Capítulo XXVII. Y si esto es la eternidad.
Me faltó tiempo para mandarle un audio a Claudia contándole lo más importante de aquella reunión con mi padre adoptivo. Al pasar por el rellano de nuestra planta la oí dormir. Estaba dándole vueltas a cómo salir del lío en el que me habían metido Cristal y Demian, con el traje de trabajo colgado del mueble de la tele, sentado en calzoncillos en el sofá. Si seguía mi transformación él mataría más personas de las habituales, solo para alimentarme. Si no seguía adelante, yo lo pasaría mal hasta morirme. Era raro pero en lugar de pensar de forma egoísta que mi vida valía más que la de una decena de desconocidos, veía todo lo contrario. La vida era efímera pero preciosa, como una estrella fugaz. Además, si mi vida no llegaba a tener final ¿cómo conseguir vivirla intensamente? ¿qué sentido o propósito tendría? Empezaron a llegar mensajes de Claudia:
Claudia: menuda movida que tienes ¿has hablado con Julián?
Pedro: ese no me habla, además no sería buen consejero. Espera ¿tú sigues hablando con Julián?
Claudia: no, para nada, por lo visto tú y yo vamos juntos, en pack, me ha bloqueado. 
No puedo aconsejarte porque no estoy en tus zapatos. Pero podemos hacer una lista de pros y contras.
Pedro: pros -> super- poderes.
Claudia: contras -> lapsus homicidas no controlados.
Pedro: vida eterna.
Claudia: ¿de verdad quieres una eternidad de esto?
Pedro: ¿de lastimar a personas, engañarlas, hipnotizarlas pero poder vivir y volar?
Claudia: además… al final nos perderás a todos.
Pedro: eso es, no habías caído en la cuenta antes ¿verdad?
Claudia: intento ponerme en tu lugar, pero es imposible. Si pienso en lo que tienes que estar pasando se me ocurre que ver morir a los que quiero, a todos, ver caducarse mi era, cambiar el mundo, los países… podría ser terrorífico.
Pedro: y no puedo convertiros a todos. Porque no quiero más monstruos cazando por el mundo. Ni quiero que os sintáis como me siento yo por la chica de la otra noche.
Cuando vi a mi chico en la oficina esa mañana se me encogió el estómago. Era tan guapo, tan adorable, no podía contárselo todo para que me ayudase a decidir. Sería injusto para él y además, bueno, su opinión no iba a ser imparcial precisamente ¿quién quiere ver morir de forma dolorosa a al no-humano al que ama?
En aquellos días me curaba en salud, como diríamos, siempre encontraba alguien susceptible que me dejase darle un bocadito. No quería morder a diario a mi novio, por aquello de que recuperase la hemoglobina perdida. Me preguntaba si quizás mi madre vampírica había dejado a Julián por eso mismo, porque le gustaba y no quería dañar su salud. El tío parecía demasiado agusto con la idea de que se alimentase de él.
Cristal/Daniela me abordó una mañana por los pasillos, me sacó a las escaleras, que no solían utilizarse.
—Parece que Demian y tú no estáis congeniando.
—No te ofendas pero él no es mi tipo —le dije, mirando alrededor y poniendo mi super-oído en marcha para confirmar que estábamos solos.
—No demuestra apenas interés por ti ¿qué has hecho mal?
—Daniela, a mí él no me gusta, no me interesa y su forma de sobrevivir me da asco. Además eres tú la que está casada con él, no yo —en cuanto lo dije me arrepentí, ella parecía echar chispas por los ojos.
—Eso fue para legalizar nuestra situación, tener doble nacionalidad y facilitar las cosas. No comprenderías los líos legales que tiene esta existencia. Él ha vivido más de tres vidas humanas, inepto, por supuesto que tiene una moral diferente a la nuestra. Tú puedes elegir cómo vivir, pero necesito que seáis compañeros, que estés pendiente de él para que no haga demasiadas locuras ¿entiendes?
—No, Daniela, no entiendo.
—Joder. Que si le da por planificar una masacre o por terminar con su existencia, le pares.
—¿Podemos terminar con nuestra existencia? ¿Cómo? —le pregunté con curiosidad.
—No voy a hablarte de eso hasta que estés convertido totalmente, sería una irresponsabilidad.
—Lo siento, pero si crees que no puedes dejarle solo, tendrás que buscarle otro compañero. O cambiar de opinión.
—Pienso trasladarme a París, es un puesto de trabajo magnífico, además en algún momento tengo que poder vivir como yo quiera.
—Eso no es cosa mía —la respondí.
—Te mataría con mis propias manos pero eso no tendría ningún sentido. Maldito crío.
—Busca a otra persona —la dije, pronunciando cada sílaba lentamente.
—Convertir a otra persona nos llevaría a sacrificar más sangre y humanos.
—Yo solo puedo cargar con mis propias culpas, Daniela. No puedo hacerme responsable también de lo que hagáis los demás… Pero la chica a la que dejé casi muerta, si aún sigue en la UCI en lugar de en el tanatorio, es tan dulce como el algodón de azúcar, muy trabajadora, complaciente, de mente manipulable, atractiva y además le gusta leer.
Mirando hacia atrás creo que era demasiado valiente o demasiado idiota para hacerle recomendaciones a una vampira que estaba acostumbrada a conseguir lo que quería. Pero la nueva sangre de Demian me daba una agilidad mental que quería aprovechar para subsanar el daño que le hice a aquella chica. Si seguía viva está claro que no sería por mucho tiempo, seguro que preferiría convertirse y vivir con un sugar daddy millonario a morir.
—¿Me tomas el pelo? —me respondió sorprendida.
—No, es magnífica y muy moldeable.
Pareció meditarlo unos instantes y me respondió:
—Esto lo hago por mi amistad con Ramón. Él era el siguiente candidato pero no me gusta la idea de transformar a un amigo.
Me asusté en aquel momento, no quería que le pasara nada a mi chico, no quería condenarlo a buscar presas y vivir con aquel monstruo.
Capítulo XXVIII. Respira conmigo.
Seguía un ritmo de trabajo frenético en la oficina, hacía horas extra que nadie me pagaba, pasaba la mayor parte de mi tiempo libre con Ramón y si salíamos temprano, íbamos a buscar a Claudia al trabajo para ir los tres a tomar café o de tiendas, al cine, lo que fuera con tal de no pensar más. Sin embargo por las noches nadie podía distraerme. Subía a mi tejado y escuchaba las voces de la ciudad. Me elevaba por mí mismo cuando tenía ganas de aventura y volaba —¡Oh, sí! Volaba—, es un don increíble. Me hubiera gustado hacerlo bajo el sol, aprovechando que la nueva dosis de sangre inmortal me había vuelto a quitar los dolores, pero era más fácil que me vieran los humanos.
Los humanos. Empezaba a verlos como una especie diferente a la mía. Estuve haciendo cálculos para alquilar un nuevo apartamento, tal como tenía planeado cuando consiguiera el ascenso. El piso donde vivía Ramón tenía un estatus superior a lo que yo podía permitirme porque era de sus padres, vivía allí gratis. No puedo creer la suerte que tienen algunos.
Un sábado por la mañana estaba viendo las noticias con Ramón y dijeron una cosa que me hizo derramar mi taza de café sobre el sofá por accidente.
« Se busca a la chica que agredieron hace unas semanas en el barrio madrileño de Argüelles, se encontraba en estado crítico en la UCI del Ramón y Cajal, pero ha desaparecido. Como es improbable que saliera por su propio pie el personal de seguridad está revisando planta por planta y también los archivos del vídeo de seguridad…»
—Ay, Dios —dije poniéndome de pie.
—No pasa nada, no pasa nada, cariño. Yo me encargo —me respondió Ramón y volvió corriendo con trapos y un bol con agua.
Estaba limpiando todo el estropicio que había hecho con el café y me miró desde abajo, su expresión no me gustó un pelo.
—Sé que tienes problemas… —me dijo lentamente.
—¿Yo? No, bueno, lo normal, el trabajo…
—No me tomes por tonto, Pedro. No comes, no bebes, al menos no delante de mí. Tienes un trastorno alimenticio, ¿verdad?
Suspiré aliviado. Y luego me puse tenso, tenía dos opciones en ese momento: o le confiaba la verdad o manipulaba su mente para que olvidase el tema. Lo que no podía hacer era decir que sí lo tenía y que me quisiera internar en un centro especializado. Puede parecer una chorrada visto todo lo que había hecho ya en mi vida vampírica hasta ese instante, pero borrar los recuerdos de mi pareja era una línea que no estaba dispuesto a cruzar. Hacía tiempo que tendría que habérselo contado, lo que pasa es que era problemático hacerlo si al final iba a decidir no terminar de transformarme, él lo pasaría muy mal y yo no quería que nadie decidiera por mí.
—¿No quieres que te ayude? —me dijo, con el trapo en la mano.
Lo levanté en brazos, lo llevé a la cama y sin dar explicaciones hicimos el amor. Lo hice porque igual después de lo que iba a contarle él ya no querría volver a hacerlo conmigo. Estaba siendo muy injusto negándole la oportunidad de saber quién era en realidad, de poder decidir si quedarse conmigo aún así y de muchas otras cosas. Así que después de amarnos, aún entre las sábanas, le confesé todo lo que me había pasado. Dejé a un lado la identidad de ambos vampiros, padre e hija, marido y mujer sobre el papel, seguramente no me correspondía a mi decírsela.
Ramón me escuchó atentamente y después de terminar pareció preocupado por mi salud mental. Lo cogí en brazos e hice que flotásemos por el dormitorio. Él rió al principio, pero al cabo de unos minutos acabó llorando. Era demasiado para él, se puso muy nervioso y le pregunté si tenía alguna medicación para relajarse.
—El día del porro, cuando lo hicimos por primera vez… Me lo dio Daniela. Yo no suelo necesitar esas cosas. Normalmente soy muy tranquilo… —dijo tembloroso.
Le cogí las manos sintiendo su pulso frenético y le susurré que se calmara. Respira conmigo, contamos tres al inspirar , mantenemos el aire contando hasta dos y cinco mientras soltamos el aire… Esos viejos ejercicios de relajación parecieron funcionar, aunque tuviera que deslizarlos en su mente para que los siguiera. Cuando estuvo más tranquilo lo abracé y me dejó hacerlo.
Aquel fin de semana hablamos mucho del tema. Ramón es la persona a la que debería haberle contado mi problema desde un principio. No solo fue comprensivo, sino que compartía mi sentido ético y, para mi alivio, nunca había tenido sueños de inmortalidad. Él quería disfrutar el momento, vivir la vida plenamente, envejecer a su debido tiempo, sin más. Entre los dos acordamos no meternos en el tema de la chica de la UCI, puesto que si los dos vampiros la habían elegido y se la habían llevado, era muy probable que me dejasen en paz de una vez. Era mejor no llamar de nuevo su atención.


