Hace muchísimo tiempo que no escribía nada y siempre tuve una idea rondando mi cabeza. Esto que muestro es tan solo una parte de un todo más grande. Sin embargo he considerado que quizá podría ser una parte más amigable de leer y por eso la muestro, en vez del inicio de todo lo que hay antes y durante.
Tras el amanecer, un sol tímido se escondía entre nubes blancas que se deslizaban por el cielo, mecidas por una suave brisa que traía aromas de todas partes.
—¡Me cago en la puta! —bramó Grook, tapándose la nariz. —Vaya peste a mierda de vaca. La ropa me va a oler a maldita boñiga de ternera.
—No te quejes. Es aroma del campo. Es el mundo haciendo su función. Además, se nota que te has vuelto un orco de ciudad y has olvidado que entre tu tribu os olía el sobaco aún peor.
Una mueca burlona apareció en el rostro de Naeris.
—Mira que eres hijoputa.
Grook dejó caer una tela bastante grande al suelo y avanzó hacia su compañero.
—Ven aquí, que me vas a oler la raja del culo.
—O tú la mía.
Frente a frente, se desafiaron con la mirada. Grook le sacaba al menos tres cabezas de alto, y un cuerpo y medio de ancho a Naeris, pero Naeris no le tenía miedo.
—Parad ya los dos. Sois como chiquillos pequeños. Poneos a lo vuestro, porque ya tengo suficiente con quitar las manchas de moco de trol de mi ropa como para luego tener además que lidiar con dos imbéciles.
—No te enfades tú también, Nerelia. Sólo me estaba metiendo un poco con Grook. Es como una princesa, pero en orco. Se puede pelar con trols y acabar lleno de mocos, vómito y sangre, pero la mierda de vaca le altera.
Naeris dejó de encarar a Grook para voltearse hacia su hermana y, como le había pedido, continuar limpiando mocos gigantes.
—Joder, pero es que huele realmente mal. ¿En serio comen hierba? Deberían comer flores, a ver si así las boñigas le huelen a rosas.
Grook recuperó el trozo de tela que había dejado caer. Gruñó entre dientes al tener que volver a lavarla porque se había manchado de tierra.
—Yo podría hacer que oliera a dama de noche.
Una vocecilla, casi susurrante, se dejó oír entre las quejas del resto del grupo. Estaba a un lado, limpiando con empeño su túnica de restos de sangre y coágulos rosados.
—Oh, por favor Kyley, no lo digas y hazlo —respondió Grook al momento.
Con un suspiro, la muchacha se apartó de la ropa mugrienta y respiró hondo.
—Pues no, no puedo. Mi magia no es de ilusión, pero sí podría crearte unos enormes tapones para esa nariz.
Sin querer seguir vacilando más a Grook, Kyley volvió a lo suyo. El orco se la quedó mirando con expresión molesta.
—No eres el único al que le molesta, pero peores cosas hemos olido —replicó Nerelia.
—Pero… la ropa… Bah, da igual.
—Una cosa… ¿Alguien ha visto a Korpas?
La pregunta de Kyley los dejó a todos en silencio.
Primero una mirada a la nada, después los unos a los otros. Rostros desconcertados. Hombros que se encogían con duda.
—¡EEEH! ¡TÍOS, TÍOS!
Todos se volvieron hacia los gritos. Los ceños se fruncieron casi al unísono.
—¿Por qué carajos estás tan limpio, Korpas? —preguntó Grook, más incordiado que curioso.
—¿Eh? ¿Esto? Fui a buscar un tablón de anuncios y de camino vi esta ropa tendida. Se parecía a la mía y era de mi talla, así que me la cambié.
Grook se dio un palmetazo en la cara, de puro hastío.
—A lo que iba. El tablón de anuncios. He visto algunos, todos son de «¿Alguien ha visto a mi gatito Pickle?», «Se busca herrero». Ya me entendéis. Y he cogido estos dos… digo, este de aquí. «Se busca grupo para viajar desde la aldea cercana al Salto de la Primavera hasta Altoprado» Es la hostia. Estamos cerca del Salto de la Primavera, a unas pocas horas de aquí. Un viaje de un par de días por campos de flores y prados verdes, y tenemos la pasta.
—¿Y el segundo anuncio? —preguntó Naeris con picardía mientras intentaba quitárselo.
—¡Eh, eh! ¡Dámelo!
—Hermosas sylfarin para un… ¡Ooh, eres un picarón! Me apunto yo también y felices los cuatro.
Naeris plegó el anuncio de forma meticulosa y lo devolvió al bolsillo de Korpas bajo miradas de resignación y una Kyley completamente colorada.
—¿Y cuándo nos vamos? —preguntó Nerelia arrastrando las palabras, con una ceja alzada debido a una corazonada.
—Ah, sí… Bueno, la fecha del anuncio es… esta noche.
—¿Esta noche? ¡Pero tú eres tonto!
—¡Me cago en la bestia que te trajo al mundo!
—Si es que para qué pregunto.
—Korpas, harás que alguno de nosotros sufra una úlcera de estrés.
Todos le increpaban a la vez, entre gritos, insultos e improperios. Incluso por un momento, era un todos contra todos.
—Kyley.
La voz de Naeris al llamarla tan sereno silenció al resto.
—¿Crees que por hoy podrías hacer una excepción con tu magia? Si no, no llegaremos a tiempo.
Kyley dejó escapar el aire por la nariz.
—Sólo por esta vez, que luego os acostumbráis y os volvéis unos vagos.
De nuevo, respiró hondo.
Sus labios se movían en un susurro inaudible y una brisa inexistente comenzó a agitarle el cabello y la ropa con etérea suavidad.
Acercó las manos a todas esas prendas y atavíos repletos de restos y fluidos de trol. Un efímero y tenue resplandor dorado eliminó toda la porquería e incluso la humedad del agua.
Kyley dejó escapar un bufido cansado.
—Eso es la hostia puta —afirmó Grook.
—Pero la próxima vez todos limpiaréis vuestra ropa, incluido tú Korpas. ¿Me has oído?
—Sí, te he oído, Kyley.
Korpas agachó la cabeza.
—Pues en marcha, mis trozos de carne. La pasta nos llama.
Nerelia fue la primera en en marcha hacia al Salto de la Primavera.
Varias horas después el paisaje comenzó a cambiar.
El sonido llegó antes que la imagen. Un estruendo constante y monótono que se tragaba cualquier sonido cercano. Cuando finalmente alcanzaron el último recodo del camino, el Salto de la Primavera apareció ante ellos.
—Hacía tiempo que no venía por aquí —comentó Korpas, más para sí que para alguien en general.
—¿Tú ya has estado aquí? —preguntó Kyley.
Nerelia mostró atención, pero no dijo nada.
—Si. Hace tiempo. Con un ligue. Pero casi se ahoga al querer hacer un salto del ángel.
Kyley le miraba con los ojos bastante abiertos. Hacía tiempo que conocía a Korpas, pero cada vez que hablaba tenía la capacidad de sorprenderla de alguna manera.
—¿Y qué pasó después? —se atrevió a preguntar Nerelia. Su rostro reflejaba una picardía que no hacían sus palabras, como si le pudiera más la curiosidad por ver lo que contestaba su compañero.
—Le besé en los labios mientras le tapaba la boca.
—¿Y cómo se hace eso?
Por un momento, Kyley se tapó la boca y trató de imaginarlo. Su rostro reflejaba una gran incertidumbre.
—Los “otros” labios.
Nerelia miró a Kyley, alzando las cejas y poniendo las comillas con los dedos.
Kyley se puso roja como un tomate y agachó la cabeza.
—Cuando quieras te…
Antes de que Korpas pudiera acabar la frase, la mano de Nerelia alcanzó a darle un manotazo donde se unen cuello y cabeza.
—Serás animal.
—Eh —interrumpió Grook. —Hay más gente aquí.
El resto dejó de ir a lo suyo y prestaron atención.
Cerca de la cascada del Salto de la Primavera había un campamento montado. No era muy grande, con apenas un par de tiendas de lona, una galera y al menos cuatro personas. También había dos caballos atados a un mástil improvisado cerca del agua.
—¿Serán los que quieren ir hasta Altoprado? —preguntó Naeris.
Grook se encogió de hombros.
—Ahora lo sabremos.
Uno de los miembros del grupo acampado se acercó hasta ellos.
—Bienhallados seáis, viajeros. Me llamo Toren, y estos son mis compañeros. ¿Puedo ayudaros en algo?
—Esto… Hola. Soy Grook Sangrestrella. Ellos son…
—¿Habéis venido por el anuncio de la aldea de Tulpa? —interrumpió Toren.
Grook alzó una ceja y miró a Naeris de reojo.
—Relaja, maese Grook. Ese anuncio sólo estaba puesto en Tulpa desde ayer por la mañana. No era difícil adivinar qué os traía por aquí.
—Ya. ¿Y si fuéramos bandidos? —soltó Naeris.
—Lo hubiéramos sabido y actuado en consecuencia —contestó Toren, con cierto aire misterioso.
—Bueno, a lo que vamos. —Grook posó su mano en el hombro de Naeris. —¿Cuéntanos sobre el trabajo? ¿Por qué necesitas un grupo si ya tienes más compañeros?
—Son dos días de viaje, puede que tres. Y desde hace varias semanas se oyen noticias de asaltos el las cercanías de Altoprado, sobre todo en los caminos del sur y del este, y me gustaría llegar sin problemas, maese Grook.
—¿Asaltos en Altoprado? Pero si en este condado no hay nada de interés, más que flores, prados y vacas.
Nerelia se abrió paso para quedar entre Grook y su hermano Naeris.
—Es todo lo que sé.
La muchacha torció el gesto, insatisfecha por la respuesta. Agarró a los dos por los antebrazos y tiró de ellos.
—Disculpadnos, Toren.
Nerelia arrastró al grupo y los colocó en corrillo.
—A mí esto no me gusta. Hemos estado una semana por aquí con la dichosa caza de trols y no he oído nada de asaltos —expuso Nerelia.
—¿Y qué hacemos, hermana? ¿Nos damos media vuelta? Ya hemos perdido bastante tiempo llegando hasta aquí para irnos por que no te guste.
Poco a poco se fueron sumando más murmullos entre el grupo. Aunque los que en verdad parecían discutir del tema eran el trío formado por Grook, Naeris y Nerelia. Kyley sabía que intervenir en momentos así era como hablarle a tres rocas al mismo tiempo.
—Es un hombre de fe, mentecatos.
Los tres miraron a Korpas.
—¿Es que no os habéis dado cuenta?
Naeris se giró con disimulo y miró a Toren.
—¿Qué tonterías dices, Korpas?
—Claro que es un hombre de fe. ¿No ves la gargantilla con la cruz?
Naeris volvió a mirar a Toren, que le dedicó una sonrisa desde la lejanía.
—Vale. Muy bonita la gargantilla. ¿Y la sotana? No lleva.
Korpas se apretó el puente de la nariz.
—Mira que eres burro. La sotana es para los monjes y frailes. Ese tal Toren está por encima, tal vez un sacerdote, un diácono o un prelado. Es gente importante. El cuerpo al que pertenezca no se arriesgará a que le pase nada si existe al menos una posibilidad de un asalto o lo que sea.
—¿Y tú cómo sabes tanto de los hombres de fe? —preguntó Nerelia, con cierta molestia.
—Una vez conocí a una monja…
—¡Era una pregunta retórica, animal!
—Pues si es tan importante, yo digo que sigamos adelante. Seguro que pagan bien porque este cura llegue adonde tenga que llegar —alegó Naeris, mientras se frotaba las manos.
El corrillo se deshizo y Grook se adelantó.
—Pues iremos con vosotros hasta Altoprado. Pero antes, ¿tenéis algo de jalar por ahí? Hace poco que se gastó lo que nos quedaba y andamos un poco cortos de todo.
Toren sonrió y al hacerlo los ojos parecían convertirse en una linea negra entre las cejas y los pómulos, pues le resultaba gracioso ver a un orco tan enorme mostrarse tan humilde.
—Claro, maese Grook. Y de paso os presentaré a los demás.
Los llevó hasta una de las tiendas de lona que tenían montadas. Allí quedaban los restos de una fogata y sobre ella, sujeta entre varios palos cruzados, una olla con puchero de liebre.
—Él es Rufios. Es guardabosques y explorador.
Toren señaló a un hombre que atendía los caballos. Y no muy cerca otro que recogía agua del pequeño lago bajo la cascada.
—Ese es Haro. Ha sido quien ha preparado este puchero. Es cocinero, carnicero y cazador. Él y Rufios llevan varias semanas acompañándome.
Tras esas presentaciones básicas, Toren buscaba a alguien más con la mirada. Apartada, muy cerca de la casaca, sentada sobre las rocas, se veía la silueta de una muchacha de cabello dorado y blancos ropajes.
Toren chasqueó los dedos, como si tratase de recordar algo.
—¡Por La Voluntad! No recuerdo su nombre… —Con gesto frustrado, Toren se sentó junto al resto. —Tan solo lleva un par de días con nosotros y no me acuerdo de su nombre. —Parecía hablar más para sí que excusarse frente a los demás. —Bueno, comed y bebed lo que necesitéis. Recogeremos en unas horas y saldremos antes del alba.
Y los Sangrestrella así lo hicieron.
Kyley fue la primera en separarse del grupo al acabar. Se acercó a los caballos, les habló durante unos minutos y se apartó para mirar la cascada bañada por la luz de la luna. Un momento después reparó en que la muchacha desconocida seguía allí sentada. Se aproximó con pasos cautelosos.
—Hola. Soy Kyley. ¿Por qué estás aquí sola?
La desconocida tardó unos segundos en reparar en su presencia.
—Veo las estrellas.
—¿Te puedo acompañar?
—Sí, claro.
Se hizo a un lado y dejó algo de espacio para Kyley en aquella roca casi plana.
—Yo me llamo Calliendra. Un placer conocerte.


