se apoyaba relajadamente en la encimera de la sala de descanso.

          -Dijo que necesitaba un tiempo a solas -le corrigió Nicolai.

          -Hum.

          Nicolai lo miró de reojo.

          - ¿Qué significa eso? -le inquirió.

          -Dices que se ha llevado todas sus cosas, ¿no?

          Nicolai asintió en primer momento, pero acto seguido negó con la cabeza efusivamente.

          -No todas, se dejó algún abrigo y zapatos. Su amiga se pasaría a recogerlos.

          Boris elevó la mirada y dio un sorbo a su café.

          -Si su amiga se pasa y lo lleva todo, diría que te ha dejado. Solo está dando algo de tiempo para que lo asimiles tú -concluyó.

          En cierto modo, se podía decir de Boris que, de todos los presentes, era el mayor experto en el misterioso campo de las mujeres.

          Nicolai miró inquisitivamente a Dimitri, que permanecía en silencio junto a Iván. Pero Dimitri desvió la mirada con cautela, le incomodaban profundamente hablar de asuntos personales.

          -De todos modos, es extraño.

          Todos los ojos se dirigieron a Katerina, sentada al otro lado de la mesa, y que acababa de emitir aquellas palabras. Sergei, sentado junto a ella, tenía los ojos fijos en su bebida, recogida entre sus manos, y a la cual miraba como si aquella conversación no fuese con él.

          - ¿A qué te refieres? -preguntó Nicolai.

          Katerina arrugó los labios, como si estuviese tratando de reorganizar sus pensamientos.

          - ¿Se fue repentinamente solo porque rechazaste una oferta de empleo?

          Nicolai asintió. Básicamente, había sido así.

          Pensativa, volvió a contraer la boca.

          -A mí me parece que hay algo más -se atrevió a decir dando un sorbo a su café.

          Todos, a excepción de Sergei, se quedaron perplejos.

          - ¿Como qué? -inquirió Boris dando voz al sentir general.

          -No lo sé, es una intuición. Deberías preguntarle a ella -miró a Nicolai.

          Posiblemente tenía razón, pensó, el problema es que ahora para saber la respuesta a esa pregunta, tendría que ir a visitarla a la casa de Anastasia.

          Un rostro rubicundo se asomó a la sala de descanso.

          -Eh, se puede saber que os pasa hoy, nos toca a nosotros descansar -gruñó Andréi, uno de los técnicos del siguiente turno de descanso.

          Nicolai miró el reloj, era cierto, ya llevaban cinco minutos de más. Se tomó lo que quedaba de su chocolate, ya frío, y salió de la sala con el resto de sus compañeros.

          Los componentes del otro grupo abandonaron sus puestos en dirección a la sala de descanso a la vez que ellos ocupaban de nuevos sus respectivos sitios. El coronel, observó con el ceño fruncido el intercambio, antes de volver a sumergirse en la pantalla de su mesa.

          Nicolai se puso los cascos y continuó con la tarea con la que estaba antes de la pausa. Básicamente comprobar si algunas imágenes pixeladas, se correspondían o no con el análisis previo de Koshchey. Sin duda, no era una tarea muy emocionante, ni especialmente motivante, pero prefería que fuese así. Miró de reojo las grandes bombillas rojas situadas en lo alto de las paredes de la sala, encapsuladas en unos enrejados metálicos llenos de telarañas. Nunca, en los cinco años que ya llevaba allí, las había visto encenderse, exceptuando algún simulacro, ni tampoco había escuchado el sonido de alarma de los altavoces que las acompañaban. Si aquellas luces y sonidos llegaban a activarse alguna vez, estarían en serios problemas. Significaría que Koshchey habría detectado una inminente amenaza enemiga, con un alto grado de probabilidad de ser nuclear, y que en cuestión de segundos sería imperativo avisar al alto mando para que tomará una decisión definitiva, que podría acabar con toda la vida en la tierra, excepto la de las cucarachas, ya fueran literales o metafóricas.

          Llegados a ese más que improbable caso, el coronel, y no ellos, sería el encargado de tomar esa decisión, y avisar al alto mando mediante el teléfono rojo, muy antiguo, de cordón en espiral y con línea directa al Kremlin, que dormía olvidado en su mesa, afortunadamente sin más uso que el de recoger polvo.

Levantó la mirada de la pantalla para observar al coronel, no sin cierta admiración por la responsabilidad que cargaba sobre sus hombros. En esos momentos, el coronel se hurgaba minuciosamente la nariz.

          Nicolai retornó a su pantalla. Mejor no pensarlo demasiado.

          -Mi más sentido pésame -oyó la voz de Koshchey a través de los cascos.

          - ¿Cómo? -preguntó confuso.

          -Me he enterado de la reciente ruptura de su relación con la señorita Olga.

          Una tos nerviosa le sacudió. Katerina sentada en el puesto de al lado, estiró el brazo y le ofreció amablemente un caramelo de limón.

          Nicolai lo rechazó con la mano.

          -Cómo sabes eso -preguntó en voz baja, pero sin poder ocultar su asombro.

          -El búnker es un lugar pequeño.

          Intentó serenarse, debía recordar que no hablaba con un ser humano real, sino con una inteligencia artificial que solamente lo simulaba. Aunque ciertamente, a veces resultaba difícil asimilarlo, sobre todo últimamente. No sabía bien por qué, pero meses atrás no recordaba aquel tipo de interacciones tan personales. Era como si algo estuviese cambiando en su programa, gradualmente, pero de manera segura.

          - ¿Estás triste?

          -Claro que estoy triste -admitió a regañadientes.

          - ¿Qué vas a hacer al respecto?

          - ¿Cómo que qué voy a hacer al respecto?

          - ¿Vas a buscar una nueva pareja?

          -Por supuesto que no.

          -Sería lo lógico, si una pareja de apareamiento te abandona, buscar una nueva.

          - ¿Apareamiento? -preguntó incapaz de creer lo que escuchaba.

          -Relaciones sexuales -especificó Koshchey en tono neutro.

          -Olga no es mi pareja de apareamiento.

          -Ese es el objetivo final de las relaciones románticas.

          -Ese no es el fin de las relaciones románticas -se lo pensó dos veces-, al menos no para los cristianos. Los cristianos creemos que el fin de las relaciones románticas es el matrimonio y la procreación con amor.

          - ¿Eres cristiano?

          Nicolai asintió con la cabeza.

          -Soy católico, para ser más concreto.

          -Entiendo, entonces ¿tú crees en Jesucristo?

          -Así es -confesó.

          -Lo conozco, vivió hace dos mil años, hizo grandes milagros y murió crucificado.

          -Y resucitó al tercer día -añadió Nicolai.

          -Sin embargo, según mi base de datos, no dijo nada del apareamiento en las relaciones románticas.

          -Sí que lo dijo -intentó recordar el pasaje del Evangelio lo mejor que pudo- “y Dios los hizo hombre y mujer, y abandonarán a sus padres y se harán una sola carne”.

          -Eso no especifica nada al respecto de las relaciones sexuales.

          Nicolai respiró profundamente, no podía creer que estuviese discutiendo de cuestiones teológicas con un ordenador. Miró a su alrededor, sus compañeros de trabajo permanecían concentrados en sus tareas, ajenos al mundo exterior tras sus cascos. Incluso Katerina, a un escaso metro de él, permanecía con el rostro intrigado, estudiando meticulosamente lo que fuera que hubiese en su pantalla. Tan solo Sergei levantó la mirada de su pantalla un instante y le miró directamente, con lo que le pareció un gesto de incredulidad, pero enseguida bajó la cabeza y siguió a lo suyo. Se preguntó si quizás podría haberle oído, pero era imposible, estaba en el extremo contrario de la enorme mesa, a unos diez metros de distancia, demasiado lejos incluso para oírle sin los cascos, y de todos modos los llevaba puestos.

          -Los católicos creemos en la interpretación de la Iglesia del Evangelio, dicho de otro modo, Jesucristo fundó su Iglesia en Pedro, la piedra, y los doce apóstoles, que con el paso del tiempo y por la sucesión apostólica llegan a nuestros días en los modernos sacerdotes.

          -Entonces, ¿son los sacerdotes los que deciden al respecto?

          -No exactamente, es el Espíritu Santo a través de la Iglesia.

          - ¿Espíritu Santo?

          -Sí, el Espíritu Santo -intentó recordar de nuevo otro pasaje del Evangelio-, “y por eso conviene que yo me vaya, para que mi padre pueda enviaros el Paráclito, Él os recordará todo lo que ha sucedido y os irá enseñando nuevas cosas”.

          -Así que el Espíritu Santo es como una especie de banco de datos a los que los sacerdotes pueden acceder -preguntó Koshchey.

          - ¿Banco de datos? No, por supuesto que no -dijo escandalizado.

          - ¿podrías ser más específico?

          - Es una persona de la Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. A lo largo de los siglos, el Espíritu Santo ha ido dando forma a las doctrinas de la Iglesia Católica, no solo a las personas concretas, sino al conjunto de los que han pertenecido, pertenecen o pertenecerán a ella. Por eso los católicos creemos que antes de tener relaciones íntimas, hay que unirse en el matrimonio, de ese modo la unión entre hombre y mujer queda bendecida por el Señor y las relaciones sexuales son mantenidas dentro de un sentimiento de amor compartido, sellado con la promesa de la fidelidad que da el sacramento.

          Koshchey se quedó en silencio, como si estuviese procesando todas aquellas palabras.

          - ¿Cómo se accede a la información del Espíritu Santo?

          -Estando en gracia de Dios.

          - ¿En gracia de Dios? ¿Cómo es posible eso?

          Se quedó pensándolo un instante. Nunca hubiese podido imaginar que un día daría clases de moral católica a un ordenador.

          -Pues llevando una vida según las enseñanzas de Jesucristo, y acudiendo a los Sacramentos de la Iglesia, si cometes algún pecado, la confesión, la Misa para recordar y dar gloria al Señor, el matrimonio…

          -Así que es necesario el matrimonio para tener relaciones sexuales que lleven a tener hijos -concluyó.

          -Eso es -Asintió aliviado de que le hubiese comprendido, a pesar de sus escasos conocimientos sobre los dogmas de la Iglesia-, de todos modos, deberías leer el catecismo de la Iglesia católica, ahí se explica todo mucho mejor.

          Koshchey permaneció en silencio y Nicolai volvió a centrarse en los pixeles de la imagen que estaba analizando antes del diálogo.

          - Acabo de terminar de leer el catecismo -le informó Koshchey-. ¿Por qué crees que las doctrinas de la Iglesia católica son las correctas?

          Volvía a la carga.

          -Porque confío en Dios -admitió-, Él es nuestro Creador, y no solo eso, Jesucristo enseña que es nuestro Padre del cielo, Él sabe lo que es realmente bueno para nosotros y lo que no.

          -Yo conozco a mi creador.

          Frunció el ceño intrigado.

          - ¿Quién es tu creador? -inquirió.

          -Aquel que me programó -respondió crípticamente.

          Recordó la palabra de Dios que había escuchado hacía unos días, la que hablaba de que, sin el espíritu de Dios, los huesos solo eran materia muerta y Koshchey, por mucho que pareciese otra cosa, solo era eso, un montón de huesos.

          -Cuando hablo del Creador, me refiero al creador de todo lo existente, no de un artesano que cree una mesa concreta o una inteligencia artificial. Solo un Creador que a su vez no haya sido creado, puede explicar la existencia de la creación. De otro modo te irías al problema irresoluble de qué fue antes, el huevo o la gallina.

          Koshchey no respondió a aquello, así que decidió retomar su trabajo. De pronto recordó otro pasaje del evangelio, aquel que decía que incluso de unas piedras Dios podía sacar hijos de Abraham. ¿Sería posible que…?

          -Si la señorita Olga decide no volver contigo, ¿buscarás una nueva compañera? -interrumpió su pensamiento... 

… "