Caminar por la ciudad se sentía como caminar sobre una capa de hielo muy fina. Todo en este mundo era demasiado brillante, demasiado ruidoso, demasiado… frágil. Tenía la sensación constante de que, si cerraba el puño con demasiada fuerza, la realidad misma podría resquebrajarse bajo mis nudillos.

Me toqué la nuca, donde el calor del sol me irritaba. No era un calor normal; era como si el cielo me estuviera señalando, reconociendo que yo no pertenecía aquí.

“Vástago”. La palabra de la nota seguía martilleando en mi cabeza. No sabía si era un insulto o una advertencia.

Me detuve frente al escaparate de una tienda de electrónica. Decenas de pantallas mostraban las noticias, pero yo solo podía mirar mi reflejo. Por un segundo, la imagen parpadeó. No fue estática. Fue una sombra. Vi mis propios ojos volverse dos brasas líquidas y una estela de humo negro naciendo de mis hombros. Duró un latido, pero fue suficiente para hacerme retroceder, tropezando con alguien.

-Cuidado, muchacho. Casi dejas que se vea -una voz rasposa, como el sonido de piedras chocando, rompió el ruido de la calle.

Me giré bruscamente. Apoyado contra un poste, había un hombre vestido con una gabardina demasiado larga para el calor que hacía. Su piel tenía un tono grisáceo, enfermizo, y sus ojos estaban ocultos tras unas gafas de sol oscuras.

-¿Quién eres? -pregunté, sintiendo que el magma en mis venas empezaba a subir de temperatura.

El hombre soltó una carcajada seca. -Alguien que sabe que hueles a azufre y a miedo. ¿Cómo lo hiciste? ¿Cómo lograste cruzar la Puerta sin que te arrancaran el alma en el proceso?

-No sé de qué me hablas -dije, aunque mi pecho se apretó. Imágenes de un desierto de ceniza y un cielo rojo sangre cruzaron mi mente-. No sé quién soy.

El hombre se quitó las gafas. Donde deberían estar sus ojos, solo había una neblina oscura con puntas amarillas. -Amnesia. Qué conveniente. Los humanos usan el olvido como un escudo, pero tú… tú no eres uno de ellos. Eres una anomalía. Una fuga en el sistema. Y el Abismo no deja que sus juguetes se pierdan por mucho tiempo.

Se movió con una velocidad que mis ojos apenas pudieron seguir. En un pestañeo, su mano -fría como el hielo de una tumba- apretó mi antebrazo, justo sobre el tatuaje.

-Ellos te están buscando -siseó-. No eres el primero que intenta escapar, pero sí eres el primero que huele… diferente. Casi pareces importante.

El dolor en mi brazo encendió una chispa en mi interior. Una furia antigua, una que no cabía en mi pecho, estalló.

-Suéltame -gruñí.

-¿O qué? -se burló.

Sentí el calor. No fue solo en mis manos. Mi piel comenzó a brillar con un naranja intenso bajo la ropa. El magma no brotó como antes; esta vez, mi piel se volvió dura, negra y agrietada como la lava seca. Con un movimiento instintivo, me zafé de su agarre y lo empujé. El impacto lo lanzó contra una pared de ladrillos con un estruendo metálico.

El hombre se levantó, limpiándose un líquido viscoso y oscuro de la comisura de los labios. No parecía herido; parecía hambriento.

-Eso es… -sonrió, mostrando demasiados dientes-. El fuego del Pozo. Disfruta de tu libertad mientras puedas, Vástago. Pero recuerda: cada vez que duermes, la correa se acorta. No estás escapando del Infierno. Te lo estás trayendo contigo.

El hombre se desvaneció en un remolino de hollín antes de que pudiera atraparlo.

Me quedé allí, solo, en medio de la calle. La gente empezaba a detenerse ahora, mirándome con extrañeza por el estrépito, pero yo solo podía mirar mis brazos. La costra volcánica se estaba deshaciendo, convirtiéndose en ceniza que el viento se llevaba, revelando de nuevo mi piel humana, pálida y temblorosa.

Regresé al apartamento con las piernas de plomo. Al entrar, me vi en el espejo del pasillo. Ya no tenía miedo de no saber quién era. Tenía miedo de lo que significaba “ser buscado”.

Me senté en el suelo, apoyado contra la puerta, luchando contra el cansancio que empezaba a nublar mi vista. El sol empezaba a ponerse, tiñendo la habitación de un rojo que me resultaba demasiado familiar.

-¿Qué fue lo que robé? -susurré al silencio, pensando en las palabras del hombre.

Pero en el fondo de mi mente, una voz que no era la mía, pero que sentía como propia, respondió con un eco profundo:

“No robaste nada, pequeño incendio. Solo recuperaste lo que siempre fue tuyo… pero el precio es tu humanidad”.

Cerré los ojos, y por primera vez, sentí que no caía al Infierno. Sentí que el Infierno subía a mi encuentro.