El mar se extendía como un vasto desierto líquido hasta donde alcanzaba la vista. Era el mediodía y el sol caía a plomo, convirtiendo el océano en un espejo cegador que multiplicaba el calor. Pequeñas olas mecían el humilde bote de madera, impulsadas por una brisa salada que apenas refrescaba. En el cielo, las gaviotas graznaban una melodía caótica, despidiendo la costa que poco a poco desaparecía.
En el centro de la pequeña embarcación, el chico de cabello castaño sostenía un pergamino extendido. Tenía el ceño fruncido y una mirada de profunda confusión.
—Mmmm… ¿Y cómo se supone que se lee esto? —murmuró Raiden.
El mapa mostraba tres islas; una de ellas llevaba el nombre de “Valeros”. Una gran flecha roja señalaba una ruta hacia el oeste, cruzando corrientes marítimas que para Raiden eran simples líneas de tinta.
—¿Dónde se supone que estoy yo aquí? No aparezco como un punto mágico ni nada por el estilo. —Giró el mapa de un lado a otro—. ¿Será que está defectuoso? Bueno, creo que la flecha apunta hacia adelante. Si remo derecho, llegaré. ¡Esto será pan comido!
Sin pensarlo dos veces, Raiden soltó el mapa y tomó los dos pesados remos de madera que descansaban a sus pies.
—¡Empecemos de una vez! —declaró con confianza, desbordando emoción.
Hundió las palas en el agua y empezó a remar con toda su fuerza bruta. Cada vez que los remos rompían la superficie, el sonido hueco de la madera crujía contra el océano. Remaba con la energía de quien acaba de ganar un torneo, sin medir las consecuencias del agotamiento prematuro.
Un par de horas después, la realidad del océano lo golpeó.
—Maldición… qué calor está haciendo —jadeó.
Su rostro estaba empapado en sudor. El aire frente a él parecía ondularse por las altas temperaturas. En el cielo no había rastro de una sola nube que le diera piedad; solo un azul infinito y hermoso que empezaba a volverse sofocante.
—Haaa… qué sed tengo. Debo mirar qué hay en este bote.
Raiden escaneó el fondo de la pequeña embarcación y notó una pequeña mochila de lona negra, atada con unas cuerdas que parecían lazos de marinero.
La tomó rápidamente y la desató. En su interior encontró un recipiente con comida, una cantimplora grande llena de agua dulce y una pequeña nota de papel cuidadosamente doblada.
—¿Eh? ¿Y esto? —Raiden tomó la nota con la mano izquierda y la cantimplora con la derecha.
Sin poder resistirse, desenroscó la tapa y empezó a beber desesperadamente, sintiendo cómo el agua fresca aliviaba su garganta seca. Mientras bebía, desdobló el papel con los dedos.
"Raiden, sabía que conociéndote se te iban a olvidar las cosas básicas para sobrevivir. Por eso te dejé este pequeño bolso con comida y agua. No es mucho, pero si lo racionas, será suficiente para aguantar hasta que llegues a la isla.
En Valeros se encuentra un viejo conocido mío. Apenas llegues, pregunta por Brak. Él es muy respetado en la zona, así que no tardarás en encontrarlo. Cuando lo veas, dile que eres mi nieto; él te ayudará a conseguir un poco de dinero y orientarte.
Recuerda que tú eres el único que decide tu propio camino. Te quiero.
Tu abuelo." —Mmm… Brak. Creo que el abuelo me ha contado algunas historias sobre él —dijo Raiden, limpiándose el agua de los labios con el dorso de la mano—. Como dice el mapa, solo tengo que seguir derecho, jejeje. Esto será fácil.
Pero el mar engaña a los novatos. Poco a poco, el calor abrasador fue cediendo, llevándose consigo la luz del día. La transición en mar abierto fue brutal. Al caer la noche, la negrura lo envolvió por completo. No había luces de ciudad, ni luna que lo guiara; solo un abismo oscuro arriba y otro abajo.
La temperatura cayó en picada. Como dictan las leyes del mar, la ausencia del sol trajo consigo vientos helados.
—Fri… frí… o… —castañeteó Raiden, temblando incontrolablemente. Intentaba entrar en calor frotándose los brazos desnudos, dándose cuenta de que la ropa ligera que usaba para pelear no servía para navegar.
Un gran bostezo lo interrumpió. El agotamiento físico del combate anterior, sumado a las horas de remar, le pasaba factura.
—Creo que… mi sueño es más fuerte que el frío. No he comido nada, pero mañana desayunaré lo que me empacó el abuelo… —balbuceó, acurrucándose en el duro suelo de madera del bote. Cerró los ojos y, mecido por las olas, cayó en un sueño profundo.
El sol emergió nuevamente, implacable.
El bote se mecía suavemente, pero ahora tenía invasores. Varias gaviotas se habían posado sobre el borde de la embarcación y caminaban descaradamente sobre el cuerpo de Raiden, picoteando la mochila.
—Ahhh… déjenme dormir… —murmuró Raiden, aún medio dormido, espantándolas con la mano sin abrir los ojos.
¡Cruark!
¡Cruark!
Los graznidos estridentes lo despertaron de golpe. Al abrir los ojos, la luz del sol lo cegó por un segundo, pero cuando su visión se enfocó, el pánico lo invadió: una gaviota enorme estaba tragándose el último pedazo de carne seca de su recipiente, mientras otra volcaba la cantimplora, derramando la preciada agua dulce en el fondo salado del bote.
—¡NO! ¡Fuera! ¡Largo de aquí, pajarracos del demonio! —Raiden se levantó de un salto, agitando los brazos furiosamente. Las gaviotas emprendieron el vuelo con graznidos burlones, dejando atrás el desastre.
Raiden cayó de rodillas, jadeando. Recogió la cantimplora, pero no quedaba ni una sola gota. Tomó el recipiente de comida; estaba reluciente de lo limpio que lo habían dejado los picos de las aves.
Su rostro reflejó una mezcla de ira y desesperación. Las historias de los náufragos reales lo advierten: en el mar, el descuido más pequeño se paga con la vida.
—Esas desgraciadas… se comieron todo. No me dejaron ni las sobras. —Raiden suspiró pesadamente y volvió a tomar los remos. Intentó sonreír, pero fue una mueca forzada—. Bueno, no importa. He estado días enteros sin comer durante mi entrenamiento. Además, con la velocidad a la que voy, seguro ya casi llego. Será fácil.
Se equivocaba.
Tres días después…
«Y así es como termina mi gran aventura…», pensó Raiden, postrado en el fondo del bote. «La gran epopeya de Nakamura Raiden, el chico que derrotó magos y superó sus límites humanos… muriendo de hambre y sed en un pedazo de madera».
En esos tres días, había rogado a los cielos por lluvia. Pero el mar había sido un desierto cruel. El sol, reflejado en el agua, actuaba como una lupa gigantesca que quemaba su piel y ampollaba sus labios.
La biología humana en alta mar es implacable. Sin agua, el cuerpo humano de un náufrago comienza a canibalizarse. La sangre se espesa, obligando al corazón a latir con dolorosa lentitud. Los riñones dejan de funcionar.
Raiden veía todo borroso. Su garganta estaba tan seca que sentía como si hubiera tragado arena molida; ya no podía ni producir saliva. En estas condiciones, cualquier hombre ordinario ya habría fallecido por insuficiencia renal o un golpe de calor, pero el entrenamiento sobrehumano de Raiden lo mantenía atado a la vida por un hilo imperceptible.
La tentación de beber agua de mar había sido inmensa, pero su instinto se lo impedía: sabía que la sal deshidrataría sus células aún más rápido, llevándolo a la locura antes de la muerte.
«Ya casi no me quedan fuerzas… todo por culpa de esas malditas gaviotas», razonó débilmente, mirando al cielo que daba vueltas.
Su cuerpo estaba al límite absoluto.
—Solo… necesito dormir y ya… —susurró con una voz quebrada que apenas era un hilo de aire. Lentamente, sus ojos se fueron cerrando.
Mientras Raiden se desvanecía, la atmósfera comenzó a cambiar. El calor aplastante de los últimos días había evaporado miles de toneladas de agua marina. De repente, la presión barométrica cayó en picada. El cielo azul se tiñó de un gris violento. A lo lejos, todas las aves migratorias huían en dirección contraria, advertidas por su instinto animal: una tormenta se avecinaba.
Dentro de su letargo profundo, Raiden abrió los ojos en un paisaje mental. Estaba de nuevo en ese vacío infinito y oscuro. A lo lejos, vio al mismo niño de piel blanca y brillante, sentado en el suelo, jugando con unos bloques de madera.
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—Oye… ¿quién eres? —le preguntó Raiden.
El niño se detuvo y giró su rostro sin facciones hacia él.
—¿Que quién soy? Soy tu… —La voz infantil se cortó abruptamente. El niño se puso de pie y comenzó a alejarse hacia la oscuridad—. Tengo que irme.
—¡Oye, espera un segundo! —Raiden intentó correr tras él, pero por más que movía las piernas, el espacio entre ellos se estiraba.
—Es hora de despertar —declaró el niño blanco, y su voz resonó como un trueno.
Raiden abrió los ojos de golpe, con el pecho agitado.
Ya era de noche, pero no una noche normal. La negrura era absoluta, tragándose por completo el mar. De repente, el bote se sacudió con una violencia extrema, arrojándolo contra un costado.
¡Plop!
Unas gotas frías y gruesas impactaron contra su rostro.
—¿Eh? ¿Lluvia?
Raiden se incorporó débilmente. Al darse cuenta de lo que sucedía, una sacudida de adrenalina revivió su sistema nervioso. Había pasado cuatro días de agonía sin una gota de líquido.
Abrió la boca mirando hacia arriba, dejando que las gotas de lluvia mojaran su lengua rasposa. Sabía a gloria pura. El bote se empezó a llenar de agua dulce. Raiden buscó su cantimplora a tientas, la sumergió en los charcos limpios de la madera y empezó a beber a tragos largos y desesperados. Bebió hasta sentir que su estómago encogido iba a estallar. Nunca en su corta vida había sentido tanto placer al simplemente hidratarse. Creyó que se había salvado.
Pero el mar exige su cuota.
El bote se inclinó dramáticamente. Las olas, que antes eran pequeños montículos, ahora se alzaban como muros de concreto de cinco metros de altura. La tormenta se desató con toda su ira.
Un relámpago iluminó el cielo oscuro, seguido de un trueno ensordecedor. Gracias a ese fugaz destello, Raiden pudo ver la aterradora realidad de su situación: estaba en el epicentro de una tormenta de clase tifón. Era una hormiga en una lavadora gigante.
Se aferró a las cuerdas del bote, operando por puro instinto de supervivencia.
«¡Si me suelto, estoy muerto!»
Pero la madera crujió en protesta. Una ola descomunal, una verdadera montaña de agua negra, se estrelló directamente contra la pequeña embarcación. El impacto fue brutal. El bote se volcó, partiéndose exactamente por la mitad bajo la inmensa presión, arrojando a Raiden hacia las profundidades.
Al hundirse, un frío sepulcral paralizó sus músculos. El agua salada le entró por la nariz. Lo único que pudo hacer fue apretar los labios y aguantar la respiración, mientras las corrientes marinas lo arrastraban hacia el fondo oscuro.
El ácido láctico inundó sus músculos atrofiados por la desnutrición; cada fibra de su cuerpo le gritaba de dolor, exigiéndole que abriera la boca para respirar. En esta situación, el pánico ahoga a los hombres antes que el agua.
Pero Raiden reaccionó. Apretó los dientes y, reuniendo la última reserva de energía de su espíritu, empezó a patalear con violencia hacia la superficie. La falta de comida y el desgaste de la batalla lo tenían al borde del colapso, pero su voluntad ardía. «¡No me voy a rendir! ¡No pienso morir en un lugar como este!»
Rompió la superficie, tomando una gran bocanada de aire mezclado con espuma de mar. Un relámpago iluminó la zona, y vio flotando a su lado una de las mitades de su destruido bote.
Lanzó los brazos hacia la madera destrozada y se aferró a ella con los dedos ensangrentados por el esfuerzo. Intentó subir su cuerpo, pero no le quedaban fuerzas. Solo logró enganchar la mitad superior de su torso sobre la madera, dejando sus piernas colgando en el agua helada.
Con el oleaje rompiendo contra su espalda, el cuerpo de Raiden finalmente se apagó. Perdió el conocimiento, dejando su destino a la merced de las corrientes del océano.
La tormenta lo azotó durante toda la madrugada. Pero poco a poco, la furia de la naturaleza fue menguando. Las nubes grises se disiparon lentamente, permitiendo que los primeros rayos del sol iluminaran un mar que ahora lucía tan calmado como una piscina.
El sonido del agua ya no era un rugido amenazante, sino un suave y rítmico murmullo.
Raiden ya no flotaba. Su cuerpo yacía inerte sobre una cama de arena blanca. Había tocado tierra firme.
Cof… cof… cof.
Raiden despertó tosiendo de forma violenta y espasmódica. Expulsó agua salada de sus pulmones, y unas lágrimas involuntarias brotaron de sus ojos debido a la fuerza de la tos. Tenía algas marinas enredadas en sus piernas y brazos.
Apretando los puños contra la arena húmeda, se empujó hacia arriba con extrema dificultad. Sus rodillas temblaban como hojas secas al viento, y su corazón palpitaba débil, pero constante. Tenía el cabello empapado y revuelto, la piel llena de rasguños y los labios partidos. Estaba vivo.
Levantó la mirada, entrecerrando los ojos ante la brillante luz de la mañana, observando la costa de la isla desconocida frente a él.
—Dón… ¿Dónde estoy? —susurró, con la voz ronca, dando el primer paso vacilante hacia su nueva aventura.


