El sueño no llegó como una ola. Llegó como una condena.

Intenté todo lo que se me ocurrió. Me abofeteé hasta que mis mejillas ardieron. Bebí el café frío que quedaba en la cafetera, tan amargo que me revolvió el estómago. Caminé en círculos por el apartamento contando los azulejos del suelo, susurrando números en voz alta como si eso pudiera anclarme a este lado de la realidad. Nada funcionó. Mi cuerpo, ese cuerpo que ni siquiera sentía completamente mío, tenía sus propias leyes, y una de ellas era que el agotamiento siempre gana.

Me deslicé contra la puerta hasta quedar sentado en el suelo, con las rodillas contra el pecho. El sol ya se había ido del todo. La habitación se llenó de ese azul oscuro que precede a la noche cerrada.

—No voy a dormir —dije, como si mi propia voz pudiera obligarme a cumplirlo.

Mentira. Lo supe en el momento en que mis párpados empezaron a pesar como si tuvieran plomo cosido por dentro.

Lo último que recuerdo con claridad fue el ventilador del techo. Giraba despacio, con ese quejido metálico de siempre. Pero esta vez, cada vuelta sonaba distinta. Pum. Pum. Pum. No era un ventilador viejo. Era un corazón.

El aire de la habitación cambió de textura. El olor a detergente barato se desvaneció, reemplazado por algo cálido y mineral, como piedra recién partida. Las sábanas bajo mis manos, que un segundo antes eran algodón suave, se sintieron ásperas, granuladas. Ceniza.

Abrí los ojos —o creí abrirlos— y el techo de mi habitación ya no estaba. En su lugar, un cielo rojo se extendía sobre mí, inmóvil, como una herida que nunca cierra.

No había caído al Infierno.

El Infierno había subido a mi encuentro, tal como temía.

—Ahí estás.

La voz no vino de ningún lugar concreto. Vino de todas partes, como si las paredes mismas —si es que todavía había paredes— la pronunciaran. Reconocí el timbre de inmediato: la misma voz de la noche anterior. Pequeño incendio.

—No —dije, o intenté decir. Mi boca se movió, pero no fui yo quien decidió que se moviera—. No otra vez.

—Cada vez te resistes menos —respondió la voz, casi con ternura, casi con orgullo—. Aprendes rápido para ser tan joven en esta piel.

Sentí que mi cuerpo se levantaba sin que yo se lo pidiera. Fue la sensación más aterradora que había experimentado hasta entonces: no perder la consciencia, sino quedarme atrapado detrás de mis propios ojos, viendo el mundo moverse mientras gritaba en un lugar que nadie podía escuchar. Intenté cerrar el puño. Mis dedos se cerraron, pero no por mí.

Fue en ese instante —un parpadeo, apenas un latido— cuando lo sentí. Algo tibio se abrió paso entre la oscuridad que me envolvía, como una mano intentando sostener una puerta que ya se está cerrando. No tenía forma. No tenía voz. Solo era una certeza breve, casi física: alguien más está tratando de llegar hasta aquí.

Y luego, como una vela apagada de un soplido, desapareció.

—Insistentes —murmuró la voz que controlaba mi cuerpo, con un desdén que no iba dirigido a mí—. Siempre insistentes, y siempre tarde.

No entendí a qué se refería. No tuve tiempo de preguntarme quién había perdido esa disputa silenciosa, porque mi cuerpo —el cuerpo que ya no obedecía— empezó a caminar.

El desierto de ceniza se desdibujó como pintura bajo la lluvia, y de pronto estaba de vuelta en la ciudad. Reconocí las calles solo a medias; era de noche, las farolas proyectaban charcos de luz naranja sobre el asfalto mojado. Caminé —caminaron conmigo dentro— durante lo que me pareció una eternidad, girando en esquinas que mi memoria no registraba.

Fue cerca de un callejón, a mitad de camino, cuando lo vi.

Un hombre —o lo que quedaba de su compostura— retrocedía contra una pared, con los ojos completamente abiertos, fijos en mí. En algo dentro de mí. No pude escuchar lo que decía, si es que decía algo; mi propia audición parecía filtrada, distante, como si todo sonido llegara desde el fondo de una piscina. Pero vi su rostro con una claridad que no debería haber tenido, congelado en una mueca que reconocí de inmediato porque ya la había visto antes en un espejo: terror puro, el de alguien que entiende, un segundo demasiado tarde, que algo terrible le está pasando.

Grité. Grité con todo lo que me quedaba, encerrado detrás de mis propios ojos, sin que ningún sonido saliera de mi boca. Suéltalo. Lo que sea que le estés haciendo, suéltalo.

—Ruido —dijo la voz, con el mismo desdén de antes, esta vez dirigido a mí—. Todavía haces ruido.

No supe qué le hicieron. No vi sangre, no vi un arma, no vi nada que pudiera nombrar. Solo el rostro del hombre, la boca abierta en algo que podía ser un grito o un ruego, y después mis propios pies alejándose, dejándolo atrás, con esa expresión todavía grabada detrás de mis párpados como una fotografía que no pedí tomar.

Seguí caminando —caminaron conmigo dentro— hasta llegar a un puente peatonal bajo una autopista, casi vacío salvo por el eco de coches lejanos.

Sentí mi mano derecha meterse en el bolsillo de mi propia chaqueta. Sacó algo pequeño, envuelto en un paño oscuro. No pude ver bien qué era —mi propia visión parecía filtrada, como si mirara a través de un cristal esmerilado— pero sentí su peso, denso y frío, como una piedra pulida.

Había alguien esperando bajo el puente.

Una silueta apoyada contra el concreto, con las manos en los bolsillos de un abrigo largo. No pude distinguir su rostro con claridad; la voz que gobernaba mi cuerpo tampoco pareció interesada en mirarlo con atención, como si ya conociera de sobra a quién estaba viendo.

—Puntual —dijo la sombra que era yo, con un tono que no me pertenecía—. Eso no es propio de los tuyos.

La figura bajo el puente no respondió de inmediato. Cuando habló, su voz tenía un timbre extraño: suave, pero con un filo debajo, como metal envuelto en terciopelo.

—Tampoco es propio de los tuyos usar mensajeros tan… frescos —dijo, y sentí —sentí de verdad, no como espectador— que esas palabras iban dirigidas a mí, no a lo que me controlaba.

Mi mano —la mano que no era mía en ese momento— extendió el objeto envuelto en tela. La sombra lo tomó sin prisa, sopesándolo, y por un instante creí que ahí terminaría todo.

No fue así.

La figura sacó algo de su propio abrigo: un papel doblado, viejo en los bordes, como si hubiera pasado por muchas manos antes de llegar a las suyas. Junto a él, algo más pequeño, algo que brilló un instante bajo la luz naranja de las farolas —un fragmento de tela, dorada, gastada en los bordes como si el tiempo la hubiera estado deshaciendo hilo a hilo.

—Para completar el trato —dijo simplemente.

Sentí que la voz que controlaba mi cuerpo dudaba. Solo un instante, pero lo sentí, como una fisura minúscula en algo que se suponía sólido.

—Eso no estaba pactado —siseó, con una sospecha que no había mostrado antes.

—Está pactado si tu superior quiere lo que hay dentro del paño —respondió la sombra, sin alterarse—. No soy quién para cuestionar cómo se hacen las entregas. Solo las cierro.

Un silencio tenso. Después, mi mano se movió y tomó el papel junto con la tela dorada, guardándolos en el mismo bolsillo del que había salido el paquete original.

—Que tu ama disfrute su premio, entonces —dijo la sombra, ya retrocediendo hacia la oscuridad bajo el puente—. Dile que la próxima vez, envíe a alguien que no arrastre tanto… ruido detrás.

No entendí la última palabra hasta mucho después, cuando ya era yo otra vez, tirado sobre las baldosas frías del pasillo de mi apartamento, con el amanecer filtrándose por la ventana.

Me incorporé de golpe, jadeando, con el corazón latiendo tan fuerte que dolía. Palpé mi cuerpo, buscando heridas, sangre, alguna prueba de lo que mis manos habían hecho sin mi permiso. Nada. Solo cansancio, como si hubiera corrido kilómetros dormido.

Y entonces recordé el callejón. El rostro de aquel hombre, la boca abierta, el terror que no pude nombrar. Se me revolvió el estómago con una certeza fría: no sabía qué le habían hecho, pero sabía, con la misma certeza con la que se sabe una quemadura, que había sido real.

Metí la mano temblando en el bolsillo y encontré el papel doblado. Lo abrí despacio, esperando símbolos indescifrables, sangre, algo tan aterrador como el tatuaje de mi muñeca.

Solo había una frase, escrita a mano, con una letra pulcra que no se parecía en nada a la caligrafía brutal de la primera nota.

“El que no duerme, encuentra la salida.”

Debajo del papel, mis dedos rozaron la tela dorada. Era suave a pesar del desgaste, casi cálida, y al tocarla algo se encendió en mi pecho —no el fuego áspero del Pozo, sino otra clase de calor, uno que dolía de una manera distinta, más antigua, más triste, como si estuviera sosteniendo el eco de algo que alguien había querido mucho.

Me quedé mirando la frase y la tela durante un largo rato, sintiendo que ambas significaban algo mucho más grande de lo que aparentaban. No sabía quién era la sombra bajo el puente. No sabía qué le había pasado al hombre del callejón, ni si volvería a verlo.

Pero por primera vez desde que desperté en la ceniza, tuve la certeza incómoda de que alguien, en algún lugar de este mundo que apenas conocía, sabía exactamente quién era yo.

Y estaba tratando de decírmelo sin que nadie más lo notara.

Creada hace 2 horas Última respuesta konehace 44 minutos 1 Respuestas 136 Visitas 1 Me Gusta Wikiwritter kone Usuarios · 2 Wikiwritter y kone vieron esto. A kone le gusta esto. 0 konekoneVoz nueva ⭐ Primer reconocimiento La tercera parte me gustó, pero aquí sí empecé a notar mucho, el estilo repetitivo del autor.

El inicio me hizo sonreír porque encontré un recurso que hemos visto miles de veces: “El sueño no llegó como una ola. Llegó como una condena”. 😂 Y después vuelve el “no era esto, era aquello”: “No había caído, el Infierno había subido a mi encuentro”, y más adelante “La voz no vino de ningún lugar concreto. Vino de todas partes”. Ya habíamos hablado de este recurso y hay que mesurar su uso

De nuevo la cantidad de adjetivos y comparaciones. Tenemos azul oscuro, noche cerrada, plomo cosido, quejido metálico, detergente barato, cálido y mineral, piedra recién partida, algodón suave, áspero, granulado, cielo rojo, vela apagada y la lista sigue. Más mesura para potenciar los párrafos más intensos.

Por ejemplo, la parte donde pierde el control me parece muy buena:

“Sentí que mi cuerpo se levantaba sin que yo se lo pidiera…”

La idea de estar consciente pero atrapado detrás de sus propios ojos mientras otra cosa mueve su cuerpo, funciona muy bien. Luego aparece una presencia que intenta llegar hasta él. Ahí hay una descripción del miedo y de la pérdida de autocontrol que me parece mucho más poderosa que varias de las imágenes poéticas que aparecen alrededor.

Y luego parece que asesina o ataca a un hombre mientras él está completamente consciente pero incapaz de hacer nada. La escena me gusta, pero todavía no sé cómo interpretarla.

Y apareció algo que me interesa mucho: la tela dorada. Me gusta porque, entre tantas cosas que provocan terror —el Abismo, el Pozo, la posesión, el hombre del callejón—, esta le provoca tristeza. Ahí hay algo diferente. Me da la impresión de que ese objeto puede estar conectado con quién era antes de despertar en la ceniza, y me interesa mucho más que saber qué monstruo nuevo vive en cada rincón. 😂

La frase final también me gustó. “El que no duerme, encuentra la salida” abre otra puerta y me deja con ganas de seguir.

Aunque tengo que decirte algo: ya necesito que al protagonista le pongas nombre. 😂 Ya no quiero pensar que es Hellboy. Y también me empiezan a hacer mucho ruido todas las piezas nuevas que se van acumulando. Quiero saber qué pasa, pero necesito empezar a entender qué estoy siguiendo.

Hasta ahora tenemos Vástago, Puerta, Abismo, Pozo, entidades, superiores, un ama, un mensajero, objetos misteriosos, una tela dorada, mensajes secretos y el protagonista todavía no sabe quién es. El misterio funciona, pero creo que ya necesito algo más.

En general, creo que esta parte tiene escenas muy buenas, como la pérdida de control y la aparición de la tela. Yo bajaría un poco la ornamentación y soltar algunas explicaciones.