El reloj del tablero de mi viejo auto marcaba las 9:12 de la mañana cuando el vibrar frenético del celular sobre el asiento del acompañante me obligó a desviar la vista del tráfico. Estaba a mitad de camino hacia la oficina central de la DFI, pensando en el café mediocre de la máquina y en la montaña de expedientes sobre avistamientos de “fantasmas” que resultaban ser filtraciones de gas, cuando el nombre en la pantalla me heló la sangre: Sasha Gmassen.
Sasha no llamaba para dar los buenos días. Sasha llamaba para invocar al caos.
—Rukel —su voz sonó como un bloque de hielo deslizándose por un pavimento de cristal—, cambia de dirección. Olvida la oficina. Te mando las coordenadas ahora. Ya estoy en el sitio.
—¿Qué pasó? Estaba por…
—Ya lo verás. Trae guantes nuevos. Los vas a necesitar para no dejar tu desayuno en el parqué.
Colgó. Un segundo después, el GPS pitó con una ubicación en el Distrito Norte. Un barrio residencial, de esos donde la gente paga fortunas por el silencio y la seguridad. Giré en U en medio de la avenida, ganándome el bocinazo de un colectivo de la línea 60, y puse el acelerador a fondo.
Llegué diez minutos después. El edificio era una torre moderna de cristales ahumados y balcones con plantas perfectamente cuidadas. Había dos patrullas de la policía local bloqueando la entrada y una cinta amarilla que decía “ESCENA DEL CRIMEN - NO PASAR” balanceándose perezosa con el viento matutino. Presenté mi tarjeta de la División Absconditus —la DFI— al oficial de consigna, un tipo joven que tenía la cara pálida como si hubiera visto un eclipse a mediodía.
—Octavo piso, departamento B —dijo, evitándome la mirada—. Los de la Científica están esperando a que su jefa dé la orden para entrar a limpiar, pero ella no deja que nadie toque nada.
Subí por el ascensor en un silencio sepulcral. Al salir al pasillo del octavo, el olor me golpeó antes de cruzar la puerta. No era solo el aroma metálico y dulzón de la sangre fresca; era algo más rancio, algo que picaba en la nariz como el amoníaco.
La puerta del departamento B estaba abierta de par en par. Entré con los hombros tensos. El living era minimalista, muebles de diseño, una televisión inmensa apagada y un ventanal que mostraba una ciudad que todavía no sabía que alguien había muerto allí.
Sasha estaba apoyada contra el marco de la puerta que daba al dormitorio principal. Llevaba su gabardina oscura a pesar de que la calefacción estaba encendida y sostenía un cigarrillo entre los dedos, dejando que el humo se enroscara alrededor de su rostro impecable. Tenía el cabello castaño perfectamente ajustado detrás de la oreja izquierda, y el lunar bajo su ojo parecía un punto final en una frase de desprecio.
—Llegas tarde, Rukel —dijo, exhalando una nube gris que ocultó por un segundo sus ojos penetrantes—. Se ve que la puntualidad no es un rasgo dominante en tu código genético.
—Había tráfico, Sasha. Y el café…
—Ahórrate las excusas —me cortó, señalando con la cabeza hacia el interior de la habitación—. Entra. Está en el cuarto. Es un cuadro vanguardista, aunque dudo que el artista haya disfrutado de la ejecución.
Entré. Mi cerebro intentó procesar la escena como si fuera una imagen abstracta, un mecanismo de defensa para no colapsar. Pero era real. Había sangre salpicada en las paredes blancas, formando patrones de abanico que llegaban hasta el techo. Sobre la cama de sábanas grises, el cuerpo de un hombre de unos treinta años yacía despatarrado. Estaba desnudo. O lo que quedaba de él.
No pude evitar la mueca de asco. El estómago me dio un vuelco violento.
—Joder… —murmuré, acercándome con cautela.
Sasha entró tras de mí, sus pasos resonando apenas sobre la alfombra manchada. Se quedó a mi lado, fumando con una indiferencia que me asustaba. Sabía que ella estaba casada, divorciada y enterrada con este trabajo, pero verla tan tranquila frente a ese amasijo de carne siempre me hacía preguntarme si bajo esa piel de modelo no habría también algún tipo de engranaje mecánico.
Me puse los guantes de látex y me incliné sobre la víctima. Sasha ya tendría su opinión, la conocía, pero en la DFI no podías firmar un acta de cierre basándote solo en la intuición de Sasha Gmassen. Había protocolos.
El hombre tenía un corte profundo en el cuello, una incisión limpia de oreja a oreja que le había seccionado la carótida instantáneamente. Pero eso era solo el principio. Tenía la cavidad abdominal abierta de arriba abajo. Los órganos internos habían sido revueltos, extraídos y, en algunos casos, simplemente habían desaparecido.
—Es el segundo caso de devorador en el mes, Sasha —dije, tratando de mantener la voz firme mientras examinaba los bordes de la herida abdominal—. El patrón coincide. El tajo inicial para desangrar, la apertura quirúrgica… pero hay algo extraño. Hay demasiada limpieza en el corte de la carne.
—No es un devorador —dijo ella, con una calma que me irritó.
—¿No? —me incorporé, cubriendo el cuerpo con la sábana ensangrentada que colgaba de un costado—. Sasha, mírale la panza. No tiene hígado, ni estómago, le falta casi todo el intestino delgado. Esa es la dieta básica de los devoradores de la Clase C. Atacan, matan, consumen las vísceras ricas en glucógeno y se van. Esto no parece obra de un acto sexual, parece una carnicería.
—Otra vez equivocado, Rukel —Sasha caminó hacia la mesita de luz, examinando un vaso de agua vacío—. Siempre te dejas llevar por lo que grita la escena, en lugar de escuchar lo que susurra.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, frustrado por su tono de profesora de primaria.
—Fue un acto sexual —sentenció, girándose para mirarme fijamente—. Y me hace pensar que el caso de hace dos semanas, el del pibe en la cocina del Distrito Sur, tampoco fue un devorador.
—Sasha, por favor. A aquel tipo le faltaban los mismos órganos.
—Pero a este solo le falta el hígado, si te fijas bien en el recuento antes de que se lo lleven a la morgue —replicó ella, dando una calada a su cigarrillo—. El resto de los órganos no faltan; están destrozados, esparcidos, pero están ahí. Solo el hígado ha sido extraído con una precisión que un devorador con hambre ni siquiera se molestaría en intentar. Además, Rukel… mira dónde estamos. Está en su cama.
—Bueno, lo sorprendieron durmiendo.
—No —negó ella, señalando el desorden de las almohadas y la postura de la víctima—. El otro caso fue en la cocina, en medio de lo que parecía ser una cena tarde. En ninguno hay rastros de pelea. No hay señales de lucha defensiva bajo las uñas, no hay muebles volcados, no hay forcejeo. Ambos fueron acabados rápido con un corte magistral en el cuello. Casi… con cariño.
—Eso me sonó raro del caso anterior, lo admito —dije, rascándome la nuca—. Generalmente los devoradores atacan con fuerza bruta, usando las garras, o directamente arrancan la garganta de un mordisco para incapacitar a la presa. No usan cuchillos. O garras que cortan como bisturís.
—Y este seguro que tampoco tiene marcas de mordidas en el tórax —añadió Sasha, acercándose al cuerpo y levantando la sábana un segundo con la punta del pie—. Porque es una imitación, Rukel.
Me quedé en silencio, procesando la información.
—¿Una imitación? ¿Me estás diciendo que alguien está imitando la conducta de un devorador? ¿Para qué? ¿Para despistar a la DFI? Nadie en su sano juicio querría atraer nuestra atención fingiendo ser un bicho de Clase C.
—No es para despistarnos a nosotros, es para ocultar su propia naturaleza —Sasha dejó caer la colilla en el piso del difunto y la apagó con la punta del zapato—. Y el hecho de que este sujeto muriera en medio de lo que mi olfato y el desorden de las sábanas me dictan que fue un acto consumado… me inclina a pensar que fue un Sucubus.
—¿Un Sucubus? —solté una carcajada nerviosa—. Sasha, los sucubus no devoran órganos. Se alimentan de energía vital, de fluidos, de dopamina. No se llevan el hígado como si fuera un trozo de asado de oferta.
—Las preñadas sí —dijo ella, con una frialdad que me detuvo el pulso.
Me quedé mudo.
—¿Las preñadas?
—Biología demihumana básica, Rukel. Deberías repasar tus manuales en lugar de quedarte mirando fotos de las vacaciones de tu ex en Instagram —me soltó con ese humor ácido que me hacía sentir de dos metros menos—. Un Sucubus en estado de gestación requiere una cantidad masiva de nutrientes específicos para solidificar la forma física de su cría. El hígado humano concentra más nutrientes por gramo que cualquier otra parte del cuerpo. Es un suplemento vitamínico de alto octanaje para ellas.
—Pero no ha habido un caso de Sucubus en esta jurisdicción en siete años —objeté, buscando un punto de apoyo lógico—. La división los barrió a todos en la limpieza del 2017.
—Pues ahora tenemos uno nuevo en la ciudad. O una —replicó Sasha, empezando a caminar de vuelta hacia el living—. Piénsalo. Ambos eran varones, solteros, entre 25 y 35 años. Perfiles atractivos, exitosos. Tenían visitas voluntarias, visitas que no usaron la fuerza para entrar porque ellos mismos les abrieron la puerta con una sonrisa. No robaron nada de valor en el primer caso, y en este tampoco parece faltar el reloj de lujo de la cómoda ni la billetera sobre la mesa. Lo que falta es lo orgánico. Nuestra “asesina” está usando la dieta de los devoradores como una cortina de humo grosera para que clasifiquemos los casos como “ataques de bichos salvajes” y no como una cacería selectiva.
Me apoyé contra la pared, sintiendo el peso de la situación.
—Si tienes razón, esto cambia todo el enfoque de la investigación. El modus operandi es mucho más sofisticado.
—Algo rebuscado, pero tiene su lógica —concedió Sasha, mientras revisaba unos papeles en el recibidor—. Y te gustará saber que tengo una pieza más para tu rompecabezas de “simplón”. Tenemos un tercer caso.
—¿Qué? ¿Hubo otro muerto hoy?
—No. Es un caso de hace dieciséis días. Un hombre de 45 años, recién divorciado. Lo encontraron muerto en el sofá de su casa, semidesnudo y con un tajo en el cuello. La policía convencional lo catalogó como un robo por “viuda negra” porque faltaban algunas pertenencias de plata y billetera. No lo movieron a la División Absconditus porque no hubo vísceras en el suelo ni señales de lo extraño.
—¿Y qué conexión tiene con esto? —pregunté, confundido.
—Ninguna evidente, Rukel. Por eso lo descartaron —Sasha me lanzó una mirada impaciente—. Pero el corte en el cuello… el informe forense de la policía mencionaba una “incisión quirúrgicamente precisa”. Y no encontraron rastro de sedantes en la sangre. ¿Quién se deja cortar el cuello en su propio sofá sin pelear si no está sedado o… encantado?
—¿Crees que ella también lo mató?
—Creo que ella está aprendiendo. O que está desesperada. En aquel primer caso robó objetos para tener dinero, quizás. En el segundo y en este, ya no necesita dinero, necesita proteínas. El hambre está ganando a la discreción.
Sasha se dirigió a la puerta de salida, dándole un toque al oficial de policía que esperaba fuera para indicarle que ya podían proceder con el levantamiento del cuerpo.
—Ya pedí una exhumación del cadáver del divorciado —dijo ella mientras caminábamos hacia el ascensor—. Vamos a buscar residuos de feromonas en los conductos lagrimales y en la piel del cuello. También pedí lo mismo para el pibe de la cocina y se lo haremos a este sujeto apenas llegue a la morgue de la DFI. Si mis sospechas son correctas y encontramos la misma firma bioquímica en los tres… tenemos el primer caso de Sucubus suelto en siete años.
Las puertas del ascensor se cerraron. Reflejado en el espejo, me vi a mí mismo: un poco desaliñado, con los ojos demasiado abiertos, pareciendo mucho más joven de mis veinticinco años. Y al lado, Sasha. Impecable, con esa calma glacial que parecía ignorar la matanza que acabábamos de dejar atrás.
—Y no solo un Sucubus —continué yo, siguiendo su hilo de pensamiento con un escalofrío—, sino el primer caso de una preñada en dos décadas.
—Exacto —dijo ella, con una media sonrisa afilada—. Y esas no se detienen hasta que el nido está lleno. Tenemos trabajo, Rukel. Y deja de poner esa cara de cordero degollado; el gris del cielo ya es suficientemente deprimente por hoy.
Salimos del edificio. El aire fresco me ayudó a aclarar un poco la mente, pero el peso de la investigación se sentía como una mochila cargada de piedras. El Distrito Norte, con sus calles limpias y sus vecinos silenciosos, de repente me pareció un lugar mucho más peligroso.
Sasha se detuvo frente a su auto, un modelo deportivo oscuro que le quedaba perfecto. Levantó la vista hacia el cielo. Las nubes se amontonaban, densas, pesadas, de un gris metálico que prometía una lluvia larga y fría.
—Va a llover —comentó, sin ninguna emoción en la voz.
—Sí —respondí, subiéndome a mi propio coche—. Odio los días de lluvia.
—A las preñadas les encanta la lluvia, Rukel. Borra el rastro y obliga a los hombres a buscar refugio en lugares cerrados. —Encendió el motor—. Nos vemos en la oficina en treinta minutos. Busca el informe del 2017. Quiero comparar firmas.
La vi alejarse con una velocidad que desafiaba los límites permitidos. Me subí a mi auto y me quedé un momento allí, con la mano en el volante, mirando hacia el octavo piso de aquel edificio de lujo.
En esta ciudad, el sol nunca terminaba de salir para todos por igual. Siempre había algo acechando en los rincones elegantes, algo con ojos hambrientos y una necesidad que la razon humana no podía comprender.
Arranqué y puse rumbo a la oficina. El cielo se encapotó del todo y las primeras gotas empezaron a golpear el parabrisas con un ritmo lento y monótono. Un ritmo que, si cerraba los ojos, se parecía demasiado al de la sangre goteando desde un paraguas o, en este caso, desde el borde de una cama de seda.
La División Absconditus tenía un nuevo fantasma que cazar. Y Sasha Gmassen no pensaba dejar que se le escapara, aunque tuviera que quemar media ciudad para encontrarla.
La guerra había comenzado, y el cielo gris era el único testigo silencioso de la tormenta que se avecinaba sobre nosotros.


