Me acordé porque esto fue el 1 de septiembre de 2022. Cómo pasa el tiempo.
A mediodía, en casa de mis padres (mejor escenario, imposible). Rascándome a dos manos y viendo vídeos de YouTube sobre el umbral óptimo de oxigenación para las raíces en sistemas hidropónicos, dando likes y aportando mi granito de arena o, en este caso, mi gotita.
Entra mi padre.
—Hay dos tíos en la entrada que preguntan por ti. Mira a ver. Igual son repartidores.
Saqué el hocico por la ventana sosteniendo la respiración. No era un coche oficial, no llevaban walkie-talkie, pero tampoco veía una radio en el salpicadero por culpa de esos putos cristales ahumados.
¿Por qué lo llaman ahumados? Ni que fueran salmones. Es una pegatina y punto.
Dice mi padre:
—Atiéndelos, a ver qué quieren.
—¡Shhh! ¡Caya, me cago en Deu! Baja y diles que no estoy.
—Llevan toda la mañana en la calle, van y vienen.
—Hostias. Entonces seguro que son repartidores. Pero vienen a recoger, no a entregar.
Ese día se quedaron solo con la pregunta, porque a mí eso me olía a ingreso penitenciario. Pero no lo entendía, porque no tenía nada pendiente. Casi seguro.
Bueno, una multa de trescientos euros por alcoholemia en el parking de un supermercado, aunque sin conducir, y esa era la verdad.
Estaba parado, borracho y semiinconsciente en el coche. Pero, por lo visto, según Fernando, mi abogado, tener el motor en marcha, aunque solo sea para mantener la calefacción, es igual a conducir.
Así que me quitaron ocho puntos por negarme a soplar, otros diez por el resultado de soplar y otros ocho por hacerles la peineta, precisamente por la impotencia de defender que no estaba conduciendo.
Sinceramente, no recuerdo nada de ese capítulo. En mi cabeza está: «flop».
Bueno, las multas se pagaron todas, menos la del dedo, que era de trescientos sesenta euros.
Y claro, con el tiempo dije que a seis plazos. Solo pagué uno de sesenta. Luego dije que trabajos en beneficio de la comunidad, veinticinco días. No me presenté alegando que tenía el comodín del COVID. Y ya no me molestaron más.
Yo entiendo lo del beneficio de la comunidad, pero, joder, si nos pudiéramos repartir ese beneficio, igual sí habría ido a limpiar o a podar setos.
Además, con mi carácter me habría hecho amigos para venderles algo de genética de mi humilde laboratorio.
En estos sitios siempre hay gente que valora mucho la medicina natural.
Volviendo a lo de antes. Hablando con mis caseros, dije:
—Solo pueden ser los putos trescientos que me faltaron por pagar.
—¿Y por eso van a venir aquí a buscarte? No tiene sentido. Piensa a ver si no estás metido en algún lío.
Al día siguiente, otra vez la pareja en la puerta. Mi padre dice:
—Atiéndelos, joder. Que por trescientos nadie va a la cárcel. Y si así fuera, lo pagas y arreglado.
—Pues tienes razón.
Salí.
—Soy yo —dije—. ¿Qué tal?
Me enseñaron la medallita de funcionarios y me soltaron una serie de preguntas raras.
—Si te va bien ahora, ¿podrías acompañarnos a comisaría para firmar unos papeles sobre tu permiso de conducir? Creemos que está caducado o hay algún error.
—Sí… Me lo quitaron un tiempo, pero aquí está y vigente hasta noviembre. Pero sin problema, les acompaño, firmo y ya está. Yo les sigo. ¿No será mucho tiempo, no?
—No, qué va. Ida y vuelta. No hace falta que cojas el coche, ya te llevamos y luego vuelves en taxi. Coge efectivo por si acaso.
—Ahora no tengo aquí, pero qué más da. Ya irá mi padre a buscarme.
—¿Seguro? Vale. Vamos.
Me monté en el coche, en la parte trasera, y para hacerme el gracioso le digo a mi madre:
—¡Esta noche te llamaré desde Zuera, ¿vale?!
Mi madre, cabeceando con cara de mala hostia.
Así que, de camino a comisaría, les pregunté por lo mío.
Y me dijeron amablemente:
—Pues no lo sé, tío. Nosotros somos unos mandados. ¿No será algo pendiente? Piensa.
—Solo pueden ser trescientos euros. Pero claro, hace más de un año. Y como no tengo ingresos…
De pronto, suenan en la radio unos soniditos:
—“Pirurú, pirurú” … Compañero, confirme 10-15.
—Afirmativo, 10-15 en camino. “Pirurú, pirurú” .
Ese código me sonó a película de atracos. Tenía el móvil en el bolsillo, pero el instinto me decía: olvídate, igual es mejor no saberlo. Si me ven tocando el móvil, igual se enfadan… y, además, son muy majos.
Así que dije:
—¿Qué significa 10-15?
Vi desde atrás un cruce de miradas entre ellos. Luego, el copiloto miró por la ventana haciéndose el sueco. Así que el conductor se vio obligado a contestar:
—Nada, no es de esta central. Son datos para abreviar. No te preocupes.
¡¿Que no me preocupe?!
Mi cabeza empezó a trabajar a doscientas revoluciones por minuto.
«Diez más quince son veinticinco. El dos por los dos maderos que van delante haciéndose los locos y el cinco por los años de condena que me van a meter por insolvencia.
O igual es algo simple: son casi las quince horas y faltan diez minutos para llegar a los calabozos. ¿Pero quién cojones confirma por radio la hora cuando todos sabemos qué hora es y tienen un reloj digital gigante en el salpicadero?
Nada. Eso es clave policial: “El paquete está en reparto”.»
Aparcamos.
Me abren la puerta como si fuera una estrella de Hollywood. Pero la realidad es que desde dentro no se abre.
Documentación y espera en la sala.
En ese minuto aproveché para preguntarle a Google:
(Significado de los códigos 10 principales.
10-15: Prisionero bajo custodia / traslado de detenido.)
Justo ahí me hicieron entregar todo, me cachearon y me metieron en la jaula.
—El juez quiere hablar contigo. Espérate, que te darán la cena y luego habláis o lo que sea, y para casa.
Escuché que le dijo al de seguridad:
—Se queda este señor aquí, que además es muy majo. Así que tranquilos.
Yo aún respondí tras los barrotes, con un efusivo:
—¡Gracias, tú también!
Más tarde, sobre las ocho de la tarde, me llaman para hablar con una señora tras una ventanita. Me miró por encima de las gafas con una sonrisita de asco y me echó la bronca del siglo.
—Vamos a ver… —empezó, arrastrando las palabras—. Te reíste del juez con el cuento de los plazos. Luego te ofrecieron trabajos sociales y te sacaste de la manga el comodín del COVID. Muy hábil, sí señor. De lo más ruin que he visto. Pues las matemáticas no fallan: debes trescientos euros. A seis euros el día, son cincuenta días. Te vas cincuenta días directo a Zuera. Así que menos lloros, que el juez ni quiere ni va a hablar contigo.
Me agarré a la repisa, desesperado, y le solté:
—¡No, no, no! Pero si no nos conocemos de nada… ¡Voy y pago ahora mismo! ¡Que yo no soy un delincuente!
Me cerró la ventanilla en toda la cara.
¡PAM!
Vaya diferencia de trato entre los de paisano y esta mujer. Me voy a la cárcel y la ofendida es ella.
Es un farol —pensé—. Porque en realidad ahí dentro soy un gasto. Entonces preferirán el dinero, digo yo.
Me pusieron los grilletes y el alma se desplomó.
Lloré, supliqué… pero parecían inmunes.
Me metieron en un furgón con otro señor simpático que me custodiaba. Durante esos sesenta kilómetros me intentó tranquilizar. Al menos al principio.
Me dijo:
—Escucha, si te quito los grilletes… ¿te vas a portar bien? ¿No la vas a liar?
—Ni que fuera Jack Reacher —dije, no sé por qué.
Como me vio tan hundido, le acabé contando toda la historia de la multa, el motor encendido, la peineta y el comodín del COVID. El tío me miraba alucinado, negando con la cabeza.
—Madre mía… Escuchando esto es que es acojonante —soltó, aguantándose la risa—. ¿A quién se le ocurre? ¡Y encima por trescientos euros de mierda! En cuanto puedas, sal de ahí, porque en ese sitio tú no deberías estar.
—Esa es la idea… —dije, tragando saliva.
—Además, es que piensa un poco… ¿Qué vas a decir cuando te pregunten los demás presos? ¿Que estás ahí dentro por trescientos euros? Que no, hombre, que no… ¡Que se te van a comer vivo!
La verdad es que, en vez de tranquilizarme, hizo que me viera en el patio rodeado de asesinos. O en el comedor, donde un mafioso con tatuajes en la cara me escupe en la bandeja.
—Joder, pues gracias —le contesté, frotándome las muñecas—. Me estás dando unos ánimos que no veas. Pero a ver, dime la verdad: ¿tú conoces algún caso como el mío?
El hombre me miró, se lo pensó un segundo y, con toda la parsimonia del mundo, me soltó:
—Mira, llevo unos trece años en esto y el único caso que he visto, así lo más parecido a lo tuyo, es el de un chaval que entró por falsear los bonobuses de Zaragoza para montarse gratis. Vaya tela… Pero nada, estuvo dos días, lo mismo que vas a estar tú. Como mucho, digo yo. A ver, que tampoco me quiero pillar los dedos, pero entre que tu familia paga lo tuyo y tal, pues eso, en dos días estás fuera. Joder, tranquilo.
Llegamos.
Otra vez grilletes.
Y aquí sí que me pongo serio.
Menuda infraestructura. Torres altas, el típico alambre con pinchos. Hasta estaba el cielo nublado con tormenta eléctrica. Un funcionario me acompañaba por pasillos fríos con olor a lejía. Silencio.
Llegamos a una especie de patio interior con olivos plantados. Aparecieron dos funcionarios que ni la bienvenida me dieron y me llevaron a una sala pequeña, pero muy iluminada.
Me desnudaron, me tomaron las huellas, me preguntaron por los dos tatuajes del hombro. Cuando me los hice etc.
Fotos de película en la pared.
La foto fue un poema. Salí con una cara de psicópata digna de estudio. Encima, sonriente. Pero no recuerdo sonreír. Si estaba asustado y agotado.
Me soltaron en un patio interior con tres reclusos más que acababan de llegar.
Ya era de noche. Un frío y un viento que cortaba la piel.
Ya no sentía nada.
Llegué a pensar que en algún momento aparecerían mis padres con un ramo de flores, videocámaras, aplausos…
«¡Inocente! ¡Inocente!»
Igual era una broma de mal gusto por ser mi vida un caos.
Pero tampoco soy mala gente.
De repente, apareció un funcionario calvo, pero con patillas enormes y una nariz alargada pero fina.
Igualito a Gru, de Mi villano favorito, pero con los ojos inyectados en sangre y unas venas en la sien que daban ganas de tocar con el dedo. Así, “Pic Pic”
Me confundió con alguien que debía de entrar y salir a menudo, un tipo al que no soportaba. Lo vi en ese aura de villano.
Pensé:
«Lleva las manos cruzadas en la espalda y se acerca a mí para darme el ramo de flores».
Continuará.


